La culebra de Zamora

 

 

La culebra de Zamora

Por Antonio J. Fernández Del Campo

 

             Alfonso vivía en las cercanías de Zamora, un pueblo llamado Roales, en una solitaria casa donde su padre y sus abuelos se habían ganado la vida durante décadas con el pastoreo de cabras y ovejas.

 

            Un día vino su tío de las Américas y le trajo un regalo muy peculiar metido en una caja. Una simpática culebra del tamaño de un dedo índice que jugaba graciosamente con un palito que tenía dentro de su cajita. Alfonso era un amante de la naturaleza y cualquier animal exótico le entusiasmaba. Cuando vio su regalo se lo agradeció a su tío pero le hizo prometer que nunca le diría a su madre lo que era. Al parecer ese tipo de animales le provocaba pesadillas.

 

            - Se trata de una anaconda - le dijo su tío -. Dale de comer insectos pero no esperes que viva demasiado, no suelen soportar estos climas tan secos.

 

            - Gracias, le cogeré saltamontes y moscas para que se alimente.

 

            Su tío estaba solo de paso y pronto volvió a marcharse a Brasil, donde había conseguido enriquecerse montando un negocio.

 

            Alfonso cogió varios saltamontes ese mismo día, les mató para que su nueva mascota pudiera alimentarse sin problemas pero ésta no los comía. Pensó que debía extrañar su tierra y se preguntó cómo sería. Trató de imaginarse el río Amazonas y le puso piedras en la caja para que pudiera esconderse y con un tarro de agua le hizo una especie de río.

 

            Escondió la caja junto a una piedra, entre unas zarzas para que nadie la encontrara. Su padre conocía su secreto pero su madre solo sabía que era su mascota, la que le trajo su tío. Ella no se interesaba mucho por esas cosas pero pensaba decirle, si preguntaba, que se trataba de una tortuga.

 

            Con el paso de los días, los insectos muertos se acumulaban en la caja de la culebra y no comía ninguno. Alfonso temía por su vida y pensó que no le duraría mucho. En ese tiempo le había cogido gran cariño porque cuando iba a verla la cogía y ésta se le enroscaba en los dedos como en un abrazo. Su tío le había asegurado que las anacondas no tienen veneno por tanto no había nada qué temer.

 

            Un día la culebra se le escapó de la mano y saltó a la tierra. Serpenteó rápidamente y ésta cazó un saltamontes que estaba huyendo de ella en pleno salto. Alfonso se quedó fascinado por el increíble talento para la caza de su mascota, ya que el saltamontes era incluso más grande que ella, y cuando la recogió del suelo supo que la comida que le diera debía seguir viva y en plenas facultades. Cogió una caja de madera rectangular, la cubrió con tela para que no pudiese escapar, puso el tarro de vidrio con el agua y algunas piedras. Luego tapó la caja con un tablón y dentro puso la culebra con varios saltamontes vivos.

 

            Ante su asombro, al día siguiente no quedaba ni un solo insecto. Ese día su madre le vio tan feliz que le preguntó por qué estaba así. Él dijo que su mascota se estaba alimentando y que viviría.

 

            - ¿Me la vas a enseñar algún día?

            - Seguro, cuando sea un poco más grande. Las tortugas son muy tímidas.

            - Oh, una tortuga - dijo ella con desagrado -. Mejor no me la enseñes, me dan asco todos los reptiles.

            - Ya lo suponía - dijo el niño, feliz de que no insistiera.

 

            Transcurrieron los meses y la culebra parecía no tener suficiente con moscas y saltamontes. Comenzó a llevarle grillos, alacranes y todo bicho que se encontrara en sus labores de pastoreo. Su mascota ya era de la longitud de un brazo y cuando jugaba con ella le apretaba tan fuerte que a veces le ponía la mano morada. Él pensaba que era simple juego para ella y que así le demostraba lo fuerte que era.

 

            Cuando la caja era demasiado pequeña para contenerla, decidió subir a lo más alto del río y soltarla por allí. Pensó que sería una despedida definitiva.

 

            La culebra no se alejó de él, se empeñaba en jugar con su brazo o sus piernas y Alfonso lo interpretó como una forma de decirle que le quería y le echaría de menos. Entonces decidió volver a esa parte del río cada poco tiempo a ver cómo se encontraba su culebrita, como él la llamaba.

 

            Volvió a los tres días y la culebra salió de su escondite para volver a jugar con él. Al parecer tenía hambre porque devoró en un momento casi todos los insectos que le llevó.

 

            Pasaron los días, las semanas y los meses y la culebra alcanzó pronto el metro de longitud. Alfonso estaba orgulloso de ella, pensó que solo se alimentaba de la comida que le llevaba y no sospechaba que la culebra estaba acabando con todos los ratones y ardillas de la zona. Él seguía siendo su padre y ella su niña. Cuando jugaba con ella, la culebra tenía tanta fuerza que a veces le dejaba sin respiración. Era tan cariñosa…

 

            Pasaron los años y Alfonso cumplió la edad de ir a hacer el servicio militar. Se despidió de su culebra cuando ésta ya medía tres metros. Para entonces ya se cuidaba mucho de acercarse a ella porque las últimas veces, en su amor efusivo casi le rompió el cuello de tanto apretarle y eso ocurrió cuando aún no pasaba de los dos metros. Ahora solo le dejaba el saquillo de insectos y se limitaba a saludarla desde lejos.

 

            Alfonso se marchó y la culebra acabó con todos los animalitos del riachuelo. Con el paso del tiempo devoró un ciervo, jabalíes y algún lobo. La culebra creció y comenzó a pasar hambre, hasta que dejó la zona donde vivía y descendió río abajo. Medía cinco metros cuando encontró un burro atado a un poste. Se enroscó en él y le trituró los huesos. Luego lo devoró y se arrastró con semejante presa en el estómago, al río, un lugar protegido por las hierbas y las sombras, escondida en el agua. Dormitaba mientras conseguía hacer la digestión de semejante animal. Nunca había comido algo tan suculento y le gustó.

 

2

 

 

            Pronto la población comenzó a verla y trataron de matarla. Sin embargo era rapidísima y cuando echaba el ojo a una víctima, nadie podía hacer nada para evitar que la apresara. Cuando los tenía envueltos con su largo cuerpo musculoso nadie se atrevía a atacarla por miedo a herir a su víctima. Luego ella se la llevaba y se escondía en lugares que nadie podía llegar, donde terminaba de triturar sus huesos y posteriormente los engullía con voraz apetito. Devoró niños desprevenidos sin siquiera aplastarlos. De la nada aparecía su gigantesca cabeza y caía sobre ellos como un saco que los envolvía completos y luego con inusitada agilidad se volvía a esconder en los lugares más insospechados.

 

            Denunciaron su existencia a las autoridades y la guardia real llegó para tratar de matarla. Sin embargo la culebra ya alcanzaba los siete metros y no solo era grande, también increíblemente ágil y fuerte. Los soldados que fueron a cazarla aparecieron muertos al margen del río, con todos los huesos rotos de brazos, costillas y piernas. Al llevar rudas armaduras de hierro la culebra no los había podido devorar.

 

            Sin embargo sus cadáveres consiguieron acrecentar la leyenda negra de la culebra y se extendió el terror por la zona. Se decía que era un monstruo, un dragón o incluso el diablo.

 

            Era tal el temor de la gente que nadie se atrevía a acercarse por la zona. Y los que lo hacían, desaparecían sin remisión.

 

            Se presentó ante el alcalde del pueblo un anciano y le dijo que creía saber cómo detenerla. Le dijo que su hijo la había estado criando durante años y que ahora estaba en el servicio militar por lo que la culebra se había vuelto salvaje por el hambre.

 

            - Si alguien puede apaciguar a esa bestia, es mi hijo, señor. Mándele llamar y él la someterá.

 

            El alcalde aceptó, como habría aceptado cualquier propuesta para solucionar tamaño problema para su región. Hizo traer a Alfonso, el chico que la había criado, y le contaron todo lo que había causado su mascota. Éste, sobrecogido, se ofreció sin dudar a ir en busca de su culebra, convencido de que le reconocería y se la podría llevar a un lugar seguro, en lo más alto del río.

 

            Cuando llegó a la zona silbó como solía hacerle para llamarla. Esta no dio señales de vida.  Alfonso pensó que quizás había ido a otro lugar, aunque podía estar escondida en cualquier parte. Bajó al agua y caminó por la corriente helada sin dejar de silbar.

 

            La culebra saltó sobre él y se enroscó alrededor de su cuerpo con tal fuerza que no le dejó ni hablar. Le hundió en el agua y mientras se asfixiaba le rompió el espinazo, las costillas, los huesos de los brazos, las clavículas dejándolo morir en una terrible agonía. Mientras aún le quedaba un poco de consciencia sintió que la enorme boca de su mascota le cubría la cara. Se lo tragó como había hecho con tantas otras personas. Nadie le escuchó pedir ayuda ni siquiera los alguaciles que le habían acompañado hasta las cercanías del río.

 

            En ese momento la culebra medía unos ocho metros de largo pero como se ocultaba bajo el agua y la hojarasca que había en los márgenes del río, era casi imposible encontrarla. Nadie recordaba haber visto antes una culebra tan grande y fuerte en la región.

 

            Al devorar a su amo la fama se hizo aún mayor y se decretó zona prohibida. La gente que vivía por allí se mudó por el miedo de que el animal entrara en sus casas por la noche. No había casa segura de ella ya que con ese tamaño podía entrar en un caserón de cualquier altura tan silenciosamente como si fuera un fantasma.

 

            El alcalde necesitaba librarse del problema. La gente le gritaba en la plaza del pueblo increpándole que hiciera algo y los alguaciles se negaban a ir de cacería. Entonces decidió acudir a la prisión. Reunió a todos los condenados a muerte y les dijo:

 

            - Tengo una propuesta para vosotros. Como todos sabréis ya, hay una culebra que está atemorizando a la región. Ha devorado a todo aquel que se ha cruzado en su camino, incluso a un grupo de soldados armados y cubiertos de armaduras. No dejó alma con vida. Hasta se ha comido al que la ha criado. Estoy dispuesto a que si hay uno de vosotros que se atreva a ir en su busca para cazarla, le condonaré la pena y quedará en libertad con honores.

 

            Ningún condenado salió voluntario para semejante locura. Se escucharon rumores. Unos decían que preferían morir decapitados otros que preferían vivir sus últimos días de vida comiendo la basura de la cárcel, otros que deseaban que la culebra se tragara al alcalde… Pero hubo uno que dio un paso al frente y el alcalde se rió de él. No solo el alcalde, todos los allí presentes.

 

            Era un hombre gordito, bajo y calvo que parecía no ser capaz de correr diez metros sin jadear de cansancio. El hombre no pareció avergonzarse de las risas de los soldados y de los propios compañeros que compartían su destino.

 

            - Yo lo haré - dijo -, pero necesitaré tres cosas.

 

            El alcalde dejó de reírse, era lo único que tenía para tratar de acabar con esa amenaza y no perdía nada por intentarlo.

 

            - Habla, qué tres cosas quieres - dijo el alcalde.

            - Un sable, un caballo muy alto y un espejo de mi altura.

            - ¿Cómo sé que no quieres el caballo para escapar?

            - Os doy mi palabra.

            - ¿La de un asesino?

            - Soy cazador, señor, he puesto trampas y es cierto que algunas mataron personas, pero nunca fue a propósito. La condena que se me ha impuesto es injusta. Permitiré que me siga una guardia armada para que os aseguréis de que no pienso escapar.

 

            El alcalde lo examinó de pies a cabeza y se dio cuenta de que ese hombre no tenía el menor peligro para su guardia y mucho menos para una bestia tan voraz. Estuvo a punto de negarse pero él sí era un hombre de palabra. Había prometido la libertad a cualquiera que se atreviera a enfrentarse a ella y no importaba si éste no tenía la más mínima posibilidad.

 

            - Está bien, concedido.

 

            Al día siguiente el condenado cabalgaba sobre el caballo más alto de la región. Había colocado el espejo colgado del cuello del animal y lo llevaba a modo de escudo hasta casi tocar el suelo. Los soldados se mofaban de él apostando entre ellos cuánto tiempo aguantaría con vida antes de que la culebra le quebrase los huesos. Por precaución todos iban a caballo para que en cuanto apareciera la culebra salieran todos huyendo a una distancia prudencial.

 

            Sin embargo la culebra se abalanzó sobre uno de los guardias. En un abrir y cerrar de ojos le trituró el cuello con sus fuertes músculos y saltó al siguiente. Los demás huyeron aterrorizados, sin poder evitar que la culebra de ocho metros hiciera crujir los huesos de su otro compañero.

 

            El condenado no huyó, colocó su caballo frente a la culebra mientras ésta remataba a su segunda presa y luego fue hacia él. Entonces se encontró con otra culebra exactamente igual de grande que ella y se la quedó mirando, asombrada. Su lengua serpenteó en sus labios escamosos sin perder de vista ese nuevo rival que la amenazaba; que no era otra cosa que su reflejo en el espejo. En ese tiempo que permaneció inmóvil, el condenado espoleó a su caballo y pasó junto a ella cortándole la cabeza de un certero tajo de sable.

 

            Toda la región le proclamó como un héroe y le perdonaron la pena de muerte. La culebra se había hecho tan famosa que decidieron colgarla en lo alto de una iglesia de Zamora. Era tan larga que daba la vuelta completa a todo el recinto interior, que por otra parte no era tan grande.

 

            La iglesia pasó a llamarse, "La iglesia de la culebra" en donde se puede distinguir el cadáver corrupto de tan terrible animal incluso hasta nuestros días.

 

FIN

 

 

Dedicado a mi padre, que fue quien me lo contó.

Una historia real que se ha convertido en leyenda con el paso de los años.

 

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Comentarios: 5

  • #1

    carla (martes, 05 julio 2011 21:33)

    :) Estuvo buena!

  • #2

    judith (martes, 03 abril 2012 17:57)

    Esta historia me la conto mi abuela paterna Ascencion Guerra hace aproximadamente 45 anos ella nacio alla en zamora ya fallecio pero me trae recuerdos ver eso vivo en valencia venezuela

  • #3

    Miky (sábado, 29 septiembre 2012 12:05)

    THX for info

  • #4

    Juicer Review (domingo, 14 abril 2013 12:38)

    I shared this on Myspace! My friends will really enjoy it!

  • #5

    antonio (jueves, 16 mayo 2013 15:10)

    yo soy de santa maria de valverde sali de alli en el 57 ya hcia muchu tiempo que se comentaba habia gente que lo iba pregonando

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Un pastor llamado Alfonso vivía en las cercanías de Zamora en una solitaria casa donde su padre y sus abuelos se habían ganado la vida durante décadas con el pastoreo de cabras y ovejas.

 

Un día, vino su tío de las Américas y le trajo un regalo muy peculiar metido en una caja. Una simpática culebra del tamaño de un dedo índice que jugaba graciosamente con un palito que tenía dentro de su cajita. Alfonso era un amante de la naturaleza y cualquier animal exótico le entusiasmaba. Cuando vio su regalo se lo agradeció a su tío pero le hizo prometer que nunca le diría a su madre lo que era. Al parecer ese tipo de animales le provocaba pesadillas.

 

            - Se trata de una anaconda - le dijo su tío -. Dale de comer insectos pero no esperes que viva demasiado, no suelen soportar estos climas tan secos.

 

            - Gracias, le cogeré saltamontes y moscas para que se alimente.

 

Su tío estaba solo de paso y pronto volvió a marcharse a Brasil, donde había conseguido enriquecerse montando un negocio.

 

Alfonso cogió varios saltamontes ese mismo día, les mató para que su nueva mascota pudiera alimentarse sin problemas pero ésta no los comía. Pensó que debía extrañar su tierra y se preguntó cómo sería. Trató de imaginarse el río Amazonas y le puso piedras en la caja para que pudiera esconderse y con un tarro de agua le hizo una especie de río.

 

Escondió la caja junto a una piedra, entre unas zarzas para que nadie la encontrara. Su padre conocía su secreto pero su madre solo sabía que era su mascota, la que le trajo su tío. Ella no se interesaba mucho por esas cosas pero pensaba decirle, si preguntaba, que se trataba de una tortuga.

 

Con el paso de los días, los insectos muertos se acumulaban en la caja de la culebra y no comía ninguno. Alfonso temía por su vida y pensó que no le duraría mucho. En ese tiempo le había cogido gran cariño porque cuando iba a verla la cogía y ésta se le enroscaba en los dedos como en un abrazo. Su tío le había asegurado que las anacondas no tienen veneno por tanto no había nada qué temer.

 

Un día la culebra se le escapó de la mano y saltó a la tierra. Serpenteó rápidamente y ésta cazó un saltamontes que estaba huyendo de ella en pleno salto. Alfonso se quedó fascinado por el increíble talento para la caza de su mascota, ya que el saltamontes era incluso más grande que ella, y cuando la recogió del suelo supo que la comida que le diera debía seguir viva y en plenas facultades. Cogió una caja de madera rectangular, la cubrió con tela para que no pudiese escapar, puso el tarro de vidrio con el agua y algunas piedras. Luego tapó la caja con un tablón y dentro puso la culebra con varios saltamontes vivos.

 

Ante su asombro, al día siguiente no quedaba ni un solo insecto. Ese día su madre le vio tan feliz que le preguntó por qué estaba así. Él dijo que su mascota se estaba alimentando y que viviría.

 

            - ¿Me la vas a enseñar algún día?

            - Seguro, cuando sea un poco más grande. Las tortugas son muy tímidas.

            - Oh, una tortuga - dijo ella con desagrado -. Mejor no me la enseñes, me dan asco todos los reptiles.

            - Ya lo suponía - dijo el niño, feliz de que no insistiera.

 

Transcurrieron los meses y la culebra parecía no tener suficiente con moscas y saltamontes. Comenzó a llevarle grillos, alacranes y todo bicho que se encontrara en sus labores de pastoreo. Su mascota ya era de la longitud de un brazo y cuando jugaba con ella le apretaba tan fuerte que a veces le ponía la mano morada. Él pensaba que era simple juego para ella y que así le demostraba lo fuerte que era.

 

Cuando la caja era demasiado pequeña para contenerla, decidió subir a lo más alto del río y soltarla por allí. Pensó que sería una despedida definitiva.

 

La culebra no se alejó de él, se empeñaba en jugar con su brazo o sus piernas y Alfonso lo interpretó como una forma de decirle que le quería y le echaría de menos. Entonces decidió volver a esa parte del río cada poco tiempo a ver cómo se encontraba su culebrita, como él la llamaba.

 

Volvió a los tres días y la culebra salió de su escondite para volver a jugar con él. Al parecer tenía hambre porque devoró en un momento casi todos los insectos que le llevó.

 

Pasaron los días, las semanas y los meses y la culebra alcanzó pronto el metro de longitud. Alfonso estaba orgulloso de ella, pensó que solo se alimentaba de la comida que le llevaba y no sospechaba que la culebra estaba acabando con todos los ratones y ardillas de la zona. Él seguía siendo su padre y ella su niña. Cuando jugaba con ella, la culebra tenía tanta fuerza que a veces le dejaba sin respiración. Era tan cariñosa…

 

Pasaron los años y Alfonso cumplió la edad de ir a hacer el servicio militar. Se despidió de su culebra cuando ésta ya medía tres metros. Para entonces ya se cuidaba mucho de acercarse a ella porque las últimas veces, en su amor efusivo casi le rompió el cuello de tanto apretarle y eso ocurrió cuando aún no pasaba de los dos metros. Ahora solo le dejaba el saquillo de insectos y se limitaba a saludarla desde lejos.

 

Alfonso se marchó y la culebra acabó con todos los animalitos del riachuelo. Con el paso del tiempo devoró un ciervo, jabalíes y algún lobo. La culebra creció y comenzó a pasar hambre, hasta que dejó la zona donde vivía y descendió río abajo. Medía cinco metros cuando encontró un burro atado a un poste. Se enroscó en él y le trituró los huesos. Luego lo devoró y se arrastró con semejante presa en el estómago, al río, un lugar protegido por las hierbas y las sombras, escondida en el agua. Dormitaba mientras conseguía hacer la digestión de semejante animal. Nunca había comido algo tan suculento y le gustó.

 

Pronto la población comenzó a verla y trataron de matarla. Sin embargo era rapidísima y cuando echaba el ojo a una víctima, nadie podía hacer nada para evitar que la apresara. Cuando los tenía envueltos con su largo cuerpo musculoso nadie se atrevía a atacarla por miedo a herir a su víctima. Luego ella se la llevaba y se escondía en lugares que nadie podía llegar, donde terminaba de triturar sus huesos y posteriormente los engullía con voraz apetito. Devoró niños desprevenidos sin siquiera aplastarlos. De la nada aparecía su gigantesca cabeza y caía sobre ellos como un saco que los envolvía completos y luego con inusitada agilidad se volvía a esconder en los lugares más insospechados.

 

Denunciaron su existencia a las autoridades y la guardia real llegó para tratar de matarla. Sin embargo la culebra ya alcanzaba los siete metros y no solo era grande, también increíblemente ágil y fuerte. Los soldados que fueron a cazarla aparecieron muertos al margen del río, con todos los huesos rotos de brazos, costillas y piernas. Al llevar rudas armaduras de hierro la culebra no los había podido devorar.

 

Sin embargo sus cadáveres consiguieron acrecentar la leyenda negra de la culebra y se extendió el terror por la zona. Se decía que era un monstruo, un dragón o incluso el diablo.

 

Era tal el temor que nadie se atrevía a acercarse por la zona. Y los que lo hacían, desaparecían sin remisión.

 

Entonces el padre de Alfonso se presentó ante el alcalde del pueblo y le dijo que creía saber cómo matar al animal. Sabía que debía ser la culebra que le había regalado su hermano a su hijo, que estaba prestando servicio militar.

 

            - Si alguien puede apaciguar a esa bestia, es mi hijo, señor. Mándele llamar y él la someterá.

 

El alcalde aceptó, como habría aceptado cualquier propuesta para solucionar tamaño problema para su región. Hizo traer a Alfonso y le contaron los estragos que había causado su mascota. Éste, sobrecogido se ofreció sin dudar a ir en busca de su culebra, convencido de que le reconocería y se la podría llevar a un lugar seguro, en lo más alto del río.

 

Cuando llegó a la zona no tuvo tiempo ni de hablarle. La culebra se arrojó hacia él y se enroscó sobre su cuerpo con tal fuerza que no le dejó ni hablar. Le rompió el espinazo, y luego poco a poco todos los huesos de su cuerpo, dejándolo en una terrible agonía. Después se lo tragó como había hecho con tantas otras presas. En ese momento la culebra había alcanzado los ocho metros de largo. Nadie recordaba haber visto antes una culebra tan grande y fuerte en la región.

 

Al devorar a su amo la fama se hizo aún mayor y se decretó zona prohibida aquella donde la culebra cometía sus fechorías. La gente que vivía por allí se mudó por el miedo de que el animal entrara en sus casas por la noche. No había casa segura de ella ya que con ese tamaño podía entrar en un caserón de cualquier altura.

 

El alcalde necesitaba librarse del problema. La gente le gritaba en la plaza del pueblo increpándole que hiciera algo y los alguaciles se negaban a ir de cacería. Entonces decidió acudir a la prisión. Reunió a todos los condenados a muerte y les dijo:

 

            - Tengo una propuesta para vosotros. Hay una culebra que está atemorizando a la región. Ha devorado a todo aquel que se ha cruzado en su camino, incluso a un grupo de soldados armados y cubiertos de armaduras. No dejó alma con vida. Por ello estoy dispuesto a que si hay uno de vosotros que se atreva a ir en su busca para cazarla, le condonaré la pena y quedará en libertad con honores.

 

Ningún condenado salió voluntario para semejante locura. Se escucharon rumores. Unos decían que preferían morir decapitados otros que preferían vivir sus últimos días de vida comiendo la basura de la cárcel, otros que deseaban que la culebra se tragara al alcalde… Pero hubo uno que dio un paso al frente y el alcalde se rió de él.

 

Era un hombre gordito, bajo y calvo que parecía no ser capaz de correr diez metros sin jadear de cansancio. El hombre no pareció avergonzarse de las risas de los soldados y de los propios compañeros que compartían su destino.

 

            - Yo lo haré - dijo -, pero necesitaré tres cosas.

 

El alcalde dejó de reírse, era lo único que tenía para tratar de acabar con esa amenaza y no perdía nada por intentarlo.

 

            - Habla, qué tres cosas quieres - dijo el alcalde.

            - Un sable, un caballo muy alto y un espejo de mi altura.

            - ¿Cómo sé que no quieres el caballo para escapar?

            - Os doy mi palabra.

            - ¿La de un asesino?

            - Soy cazador, señor, he puesto trampas y es cierto que algunas mataron personas, pero nunca fue a propósito. La condena que se me ha impuesto es injusta. Permitiré que me siga una guardia armada para que os aseguréis de que no pienso escapar.

 

El alcalde lo examinó de pies a cabeza y se dio cuenta de que ese hombre no tenía el menor peligro para su guardia y mucho menos para una bestia tan voraz. Estuvo a punto de negarse pero él sí era un hombre de palabra. Había prometido la libertad a cualquiera que se atreviera a enfrentarse a ella y no importaba si éste no tenía la más mínima posibilidad.

 

            - Está bien, concedido.

 

Al día siguiente el condenado cabalgaba sobre el caballo más alto de la región. Había colocado el espejo colgado del cuello del animal y lo llevaba a modo de escudo hasta casi tocar el suelo. Los soldados se mofaban de él apostando entre ellos cuánto tiempo aguantaría con vida antes de que la culebra le quebrase los huesos. Por precaución todos iban a caballo para que en cuanto apareciera la culebra salieran todos huyendo a una distancia prudencial.

 

Sin embargo la culebra apareció repentinamente y se abalanzó sobre uno de los guardias. En un abrir y cerrar de ojos le trituró el cuello con sus fuertes músculos y saltó al siguiente. Los demás huyeron aterrorizados, sin poder evitar que la culebra de ocho metros hiciera crujir los huesos de su otro compañero.

 

El condenado no huyó, colocó su caballo frente a la culebra y ésta, cuando terminó de matar a su víctima, fue hacia él. Entonces se encontró con otra culebra exactamente igual de grande que ella y se la quedó mirando, asombrada. Su lengua serpenteó en sus labios escamosos sin perder de vista ese nuevo rival que la amenazaba; que no era otra cosa que su reflejo en el espejo. En ese tiempo que permaneció inmóvil, el condenado espoleó a su caballo y pasó junto a ella cortándole la cabeza de un certero tajo de sable.

 

Toda la región le proclamó como un héroe y le perdonaron la pena de muerte. La culebra se había hecho tan famosa que decidieron colgarla en lo alto de una iglesia de Zamora. Era tan larga que daba la vuelta completa a todo el recinto interior.

 

La iglesia pasó a llamarse, "La iglesia de la culebra" en donde se puede distinguir el cadáver corrupto de tan terrible animal incluso hasta nuestros días.

 

FIN 

 

 

Dedicado a mi padre, que fue quien me lo contó.

Una historia real que se ha convertido en leyenda con el paso de los años. 

 

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Comentarios: 2

  • #1

    carla (martes, 05 julio 2011 21:33)

    :) Estuvo buena!

  • #2

    Maria (jueves, 15 marzo 2012 00:23)

    quisiera saber dónde está esta iglesia, he estado varias veces en Zamora y no la he visto.
    Muchas graias

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