Ángel vengativo

1ª parte

            —La crisis me obligó a recortar gastos. Esta sociedad española es como un tipo que se ceba en los buenos tiempos y al llegar la crisis los médicos le advierten que si sigue así no durará mucho. Hay que recortar en todo para que vuelva a disfrutar de buena salud sin que le dé un infarto. Las células de grasa son las primeras que protestan, que son los funcionarios, estos son más difíciles de quitar que un grano en el trasero, pero es necesario reducir su número por que sino el país entero sufrirá las consecuencias. Ahí tienes a la Unión Soviética que se vino abajo por exceso de empleados del gobierno. Nosotros vamos por su mismo camino si no adoptamos medidas inmediatas para reducir gastos.

            Quien hablaba colgaba cabeza abajo de una terraza de la última planta de una torre de treinta metros de altura y le sostenía una cuerda de plástico como las de tender la ropa atada a su tobillo. Hacía polea con la barandilla y al otro extremo de la cuerda había una barra americana a la que había sido atada y ésta sonaba peligrosamente por el peso del individuo.

            Al lado del hombre, acuclillada a su lado para hablar con él a través de los barrotes, había una mujer de pelo negro como la noche. Le miraba fijamente mientras jugaba con una navaja entre las manos.

            —Estás más perdido que un judío en una reunión de talibanes —se burló—. Te voy a repetir la pregunta y quiero que esta vez te olvides de tus lamentables gestiones políticas.

            El hombre asintió con la cabeza desesperado mientras su cara barbuda de iba poniendo más roja por la sangre acumulada.

            —¿Eres el ministro Casanueva? Por favor limítate a decir sí o no.

            —Lo soy, lo soy. Súbeme, te daré lo que me pidas.

            —Estamos mejorando, me gusta tu actitud. Te volveré a hacer la pregunta y quiero que me digas la verdad, no quisiera tener que cortar la cuerda si te obstinas en contarme milongas. ¿Por qué me has estado jodiendo? Sabes perfectamente que no soy una simple funcionaria.

            —No tengo ni idea de lo que estás hablando, no te he visto en mi vida.

            —Te refrescaré la memoria Don Pimpón, un misil militar despertó a los vecinos de un barrio de Madrid reventando un bar y ese día casi me mataste.

            Se descubrió el brazo derecho que tenía cubierto con una camiseta negra de algodón y mostró una fea cicatriz de quemadura.

            —¿Va mejorando tu memoria, abuelo?

            —Señorita le juro por mi vida que no sé de qué me habla.

            —Esto me está aburriendo —acercó la navaja a la cuerda y comenzó a cortar haciendo saltar varias hebras.

            —Pare, pare —suplicó el ministro, sujetándose a los hierros desesperadamente.

            —¿Por qué? —insistió ella deteniéndose.

            —¿Que quiere saber? Firmo docenas de papeles al día y no me cuentan todos los detalles. Puedo darte un nombre pero súbeme por el amor de Dios, voy a vomitar.

            La chica sacó un teléfono móvil del bolsillo y se lo enseñó.

            —Si marca el 091 podrá avisar a la poli, cuando se encienda el móvil claro, que es un poco viejo y tarda tres minutos en hacerlo —«tiempo suficiente para que pueda largarme», pensó—. Tiene dos opciones o me da el nombre y yo le dejo aquí esto, o vuelve a torearme y termino de cortar la cuerda.

            —Se llama Alfonso Uriarte, es el jefe del servicio secreto, me dijo que tenía indicios de que una peligrosa terrorista estaba a punto de reunirse con su mecenas. Me pidió autorización para detenerla a cualquier medio. Aseguraba que iban a intentar asesinarme.

            —Vaya, vaya —dijo ella sonriente—. No estaba tan mal informado, ¿verdad abuelo? Gracias por la información.

            Dicho eso cortó la cuerda con su navaja y salió de allí sin mirar atrás. Cuando el cuerpo se estrelló se escuchó un escalofriante impacto que hizo saltar varias alarmas de coches.

            —Yo nunca dejo trabajos a medias —susurró mientras anotaba en su móvil ese valioso nombre.

 

 

 

 

            Llegar a ese Alfonso fue mucho más fácil que dar caza al ministro, no era tan famoso y sin embargo era fácil de encontrar información sobre él. Cuando lo vio por primera vez ni siquiera tenía guardaespaldas y estaba dejando a su hija de cinco años en la guardería. No necesitó seguirle, sabía donde lo podría encontrar, solo tuvo que hacer guardia en las cercanías para ver a qué hora regresaba a buscar a su hija.

            Tras cinco días de seguimiento paciente ya tenía un plan para abordarle a solas.

            Entró en la guardería a pedir información para un hipotético hijo al que buscaba un sitio. Por la hora que era la invitaron a esperar y que fuera viendo las instalaciones. Cuando llegó Alfonso con su hija se dio cuenta de que las otras chicas no le decían nada y se acercó a él como si fuera una de ellas.

            —Oh, pero qué ricura de niña, cómo te llamas chiquitita.

            —Se llama Esperanza —replicó amablemente—. ¿Es nueva aquí?

            Ángela pensó durante un segundo y recalculó su plan. Era mejor continuarlo ya que no le aportaba nada bueno convencerle de que trabajaba en la guardería.

            —Busco un sitio donde dejar a mi hijo —explicó.

            En ese momento recordó que para llevarse al ministro le había dicho que era funcionaria y le había tenido que camelar para que se acostara con ella. Así pudo convencerlo de que fueran a su casa, un piso al que había entrado con ganzúas una hora antes para preparar la trampa de la cuerda.

            —Pues espero que tenga suerte —deseó el hombre—, tengo que irme.

 

            En aquella ocasión no se mostró muy abierto, lo que la obligó a hacerse la encontradiza dos veces más en las que no tuvo mucha más suerte. A la tercera vez que le vio él la invitó a tomar un café.

            —Eso me encantaría, pero qué pensará tu mujer —respondió, coqueta.

            —Estoy divorciado hace dos años —replicó Alfonso.

            No sabía si era cierto, lo que sí sabía era que lo tenía exactamente donde quería. Siguió coqueteando en la cafetería hasta que él se lanzó y le plantó un beso en los labios... El beso de la muerte, pensó ella.

            —Perdona soy muy vergonzosa, no me gusta demostrar afecto en público.

            —Busquemos un hotel —replicó él, ansioso. Qué previsibles eras los hombres excitados.

            —¿Esta noche? —preguntó tímidamente—. Conozco uno muy romántico.

            —Tengo un apartamento perfecto para estas ocasiones. Ven ligerita de ropa —sacó una tarjeta de su bolsillo y escribió una dirección en la parte de atrás.

            —Umm, un hombre rico —murmuró ella con picardía—. Te advierto que no soy una chica fácil.

            —Yo creo que sí —replicó Alfonso, muy seguro de si mismo—. ¿Hoy a las ocho?

            Ángela se limitó a asentir. Detestaba dar esa imagen de prostituta pero no había hombre que pudiera rechazarla y su plan lo requería.

            —Nos vemos, guapa —se despidió al verla levantarse y marcharse,  mirándole descaradamente el torneado trasero.

 

 

            La dirección era en plena calle Arturo Soria, un edificio con un enorme jardín y dos pisos. Solo había un botón en la puerta de entrada y una cámara espiaba a los visitantes. Era un sistema viejo pero no por ello menos efectivo. No le gustaba nada. Podía tener guardias de seguridad, no estaría a sus anchas para interrogarle. Tardó varios segundos en pulsar el botón. Esta vez no iba a matar a un ministro incapaz de atarse los cordones del zapato. Se estaba enfrentando a alguien que probablemente había ascendido por toda la escalera de mando hasta llegar a donde estaba. Sin contar que seguramente estaba siendo protegido por un equipo profesional de seguridad.

            Se estudio a si misma y aquellos muros. Había elegido una minifalda negra sobre las mallas oscuras que emulaban medias tupidas. La minifalda podía ser arrancada de un tirón y tendría toda la libertad de correr y saltar muros, pero quizás ese era demasiado alto. Los zapatos eran de tacón alto pero bastaba un golpe seco para transformarlos en unas cómodas sandalias. En la parte de arriba tenía una blusa abullonada traslúcida muy sexy porque dejaba adivinar su sostén negro. Desde que casi murió abrasada por la explosión que  ese cabrón había ordenado, no quería mostrar los brazos pues tenía las cicatrices que le habían quedado. En el moño llevaba escondida su pistola pequeña y dos agujas de acero. Si encontraba dificultades podía llevarse por delante a varios enemigos en cuestión de segundos. Lo malo era que no sabía cuanta gente habría allí dentro.

            Pulsó el comunicador de la entrada y esperó con una sonrisa forzada.

            —Adelante guapa —escuchó.

            Un zumbido la avisó de que podía abrir la puerta si la empujaba. Al atravesar el umbral se quedó pálida. Allí dentro había, a simple vista, dos cámaras más. Demasiada seguridad, no podía seguir adelante. Si lo mataba tendría su foto en todos los periódicos del día siguiente. No tenía sentido seguir adelante, se detuvo en seco y se marchó con paso decidido.

            Al volver a cruzar la puerta escuchó la voz de Alfonso por el altavoz de la entrada.

            —¿Ya te vas? —preguntó—. Vamos, no hay nadie aquí. Estamos solos.

            —He cambiado de idea —espetó arisca—. Otro día, quizás.

            —¡No se mueva! —exclamó un hombre desde atrás—. Ponga las manos en la cabeza y arrodíllese.

            —Mierda —gruñó asqueada, obedeciendo solo en lo de llevarse las manos a la cabeza.

            Puso sus manos en la nuca. Esperó que el agente se acercara y cuando calculó que estaba casi encima cogió uno de los alfileres de acero y se lo clavó en la mano que sostenía la pistola.

            —Hija de puta —exclamó, dolorido.

            Ella aprovechó que cayó su arma y la recogió del suelo. Los viandantes se escondieron entre los coches aparcados al ver el altercado y sobre todo cuando la vieron coger la enorme pistola del policía. Ángela aprovechó el desconcierto para correr como una liebre calle abajo.

            Cuando el policía consiguió envolver su mano en un pañuelo ya no sabía dónde estaba.

            —La he perdido, señor —explicó por el walkie talkie.

            —No te preocupes, esa perra volverá —explicó Alfonso—. Aún no tiene lo que quiere.

 

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Comentarios: 5
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (viernes, 09 marzo 2012 08:07)

    Puedes comentar aquí tus opiniones.

  • #2

    Lyubasha (viernes, 09 marzo 2012 14:52)

    Vaya, veo que soy la primera en comentar.
    Acabo de leer el capítulo y me gustó mucho, me encantan mucho las historias de Ángela Dark y creo que esta va a ser de las más interesantes.
    Un saludo.

  • #3

    yenny (viernes, 09 marzo 2012 20:07)

    Por fin historia nueva y se ve muy interesante, espero que pronto puedas tener la continuación reien empieza asi que es pronto para opinar espero a leer las siguientes partes primero.
    Cuidate Ton ssaludos

  • #4

    carla (domingo, 11 marzo 2012 02:56)

    :)

  • #5

    lucia (lunes, 22 julio 2013 16:32)

    ss

Animal es el que abandona a su mascota.

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