Antonio Jurado

Nota: Continuación directa de "Los vampiros no existen". Se puede leer sin haber leido la anterior, pero se van a contar aquí muchas cosas que destriparían el final de la primera.

1ª parte

            Un día más que se levantaba para ir a la universidad. Eran las seis de la mañana y tenía veinte minutos para ducharse, vestirse, afeitarse, cepillarse los dientes, peinarse... Acababa de sonar el despertador y vio su cartera encima de la mesita de noche.

            Había tenido otra pesadilla. Día tras día volvía a soñar lo mismo, desde que descubrió que existían los vampiros y mató, o creyó matar a una de ellos. Siempre miraba detrás de él cuando caminaba por las noches en calles solitarias, temía que hubiera más y se quisieran vengar.

            Cuando despertó esa mañana, lo último que vio, antes de despertar, fue el rostro angelical de una chica pelirroja exhalando el último suspiro. La había atravesado el corazón hacía una semana y todavía soñaba con ella a diario. Había sido una experiencia difícil de asimilar, a menudo quería pensar que fue imaginación suya y en realidad no era una vampiresa, pero entonces habría matado a una preciosa chica que tenía un grave desequilibrio psíquico y eso era algo que le atormentaba mucho más.

            Aquel día, el Sol invernal tardó en salir. Cogió el tren como todos los días y se sentó junto a la ventanilla. Tenía una hora de camino hasta la universidad y se quedó dormido apoyado contra el cristal hasta la última parada. A primera hora le tocaba Física y después no tenía ni idea, aún no se había aprendido el horario ya que el curso apenas acababa de comenzar. Suspiró y sintió una molestia en el trasero. Se llevó la mano al bolsillo y sacó su cartera. Una desgastada cartera de piel donde tenía el poco dinero que le quedaba para la semana.

            Últimamente la miraba como si fuera su tesoro más valioso. La razón no la entendería nadie ya que lo único que había era un Billete de diez euros y un boleto de lotería del Euro millón. Lo sacó y miró los números, cerró los ojos y volvió a guardarlo en la cartera. Si le tocaba, su vida cambiaría radicalmente y tenía un fuerte presentimiento, le tocaría. A lo mejor solo le tocaba el reintegro, pero sabía que su vida podía cambiar con ese boleto.

 

 

            Ese día ocurrieron dos cosas extraordinarias. La primera fue de regreso a casa, pasando por la administración de loterías, cuando fue a comprobar si le había tocado algo y vio que número a número, coincidían con el premio de veinte millones de euros. Tardó un minuto en revisarlos, uno a uno todos los números, incluido el número complementario. Tragó saliva y se quedó petrificado.

            - ¿Desea algo? - preguntó el empleado, al verlo parado en medio de la ventanilla sin decir nada y con cara de tonto.

            - ¿Qué pasa si te toca? - respondió, embobado.

            - Pues que me das el boleto y te lo pago - replicó el hombre, aburrido.

            - Oh, tenga.

            Abel seguía mirando el panel de los números ganadores cuando escuchó un batacazo frente a él. El empleado se acababa de caer de la silla cuando vio la cantidad que le había tocado. Se levantó abochornado, colocándose las gafas y le devolvió el boleto por debajo de la ventanilla.

            - Lo siento, cantidades tan grandes tienes que ir a cobrarlas a tu banco. Espera un momento - la impresora estaba haciendo algo. Cuando terminó le dio un cheque.

            - Está bien, gracias - Abel se quedó pensando a qué banco podría ir a las siete de la tarde. Se dio la vuelta y se iba a marchar cuando el dependiente salió de su puesto, nervioso con una cámara de fotos en la mano.

            - Disculpa - dijo -. ¿Me dejas hacerte una foto delante de mi tienda? La gente vendrá si saben que di el bote del euro millón.

            - Noo, ni hablar - replicó Abel, fastidiado. Y se marchó dejando al empleado con la palabra en la boca.

            Si todo el mundo se enteraba en el barrio que le había tocado todo ese dinero, tendría problemas para apartar a los oportunistas.

            Mientras se alejaba de allí recordó la promesa que había hecho cuando compró ese boleto: convertirse en detective de lo sobrenatural si Dios permitía que le tocara, promesa que surgió cuando salía del apartamento de aquella preciosa pelirroja a la que mató porque era una vampiresa. Sonrió y se dijo que eso era una estupidez. Pudiendo hacer todo lo que le viniera en gana, sería un desperdicio tirar su vida a la basura de esa manera.

            Se guardó el billete en la cartera y decidió que su vida cambiaría al día siguiente, cuando cobrara el boleto en su cuenta de ahorros. Pensándolo bien, le pediría al banco un regalo o se lo llevaría a otro banco. Un coche o algo así, esos buitres harían lo que fuera porque metiera en su entidad veinte millones de euros libres de impuestos. Se sintió feliz, quería saltar de alegría, gritar a todo el mundo que se acabó lo de depender de sus padres. No volvería a madrugar en toda su vida, esa era la primera promesa que se hacía y pensaba cumplirla.

            Cuando llegó a casa se encontró la segunda sorpresa. Una masa de periodistas le estaba esperando a la puerta. Pensó que se habían enterado de su premio, que había sido el tipo más afortunado del mundo y le querían entrevistar. Pero se llevó una gran sorpresa cuando éstos no le preguntaban por nada del dinero, ni qué haría con él.           

            - ¿Tiene algo que declarar del crimen de Velazquez? - preguntó una periodista muy guapa.

            Abel borró su sonrisa confiada y se quedó boquiabierto. No contestó a ninguna de esas preguntas hasta que uno de esos periodistas le dijo:

            - ¿Qué relación tenías con tus víctimas?

            - ¿Qué ha dicho? - preguntó, asustado.

            Su primera respuesta despertó una serie de acusaciones en todos los demás. Algunos le agarraban y hubo uno que parecía querer meterle el micrófono en la boca preguntándole qué se sentía cuando un monstruo como él era capturado por la justicia.

            Aquello fue demasiado, abrió la puerta de su casa y entró. La policía le estaba esperando y sus padres estaban sentados en el sofá. Cuando le vieron entrar apartaron la vista. Frente a ellos había varios policías, de los cuales dos se pusieron junto a la puerta apenas entró él para evitar que huyera.

            - Avelino Policarpo - dijo un inspector vestido de paisano -. Queda usted detenido como sospechoso del crimen de Velazquez.

            - ¿Eh? - el chico se quedó frío.

            Sin más explicaciones le pusieron las esposas. Abel quería mirar a sus padres, buscaba en ellos algún tipo de defensa. Esperaba que su madre protestara y dijera que él era incapaz de matar a una mosca pero éstos no se movieron. Parecían avergonzados de él.

            Le condujeron a la puerta y cuando ésta se abrió hubo decenas de resplandores debido a las cámaras fotográficas. Pensó que habían encontrado a Samantha, la chica vampiro, muerta en su cama y la policía solo tuvo que coger las huellas del arma con la que la atravesó. Creyó que nunca más volvería a tener una vida normal y ni siquiera podría ir a cobrar todo su dinero de la lotería para contratar a un abogado. Ni siquiera podía confiar en nadie para que lo hiciera por él.

            Cuando llegaron al coche de la policía, le habían hecho tantas fotos y grabado con tantas cámaras de video que todo el mundo podría reconocerle durante años. Estaba acabado, sus compañeros de la facultad no se lo creerían, la gente que veía a diario y con la que no cruzaba palabra pensaría cualquier cosa horrible sobre él.

            El trayecto en coche fue como un bálsamo de agua fría en pleno verano. Tenía que poner sus ideas en orden, ¿debía aceptar que lo había hecho o debía defender su inocencia? No podía porque sus padres le montaron un buen escándalo aquella noche por no avisar de que no llegaría para dormir. Ellos eran capaces de haberle delatado ya.

            No había forma de escurrir el bulto, no tenía coartada, no tenía abogado, no sabía qué hacer salvo mantenerse callado hasta que le contaran exactamente de qué le estaban acusando. La muerte de una chica no podía tener tanta repercusión mediática, ni siquiera había elecciones en poco tiempo.

            Lo primero que hicieron al llegar a comisaría fue quitarle todas las posesiones que llevaba encima: Teléfono móvil, llaves, reloj y su cartera. Lo metieron todo en un sobre de papel al que etiquetaron con su nombre y se lo dieron a un poli gordo para que lo archivara. Sus ojos se quedaron prisioneros de aquel sobre donde iban absolutamente todas sus esperanzas de cumplir sus sueños.

           

            Estuvo encerrado en una mini cárcel de la comisaría durante horas. Tuvo tiempo de pensar y se dio cuenta de un detalle. Llevaba toda la semana instando a Dios que, si de verdad quería que fuera un detective de lo sobrenatural, debería hacer que le tocara ese boleto y sentía que él había aceptado, por eso miraba con tantas esperanzas aquel boleto incluso antes de saber que había sido premiado. ¿Y qué hizo él cuando lo supo? Negarse a cumplir su parte del trato. Se preguntó si Dios le estaba castigando por ello.

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Animal es el que abandona a su mascota.

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