Ángel de la muerte

4ª parte

           

    Ángela estuvo revisando la documentación que le había mandado Luis en el sobre, en su vehículo, la foto de un tal Federico y su hija Mónica. En el informe en papel había unas notas y un mapa de carreteras para llegar a un pueblo llamado Arenas de San Pedro. En las notas solo había dos líneas escritas: "Contactar con James Beckett" y luego ponía una dirección. Debajo especificaban que memorizara esa información y luego quemara el papel. No tenía buena memoria, especialmente para los mapas, de modo que prefirió no obedecer esas estúpidas indicaciones hasta haber terminado el trabajo.       

            Luego se llevó la mano al bolsillo del pantalón y sacó el sobre repleto de billetes. Con ese dinero podía hacer un viaje a donde quisiera. Pero el trabajo que tenía entre manos le daría mucho más dinero. Nada menos que cien mil euros, dinero suficiente para pagar su propia casa, si lo juntaba con el resto del dinero que tenía ahorrado, claro.

            Arrancó su coche, un Volkswagen Golf negro que compró con su primera paga y que le encantaba. Según le enseñó Frank pasaba desapercibido, que era lo más importante. Se acordó de su mentor, de su apartamento de alquiler en el centro de Madrid, cuando decidió acogerla en su casa, después de matar a su padrastro.  Suspiró y tuvo un momento de debilidad, le echaba de menos a pesar de haber muerto cuando solo tenía dieciocho años. No hacía tanto, pero en esos tres años habían pasado muchas cosas y parecían una eternidad. Sin embargo su corazón le extrañaba como a un padre o a un amor que ya no estaba.

            Era un tipo callado, alto, feo, no podía negarlo, tenía la cara extraña pero tenía un toque atractivo. Parecía tonto, pero era muy astuto. Cuando le conoció era el asesino mejor pagado de Luis Fernández, su jefe. Al principio ella era una carga para él, se negaba a decirle qué hacía en su trabajo aunque ella sabía de sobra que se dedicaba a matar gente. Él siempre decía que los profesionales que hablan de lo que hacen se exponen a que alguien escuche. Nunca se fió de ella totalmente, ni siquiera cuando empezaron a acostarse ya que ella le amaba desde el día que le vio reventar la cabeza del cabrón de su padrastro.

            Cuando se convirtieron en amantes, él accedió a revelarle secretos sobre su trabajo. La entrenó para ser una asesina profesional, la formó como él hubiera querido que le formaran, si no fuera porque tuvo que aprender solo. Sus técnicas se habían ido refinando durante años, con la práctica. Le enseñó a usar el cuchillo, la pistola, el rifle de mira telescópica, le enseñó a fabricar bombas caseras como la que había usado para Lara, una cocina llena de gas y un mechero eléctrico con temporizador que, tras la explosión no dejaría rastros. Parecería una simple explosión accidental con la que se vendría abajo toda la estructura aplastando a la asesina de su padre. Todo eso tendría el privilegio de verlo esa misma noche, cuando volviera a casa y pudiera poner la grabación. Lara Emerich tendría el honor de ser protagonista de la mejor película snuf jamás creada.

            Faltaban unos cincuenta kilómetros para llegar, el viaje se le estaba haciendo pesado. No le gustaba correr mucho, era una forma estúpida de llamar la atención. Pero eso hacía los viajes tan aburridos que le daban sueño. Se puso música romántica en la radio y la fue tarareando mientras recordaba a Frank. Repasó mentalmente las instrucciones y hubo un detalle que, sin duda, Frank habría comentado.

            - Ningún cliente pide ver al asesino, es una prueba circunstancial - hubiera dicho.

            - ¿Qué insinúas? - le hubiera preguntado ella.

            - Seguramente planean matarte a ti después. Buscarán cualquier excusa, te acusarán de cualquier error y así se ahorran tu sueldo y evitan que puedas declarar contra ellos.

            - No había caído en eso - dijo ella, sonriendo.

            Evidentemente estaba cayendo en ese momento al imaginar aquella conversación.

            - No importa, todos intentan joderte - aleccionó Frank -, no te puedes fiar ni de tu sombra. En nuestro trabajo hay que ser astuto y cuando veas las orejas al lobo, tienes que tener un buen cuchillo a mano para cortárselas antes de que él te devore.

            - Vamos a conocer a esa familia de lobos - dijo ella sonriente, imaginando a su amante muerto en el asiento de copiloto.

 

           

            Arenas de San Pedro era una ciudad bastante grande. La dirección que tenía estaba en el centro, casi al otro lado de la ciudad. El GPS le fue indicando el camino hasta llegar a la puerta de un chalet de dos plantas con jardín, donde podía aparcar sin problemas en su puerta.

            Entró y llamó, tocando el timbre. Después de unos segundos, la puerta se abrió. Le atendió un hombre alto, rubio y de ojos claros. A pesar de tener sus cincuenta añitos estaba fornido y era bastante atractivo.

            - Ángela Dark - se presentó ella, extendiendo su mano -. Me han dicho que me espera. ¿Es usted James Beckett?

            - Encantado de conocerla. Adelante, pase y póngase cómoda.

            Ese hombre tenía un acento americano bastante marcado. Aún así hablaba español bastante bien.

            - Dígame - dijo ella, sentándose en un sofá individual mientras él se dirigía al mueble bar -. ¿Estoy aquí por alguna razón en especial? En mi trabajo no suelo conocer a mis clientes.

            - Sí, por supuesto - replicó él, sirviéndose una copa de Whisky -. ¿Quiere una copa?

            - No, gracias, no bebo cuando trabajo. Pero fumaré un cigarrillo.

            Podía haber preguntado si le daba permiso, estaba en su casa, pero pensó que era mejor dejar claro que ella no era su marioneta y hacía lo que le daba la gana.

            Sacó su pitillera y se puso uno en la boca, que encendió con rapidez, e inhaló una profunda calada.

            - Oh, vaya, no fuman mucho por aquí - se hizo la sorprendida -. ¿No tiene un cenicero? No querrá que le queme la alfombra con las cenizas.

            James sonrió condescendiente y abrió un cajón del mueble del comedor para sacar una ostra marina.

            - Por supuesto que tengo - se la entregó.

            - Bien, ahora que cada uno se ha dejado llevar por sus vicios - bromeó ella, sonriendo -. ¿Podemos seguir con los negocios?

            - Por supuesto - James se acercó y se sentó en el sofá grande, a su derecha.

            - Ha habido un asesinato que la policía ya tenía resuelto. Al parecer mi hijo iba de acampada con unos amigos y uno de ellos fue estrangulado en plena noche. Verá, mi hijo es joven, es demasiado impresionable. Sabe a qué me dedico, que soy importador de licor y que tengo una empresa grande. Aunque también sabe de mi otro negocio... No sé si me entiende.

            - Pues no, no le entiendo.

            - Me dedico a limpiar rastros. Bueno, exactamente, no soy yo quien hace eso. Tengo un equipo de veteranos de guerra que hace muy bien su trabajo. ¿Nos entendemos mejor ahora?

            - Sí pero no le sigo. ¿Qué tiene que ver el asesinato, su hijo y esa panda de matones?

            - No son matones, señorita, son profesionales. Les llamo "El escuadrón de la muerte". Mi hijo les ha visto venir en ocasiones y de algún modo se ha enterado de todo. Les ha apodado como "La mano negra" porque son cinco y visten de negro. Se lo conté porque es un negocio familiar y él ya tiene veinte años, pronto debería estar preparado para trabajar en cuanto termine sus estudios. Está entusiasmado desde que le conté lo que hacía. Le dije que no soy un criminal que trabajo para el gobierno, que mis hombres no son asesinos sino la mano oculta de un poderoso personaje político. Desde entonces está empeñado en fundirse al escuadrón… - James dudó -. Se dice fundirse, ¿no? Es que no recuerdo bien la palabra… ¿o era añadirse?

            - Integrarse – rectificó Ángela, fastidiada.

            - Oh, sí, integrarse… gracias – James no parecía convencido.

            - De nada - dijo ella, aburrida -. Sabe qué, no me importa lo que haga usted, por mí como si se masturba pensando en el presidente del gobierno. Lo único que necesito saber es a quién tengo que matar.

            - No es tan sencillo, señorita Dark - explicó él, ofendido.

            Ángela negó con la cabeza y esperó a que su cliente continuara. Estaba recibiendo demasiada información, estaba claro que iban a ir a por ella en cuanto terminara su trabajo o bien pretendían reclutarla. Tanto una cosa como la otra eran muy malas ya que si decía que no, ambas terminaban con ellos intentando matarla.

            - Mi hijo quiere ser como yo, quiere heredar el negocio familiar y está obsesionado con demostrarme que puede ser miembro de la mano negra. Para ello ha... ¿cómo lo diría...? Disculpe no domino mucho el español... Ha juntado, reclutadoa dos chicos para su propia banda de asesinos. A uno de ellos le obligaron a matar a Mónica, la chica que ahora quiere demostrar su inocencia. Como ese chico no cumplió su misión, Fredy, acabó asesinó al novio de Mónica para demostrar su fuerza. Y lo peor de todo, hizo fotos con un reloj espía que le regalé y me las mostró. Le estranguló con una mano mientras le fotografiaba muriendo. Creo que está disfrutando demasiado, es un psicópata y me asusta. No sé qué hacer con él, está poniendo en peligro todo mi negocio con sus estúpidos intentos de llamar mi atención. 

            James bebió el contenido de su vaso de un solo trago y miró hacia el infinito, con rostro enojado.

            - ¿Quiere que mate a su hijo? - dedujo ella, asombrada.

            - No, no quiero - replicó -. Pero debe hacerlo. Aunque antes debe averiguar qué saben los investigadores que están ayudando a Mónica. No puede dejar que averigüen nada, ¿me ha entendido?

            - ¿No quería que matara a este hombre? - preguntó, confusa, mostrando la foto del sobre que tenía en el bolsillo de la chaqueta.

            - Ah, sí Federico... - James suspiró negando con la cabeza.

            - Es amigo suyo - volvió a deducir ella.

            - De toda la vida, es uno de mis mejores clientes... de mi negocio de vinos. Somos amigos de ir a jugar al golf, de jugar partidas de Texas hold'em. No sabe nada de mi otro negocio. No, a él no necesitará matarlo a menos que sepa demasiado. Averigüe qué saben esos detectives.

            - ¿Cómo? - preguntó ella -. Ni siquiera me han dado una foto de ellos.

            - Disculpe - James sacó un sobre de su chaqueta y se lo dio.

            Ángela sacó varias fotos del sobre, de un Mazda RX8 negro con los cristales tintados. En otras fotos se les veía bajar del coche y entrar en su casa.

            - Tenemos el video de seguridad de cuando vinieron a interrogar a mi hijo. Por supuesto no averiguaron nada.

Continuará

Animal es el que abandona a su mascota.

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