Ángel vengativo

11ª parte

 

            Ángela recordó la nave abandonada que había descubierto en las inmediaciones de la facultad de psicología y pensó que sería el escenario perfecto para culminar su venganza. Necesitaba un lugar tranquilo donde pactar el encuentro.

            Aprovechando que tenía el teléfono de su mujer encontró el número de Alfonso entre los favoritos y llamó.

            — Diga —se escuchó su voz seria.

            — Al norte de la facultad de psicología hay un camino de tierra. Ven tú solo o tu familia morirá.

            — ¿Dirección?

            — Busca en un mapa, tienes media hora para llegar o encontrarás dos cadáveres.

            — Necesito una prueba de que están vivas.

            — ¿Ah sí? —dudó—. Pues ven solo y date prisa y podrás verlas con tus propios ojos.

            Cortó la llamada.

            — Qué pretende hacerle a mi marido, está claro que no quiere dinero.

            La mujer estaba aterrada después de la última amenaza y más cuando vio que Ángela programaba una alarma en el teléfono móvil.

            — ¿Usted no sabe a lo que se dedica, cierto? —interrogó Ángela—. Simplemente le habrá dicho que es el jefe del servicio secreto del gobierno.

            — No me habla nunca de trabajo —replicó nerviosa—. Pero, ¿todo esto tiene que ver con el señor Alastor?

            Ángela la miró sorprendida. No era la primera vez que escuchaba ese nombre, Lara ya se lo había adelantado.

            — ¿Quién?

            — Nunca me gustó ese hombre, a veces se presenta en casa sin avisar y Alfonso le recibe con educación y con miedo. No sé qué negocios se traen entre manos  pero le juro que mi marido no quiere tener negocios con él.

             Entonces por qué le recibe —se extrañó Ángela.

            — No le ha invitado, aparece sin avisar con dos enormes guardaespaldas que no dicen nada. Debe ser un mafioso pero con el poder que tiene Alfonso nunca entendí que se dejara intimidar por ese viejo. A veces ese viejo me asusta diciendo que formamos una bonita familia y no le gustaría tener que verla rota.

            — No entiendo —replicó Ángela—. ¿Se está dejando chantajear por miedo? ¿No le pagan?

            — Yo no sé lo que le dice en privado cuando se reúnen —continuó—. Pero seguro que es ilegal. Por eso le pido que tenga piedad de nosotros, Alfonso está siendo víctima de extorsión.

            — No, señora, su asunto conmigo es personal. Puede que ese señor Alastor tenga que ver con el inicio del problema, pero la mierda que me ha salpicado es culpa de su marido.

            — Por favor, deje marchar a mi hija, ella no tiene culpa de nada.

            Ángela se limitó a mirar el reloj del móvil y luego miró por la ventana del recinto abandonado. Solo habían pasado diez minutos y confiaba en que el sentido común y el miedo a perder a su familia vencieran a la tentación de llevar con él a toda la policía de Madrid. Lo que tenía claro era que no llegaría solo.

            Aunque no sabía si le cubrirían con rifles francotiradores o intentarían llegar desde otro lugar. Dada la orografía de ese terreno sería imposible llegar desde otro lado que no fuera el camino.

            — Confío en que su marido crea que voy a matarlas, porque no es mi estilo matar a inocentes —murmuró—. Pero si no cumple...

            — ¿Puedo preguntar qué le ha hecho para que le odie tanto? —inquirió la mujer al verla más humana.

            — Ha intentado matarme dos veces y una casi lo consigue.

            Señaló su hombro y le mostró la cicatriz que parecía no tener fin, extendiéndose por la espalda.

            — La conozco, usted es la policía que salía ayer en el periódico. Reconozco esos ojos sin sentimientos, como si nunca nadie la hubiera querido.

            — No se atreva a juzgarme, no sabe nada de mí.

            — No, no lo decía para juzgar. Lo digo porque este mundo provoca demasiado dolor y el amor es algo que muy poca gente manifiesta. Usted solo es una víctima de esta sociedad desalmada.

            — Esta sociedad no fue la que puso una bomba en mi casa y reventó en pedacitos al único amigo que he tenido. No, fue su marido, Alfonso Uriarte. Si cree que se va a sentir mejor pensando que es de los buenos, se está engañando a sí misma. Es su marido el monstruo sin honor ni escrúpulos y yo soy la única persona que puede librar a la sociedad del cáncer que es él.

            — Qué desfachatez —renegó la mujer.

            Ángela dio por terminada la discusión, aunque había esperado cierta reacción por parte de su contertulia al decirle que su amigo había sido reventado por orden de su marido.

            Miró por la ventana y al fin vio a un hombre caminando solo por el camino de tierra. Al ser de noche no pudo verle la cara, la luz de las farolas era distante y a duras penas podía ver a la mujer y la niña acurrucadas en una esquina de la vieja fábrica en ruinas.

            — Ahí viene —susurró triunfal.

            No llegó hasta la nave, Alfonso gritó su nombre desde la distancia y se quedo quieto justo donde caía toda la luz de la farola más cercana.

            — Ángela Dark —pronunció—. Aquí me tienes.

            — Sigue caminando —ordenó ella desde el cobijo de las sombras.

            — Libera a mi familia —pidió él—, esto es entre tú y yo.

            — Yo decidiré cuando liberarlas —se obstinó ella, temiendo que tuviera a sus hombres esperando que salieran para volar la nave con bazucas, o reventarle la tapa de los sesos con rifles de francotirador. No sería la primera vez que le tendía una trampa.

            Aunque dudó, Alfonso dio varios pasos hacia ella pero se detuvo de nuevo antes de entrar.

            — Lara Emmerich está viva —comentó él—. No podía consentir que quisieras engañarme desde tu primera misión. Los cirujanos dijeron que la bala había perforado el pulmón izquierdo y que pasó limpiamente entre las costilla. Además llamaste a una ambulancia para asegurarte de que la atendían a tiempo.

            — Tenías las bombas preparadas desde mucho antes de saber eso —replicó, Ángela—. Eres un hijo de puta obstinado y si no entras aquí en diez segundos escucharás el último lamento de la mujer que amas.

            Alfonso siguió dudando, estaba claro que en sus planes ella debía quedar expuesta y no sabía cómo conseguirlo.

            — Se me está durmiendo el dedo en el gatillo —apremió Ángela.

            Alfonso dio un paso más pero volvió a detenerse.

            — Tal vez si mato antes a tu hija tus pies se muevan con más brío. Que ya nos vamos conociendo Alfonsito, no sería ninguna sorpresa que esperaras que matara antes a tu mujer. Ya me has dejado matar antes a alguien a quien no tenías mucha estima.

            Hubiera pagado por ver la cara de sorpresa de esa mujer. Era una pena que solo viera su silueta.

            — Está bien. Entraré —terminó de decidir.

            Se adelantó hasta que Ángela pudo verlo y se detuvo en el umbral de la puerta.

            — Quiero ver a mi familia —exigió.

            — Puedes irte pequeña —concedió.

            — ¿Mama? —preguntó ésta, asustada.

            — Vete con papá cariño luego iré yo.

            La niña corrió hasta Alfonso y este la abrazó con fuerza, como si nunca más fuera a hacerlo de nuevo.

            — Vete, princesa, espéranos donde haya más luces. Papá y mamá irán cuando hablemos con la señorita.

            — No has traído escolta... —desconfió Ángela.

            — No haría nada que pusiera en peligro a mi mujer y a mi hija —aclaró—, sé perfectamente de lo que eres capaz.

            — Claro que lo sabes, por eso me contrataste otras veces antes de traicionarme. Debería mataros a los tres, pero así nunca llegaría a tu chantajista privado.

           ¿Cómo sabes...

            — Tu mujer me ha hablado de Alastor. Pero no está enterada de qué os traéis entre manos. Sería un bonito gesto si nos cuentas quién es tu amigo y por qué puede manejarte como una marioneta.

            — ¿Nos dejarás marchar si te lo cuento?

            La niña estaba justo bajo la luz de la farola y Alfonso suspiró al verla a salvo.

            — Deja salir a mi mujer y te lo contaré todo.

            Ángela chasqueó la lengua con fastidio y cogió a la esposa por el brazo empujándola a la salida.

            De camino, abrazó a Alfonso y en seguida prosiguió su trayecto hasta su hija.

            — Habla —ordenó.

            — Si lo hiciera marcaría mi frente con una diana.

            — Desde que te conozco, yo tengo la mía así que no te hagas la víctima.

            — Tú no lo entiendes, Alastor no es un simple extorsionador, es mucho más poderoso de lo que puedes imaginar.

            Ángela sonrió intrigada. Después de enfrentarse a la muerte tantas veces, era todo un reto a su imaginación tratar de visualizar algo como describía Alfonso.

            — ¿Puedes organizarnos un encuentro? Puede que te haga un favor matándolo, aunque todavía no tengo decidido si te dejare vivir.

            — Tú no vas a conocer a nadie —retó Alfonso—. Hay cosas que una persona de la clase más baja nunca podría llegar a comprender. Alastor no me amenazó con la muerte sino que me prometió la vida eterna. No podrías matar al que lleva más de quince mil años vivo.

            Ángela sonrió con incredulidad.

            — Solo me ha pedido que aguarde la hora en la que pueda necesitarme. Mi temor no es a la muerte sino a la vejez.

            — Y pensar que te había tomado por alguien inteligente... —protestó la asesina—. Pensaba que tu secreto era más estrafalario, pero no que fueras un fanático religioso. Si hay algo que detesto más que a un traidor es a alguien que justifica sus errores en alas de un dios cruel y despiadado.

            — No es una religión —replicó ofendido—. Y si no he recurrido a la policía es porque él me pidió conocerte cuando le llamé para pedirle ayuda, al secuestrar a mi familia.

            Ángela miró a su alrededor sin salir todavía de la sombra en la que se había agazapado.

            — Pues no te hizo caso, por que no ha venido —replicó—. Estoy cansada de tus engaños, siempre tratando de liarme para que luego me des la puñalada por la espalda. Aunque esta vez no sé cómo podías creer que mordería el anzuelo.

            — Si vas a matarme —respondió Alfonso con calma—, asegúrate de que el que está al otro lado del cañón soy yo.

            ¿De qué estaba hablando? Tenía la pistola en la mano, aunque no podía verla pero... Al mover la muñeca sintió que algo metálico rozaba su sien derecha.

            — ¿Qué truco mental es este?

 

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Comentarios: 2
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (lunes, 07 mayo 2012 11:32)

    No dejes de comentar tus impresiones sobre el relato. No pierdas detalle de la página porque en breve publicaré la parte final.

  • #2

    Jorge (martes, 08 mayo 2012 10:00)

    Muy buenos los giros, sigue así.

Animal es el que abandona a su mascota.

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