Ángel de la muerte

2ª parte

            - ¿Por qué razón quiere terminar la investigación tan pronto? - inquirió ella, irrumpiendo en su despacho sin llamar a la puerta.

            Cuando entró vio que el comisario no estaba solo. Junto a él había un hombre trajeado con camisa blanca y corbata roja, aparentemente cara. No le conocía de nada pero se daba unos aires de superioridad bastante desagradables.

            - Perdone, es Lara Emerich, mi más joven e impulsiva inspectora.

            - Espero que no se refiera al caso de Ernesto Gutiérrez - replicó el hombre, mirándola a ella, desafiante.

            - Pues claro que me refiero a ese caso.

            - Soy el fiscal del asunto de blanqueamiento de dinero, el juicio para el que iba a declarar la víctima. No tiene la menor importancia quién haya matado a ese hombre, ahora que no está, se han tirado a la basura meses de investigación. La comisaría, la fiscalía,... en definitiva, el ayuntamiento, ha perdido miles de euros con este caso. Será mejor que no sigan derrochando el dinero de los contribuyentes a menos que encuentren pruebas sólidas que puedan ayudar.

            - Si cerramos el caso tan deprisa, no podremos encontrar pruebas, ni sólidas, ni líquidas, ni gaseosas - replicó ella, enfurecida.

            - Sujete a sus perros, comisario - la ignoró, volviéndose hacia el otro -. No tendrá mi apoyo en su reelección, si este caso vuelve a salir a la luz por la razón que sea. No podemos permitirnos que se siga hablando de él en la prensa ni en ninguna otra parte. ¿Lo ha entendido?

            - Sí señor.

            Dicho esto, el hombre salió del despacho sin despedirse.

            - Ya lo has escuchado, Lara, no se puede perder un euro más en este caso.

            - Con el debido respeto, jefe - replicó ella, conteniendo las malas palabras -, llevo menos de tres horas en este caso y por lo que a mí respecta, no lo daré por concluido hasta que atrape al asesino. Si tiene prisa por cerrarlo, necesitará mi firma y no pienso dársela sin que esté segura de la verdad. Tengo que responder por todos los casos que llevo, señor. Esté usted o  quien sea en su cargo, la que va a tener que responder esto, seré yo. Así que déjeme hacer mi trabajo y no me meta en sus líos políticos.

            El comisario se acercó a la puerta y la cerró, pues toda la comisaría estaba escuchando la conversación por los gritos de Lara.

            - Quiero un informe a las doce con el caso cerrado. Tienes ese tiempo para encontrar una sola prueba sólida de que se puede implicar a algún sospechoso. No me valen las especulaciones Lara, y...

            Caminó lentamente a su sitio con cara de pocos amigos mientras mantenía en vilo a su empleada.

            -... No vuelva a levantarme la voz o la pondré de patitas en la calle - dijo eso con mucha calma y mucha sangre fría -. ¿Eso lo ha entendido?

            - Sí señor - dijo ella, mucho más relajada.

            - Si no encuentra pruebas, el caso no se puede dar por cerrado, pero sí por archivado. Cualquiera de las dos opciones me valen así que póngase a trabajar ahora mismo.

            El tono del comisario era demasiado imperativo como para replicar una palabra. Lara estaba cansada de que la trataran como a la compañera de Pablo, la que estaba aprendiendo del maestro. Pensó en cómo reaccionaría él en una situación así y recordó que en los meses que había trabajado a su lado, nunca había elevado el tono de voz. Claro que todo el mundo le respetaba y si decía una cosa, la gente no discutía con él. A ella le discutían hasta los becarios. Suspiró y se dio cuenta de lo difícil que iba a ser soportar el mes de agosto sin él. Se había cogido vacaciones y se había ido a Valencia a disfrutar de la playa o como decía él, a intentar no divorciarse. Bromeaba porque como se pasaba tan poco tiempo en casa, a lo largo del año, en ese período de tiempo no tenía la escapatoria del trabajo y tenía que estar las veinticuatro horas con su señora y sus hijos. Pero, a pesar de decir eso, Pablo Jurado tenía una foto de los tres en su escritorio de la comisaría así que se lo debía estar pasando en grande.

            Se centró en el caso que la ocupaba ahora y negó con la cabeza. ¿Qué tenía? Podía averiguar dónde había estado la noche anterior a su muerte, preguntar a su familia si sabía si alguien quería matarle, pero dada su condición de testigo y que estaba a punto de testificar contra un importante ministro, estaba claro que su muerte era muy apropiada. La prensa estaba haciendo sangre al gobierno con sus artículos y seguramente, cualquier investigación o interrogatorio al ministro de interior sería como dar de comer su carne a las fieras de la prensa.

           

 

 

 

            El bar Alberti estaba casi desierto, como todas las mañanas. Acababa de correr dos kilómetros y estaba sudando. A pesar de ser las once ya empezaba a hacer un calor asfixiante en Madrid. Llevaba unas mallas cortas, hasta la rodilla, de color negro y un top del mismo color, con reborde blanco. Tenía el pelo cogido en una coleta y llevaba sus llaves, el dinero y su teléfono móvil en una riñonera ajustada a su cintura.

            Cuando entró al bar se dirigió a la única mesa ocupada, en la esquina del fondo a la izquierda. Allí se sentaba siempre su contacto. La había llamado esa mañana para resolver un asunto pendiente. Era un hombre de unos sesenta años, algo gordo, un típico español, con su café y su periódico. Solo sabía de él su nombre, pero le bastaba.

            - Buenos días Luis, que puntual - dijo ella.

            - Ángela, estás impresionante, como siempre. Me han dicho que hiciste un trabajo magnífico ayer. Te felicito.

            - Gracias, ha sido pan comido.

            - Siempre lo he dicho, tienes madera. Para destacar en lo tuyo tienes lo más importante, belleza y,... ausencia de apego a la vida ajena. Y lo admito, yo era el primero en oponerme a que hicieras este tipo de trabajos, pero tu mentor me pidió como favor personal que hiciera todo lo que pudiera por ti.

            - Fue un gran tipo - reconoció ella, cabizbaja.

            Luis sonrió. Sabía que la historia entre ella y El Cuervo era algo más que una relación profesional. Hacía tres años que se conocían, él cometió el error de ayudarla en una ocasión matando a su padrastro, cuando estaba golpeándola a la puerta de su casa y eso le llevó, irremediablemente a la muerte. En el tiempo que estuvieron juntos ella quiso aprender todos sus trucos y surgió algo entre ellos. El cuervo le visitó en una ocasión pidiéndole que cuidara de ella si él no volvía de alguna de sus misiones. Pudo ver en sus ojos que tenía miedo por primera vez en su vida, pero no miedo a morir, sino a dejarla de nuevo en la calle. El la adoraba y ella se comportaba como una chiquilla enamorada. Era un peligro continuo para él ya que le exponía al mundo y sobre todo a sus enemigos. Era como poner su corazón en bandeja para que otros hicieran filetes con él.

            - Si él siguiera vivo, no permitiría que te dedicaras a esto.

            - Si Frank siguiera conmigo - replicó ella -. Estaría orgulloso de mi talento.

            Ángela era muy atractiva, tanto que el propio Luis quería pegarse un revolcón con ella aunque sabía que era como desear comer pan con un pedazo de queso cortado de la Luna llena. Esa chica seguía enamorada de Frank, El cuervo, y cualquiera que hiciera amago de tocarla, seguramente acabaría muerto. Sí, era condenadamente atractiva y lo peor era que ella lo sabía, explotaba al máximo su potencial seductor y cualquiera que la viera sin conocerla podía pensar que estaba presenciando un ángel. Por eso la había apodado "Ángel de la muerte". Además, a sus clientes les había encantado el nombre de su nueva herramienta de trabajo. Que se llamara Ángela no dejaba de ser un capricho del destino.

            - No creo que se sintiera tan orgulloso - dijo él, arrugando la boca, con disgusto.

            - ¿Dónde está mi dinero? - preguntó ella, directa al grano -. Quiero ir de compras.

            - No puedo pagarte todavía - replicó Luis, mirándola a los ojos.

            - No lo entiendo, hice lo que me dijeron.

            - Te dije que no dejaras pruebas, pero tuviste que usar tu pistola...

            - Recogí los casquillos, tal y como me enseñó Frank. No toqué nada.

            - Dicen que fumaste en el coche, encontraron tabaco en la tapicería del copiloto.

            - Me llevé la colilla - replicó ella, retadora.

            - ¿Y no te parece que eso es peligroso? Ahora saben que hubo alguien de copiloto la noche que murió. Puedes dejar de fumar mientras haces tu trabajo, puedes usar otras armas menos violentas, más casuales como un cuchillo.

            - Sin casquillos ni colilla no hay pruebas que me incriminen.

            - ¡Estúpida arrogante! - insultó Luis -. Mis clientes esperaban un trabajo sucio, que pareciera un delito común de la calle. No me importa que nadie sospeche de ti, importa que pareciera un asalto trivial.

            - Tus palabras exactas fueron: "Sé discreta y no dejes pruebas de ningún tipo". Si quieres que me ajuste a las exigencias del cliente, tendrás que ser más claro la próxima vez.

            - Frank no habría necesitado ni entrar en su coche. Le habría matado a la vieja usanza,...

            - ¡Frank está muerto! - exclamó ella, enfurecida -. Así que acostúmbrate, yo no soy él.

            Luis asintió y dejó de mirarla para asegurarse que nadie de la calle les había escuchado. El camarero era colega suyo así que no le preocupaba.

            - De acuerdo, pues arréglalo - ordenó.

            - ¿Qué quieres que haga? - preguntó, enojada.

            - ¿No es obvio? Haz lo que sabes hacer.

            Luis sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta y sacó una foto. Se trataba de la escena del crimen, el coche donde disparó a su última víctima. Había varias personas por allí, cogiendo pruebas, fotografiando el lugar... Luis señaló a una chica vestida con una camiseta marrón y pantalones tejanos. Se le veía perfectamente la cara y Ángela se quedó boquiabierta al reconocerla.

            - ¿Lara Emerich? - preguntó, sonriendo.

            - La misma. Al parecer no está dispuesta a dejar el caso por cerrado.

            - No te preocupes por nada - replicó Ángela, sonriendo con satisfacción -. Esa perra mató a mi padre.

            Se levantó, entusiasmada, dispuesta a irse.

            - ¡Espera! - exclamó Luis -. Esta vez asegúrate de que parece un accidente.

            Ella puso cara de enfado y soltó un suspiro de rabia.

            - Mierda - se lamentó, cerrando la puerta del bar de un portazo.

Animal es el que abandona a su mascota.

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