Ángel vengativo

6ª parte

 

            Apoyó la cabeza en el cristal al sentarse en el asiento del metro, mientras éste se ponía en marcha. El suspiro que soltó la dejó sin aire mientras una mezcla de alivio y miedo luchaban en su interior por prevalecer tras lo que acababa de pasar.

            Había tenido mucha suerte de contar con Marcos, si hubiera ido ella a la cita estaría enchironada o muerta. Estaba claro que como asesino era tan malo que la policía ni siquiera sospechó de él por un segundo. Tampoco sabía qué habría hecho si en lugar de ser policías hubiera sido un mecenas de la muerte. Esa gente no admitía intermediarios así que después del recado quizás la habrían exigido matarlo antes de cobrar el resto del dinero.

            Lo pensó fríamente... ¿Habría dudado en hacerlo? No tenía la menor idea. Habría sido interesante porque más de una vez la había advertido Frank que quizás la encargarían su muerte. "Lo haría sin pestañear" —había respondido—, "por eso es muy mala idea nuestra relación". Frank ya lo había hecho en el pasado. Para ganar reputación había asesinado a su propio hermano.

            Llegó a su parada y salió mucho más relajada. Debía seguir estudiando si no quería morirse de hambre o sobrevivir a duras penas sirviendo mesas o limpiando escaleras.

            Al salir del metro un nombre le vino a la cabeza... Lara Emmerich. Su antigua Némesis de la poli que se había ganado su respeto al salvarle la vida en una encerrona de unos matones, los hombres de James Beckett, el subordinado directo de Alfonso Uriarte, el hombre al que tenía que ver muerto. Se acordó de Lara con la vaga esperanza de contactarla y pedirle información, pero enseguida se dio cuenta de que sería un error. Si sabía que la buscaban podría tenderle otra trampa. Seguramente había sido ella quien había confirmado a Alfonso Uriarte su identidad. No, Lara estaba en el bando enemigo, si volvía a verla posiblemente tendría que matarla.

            Emitió otro profundo suspiro al recordar el callejón en el que se había metido. ¿Cómo era posible que un ministro fuera tan fácil de matar y ese hombre fuera tan difícil? Si fuera desconfiada pensaría que la habían dejado acabar con él. Pero había sido precisa y,... Un momento... ¿Dónde estaban sus guardaespaldas en el club? Le había hecho creer que era funcionaria, le pidió su autógrafo y éste mordió el anzuelo, en ese momento había tres hombres vigilando sus espaldas. Pero cuando se fue con él y dio instrucciones de que le dejaran solo, estos ni siquiera le siguieron de lejos. Para ser el blanco de una amenaza como ella, la seguridad era pésima. ¿O no? ¿Y si lo tenían previsto? ¿Y si lo querían muerto y ella les había hecho el trabajo gratis?

            En ese momento sonó el teléfono móvil y reconoció en la pantalla la cara de palurdo de Marcos con una sonrisa ridícula.

            —¿Qué tal lo hice?

            —Terriblemente mal, pero fíjate, eso te ha salvado —replicó—. Gracias por ayudarme, ahora mismo estaría encerrada sin tu ayuda.

            —Bueno, qué... Qué dices de la cita del cine. Hoy cuesta la mitad, ¿te apuntas?

            —Estoy de camino a casa, no pensaba salir más.

            —Venga, me lo debes. Porque supongo que me puedo despedir de los mil euros.

 

 

            A pesar de sus protestas aceptó la invitación y fueron a la Gran Vía para pasar allí la tarde. Pensó que se lo merecía por haberse arriesgado tanto por ella.

            No le sorprendió que estuviera tan nervioso y que durante la media hora que esperaron a la cola de la taquilla no abriera la boca ni para masticar su chicle. Se había vuelto a peinar como si tuviera una escoba en la cabeza y no se había cambiado ni las botas, aunque era evidente que le hacían daño.

            Ella se había puesto una blusa suelta sobre una camiseta blanca ajustada. Abajo de puso vaqueros y zapatillas cómodas de correr, siempre había que preveer una posible fuga. Cuando entraron ninguno de los dos compró palomitas, costaban casi tanto como la entrada y ésta ya era bastante cara. Pensó que con esos precios lo raro era que aún fuera gente al cine.

            La película era de un asesino en serie al que la policía terminaba abatiendo a tiros, dejándolo con más agujeros que un colador. El asesino era frío y calculador y los protagonistas policías habían arriesgado su vida y la de sus familias para atrapar al asesino. Todo un montón de mierda y clichés de los que Ángela estaba harta.

            —Ha estado bien —opinó Marcos.

            —Ese final era predecible.

            —A mí me gustan esos finales. Si terminara muriendo el protagonista y ganando el malo sería injusto.

            —A veces los malos ganan —aleccionó—. En la vida real es lo más común.

            —¿Puedo preguntarte algo?

            Ángela suponía que llegaría ese momento, le miró con cierto temor. No quería tener que herirle si es que volvía a declarar su amor hacia ella, pero por los nervios de Marcos estaba claro que sería necesario.

            —Escucha Alf te agradezco tu ayuda pero no puedo mandar sobre el corazón. Solo eres un amigo para mí y dudo que eso cambie nunca.

            —Es bueno saberlo —dijo decepcionado—, pero no iba a preguntarte eso.

            —¿Ah no?

            —¿Qué tipo de trabajos haces? ¿Eres una prostituta?

            —¿Qué dices tarado? —replicó furiosa.

            —No es que lo piense, solo es que no sé... Perdona.

            —Esa es una parte de mi vida que quiero olvidar —contestó arisca.

            Caminaron hasta una pizzería y cuando iban a entrar Ángela se detuvo.

            —Es una mala idea. Lo mejor es que cada mochuelo a su olivo.

            —Espera, espera, podemos caminar, no tengo hambre —insistió Marcos.

            —Qué pesado eres —reprendió—. Ya hemos ido al cine...

            —¿Por qué no quieres hablarme de tu pasado?

            —¿Quién ha dicho eso? No tengo ningún problema con mi pasado.

            —Acabas de decirlo.

            —No es lo mismo, no quiero hablar de mi antiguo trabajo.

            —Al menos dime por qué.

            —¿Cómo tengo que decirte que no me apetece hablar de eso? Me voy a casa.

            Se dio la vuelta dirigiéndose al metro. Esta vez Marcos no hizo nada por detenerla y lo agradeció. Se había puesto insoportable, si volvía a sacar el tema no volvería a dirigirle la palabra ni en clase.

            Mientras esperaba en el andén volvió a verle por el rabillo del ojo.

            Se lo quedó mirando furiosa y cuando él la miró de nuevo se hizo el despistado y la saludó con la mano.

            Negó con la cabeza y no volvió a mirarlo aunque ya era tarde, él había interpretado que al mirarlo ya podía acercase a ella.

            —Podemos ir juntos —opinó Marcos, que volvía a estar a su lado.

            —¿Por qué?

            —Porque somos amigos y porque vivimos cerca.

            —¿Tú qué sabes dónde vivo?

            —No sé, pero este también es mi metro.

            —Qué pelmazo —protestó a voz en grito. Todos los demás viajeros se los quedaron mirando.

            —Somos amigos, ¿no? —insistió él.

            —Qué demonios quieres Marcos, deberías saber que empiezas a fastidiarme de verdad.

            —¿Por qué no me lo cuentas? ¿Tus padres te pegaban?

            Ángela le lanzó una mirada asesina.

            —¿Me estás psicoanalizando?

            —Es lo que hacen los amigos.

            —En serio, tío, no podía encontrar un mote más afín a lo que eres. Hablas igual que Alf con frases de lo más educativas ¿no quieres correr a por un gato? Déjame en paz.

            —Venga, ¿qué te pasó? —insistió.

            —Pero que no me ha pasado nada, pesado. La mayor desgracia que he tenido ha sido conocerte, ¡Dios qué plasta!

            Aquello pareció alcanzar un punto débil porque Marcos puso cara de cachorro lastimado.

            —¿Lo dices en serio?

            —Es que te pones insoportable, colega, cuando un amigo te diga que no quiere hablar de algo, hazle caso. No me extraña que estés más solo que la una.

            —Tú tampoco tienes amigos —replicó.

            —¿Y tú qué sabes?

            —Estás aquí y no quieres estar.

            Ángela le lanzó una mirada envenenada.

            —No había sitio en mi vida para amistades, no soy una buena chica.

            —A lo mejor yo tampoco soy tan bueno...        

            Marcos no continuó lo que sirvió para que ella siguiera hablando.

            —No te compares conmigo porque no hay nada que comparar. Vivía en una casa a tomar por culo de Madrid. No tuve muchos niños con los que relacionarme y pero hice amigas en el colegio con normalidad. Cuando vivía con mi padre me trató siempre como una reina, aun más, como una estrella de cine. Se pasaba el día haciendo negocios y cuando yo le molestaba no me pegaba un grito y me mandaba fuera del despacho como hacen tantos padres de hoy en día. Me presentaba a sus amigos y les decía que no había nada en el mundo que le diera más alegría que yo. ¿Quieres saber qué me pasó?

            Al recordarlo no pudo evitar que se le humedecieran los ojos.

            —Un día, alguien le mató. Estaba rodando una película de autor donde yo era la protagonista... —recordó lo sucedido y de repente su odio por Lara Emmerich resucitó.

            —¿Qué? —Marcos abrió la boca sin saber qué decir. 

            —No he tenido una vida sencilla, me llevaron a una familia de acogida hasta alcanzar la mayoría de edad y mi padrastro era un hijo de puta pero no le culpé nunca a él. Solo había una culpable y era la mujer que mató a mi padre.

            —¿Fue una mujer?

            —Sí, el destino quiso que encontrara a un tío de puta madre, Frank. Me escapé con él, me enamoré de él... Me enseñó su oficio y en menos de dos años era casi tan buena como lo era él.

            —¿Qué oficio?

            Ángela le miró dubitativa.

            —La venganza.

            Marcos pestañeó un par de veces.

            —No entiendo.

            —No soy una buena persona, Alf. He matado gente por dinero, soy una asesina profesional.

            —Sí claro —replicó nervioso.

            —Me das la brasa para que te cuente mi vida y ¿ahora no me crees?

            —¡Ponga las manos sobre la cabeza y no se mueva!  —exclamó alguien a su espalda.

            —Está detenida, arriba las manos —le gritó un hombre desde el frente, un poli vestido de paisano, mientras la apuntaba con una enorme pistola.

            Ángela se quedó boquiabierta, asombrada.

            —Me has vendido...

            —No me dejaron elección —visiblemente arrepentido—. No me dijeron qué habías hecho. No quería ir a la cárcel sin saber siquiera lo que habías hecho.

            Ángela miró a los dos polis estudiando la situación. A uno podía reducirlo, pero cualquiera de los dos podía matarla en un chasquido de dedos.

            Levantó los brazos dedicando su mirada derrotada al traidor que se hacía llamar su amigo.

            La esposaron y la empujaron contra la pared cacheándola desde las botas hasta el cabello. Encontraron su pistola en el bolso, se la quitaron y a empujones la introdujeron en un coche que no parecía de la policía.

            —Lo siento —se despidió Marcos.

            —Más lo vas a sentir cuando salga —murmuró sin mirarlo y sin que nadie más que ella pudiera oírla.

 

 

Escribir comentario

Comentarios: 2
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (martes, 10 abril 2012 08:01)

    Puedes comentar aquí tus impresiones sobre la historia.

  • #2

    carla (martes, 10 abril 2012 17:43)

    aii noo puede ser que te vayas a ir sin subir la conti :s no nos puedes dejar con la duda :( espero la conti pronto ;)

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo