Ángel de la muerte

5ª parte

 

            - Estas fotos me valen - dijo ella mientras intentaba memorizar cada detalle de ambos investigadores.

            Él era alto aunque no demasiado, llevaba el pelo rapado al uno de color negro y se había dejado barba de tres días. Llevaba gafas de sol clásicas, de patillas de metal y tenía unos pantalones vaqueros claros con una chaqueta de cuero en la que se notaba un bulto en el lado izquierdo. Ella era una chica guapa, de pelo liso y castaño hasta los hombros, llevaba una chaqueta marrón con un pantalón holgado que cubría sus pies aunque se veían unos zapatos negros a juego con su bolso del mismo color. Ella no llevaba gafas de sol y se le veía la cara a la perfección.

            - Me temo que no puedo contarles demasiado sobre ellos. Él se llama Antonio Jurado y ella Brigitte Keira. Mis contactos han identificado a más de doscientos hombres en España con ese mismo nombre pero, curiosamente, ninguno se le parece. En cuanto a ella, no es española por lo que va a ser casi imposible averiguar nada. Sin embargo he pedido que busquen en otros países y, seguramente recibiré la información esta tarde o, como mucho tardar, mañana - explicó, cometiendo su primer error hablando en castellano.

            - Se dice como muy tarde - corrigió Ángela, sonriente.

            - Oh, sí, disculpe, no estoy tan habituado a hablar en su idioma.

            - ¿Qué quiere que haga mientras tanto?

            - Quiero que se pegue a mi hijo día y noche. Le voy a decir que es una de mis asesinas del escuadrón de la muerte, por ello deberá usted vestir ropa negra. No me creerá si ve que lleva esa minifalda y esa blusa blanca.

            Ese cabrón le estaba diciendo descaradamente que la iba a matar en cuanto cumpliera la misión. No se lo estaba pidiendo a sus hombres porque a ellos los quería vivos. Aunque era posible que recurriera a ella ya que ellos podían ser efectivos en el uso de la fuerza pero nada sutiles a la hora de averiguar cosas. Ella, en cambio, era inteligente y además una pieza de usar y tirar que no tendría problemas en borrar del mapa en cuanto cumpliera su cometido. Pero no importaba, que su cliente tratara de matarla, entraba en la rutina diaria de su trabajo. Como decía Frank: "Vigila a tus enemigos, pero vigila más aún a tus amigos".

            - No pensaba trabajar así vestida - protestó, sintiéndose observada por ese hombre. Había estado sentada con las piernas juntas, pero no había pasado por alto que la mirada de James subía de sus piernas a su cara con demasiada frecuencia.

            Habitualmente vestirse como una mujer sexy era algo beneficioso para su trabajo. Nadie esperaba que una chica así fuera una asesina profesional y no había quien se resistiera a sus encantos. Pero al parecer, este trabajito iba a ser más complicado.

            - Tengo ropa que podría valerle - replicó él -, si es que usted no tiene.

           

            No había traído maleta, pensó que sería cosa de una tarde y por la noche podría estar en casa. Eran las seis y pensó en Lara. La pobre pensaría que su trampa de gas argón estaba mal porque seguía con vida. Le había escondido una llave en el quirófano del plató de su padre para que pensara que tenía otra en la sala de los sacos. Seguramente había recorrido todo el suelo de arena con sus manos, buscando la dichosa llave. Después buscaría azulejos de las paredes que estuvieran medio sueltos y, luego, volviendo a empezar... no tenía otra opción, solo podía quitar la gruesa cadena con esa llave. Nunca la encontraría ya que estaba en su bolso, quería que cuando la cocina reventase, ella estuviera justo ahí debajo. Arrastrándose por el suelo como una perra. Sonrío solo de pensar que podría verlo en su casa cuando regresara.

            Se puso la ropa que le trajo James, un chándal de marca, totalmente negro, bastante elástico y cómodo. Le gustó, podía moverse con bastante agilidad.

            Era genial ya que estaba bien entrenada en el parkour, una especie de filosofía, o como creía la gente, un arte marcial occidental con el que podía moverse como si tuviera muelles en los pies por lugares imposibles. Entrenó con un amigo de Frank que se dedicaba a lo mismo que ella. Él decía que estaba muy viejo para convertirse en un saltimbanqui, pero que le gustaba verla practicar. Se le daba muy bien, había llegado a caminar hasta cuatro pasos por una pared y eso era todo un logro. Podía escalar paredes totalmente lisas de hasta tres metros, simplemente caminando hacia arriba. Era su deporte favorito y lo practicaba en cuanto tenía algo de tiempo libre, que era bastante. Además, su trabajo requería que estuviera en forma y que pudiera aparecer y desaparecer de la nada, como una sombra. Y si algún día se veía en la necesidad de huir de alguien, lo dejaría atrás en un periquete.

            Cuando llegó Fredy a casa estaba en el salón, en el mismo sofá de antes, con su chándal negro y con las piernas cruzadas, fumando un cigarrillo. James había bajado su portátil y estaba comprobando si sus contactos ya sabían algo de ese tal Antonio Jurado. Al llegar su hijo, cerró la tapa del portátil y lo recibió con alegría.

            - Hijo quiero presentarte a una miembro de mi equipo - dijo, bastante orgulloso -. Quiero que no te separes de ella y aprendas todo lo necesario para triunfar en ese trabajo. Le he dado poderes absolutos sobre ti, obedece como si fuera tu madre.

            - Qué gracioso papá - replicó el chico, con chulería -. ¿Obedecer yo a una mujer? Los Beckett no...

            - Si quieres ser uno más del equipo tendrás que aceptar sus órdenes como si fuera yo. Aprende disciplina o tendré que enseñártela a palos.

            Fredy puso los ojos en blanco.

            - ¿Me la podré follar esta noche? Tiene un polvazo...

            Ángela le miró con asco y tuvo la tentación de dispararle con su walther PPK, alojada en la muñeca de su chaqueta del chándal. Suspiró al pensar que tendría su ocasión en cuanto supiera todo lo que tenía que saber de ese detective y su acompañante.

            -  Si ella quiere, puedes hacer lo que quieras. Pero por la cara que pone, dudo que puedas hacerlo.

            - Ya, además no pienso engañar a Trudy por esta putilla.

            Aquello fue demasiado, Ángela se puso en pie y le apuntó con su pistola a la cabeza.

            - No, no, no - exclamó James, asustado.

            - Como vuelvas a insultarme te mato - le amenazó ella, con apenas un susurro.

            Fredy se quedó blanco y retrocedió hasta tropezar con el mueble de la entrada del salón.

            - Vale, vale, vale, joder, no pretendía insultarte, lo siento.

            La chica suspiró y volvió a guardar la pistola en su manga con un movimiento de muñeca

            - Wow, ¿cómo ha hecho eso? - preguntó Fredy, que del desprecio y el pánico pasó al asombro, en cuanto se vio libre de amenaza.

            - Tendrás que aprender de ella todo lo que te enseñe -aleccionó James, que aún sudaba por el susto que le había dado Ángela-. Cuéntale todo y puede que entonces te lo cuente yo todo cuando estés preparado para ser uno de los míos.

            - Genial, ¿cuándo empezamos? - dijo el chico.

            - No pienso pasar la noche en su cuarto - protestó ella.

            - Por supuesto, por supuesto - James tampoco parecía dispuesto a ver  a su hijo muerto en su casa -. Antes de enseñarte tu habitación quiero hablar contigo de un asunto importante. Puedes irte Fredy, mañana empezará tu instrucción.

            El chico no le quitó ojo de encima  a Ángela mientras subía a su cuarto, que la miró como si quisiera comérsela. Ahora ya no la veía como una puta, la veía como una puta interesante y eso enfureció a Ángela aún más que si la hubiera insultado de nuevo. La perspectiva de matarle se hacía cada vez más gratificante.

            - Cuando desapareció de su vista el hombre negaba con la cabeza – como si estuviera frustrado -. Es demasiado impulsivo, lo va a fastidiar todo. Si crees que puede someterse a tu autoridad, no lo mates. Le quiero, pero me temo que va a llevarme a la ruina o a la muerte con sus salidas de tono.

            - ¿Le mato o no le mato? – preguntó ella, confusa -. Necesito una orden clara, no quiero que luego me venga con que no cumplí mi misión.

            - Su misión es muy simple – replicó él -. Evite que la verdad sobre la muerte del chico del campamento salga a la luz. No me importa cómo ni a quién tenga que matar.

 

            Al día siguiente James no estaba en casa y Ángela había dormido en la habitación de invitados, se había levantado en cuanto salió el sol y fumaba su cigarrillo mañanero en el sofá de cuero individual. Le había gustado ese sitio, podía ver toda la casa desde allí y como no tenía nada que hacer hasta que el holgazán ese se despertara, se quedó ahí pensando qué hacer. Cuando se terminó su cigarrillo se hartó de esperar y fue a la habitación. Eran las siete de la mañana y no quería tirar las horas esperando, necesitaba toda la información que pudiera darle.        

            - Arriba - le ordenó, encendiendo la luz de su cuarto.

            El chico se hizo el remolón en la cama y ella no dudó en arrancarle las sábanas de encima. Cuando vio que estaba desnudo miró hacia otro lado, disgustada.

            - ¡Qué haces! - gritó él, desquiciado.

            - No voy a permitir que me hagas perder todo el día. Tenemos cosas importantes que hacer.

            - Joder, apaga la luz - se quejó el chico, mientras se tapaba con las sabanas precipitadamente.

            - Date prisa, te espero abajo en cinco minutos. No hagas esperar a una dama.

            Cerró la puerta pero no apagó la luz.

            Volvió a su asiento y encendió otro cigarrillo. Se había perdido la película de la noche anterior y estaba preocupada por Luis, que seguramente esperaba una copia del video por email para confirmar su trabajo terminado. Ninguna misión era tan sencilla como para dar por sentado que sobreviviría y estaba impaciente de verlo, pensaba que Lara podía sorprenderla igual que cuando tenía catorce años y liquidó a todos los actores de su película, incluido el director que era su padre. Ahora que era policía debía tener más recursos. Casi deseaba que hubiera sobrevivido.

            Fredy bajó las escaleras, despeinado y con cara de enfado.

            - ¿Qué coño quieres tía? A estas horas no han puesto ni las calles en su sitio - protestó.

            - Quiero que me cuentes todo lo que sepas de ese inspector.

            - ¿Qué quieres que te cuente? - peguntó - . Me dijo dónde se hospedaba,...

            - ¿Tienes la dirección? - se sorprendió ella -. Está bien, tenemos que hacerles una visita.

            - ¿Para qué? No saben nada. Seguramente llegarán a la misma conclusión que la poli.

            Ángela suspiró, su trabajo no consistía en suponer. La iban a pagar por asegurarse de que nadie sabía nada que no debía dejar flecos.

            - Vamos, péinate, pareces un vagabundo. Tenemos que hacerles una visita.

            - ¿Ahora? - preguntó.

            - ¿Quieres esperar a que se larguen a investigar?

 

 

            Aparcaron a la puerta del hostal y le ordenó que subiera a la puerta de la habitación en concreto y esperara, que ella se las apañaría para entrar por la ventana.

            Trepó por la tubería del gas y alcanzó la primera planta que era donde debían estar. La ventana estaba abierta de modo que pudo entrar sin hacer ningún ruido. Vio que estaban durmiendo juntos en la cama y se planteó las opciones que tenía. Si hacían el menor ruido, despertarían.

            Podía entrar y despertarles. Les preguntaría qué sabían pero entonces no le dirían la verdad. Tenía que cerrarles la boca de forma contundente pero si no sabían nada podía estar exponiéndose inútilmente. Como no sabía qué hacer,  le preguntó en su imaginación a Frank.

            - El truco más viejo del mundo –respondía él con cara de suficiencia-. Secuestras a la chica y amenazas con matarla si no se larga del pueblo. Él no se atreverá a investigar y se irá, no tendrá opciones.

            Ángela sonrió, eso tenía mucho sentido. Si sabían algo sobre el asesinato y lo revelaban, su novia moriría. Si seguía investigando, su novia moriría.

            Se acercó a la puerta y abrió a Fredy. Éste entró pisando como un elefante en una cacharrería y tuvo que detenerlo con la mano.

            - Quítate los zapatos y no hagas ningún ruido - susurró.

            - Vale, vale - siseó él, sacándose las botas militares en las escaleras del hostal.

            Ángela miró al cielo y pensó en matarlo ya y acabar con todo, pero no era el lugar, ni momento, adecuados.

            Entraron ambos a la habitación y ella le pidió que esperase en el pasillo. Dentro de la habitación sería demasiado peligroso, se pegaría con la esquina de la cama en la rodilla o tocaría un mueble y tiraría los perfumes. La habitación estaba llena de bolsas de compras y había que sortearlas con sumo cuidado.

            Se acercó a la cabecera de la cama donde dormía ella y le tapó la boca mientras la apuntaba con su pistola a la cabeza. Ella despertó sobresaltada pero al ver la pistola no emitió ningún ruido.

            Ángela apartó su mano y le pidió silencio absoluto llevándose el índice a sus labios. La invitó a levantarse y ésta tardó en obedecer porque tenía la ropa tirada por el suelo y estaba desnuda. La recogió y se puso un pantalón y una blusa. Su compañero se movió en la cama y se dio la vuelta. Ambas se lo quedaron mirando, asustadas. Una porque no quería disparar su arma allí y la otra porque, si despertaba, ambos morirían.

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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