Ángel de la muerte

6ª parte

            Por suerte el detective no abrió los ojos ni se despertó. Ángela se lo quedó mirando unos segundos más por si estaba disimulando pero no, estaba dormido completamente.

            Con la pistola le indicó a Brigitte que saliera. Guardó la pistola en el bolsillo del chándal y le dio instrucciones al chico.

            - Deja una nota – susurró -, pon que si va a la policía o sigue investigando… Mejor dile que se vaya del pueblo sin preguntar a nadie más si quiere volver a verla con vida.

            - ¿Una nota? - Fredy sonrió pletórico -. Genial, siempre he querido dejar notas intrigantes - el chico entró sigilosamente y entró sin hacer ningún ruido.

            - No te preocupes, querida, no te ocurrirá nada si tu novio obedece. Pórtate bien.

            - ¿Por qué hacen esto? - preguntó Brigitte aterrada.

            - Baja como si no pasara nada, te seguiré de cerca y como hagas cualquier tontería...

            Brigitte no obedeció. Se dio la vuelta y con miedo en la cara dijo:

            - Por favor, los zapatos. No puedo ir descalza por la calle.

            Ángela puso los ojos en blanco y cuando escuchó que salía Fredy le dijo que cogiera los zapatos de la chica. Éste obedeció. Ángela pensó que Frank se reiría de ella si viera aquella escena. Brigitte poniéndose los zapatos en el pasillo y su "compañero" poniéndose las botas militares de punta metálica. Cerró la puerta, dejó que se calzaran y bajaron las escaleras como tres amigos, sin llamar la atención. Brigitte tenía cara de miedo pero no se cruzó con nadie que pudiera fijarse.

            La hicieron meterse en el coche y Ángela le pidió a Fredy que condujera.

            - ¿Quién más sabe lo que ha pasado? - preguntó al chico.

            - ¿De qué hablas?

            - Tú sabes de lo que hablo - replicó ella, malhumorada.

            - Ah, sí, mi amiga Clara.

            - Llámala y dile que vamos a buscarla.

            - Está bien - aceptó, sacando el móvil de su bolsillo, antes de arrancar.

            Marcó su número en la agenda y se colocó en aparato en el oído.

            - Hola Clara, tenemos un asunto importante entre manos y necesito tu ayuda.

            Hizo una pausa mientras se escuchaba una voz. El móvil sonaba tan fuerte que pudieron escucharla.

            - ¿Qué horas son estas de llamarme? Casi despiertas a mi hermano. Mira yo creía que me sentiría mejor formando parte de tu banda, pero pensé que solo haríamos cosas como robar en tiendas, romper escaparates y cosas sin más importancia. Pero te has pasado, no tenías ningún derecho a pedirle una cosa así a Marco y mucho menos tenías que haber matado a ese chico. Lo siento, pero no puedo más, me borro.

            - ¿Cómo que te borras? No puedes borrarte, esto no es una pizarra.

            Otra pausa en la que se escuchaba la voz de la chica.

            - Tómatelo como quieras, pero no pienso volver.

            - No lo entiendes, vamos a tu casa, tenemos que hablar de esto, te necesito ahora.

            La voz parecía suplicante.

            - Fredy, no lo aguanto más, no quiero meterme en más líos.

            - Estate preparada, baja cuando te lo diga.

            Colgó.

            - No queda lejos, bajará.

            - ¿Qué ocurre? - preguntó Ángela.

            - Se está rajando, no le ha gustado mucho que matara a ese tío en la acampada.

            - ¡Cállate estúpido! – exclamó -. No necesitabas ser tan informativo.

            - Tú preguntaste - replicó él, avergonzado.

            Miró a Brigitte con fastidio. Eso ponía punto y final a su vida y ahora era cuestión de decidir cuándo era el mejor momento de deshacerse de ella. Aún la necesitarían como rehén si es que su novio o marido les encontraba.

            Ángela negó con la cabeza preguntándose por qué no había matado todavía a Fredy. Seguramente ninguno de los que estaba en el coche con ella saliera con vida, pero a Brigitte la necesitaba más tiempo ya que si su novio hacía cualquier tontería podía utilizarla.

            Fredy suspiró y arrancó el coche. En cinco minutos estaban en la puerta de la casa de Clara, que les esperaba, visiblemente nerviosa.

            - Sube - ordenó el chico.

            Ésta abrió la puerta de atrás y subió, junto a Brigitte.

            - Vamos a un lugar discreto - pidió Ángela.

            - ¿Dónde? - preguntó él.

            - ¿No teníais un lugar de reunión? - inquirió.

            - Vamos a la casa del monte - sugirió Clara.

            Fredy arrancó y condujo hasta allí.  Mientras tanto Ángela se dio la vuelta y miró a las dos chicas.

            - De modo que tú eres Clara, encantada, me llamo Ángela. Estamos haciendo todo esto para evitar que se enteren de todo lo que habéis hecho. Necesitaremos tu ayuda.

            - Le dije a Fredy que renuncio, que yo no quiero saber más de su "mano negra". No valgo para matar a nadie.

            - Ah, en tal caso, Fredy, ¿para qué hemos ido a buscarla? Ha renunciado...

            Hasta Clara captó el tono de ironía en su voz.

            - No diré nada, lo juro.

            - Te creo, sé que no dirás nada. Eres de fiar.

           

 

            Condujeron un buen rato hasta llegar a un camino de tierra por el que subieron una colina llena de árboles y con extensos prados verdes. Aparcaron frente a la puerta de un caserón antiguo, de piedra y con dos plantas. Tenía dos entradas, una en la esquina de la derecha y otra cerca de la esquina izquierda. Esa última parecía no haberse abierto en años.

            El teléfono del chico sonó.

            - Mi padre, no puedo ir a ningún sitio sin que sepa dónde estoy.

            - No le digas nada - ordenó Ángela.

            - Hola papá, estamos en el viejo caserón, ese del que te hablé.

            Fredy tapó el auricular y le susurró:

            - Da igual, sabe nuestra posición por el teléfono. Lo localiza con el satélite y no sé qué historias. Si le digo la verdad se tranquilizará.

            Ángela le miró visiblemente enfadada se mordió el labio al darse cuenta de que Fredy se lo había dicho precisamente para llevarle la contraria. Estaba claro que confiaba más en su padre que en ella y tenía razones de sobra para ello.    

            - Sí estamos los cuatro.

            Fredy negó con la cabeza. Se alejó y no pudieron escuchar lo que decía su progenitor.

            - No es la mujer del detective, la tenemos de rehén para que ese tipo se largue del pueblo.

            James habló tan fuerte que hasta Ángela pudo escucharlo.

            - No os mováis de allí. Me han informado que ese detective, en realidad no tiene identidad. Viaja de un sitio a otro y va dejando cadáveres por donde pasa. Es un asesino peligroso. Si aparece, acabar con él.

            - ¿Cómo va a aparecer, papa? No sabe nada de esta casa.

            - Pásame con Ángela.

            El chico suspiró. Brigitte miraba a los lados como queriendo escapar, pero Ángela estaba totalmente alerta y al segundo paso ya la habría matado. Esa chica de negro tenía algo que la asustaba, era demasiado segura de sí misma.

            Fredy se acercó a ella y le dio su teléfono.

            Clara abrió la puerta de la casa mientras Ángela hablaba con James.

            - Escúchame con atención – le dijo con tono imperativo, casi dictatorial -, no quiero que dejes testigos, ¿me oyes? Mátalos a todos y espera a mis hombres. Ellos te pagarán.

            - Como usted ordene - replicó con una torva sonrisa -. ¡Eh!

            Tiró el teléfono móvil al aire y Fredy lo cogió con dificultades, no esperaba que se lo devolviera así.

            - Vamos para dentro - ordenó a los tres.

            Cuando se habían metido en la casa, Ángela sacó su pistola y disparó a Clara a la cabeza. Esta cayó al suelo como una muñeca rota y con la mirada perdida en el infinito. Una vez en el suelo, volvió a dispararla en el pecho.

            Fredy se llevó las manos a la cabeza y aunque quiso gritar no lo hizo. Se quedó sin aliento y sin palabras al ver que su amiga estaba tendida en el suelo muerta.

            - Esconde su cuerpo, tengo que tener una conversación con esta mujer - ordenó Ángela sin el menor atisbo de arrepentimiento.

            - Joder - dijo Fredy, sonriendo como un idiota.

            - ¡Vamos! - gritó la chica de negro.

            - De acuerdo, de acuerdo - dijo medio entusiasmado y medio asustado -. Vaya, tú sí que vas en serio. Estoy flipando, ¿me vas a dejar matar a la otra?

            - Pórtate bien y ya veremos.

            Fredy arrastró a su amiga, escaleras arriba y desapareció de su vista. Ángela quería darse prisa en acabar con ese asunto ya que estaba segura de que pronto llegarían los hombres de James Beckett a limpiar todo. Sí, iban a venir, pero la única moneda que iban a pagarle era plomo a altas velocidades y para entonces ella no estaría por allí. Nunca le había pagado el cliente en persona de modo que cobraría como siempre, iría a ver a Luis y él soltaría la pasta.

            - Solo quiero hacerte una pregunta y de ello dependerá cuanto tiempo te queda de vida.

            - ¿Por qué estoy aquí? - preguntó Brigitte-. No sabíamos nada.

            - Ahora ya sabes demasiado - replicó Ángela-, tu novio…

            - Mi marido – rectificó ella.

            -  Me da igual, necesito que me digas exactamente qué es lo que ha averiguado hasta ahora. Dime la verdad porque sino sabré que me mientes.

            - Ni siquiera sospechamos de Fredy. Habíamos pensado que fue Marco, tenía motivos y parecía un caso sencillo. Nos íbamos a marchar esta mañana.

            Ángela entrecerró los ojos, encendiéndose un cigarrillo y empujándola por el mismo camino que había subido Fredy.

            En medio del pasillo se encontraron con Fredy, que volvía limpiándose las manos de sangre en su ropa. Ese chico era el grado máximo de la estupidez. Aunque su padre le hubiera querido vivo, hubiera sido un inútil. ¿A quién se le ocurre manchar su ropa con la sangre de una víctima de asesinato? Ahora la policía pensaría que él mató a Clara, mejor para ella, un muerto menos a su condena si un día la pillaban.

            - ¿Dónde está? - preguntó.

            - Ahí en aquel baúl.

            - Vamos, tenemos que esconder otro cuerpo.

            - ¿Puedo matarla yo?

            - Cállate y camina - ni loca le daría un arma a ese descerebrado.

            Llegaron a la habitación del fondo y el rastro de sangre se perdía en un voluminoso baúl de madera. Ángela se preguntó que sentido tenía esconder un cuerpo si dejaba el rastro por toda la casa hasta donde estaba escondido. Definitivamente ese chico tenía que morir por motivos darwinianos.

            - Ata a nuestra prisionera y amordázala bien. No quiero que sus gritos puedan delatarla, luego limpiaremos la sangre.

            Fredy obedeció. Rompió una sábana y con ella le ató las manos y los pies. Luego la amordazó y le cubrió la cabeza con una funda de almohada vieja.

            - Métela ahí, total.... - dijo Ángela, sonriendo y negando con la cabeza.

            Fredy cargó con ella y la metió en el baúl. Luego miró a Ángela y extendió la mano.

            - Dame que yo la mato – pidió, ansioso.

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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