Ángel vengativo

8ª parte

                Al día siguiente su amigo policía se pasó a visitarla.

            —Espero que no tuvieras pesadillas.

            —Mierda, pero si es 'don voy a dar miedo' —puso los ojos en blanco.

            —Me dejaste con la curiosidad —la ignoró—. ¿No le temes a la muerte?

            Ángela se tumbó boca arriba en el banco y no respondió.

            —¿No te preguntas qué pasaría si hubiera un infierno para ti?

            —¿Serías buena persona solo para recibir una recompensa? —replicó ella sin emoción.

            —Yo creo en Dios y creo que cuando pase esta vida se me aplicará un juicio justo. Todo ser humano teme la llegada de ese día.

            —Si buscas un lugar donde confesarse, te has equivocado de puerta, ni soy cura, ni soy virgen.

            La puerta del pasillo de celdas se abrió abruptamente.

            —¡Rodríguez, te llama el comisario! Llevo buscándote media hora, estará cabreado.

            La miró un par de segundos con cara de incomprensión y se marchó sin decir nada más.

            ¿Qué pretendía ese hombre? Estaba claro que torturarla como fuera, no podía asustarla con una pistola y había ido a desesperarla con su charlatanería barata.

            No tuvo más visitas en todo el día, ni al día siguiente. Lo único que rompía el silencio era el desayuno, almuerzo y cena, que solía ser comida tan mal cocinada que hasta las ratas la rechazarían.

            Le informaron que pronto sería trasladada a una prisión de alta seguridad. De ese modo se enteró de que la habían aislado por completo para evitar más altercados.

            Cuando fueron a buscarla eran cuatro policías con chalecos antibalas y con porras antidisturbios.

            —Acompáñanos —ordenó uno de ellos.

            Le pusieron cadenas en las muñecas y tobillos que a su vez se unían tan cortas que la obligaban a caminar agachada.

            —Vaya, todo un furgón para mí sola —se burló—. Vosotros sí que sabéis tratar a una chica.

            —Cierra la boca —ordenó uno de ellos.

            No eran muy simpáticos.

            La introdujeron al furgón y engancharon las cadenas frente al asiento que ocupó.

            —¿A donde vamos? —preguntó a uno de los que aún no la había gritado.

            No le respondió, la ignoró por completo y se sentó cerca de ella, en otro asiento, frente a su compañero cortándole entre ambos una hipotética fuga.

            Después de media hora de movimiento el vehículo se detuvo. Ángela escuchó unas voces masculinas en la ventanilla del conductor aunque no pudo escuchar lo que decían.

            Se abrió la puerta y unos pasos se dirigieron al portón de atrás.

            —¿Qué está pasando chicos?

            Uno de los que la escoltaba la miró con desprecio.

            —Ya hemos llegado —se limitó a explicar.

            —¿A dónde?

            —Ya lo verás.

            Al abrirse la puerta entro tal cantidad de luz que no pudo ver el exterior durante segundos.

            Cuando su vista se acostumbró fue difícil de creer lo que veía.

            —Hijo de puta —escupió, asombrada.

            Al otro lado de la puerta había un hombre trajeado y la esperaba fumando un enorme puro.

            —Sal de una vez —ordenó uno de sus vigilantes.

            Con pesadez se levantó y caminó por el furgón arrastrando la cadena por el suelo metálico. Bajó de un salto y movió la cabeza a un lado para apartar su pelo de la cara ya que no alcanzaba con las manos.

            —Me quedé con las ganas de una cita de verdad —se mofó Alfonso, que aun la miraba con deseo, no sabía si fingido o real.

            —¿Tantas ganas tienes de morir?

            —Somos muy parecidos, ambos somos atractivos, ambos nos ganamos la vida matando gente y a ambos nos pagan por ello.

            —La diferencia es que yo te iba a matar gratis —se burló Ángela.

            —Me encanta tu sentido del humor. Si no tuviera que matarte quizás te ficharía en mi equipo. Has supuesto un dolor de cabeza para mis hombres, no te imaginas cuánto.

            —¿Intentas matarme con tu aliento asqueroso? Ten piedad y mátame con tu pistola.

            Uno de los hombres rió nervioso al escucharla. Alfonso, en cambio, no lo encontró gracioso en absoluto.

            —¿Crees que voy a matarte con mi pistola? No, hay formas mejores de deshacerme de ti. Formas mucho más placenteras.

            Al decir eso sí que consiguió una carcajada de todos sus hombres.

            Entonces se dio cuenta de que eran cuatro policías sin contar a Alfonso, y que estaban en un camino de tierra en medio de la nada. Estaba completamente a su merced.

            —¿Piensas hacértelo con esta panda de maricas?  —se mofó—. Te lo advierto, el sexo entre hombres me da ganas de vomitar.

            Sus guardianes miraron con ansiedad a su jefe. Estaban esperando algo y seguramente aún no sabían qué.

            —Somos muy parecidos —aclaró Alfonso con un tono más profesional—. Y por eso la venganza da cierto sentido a nuestro trabajo.

            —Tú golpeaste primero —replicó ella—. Cumplí con mi encargo y lo único que recibí a cambio fue un misil con mi nombre escrito en la punta.

            —Tengo que admitir que eres toda una profesional y ya estarías muerta si eso fuera lo que deseara.

            Ángela le miró a los ojos, intrigada.

            —Cuanto más poderoso eres puedes confiar en menos personas. Aunque creas que soy el pez más gordo del estanque,  te equivocas, siempre hay alguien por encima. Controlo a muchos policías pero hay otros que son un grano en el culo. Por ejemplo hay una mujer que no acepta decisiones y me está causando verdaderos quebraderos de cabeza.  Tú la conoces, es Lara Emmerich.

            Ángela escuchaba con atención  sin decir nada. No tenía ni idea de a dónde quería ir a parar.

            —Mató a dos de mis hombres más fieles y quiso hurgar para llegar hasta mí. Hizo preguntas muy comprometidas y tuve que pararle los pies. Le dije al comisario de su distrito que tenía que despedirla por salirse de su competencia. El muy inútil lo único que hizo fue degradarla de inspectora a policía.

            —Y me habéis cargado a mí los asesinatos del hospital. Como si hubiera podido matar a una mosca en mi estado.

            Alfonso hizo un gesto con la cabeza y sus hombres volvieron al furgón y se fueron. Ángela empezaba a pensar que no la querían muerta.

            —Tuve que mover muchos papeles para que Lara me dejara en paz —explicó Alfonso—. En principio ella iba a pagar por todo pero amenazó a su comisario que tenía pruebas que implicaban a alguien de la policía, alguien de muy arriba y se asustó. El comisario le ofreció exculparla de todos los cargos a cambio de una reducción de salario y aunque lo rechazó cuando se vio patrullando las calles se le bajaron los humos, o al menos es lo que intenta hacer creer a todo el mundo.

            —¿Por qué me cuenta todo esto? —inquirió Ángela.

            —Quiero que te encargues de ella. Si averigua que fui yo el que ordenó el asesinato del contable me causará demasiados problemas.

            —¿Y por qué crees que haría tal cosa?

            —Porque eres una asesina que no tiene trabajo, ni escrúpulos y por si no te has enterado, estás a punto de ser condenada por siete asesinatos.

            —Insinúas que si lo hago me pagarás y me ofrecerás el indulto —afirmó, sin esperar más que un asentimiento.

            —Si lo haces, serás mi nueva mano negra. Imagina tener a las autoridades de tu parte, cobrar un sueldo fijo y tener licencia para matar. No tendrías que volver a esconderte.

            —¿Tu nueva mano negra?

            —Entre tú y tu amiga acabasteis con Beckett. Hasta ese día eran los mejores pero los habéis dejado en ridículo. Ya sabes el dicho, a rey muerto rey puesto. Haz lo que te pido, para ti no es más que un trabajito más... Además ella mató a tu padre, verás cumplida tu venganza. No puedo confiar en nadie más. Eres la mejor.

            —¿Cómo sabes que en cuanto me sueltes no te mataré?

            —No lo sé, pero ya lo has intentado y sabes que es una decisión equivocada. Te ofrezco volver a una vida de lujo, no tendrás que responder ante nadie más que yo.

            Ángela le miró detenidamente. Se había visto con la mierda hasta el cuello, incluso había creído que la violarían y luego la matarían, y ahora le daban la opción de vivir como una princesa si seguía haciendo lo que mejor sabía, matar.

            —Sólo por curiosidad —respondió Ángela—, ¿qué pasaría si me niego?

            —Sería tu última decisión.

            Fue la escueta respuesta.

            —Y deduzco que el ministro Casanueva no tomó la decisión apropiada. Por eso dejaste que lo matara.

            —Si te soy sincero, ese hombre nunca me fue útil. Le encantaba la demagogia y trató de utilizarme para tapar su miseria. El presidente elegirá a otro y voy a tener que mantenerlo al margen de nuestras actividades. Los políticos dan asco, lo mejor es mezclarse lo menos posible. Son mercenarios de sus patrocinadores, pero en lugar de matar hunden a sus enemigos en la ruina. Perdimos mucho poder al morir Casanueva pero el precio de ese poder era demasiado alto. ¿Sabes por qué quiso la muerte del contable? Porque le había pedido que no gastara el dinero del Estado en furcias. Que podía encubrir como gastos de representación hasta diez mil euros al mes, pero no cien mil. Tenía vicios muy caros nuestro amigo, y nosotros le ayudábamos a lavar su imagen a cambio de que hiciera la vista gorda por nuestras actividades.

            —¿Por qué me encargasteis su asesinato si tenías a tu mano negra?

            —Beckett cobró los cien mil euros que me dio el ministro para solucionar el problema con el contable, solventó la papeleta y no hice preguntas —Alfonso miró hacia el infinito fumando una profunda calada a su puro—. Cuando llego tu nombre por primera vez a mis oídos fue cuando él murió durante un tiroteo en su casa cuando supuestamente ya había acabado con 'el asesino del contable' en aquel restaurante. Sus hombres supervivientes fueron a rematarte al hospital y Lara se encargó de protegerte y matarlos, y no solo eso, se dispuso a averiguar quién movía los hilos de Beckett. Este país está infectado de corrupción. Le das manga ancha a alguien y aprovecha la ocasión para limpiar sus propios trapos sucios. Lo hacen hasta los becarios más humildes, aprovechan la fotocopiadora del trabajo para los apuntes, roban bolígrafos, se llenan los bolsillos de material de oficina. ¿Por qué? Porque pueden. El poder debería estar limitado para los que no miran por el bien común, los que no entienden que sociedad no es sinónimo de todo lo mío es mío y lo de los demás, mientras no me pillen también.

            —Si querías matarme, mátame —cortó Ángela—, pero no me tortures con tus paranoias.

            —Te pido perdón por todo, por que no pude controlar a mis hombres y por que entiendo que tu sed de venganza busca ser saciada acabando conmigo.

            —Ese cerdo de Beckett nunca me pagó lo que me debía.

            —Claro, pretendía borrar todo el rastro de sus acciones. Quizás tuve algo de culpa al exigirle un trabajo limpio. Pero no podía haberlo hecho peor, hasta la prensa de la oposición del gobierno sacó un titular en el que se culpaba al mismo presidente del gobierno. Que ahora toda esa panda de inútiles esté muerta es un alivio.

            —No me ha quedado claro para quien trabajas tú —interrogó Ángela con tono aburrido.

            —He sido reclutado por una… Organización internacional. Si tan solo te dijera su nombre te tendría que matar o me matarían a mí.

            —No me importa su nombre, ¿cual es exactamente su objetivo?

            —Es difícil de explicar...

            —No, es muy fácil, ¿qué clase de trabajos venían de tu organización?

            —Asesinatos quirúrgicos, como los llaman ellos. No piden muchos pero sí exigen limpieza y rapidez.

            —No entiendo... ¿Quirúrgicos?

            —Si te soy sincero, tampoco lo entiendo. La orden llega sin explicación. Matar a una persona que aparentemente no tiene influencias políticas. Un asesinato limpio y yo me encargo de taparlo.

            —Así, sin más.

            —No, el encargo trae dinero para los tus gastos y mis gastos legales. Eres tan efectiva que estoy seguro que sabrás ejecutar las órdenes y vivir como una reina.

            —¿Cómo puedes fiarte de mí? —añadió—. Te hubiera matado si hubiera podido.

            —Nadie es perfecto. Pero eres lista y en cuanto te suelte las cadenas entenderás que nunca es bueno morder a la mano que te da de comer. Beckett era un militar americano que llegó a España extraditado, con una impresionante lista de heroicidades en Afganistán y Libia. Estados Unidos le expulsó del ejército y del país porque se excedió en sus misiones acabando con vidas inocentes, numerosas bajas colaterales. Cuando recibí su ficha para admitirle en España le consideré perfecto para mis misiones AQ. En poco tiempo reclutó a los mejores mercenarios de Kosovo y cumplían los encargos con gran eficacia a pesar de ser tan poco cuidadosos. Mataban al objetivo, limpiaban la zona y no dejaban testigos. Pero se volvieron cómodos se buscaron sus propios sicarios y cuando terminaban el trabajo los mataban y asunto arreglado. Habría sido una cuestión sostenible si no hubieran empezado a abusar de su poder.

            —En resumidas cuentas, Lara le hice un favor acabando con ellos.

            Alfonso asintió. La miraba con una mezcla de admiración y desesperación, sus jefes invisibles debían haberle presionado para que volviera a tener cuanto antes su brazo armado, es más, seguramente le habían pedido ellos que la contratara.

            —Hablaste de un sueldo generoso —indicó Ángela—. ¿De cuánto exactamente?

            —Veo que te he convencido —replicó seguro de si mismo—. Hablamos de dos mil euros mensuales, algo que no llamaría la atención de nadie ya que es un salario común. Obviamente no sería un contrato real, serás mi asistente personal y tu dinero saldría de mi bolsillo.

            El rostro de Ángela era un bloque de hielo.

            —Más comisión por cada trabajo —completó Alfonso—. Hablamos de diez mil euros por encargo.

            Eso no cambió la dura expresión de su rostro.

            —Cobraba más con mi antiguo jefe.

            —Admitámoslo —atajó Alfonso—, es eso o la cárcel durante los próximos doscientos años.

            "O aceptar el trato y matarte cuando menos lo esperes." —pensó Ángela.

            —¿Y solo tendría que matar Lara?

            —Exacto.

            Ángela suspiró mirando al suelo terroso. Había deseado matarla desde que mató a su padre, habían dejado a un lado sus diferencias después de que la salvara en el hospital pero estaba hablando de la cárcel de por vida o vivir bien pagada si es que la borraba del mapa.

            —Tienes una socia, quítame esta mierda.

 

 

 

 

 

 

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Comentarios: 2
  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (sábado, 28 abril 2012 16:50)

    Escribe aquí tus comentarios.

  • #2

    carla (sábado, 28 abril 2012 20:34)

    :) que bueno que ya hayas vuelto.

Animal es el que abandona a su mascota.

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