Ángel vengativo

2ª parte

            Mientras corría giró varias veces en las calles para asegurarse de que nadie pudiera seguirla. Aunque lo hubieran intentado ella había volado sobre sus pies, sorteado coches. Incluso había provocado un choque al obligar a frenar a un joven y se había librado por los pelos de ser atropellada por un autobús, que frenó en el último momento para no pasarle por encima.

            Hasta que llegó al metro y caminó con total normalidad no se sintió a salvo.

            "Maldita sea, estoy jodida, han grabado mi cara." —pensaba mientras se metía en el vagón.

            Se sentó en un sitio libre y trató de poner sus ideas en orden. Había fallado y en su profesión los errores se pagaban muy caros. Tenía que estudiar la jugada y averiguar en qué punto había metido la pata.

            "Qué cerca he estado"—pensó—. "Debí suponer que era una trampa, ese tío lo debe saber todo de mí si supo que iba a matarlo".

            Entonces el que se había sentado a su lado se levantó para ceder el sitio a una mujer de sesenta años. Por su forma de hablar debía ser argentino.

            —Siéntese señora —ofreció servicial.

            —No se moleste —le disculpó la mujer—. Si me bajo en seguida.

            —Yo me bajo en la próxima —explicó él.

            Con ese alquiler no podría vivir más de un par de años. Su difunto jefe no le pagó por sus últimos trabajos y había gastado demasiado últimamente. Quizás debería dejar de comprarse zapatos de trescientos euros y blusas de seiscientos. Al menos mientras no tuviera un nuevo padrino.

            Compró el periódico para ver los trabajos que podían interesarle y le llamó la atención que solo podía aspirar a camarera o dependienta de comercio, y a veces ni eso ya que algunos pedían dominio de inglés y estudios terminados.

            Menuda porquería de país, además tenía que competir con más de cuatro millones de parados.  La mera idea de suplicar un empleo tan precario la ponía enferma. Antes prefería vagabundear que servir mesas en un bar de mala muerte lleno de viejos y tipos encorbatados por un sueldo de seiscientos euros mensuales.

            Entonces vio una oferta que la llamó la atención. Se trataba de una convocatoria para veinte plazas en el funcionariado. Luego se lo pensó mejor al leer otra vez el texto...

            —Mierda es para policía, descartado —se dijo. Pero trazó un círculo en rojo y leyó las condiciones. Pedían bachiller o ESO, examen físico y había que estudiar un temario especial para la oposición.

            —Vaya no puedo ser ni madero —protestó.

            Mirara donde mirara, cualquier empleo que ofreciera más de doce mil euros anuales requería estudios y si buscaba salarios de veinte mil para arriba, pedían título universitario.

            —Pero si yo ganaba hasta cincuenta mil por cada trabajo... ¿Cómo vive la gente en este país con esa miseria de sueldos?

            Arrugó el periódico enojada y lo tiró al suelo.

            Alguien había dicho alguna vez que había clases especiales de adultos para conseguir el graduado escolar. La idea pasó de largo por su cabeza ya que no quería doce mil euros. Quería algo más serio, como cirujana o ingeniera. No obstante nunca podría engañar a nadie por mucho que falsificara el diploma oficial. Necesitaba un título que no sirviera más que para aparentar.

            —Filosofía —recitó—, biología, filología, historia, bellas artes, psicología... —no se le ocurrían más carreras inútiles.

            —Umm, psicología me gusta —asintió.

            Anotó ese nombre y buscó el temario y asignaturas por Internet.  Cuando vio el precio de la matrícula esbozó una sonrisa de incredulidad.

            —Demonios, pagar, pagan una miseria pero a la hora de cobrar, menudos vampiros... Por favor más de doce mil euros la matrícula.

            Suponiendo que tuviera bachiller y pudiera pagar esa fortuna, se quedaría sin fondos en menos de un año. No tenía tiempo ni dinero para tardar tanto en trabajar. Debía ser realista, puede que nunca pudiera volver a ser una asesina a sueldo de modo que debía adaptarse de la mejor manera posible, aunque tuviera que mentir a todo el mundo.

            «Falsificaré el título y me colaré en algunas clases. Siempre se ha dicho que en la universidad nunca pasan lista. Tengo que saber algo sobre el tema si quiero ponerme a escuchar paranoicos por cincuenta euros. Con un par de locos al día tengo el sueldo necesario para vivir».

 

 

 

            El título fue lo más sencillo, buscó un psicólogo por Internet que mostrara el suyo y con ayuda de un programa de dibujo cambió el nombre y el año. Fue tan perfecto y fácil de hacer que no le dio valor ni al verlo impreso y enmarcado. Cualquiera podía tener uno de esos, había pensado hacerse alguno más pero entendió que le sobraba con ese ya que nadie se lo iba a pedir nunca.

 

 

            Sin hacer nada más se le abrieron las puertas a nuevas alternativas laborales. Se presentó a varias entrevistas de trabajo para el departamento de recursos humanos pero siempre la pillaban en lo mismo, en una no sabía lo que era empatía, en otra pro actividad, en otra palabras que era incapaz de recordar. Al menos la entrevistaban, pero necesitaba saber cosas de psicólogos —al menos del primer año—. Y le gustaba la idea de colarse en un aula sin pagar un céntimo, era lo más ilegal que podía hacer siendo una persona legal.

 

           

 

 

            "La policía sospecha de Ángela Gutiérrez Padilla como presunta responsable del asesinato del ministro de interior Casanueva", rezaba el titular del periódico Metro que iba leyendo el viajero sentado frente a ella. Se dirigía a la facultad de psicología de Madrid para empezar su nueva rutina pero no esperaba aquella noticia y menos aún en la portada.

            «Qué estúpida he sido» —se enojó consigo misma al pensar que su identidad real ya no serviría de nada. Por suerte en la portada no salía su foto. Se bajó en la primera parada y vi que uno de cada diez viajeros llevaba un periódico en la mano.

            Salió del subterráneo y se encontró una calle desconocida. Lo bueno fue que justo en la puerta había un chico repartiendo periódicos "Metro".

            Cogió uno, aunque hubiera matado por que le diera todos. Lo abrió  en la página de la noticia y se reconoció a sí misma mirando sonriente a la cámara de la puerta de Alfonso Uriarte. Ese cerdo la tenía contra las cuerdas. No podía salir de Madrid y no podía ni dejarse vez por la calle.

            —Tengo que cambiar de imagen —decidió metiéndose en la primera peluquería que vio.

 

 

            —No pienso ponerme gafas —dijo, satisfecha al salir con el pelo rubio y mechas morenas.

            Abrió su cartera y extrajo su DNI para esconderlo en el monedero, en la parte de los billetes. De allí extrajo el único DNI que tenía falsificado. Decidió que a partir de ahora se llamaría Sara Schneider. Retomó su intención de ir a estudiar a la facultad de psicología y volvió al suburbano. Aun le daba tiempo a llegar para ver los horarios de las clases. En el trayecto se fijó en todos los detalles, en el periódico hablaban del aniversario de Fukushima, el terremoto que asoló Japón un año antes, también se hablaba de la nueva reforma laboral y de una huelga general, en otra sección —en los deportes—pudo ver una foto del futbolista Messi. Se lo quedó mirando buscando algún rasgo que la hiciera comprender por qué alguien tan feo podía haber llegado a ser tan famoso. Al final decidió que la mente masculina era tan simple que ella nunca podría entenderla.

            Alguien entendería el motivo de las cosas más extrañas pero a ella le dolía la cabeza intentar comprenderlas.

            Llegó a la facultad y se la encontró con más gente fuera que dentro de las aulas. La cafetería parecía un panal de abejas donde los zánganos se apelotonaban a su alrededor buscando alimento.

            —Para esto pagan el dineral de la matrícula. Esta sociedad merece su extinción total —siseó, abrumada.

            Pasó de largo y fue directa a secretaría. En el interior del edificio más grande había unas ventanillas en la parte derecha y pensó que allí le resolverían todas sus dudas.

            —Señora —llamó a la secretaria golpeando el cristal con los dedos. Ésta estaba de cháchara con otra mujer cuando ella se asomó.

            La aludida la miró con desagrado y se levantó de mala gana para atenderla.

            —Dígame —ofreció seria.

            —¿Donde puedo ver los horarios?

            —En los paneles de anuncios.

            —Deme una copia —pidió.

            La secretaria se la quedó mirando con cara de pocos amigos.

            —¿Es que no me ha oído? —preguntó Ángela.

            —No tengo copias aquí.

            —¿Cómo voy a encontrar mi aula si no puedo conseguir el horario?

            —No puedo ayudarla, ¿desea algo más? —consultó la secretaria enojada.

            —Será posible, la tía fresca... —Ángela tuvo que contenerse—. Con la pasta que cuesta estudiar aquí y no dan ni siquiera un triste horario.

            —Vaya a la primera planta y mire los tablones de anuncios —contestó la secretaria, enojada—. Aquí gestionamos las matrículas y no estamos para contestar a niñas de papá. Vamos, con el curso a la mitad va a venirme la estúpida a decirme cómo hacer mi trabajo.

            Ángela apretó los puños enfurecida mientras la mujer volvía a su mesa sin importarle lo que pudiera decir.

            Solo cuando recordó que trataba de rehabilitarse se apartó de la ventanilla y buscó las escaleras.

            —No sé si podré pasar por alguien normal —murmuró—. Como todos sean tan estúpidos...

            El tablón de anuncios tenía media docena de calendarios. Todos ellos con horarios semanales que abarcaban desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche. Justo pasaba por allí un grupo de chicos de unos veinte años que se la quedaron mirando con sonrisas torcidas.

            —Lo que daría por tener a esa maciza en mi clase —dijo uno tapándose la boca como si así no pudiera escucharle.

            —Disculpa —dijo ella haciéndose la perdida.

            —Te ha escuchado —dijo otro, entre risas.

            —¿De qué clase eres?

            —Del grupo C —respondió el que había hablado antes, sonriendo.

            —Grupo C —repitió Ángela consultando el calendario—. Aula 12. Qué suerte, no es la mia. No me gustaría tener que ir a clase con estos gilipollas.

            Sin mirarlos, ignorando que habían cambiado las sonrisas por muecas de odio y asco, se dirigió decidida a la clase de en frente —el aula 15—y se metió tratando de no hacer ruido para no molestar.

            La clase estaba medio vacía y un profesor  hablaba con parsimonia hasta que ella cerró la puerta. Al quedarse todo en silencio Ángela se volvió hacia el profesor un poco asustada.

            —Disculpe, señorita... ¿Puede decirme su nombre? —se la quedó mirando fijamente cuando agarró una lista y un bolígrafo de su mesa.

 

 

Escribir comentario

Comentarios: 4
  • #1

    Bellabel (viernes, 16 marzo 2012 19:20)

    Va muy bien la historia, esta interesante.

  • #2

    carla (sábado, 17 marzo 2012 02:48)

    :)

  • #3

    yenny (domingo, 18 marzo 2012 02:31)

    Llego tarde :( aunque lei la historia apenas salio recien puedo entrar a comentar, esta muy bien aunque recien esta empezando va bien, interesante espero leer pronto las demas partes, espero tengas tiempo Tony.
    Cuidate, saludos, besosss.....

  • #4

    Vanessa (jueves, 22 marzo 2012 21:20)

    Esta muy interesante la historia.
    Cuidate.

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo