Ángel vengativo

3ª parte

            Ángela se quedó asombrada ¿Quería comprobar su nombre? ¿No se suponía que en la universidad no pasaban lista?

            —Soy Ángela Schneider —replicó, algo indecisa.

            —A ver... —examinó la lista de arriba a abajo y luego de abajo a arriba—. Vaya, en mis diez años de profesor he visto listas a las que faltaban alumnos, pero usted falta de la lista. ¿Se ha perdido?

            —Me he cambiado de grupo, ¿no se lo han notificado? —improvisó.

            Dudaba que esa excusa sirviera para que la admitieran.

            —Déjeme apuntar su nombre —se apoyó en la mesa y cuando terminó de anotarlo dejó bolígrafo y la lista en la mesa y continuó hablando—. Como iba diciendo la investigación científica requiere de tres apartados...

            Al ver que Ángela se quedaba de pie, sin saber qué hacer el profesor se la quedó mirando perplejo.

           Pss —le avisó un chico—. Siéntate, no le hagas enfadar.

            Ángela se apresuró a sentarse a su lado y cuando lo hizo apoyó el bolso en la mesa y se cruzó de brazos sobre el pupitre.

            —... La investigación científica requiere tres apartados —continuó el profesor de mala gana—. La observación del fenómeno desde el punto de vista objetivo, recogiendo parámetros, aquellos que influyen distinguiéndolos de los que no.

            Se detuvo a observar a la gente. Todos copiaban sus palabras textualmente, el de al lado de Ángela escribía tan mal que se preguntó cómo pretendía descifrar eso en su casa. Le pareció interesante la clase y sacó su móvil, puso la opción grabadora y pensó que eso le sería más útil que intentar escribir todo lo que decía ese hombre. Además detestaba leer, por no mencionar que ella nunca podría escribir a esas velocidades.

            —En segundo lugar la ciencia estudia las consecuencias de los eventos en los fenómenos que estudia de tal modo que comienza a elaborarse una hipótesis y el tercer paso es intentar demostrar esa hipótesis con medidas estadísticas.  Por ejemplo, si queremos estudiar el proceso de elaboración de un café, tenemos los sucesos que son la leche, los granos de café, el agua, las altas temperaturas de ésta y el azúcar... O la nata si se quiere un café irlandés —hubo un par de risas en el aula—. La hipótesis sería "si calentamos agua hasta hervir y se filtran los granos de café tostado por el vapor y juntamos el resultado..." Bueno creo que pueden imaginarse el resto. Si la ponemos en práctica, damos a probar el resultado a la gente y todos dicen que es café, entonces ya no es una hipótesis sino una teoría. "La teoría de hacer un café".

            El profesor cogió su botella y dio un sorbo rápido.

            —Para que la ciencia la acepte sería necesario demostrar no solo que se puede hacer las veces que queramos, sino que cambiando los ingredientes podemos alterar el resultado. Si en lugar de café ponemos cacao sale batido de chocolate.

            Otra vez rieron los mismos, como si hubiera contado algo gracioso.

            —La ciencia es, por tanto, el arte de estudiar fenómenos y de cambiarlos manipulando sus causas. Ahora vamos a ver los métodos de medición que nos van a servir para conseguir patrones de causas y efectos en individuos considerados normales y que nos permitirán detectar comportamientos anómalos en determinados sujetos.

            —Habla demasiado rápido, ¿qué ha dicho? —le preguntó el chico a Ángela, que se limitaba a escuchar con el teléfono en la mano.

            —No lo sé, me estaba durmiendo. ¿Siempre son así de aburridas sus clases? —respondió.

            El chico la ignoró y siguió copiando al mismo ritmo que hablaba el profesor. Ángela manipuló su teléfono entre sus dedos y se preguntó si merecía la pena grabar algo que nunca querría volver a escuchar.

            Suspiró y apoyó la barbilla sobre sus manos. El profesor siguió hablando de estadísticas y campanas de un tal «Gauss» y se comenzó a aburrir. Llevaba diez minutos y ya estaba deseando que terminara la clase. Se preguntó a qué hora terminaría, miró el reloj y vio que eran las doce y cuarenta y cinco del medio día. Suspiró deseando que en quince minutos terminara ese suplicio. Se preguntó cómo podían esos chicos aguantar ese ritmo todo el día. Luego tenían que llegar a casa y descifrar esos galimatías que ellos mismos habían creado.

            Comenzó a observar a sus compañeros y para empezar el más cercano, el que la había invitado a sentarse era espantoso. Llamarle feo era poco, tenía la cara de un niño pecoso con orejas grandes, pelo rizado mal peinado y sus ojos estaban escondidos entre unos enormes párpados que parecían de besugo.

            A su lado no había nadie y más allá estaba un grupo de tres chicas, a cual más fea, una con cara alargada, otra con ojos rasgados y la otra lucía una melena pelirroja tan abundante que parecía la mujer león.

            Más allá había una pareja, él era inmenso con cara de bonachón y ella diminuta con cara de rata. Imaginó que eran pareja porque hablaban mucho entre ellos y lo cierto era que pegaban el uno con el otro. No le pasó por alto que los chicos la devolvían la mirada sonrientes. ¿Se estaban pensando que les miraba porque le gustaban? Qué ilusos.

            Intentó volver a escuchar lo que hablaba el profesor y no consiguió entender ni una sola frase.

            —Perdona —murmuró el esperpento que se sentaba a su lado—. ¿Luego me dejarás escuchar la grabación?

            Se lo quedó mirando con una sonrisa prepotente.

            —¿Estás de broma? ¿Necesitas un hervor o qué? Ni aunque me amenazaran con meterme en una bañera con ácido sulfúrico me quedaría ni un momento a solas contigo después de este suplicio de clase.

            Puso tanto odio en su declaración que no cuidó el volumen de su voz y toda la clase se los quedó mirando.

            —De modo que es un suplicio... —repitió el profesor.

            —Vamos abuelo, no me diga que se cree Santi Millán en el club de la comedia —replicó ella sonriendo.

            Nadie se rió por el comentario, más bien al contrario, cuchichearon entre ellos como si la hubieran visto matar a alguien.

            —No, desde luego que no —el profesor estaba rojo de ira—. La quiero fuera de mi clase.

            —Mire, no tiene ningún derecho a echarme, pago mi matrícula como todo el mundo...

            —Le he dicho que abandone mi clase.

            Ángela se puso en pie y se vio tentada de burlarse de ese estúpido loquero frustrado. Se vio tentada a responder pero no quería meterse en líos, debía dominar su mal genio y por cada cosa que decía sus problemas parecían crecer

            —¿Cuándo podré volver?

            —Cuando me entreguen un trabajo sobre la neurosis obsesiva.

            —¿Yo y quién más? —se burló.

            —Con su amigo, por supuesto —respondió con malicia, refiriéndose al chico que le había hablado antes—. Quiero un trabajo con una anamnesis acerca de la neurosis obsesiva y quiero el cuestionario respondido por ustedes dos. Ahora salgan de mi clase y no vuelvan hasta que lo tengan listo.

            —¿Yo también? —se escandalizó el chico.

            —¿Con Alf? —preguntó asombrada—. Esto es ridículo...

            La gente de la clase soltó una carcajada al escuchar ese nombre y el chico se puso colorado de vergüenza.

            —Lo quiero antes de que termine la clase —añadió el profesor—, tienen una hora y diez minutos. Si no lo traen no se molesten en volver, ya sabrán la nota final sin tener que hacer el examen.

            —Que fuerte —dijo, ella mirando a su compañero, asqueada.

            Salieron de la clase mientras Ángela volvía a preguntarse qué había hecho mal. ¿Por qué no podía pasar desapercibida?

            Ángela se fue derecha a otra clase y el chico la siguió como una sombra.

            —Qué —exclamó exasperada.

            —Tenemos que hacer la anamnesis —explicó él.

            —No pienso volver con ese chiflado —protestó Ángela.

            Cogió el pomo de la puerta pero alguien la cogió del brazo por el codo. Se volvió, sorprendida y se quedó mirando al retrasado mental que la tenía cogida sin decir una palabra.

            —Me estás tocando —afirmó Ángela—. Suéltame niñato.

            —No —se limitó a responder.

            —No me obligues a hacerte daño.

            —Tenemos —miró el reloj—casi una hora para la anamnesis. Tienes que ayudarme o suspenderemos.

            —¿Y crees que me importa?

            Entonces recordó que no podía enterarse nadie de que ella solo buscaba aprender un poco de ese rollo de la psicología para montar su despacho. Que hubiera exámenes y los profesores los usaran para meter miedo a sus alumnos no era algo que la preocupara en absoluto.

            —No me toques —repitió con tono cortante y amenazador.

            —Me expulsarán —explicó el chico, suplicante—. Vamos, no tardaremos mucho, es fácil.

            —¿Has entendido algo de lo que nos ha pedido? —preguntó incrédula.

            —Es fácil, son preguntas para diagnosticar una neurosis. Es como un castigo para ti por haberme insultado en público. Y para mí es una forma de luchar contra mis miedos.

            —¿Qué miedos?

            —Hablar con chicas.

            —No veo que tengas problemas, me sigues tocando y como me hartes te volveré la cara del revés de un bofetón.

            Esta vez el chico la soltó pero no desistió en su intención de no dejarla en paz.

            —No pienso sentarme contigo a responder preguntas, déjame en paz, pelmazo.

            —Me lo debes —insistió.

            —¿Qué dices? —intentó abrir la puerta pero estaba cerrada con llave—. Mierda. ¿Que te debo? Si no te conozco de nada.

            —Te avisé de que no hay que poner de mala leche al profesor. Otra cosa es que tú no me quisieras hacer caso. Si estás buscando otra clase, no hay más clases por la mañana de esta asignatura —explicó—. Los de segundo están en la planta de arriba. Si quieres aprobar, tendrás que volver y hacer ese trabajillo conmigo.

            La chica se lo quedó mirando horrorizada. Eso significaba que o se llevaba bien con ese muermazo de profesor o solo le quedarían las clases de la tarde... Y no le gustaba ir a clase por la tarde. Emitió un suspiro de resignación y negó con la cabeza.

            —Entonces haz esas preguntas, pero dudo que yo pueda ayudarte.

            —Solo tendrás que contestarlas —replicó el chico, ilusionado—. Vamos a ese banco de ahí.

            La pose de ese chico era de lo más ridícula. Tenía tanto miedo a suspender que no le importaba exponerse a que ella volviera a ridiculizarle, como ya debieron hacer otras chicas en el pasado. ¿Tanto le importaba ese estúpido título? Claro que le importaba, estaba dedicando todos los esfuerzos de su vida a conseguir una meta que ella, ni en sueños podría alcanzar.

            —Escúchame, Alf, si vamos a hacer ese trabajito juntos vas a tener que ofrecerme algo que sea tan importante para mí como aprobar lo es para ti.

            —¿Quieres dinero?

            —No creo que tengas más de tres euros en el bolsillo —rechazó ella—. Quiero que me consigas los apuntes hasta hoy de esta asignatura. No debería ser gran cosa, estoy segura que los llevas al día.

            —Trato hecho —ofreció su mano ilusionado—. Pero no me llames más Alf, en el instituto también me pusieron un mote y nadie se aprendió mi nombre, me llamaron así hasta fin de curso.

            —¿Cómo te llamaron?

            —No te lo pienso decir. Vamos a empezar, que se nos acaba el tiempo.

            Ángela sonrió dudando si su precio no habría sido demasiado bajo.

 

 

 

 

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Comentarios: 1
  • #1

    Bellabel (viernes, 23 marzo 2012 03:26)

    Gracias por esta nueva parte la espera con ansias, va muy bien. Slds.

Animal es el que abandona a su mascota.

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