Ángel vengativo

7ª parte

 

 

            La encerraron en un calabozo de la comisaría con dos chicas. Era una celda con dos bancos y ninguno suficientemente grande para tumbarse.

            Las dos compañeras de celda la estuvieron mirando con expresiones aburridas. No tenía ni idea de si se conocían o no, no le preguntaron nada. Después de pasar tres horas en el banco se hartó y se puso a caminar en círculo.

 

 

 

 

            La vista se celebró después de cinco horas de espera y se presentó un abogado encorbatado que representaba a la fiscalía. Se leyó multitud de documentación sobre los crímenes de los que la acusaban. Para defenderla había un abogado de oficio que no intervino en toda la vista.  En cuestión de diez minutos el juez dictaminó que había suficientes pruebas y a golpe de martillo la mandó a prisión preventiva hasta que llegara la fecha en la que se celebraría el juicio, aún por determinar.

            Cuando volvía a la celda temporal pidió hacer la llamada. Lo había estado pensando, solo podía recurrir a él.

            —Alf, búscame un buen abogado —ordenó.

            —No... No...... No puedo ayudarte —contestó nervioso.

            —Tengo dinero ahorrado —insistió—. Puedo pagar.

            —No puedes pedirme eso... Por favor, no vuelvas a llamarme.

            —¡Me lo debes! —gritó, histérica.

            Marcos colgó cuando estaba meditando cómo gritarle o amenazarle más.

            Comprendió que no podía confiar en la ayuda de alguien que la había traicionado una vez, alguien que sabía de lo que era capaz, alguien que comprendía hasta qué punto le había hecho una putada y lo mucho que ella podía enfadarse.

            Y cuando su mente llegó a esa certeza, decidió que Marcos tenía que morir.

            —Hijo de puta...

 

 

 

            La tuvieron en esa celda tres días y pudo ver cómo desfilaban chicas nuevas cada día. Solo habló con una de ellas a causa de que se acercó a pedirle que se echara a un lado ya que no tenía sitio para sentarse. Esa fue toda la conversación que tuvo. Pero su mente no paró ni para dormir. Pensó hacerse amiga de una de esas mujeres solo para que cuando saliera fuera a por Marcos y toda su familia. Lo malo era que no tenía ni su foto ni su dirección y las que entraban no parecían capaces de tal cosa.

            —Ángela Schneider —escuchó su nombre a alguien que estaba fuera de las rejas.

            —Soy yo.

            —Acompáñeme.

            Se levantó gustosa y estudió a ese muchacho. Debía tener entre veinte y treinta años y le reconoció en seguida, era su abogado de oficio.

            Se acomodaron en un despacho que tenía dos sillas y una mesa. Les habían escoltado dos policías con pistola y se habían paseado por la comisaría donde sólo vio a una mujer y un hombre con gabardina que fumaba descaradamente a pesar de estar prohibido. Se encerraron los cuatro en un despacho y el abogado se sentó frente a ella. Los policías vigilaban la puerta, uno a cada lado, escuchándolo todo.

            —Escuche, señorita —comenzó el muchacho—. Puedo tutearte, supongo, me siento afortunado por que me hayas escogido para representarte en el juicio.

            —¿De qué hablas? Si no quiero ni verte.

            —Eso facilita las cosas, entonces no te importará que me presente únicamente en el juicio.

            —¿Cómo?

            —Estoy obligado a informarte de tus derechos y especialmente de los cargos que se te imputan. Comprenderás que no tienes defensa posible así que te declararás culpable y te mostrarás muy arrepentida para que te reduzcan la condena. Si no lo haces te caerán veinte años por cada asesinato.

            —¿Me dejas hablar? —atajó furiosa.

            —Claro —respondió asustado.

            —¿De qué asesinatos estás hablando?

            —Ah sí, los cargos son...

            Examinó su carpeta y en la primera hoja vio una foto del ministro Casanueva, sonriendo ante los periodistas.

            —Uno, dos, tres, cuatro...

            Pasó páginas sin darle tiempo a verlas.

            —Espera, espera —urgió Ángela.

            El chico levantó la mirada y sonrió.

            —Veo que detestas la autoridad, dos policías, el ministro, un consejero económico, una enfermera, no, no dos, un guardia de seguridad... —la voz del abogado tembló por un momento y cuando volvió a mirarla sonriente adivinó lo que estaba pensando. Estaba aterrado por tener que representar a una asesina en serie.

            Ángela se quedó boquiabierta, puede que algunos fueran responsabilidad suya pero estaba claro que alguien estaba intentando tapar muchas cosas a su costa. Había sido elegida como chivo expiatorio.

            —¿Qué significa esto? —dijo—. Esos dos polis mataron a toda esa gente.

            El abogado la miró con extrañeza y añadió:

            —Claro y ahora están muertos así que no hay nada que hacer.

            —Esos tipos iban a matarme —exclamó ella—. Y no fui yo quien los mató aunque de buena gana lo hubiera hecho, se lo merecían los muy cerdos.

            El abogado se la quedó mirando frustrado.

            —Tengo que ver a tres clientes esta mañana —cambió de tema—. Han echado a todos los becarios por la crisis y no doy a basto. Mira, hazme caso, no intentes defenderte, te caerán menos años.

            —¿Tú te pinchas? ¿Por qué tendría que hacer eso?

            —Hay testigos que podrían identificarte.

            El muchacho se encogió de hombros y sonrió con resignación, como si no hubiera nada que hacer.

            —Lo siento —escupió Ángela—, quiero un abogado de verdad.

            —No te lo recomiendo, nadie podría ponerse al día en tan poco tiempo.

            —Me da igual, quiero un abogado que me crea.

            —Está bien, mejor para mí. Así no tendré que perder toda la mañana con tu juicio.

            —¿Cuándo es?

            —Mañana martes.

            —Mierda, ¿no se supone que los juicios tardan meses?

            —Los recortes obligan a los jueces a compactar su agenda y los casos como el tuyo tienen prioridad, es secreto de sumario. No quieren dar tiempo a la prensa para que se entere de todo.

            —¿Conoces algún abogado que pueda ayudarme?

            —¿A parte de mí?

            —Pues claro.

            —Bueno, conozco a una muy buena. Es amiga mía y ha ganado casos más difíciles que el tuyo.

            —¿Me das su teléfono?

            Asintió gustoso, sacó su móvil y comenzó a apuntarlo en una hoja.

            —Gracias —agregó Ángela.

            —Mucha suerte —deseó el chico—. La vas a necesitar.

 

 

 

            Solicitó permiso para realizar una llamada una vez la devolvieron a su celda. Los dos agentes la escoltaron hasta la cabina telefónica de la comisaría y marcó el número con ansiedad, deseando que algo le saliera bien, para variar.

            Cuando marcó el último número no tardó ni un segundo en salir un mensaje de la operadora: "El número marcado es incorrecto o es inexistente". Volvió a marcarlo una, dos y hasta tres veces y siempre con el mismo resultado. Se dio cuenta que el estúpido de su abogado se la había jugado, se había librado de ella y encima la había dejado con el culo al aire. Su odio fue tan fuerte que no pudo contenerse ni un segundo más.

            Desesperada golpeó la cabina de la comisaría con saña hasta que rompió el teclado y el auricular.  Para cuando un policía llegó para detenerla no quedaba una pieza en su sitio.

            Algo la golpeó en la cara y quedó aturdida mientras los dos agentes la reducían, uno empujándola contra la pared y el otro tratando de esposarla.

            Fue un acto reflejo, se zafó del opresor en un giro de cadera y golpeó al otro con la rodilla en sus partes nobles logrando así acceder a su cartuchera. Soltó la cinta de cuero que aseguraba el arma y la extrajo en apenas una décima de segundo.

            Apuntó al policía a la cabeza y apretó el gatillo. O al menos lo intentó, ya que no había tenido tiempo de quitar el seguro de arma. Cuando quiso hacerlo solo vio un enorme codo estrellándose contra su mejilla, dejándola inconsciente.

 

 

 

 

            Despertó en la misma celda donde había pasado recluida los últimos días. Estaba sola y le dolía la cabeza. Se incorporó con pesadez y caminó a los barrotes. El pasillo estaba desierto y no podía preguntar a nadie sobre su juicio.

            Pasó más de una hora sentada cuando alguien entró en los calabozos de la comisaría y le reconoció. Era uno de los agentes que la redujeron en el incidente del teléfono.

            —Levántate —ordenó—. Acerca tus manos.

            Ella iba a ignorarlo pero tras un par de segundos decidió no dar más problemas. No le ayudaría nada mostrarse rebelde.

            Ofreció las muñecas y el agente se las esposó con habilidad a través de los barrotes. Por un momento pensó resististe y tratar de esposarlo a él, pero ya tenía las muñecas enganchadas cuando se le ocurrió.

            —¿Vamos a mi juicio?

            —Las cosas han cambiado —explicó el policía—. Ahora hay que añadir intento de fuga y asesinato a sangre fría. Te aseguro que con casos como el tuyo pondría a un lado mis creencias y aceptaría la pena de muerte.

            —Qué suerte que tú no dictas leyes —provocó ella, sonriente.

            —Te juro que no volverás a ver la luz del día en libertad —proclamó el hombre, retador.

            Ángela no respondió, si ya estaba mal su situación antes del incidente ahora no había la más mínima esperanza de salir de allí legalmente.

            Al pasar por las oficinas se llevó una sorpresa al ver que estaban todos en un despacho celebrando algo. Nadie la esperaba para escoltarla y la mirada de ese hombre era la más pura representación del odio.

            —No te detengas —ordenó en un susurro.

            Sintió que la empujaba con el cañón de una pistola.

            El agente la adelantó y se puso frente a ella. La apuntó a la cabeza y se la quedó mirando un par de segundos.

            Lo que le había confiado antes no era por darle conversación. Estaba dispuesto a tomarse la justicia por su mano.

            —Vaya, vaya, te crees muy hombre apuntando a una chica esposada que no puede defenderse.

            —Tú has matado a sangre fría a personas que ni siquiera sabían que estabas ahí. Ahora sabrás lo que sintieron antes de morir.

            —Nunca he matado a inocentes —afirmó ella, rememorando a sus víctimas.

            —Ayer habrías matado a mi compañero si esta arma no hubiera tenido puesto el seguro —respondió él—. No puedo consentir que te dejen libre dentro de tres años por buena conducta. Eres una amenaza y siempre lo serás.

            Ángela se daba cuenta de que seguía viva por que no estaba tan seguro de sus intenciones.

            —¿Qué esperabas? —respondió con gélida tranquilidad—.  Me asignáis al peor abogado de oficio y me engañáis para que renuncie a él con una treta ruin.

            —Aunque supiera de lo que estás hablando, aplaudo al que lo haya planeado. No mereces que se te trate como un ser humano.

            —Aprieta el gatillo si lo ves tan claro.

            —No puedo comprender a los monstruos como tú —replicó él—. No puedo llamar persona a alguien que toma la vida ajena como si fuera basura. Mi compañero me ha salvado la vida dos veces, ¿sabes? Me sacó de las drogas y me convenció para que hiciera algo bueno en mi vida. Entré en la policía y me casé. Enderecé mi camino para ver cómo una guarra como tú apretaba el gatillo y le volaba la cabeza... Porque Dios quiso detener esa bala y no te permitió hacerlo ni escapar. Por suerte estábamos ahí para detenerte, ¿entiendes? No me importa que me encierren.

            Manoseó la pistola con ansiedad, hablaba para convencerse a sí mismo y su mirada vidriosa le decía que era muy capaz de apretar el gatillo.

            —¿Sabes qué? —decidió el policía—. No merece la pena... No voy a matarte.

            Dio un par de vueltas cerrando los ojos y se llevó las manos a la cabeza.

            —Estás mal de la cabeza —opinó Ángela nerviosa.

            Ante su asombro, el policía hizo algo que no esperaba. Dejó la pistola encima de la mesa y la miró a los ojos apretando los labios.

            Ángela no se movió, imaginó el gratificante contacto del arma entre sus dedos pero no movió un músculo. Era lo que Frank solía llamar un golpe de suerte vigilado, una trampa.

            —Te dejaré vivir si me apuntas con esa pistola y me perdonas la vida —susurró el agente como si improvisara.

            —¿Por qué? —inquirió ella—. Si te apunto, podrías matarme y creerían que lo hiciste en defensa propia.

            —Eres una profesional —admitió el hombre, sonriente—, no importa, puedo matarte primero y colocarte luego el arma...

            —Llévame a mi celda o mátame.

            Aquella petición tan fría dejó sin palabras a su contertulio.

            El poli cogió el arma de la mesa y la apuntó a la cabeza.

            —Boom —apretó el gatillo y lo único que se escuchó fue el disparo que había imitado el agente, con la voz.

            —No soy estúpida, sabía que esa arma estaba descargada.

            —Me asombras. No le temes a nada, ni siquiera a la muerte. Vamos, camina, hoy te dejaré vivir, ya encontraré el modo de asustarte.

            Ángela obedeció sin tener claro si ese hombre estaba bien de la cabeza. ¿La habría matado si hubiera cogido esa arma? ¿O solo buscaba asustarla?

            Seguramente no tardaría mucho en averiguarlo.

            Cuando volvió a estar encerrada el policía le quitó las esposas y se retiró sin decir nada más.

            —Y a mí me llaman monstruo... —bufó cuando se sintió a salvo en su soledad.

 

 

 

 

 

Continuará...

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Comentarios: 2
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (martes, 10 abril 2012 22:21)

    Puedes comentar aquí cuántas ganas tienes de leer la continuación. Puede que si hay muchas peticiones suba algo durante mis vacaciones.

    Cuidaros mucho y esperemos que ¡hasta no muy tarde!

  • #2

    carla (jueves, 12 abril 2012 07:39)

    :) wohoooo!!! Que biien ahora sii puedo esperar pacientemente la continuaciion. :D

Animal es el que abandona a su mascota.

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