Antonio Jurado

10ª parte

 

            No tenía fuerzas para mantenerse en pie pero tenía que hacerlo, necesitaba beber algo urgentemente o se desmayaría. Y posiblemente no podría despertar. O si lo hacía, estaría en la cárcel. Si una opción le aterraba la otra no era mucho más agradable. Habían sumado a sus delitos la fuga y seguramente añadirían el asesinato de esa anciana. No podía rendirse. Se levantó, intentando caminar hacia la cocina. Podía verla desde allí, solo estaba a unos seis pasos.

            En cuanto se puso en pie cayó de bruces, completamente mareado y desorientado. Su corazón no tenía fuerzas para mandar sangre a su cabeza si estaba de pie. Por suerte, el golpe de la caída le mantuvo despierto y después de que se le pasara el dolor de sus brazos y piernas por el impacto, volvió a conseguir ver. Debía moverse arrastrándose, no podía incorporarse. No tenía suficiente presión sanguínea para poder irrigar su cerebro a cierta altura. Se arrastró como pudo, reptando como una iguana, moviendo los codos, las piernas, un paso, dos pasos. Dejó caer su cabeza y la apoyó en el suelo. El mundo había comenzado a girar, su corazón latía tan rápido que ya ni sentía su ritmo cardíaco. Si hacía un movimiento más, en lugar de sangre bombearía aire y eso podía ser fatal.

            Esperó a que se calmara un poco, cerró los ojos y se concentró en él. Hasta que no sintiera el pálpito uniforme y razonablemente lento no continuaría. Mientras estuvo quieto se sintió culpable por pensar que ella le quería a su lado por su dinero. Si hubiera sido por eso le habría quitado el boleto y no lo había hecho. Bien pensado, ella no necesitaba dinero, todo era suyo.

            A pesar de ese pensamiento, se imaginó siendo vampiro. Recordó que hacía varios años, leyendo historias de vampiros, sintió deseos de serlo si es que fuera posible. Entonces era joven e irresponsable, o al menos más que ahora. Sabía lo que suponía ser uno de verdad, era condenar a muerte a incontables inocentes y convertirse en un alma condenada a matar, sin remedio. No quería eso, prefería morir.

            Aquel pensamiento tranquilizó su corazón agitado y se sintió con fuerzas para avanzar un poco más. Se arrastró hasta la cocina y vio la nevera al fondo. Recordó que en la casa de Velazquez, la nevera estaba llena de trozos de su dueño. Esperó, sinceramente, que la dueña de la casa no fuera lo único que encontrara.

            Tuvo que hacer un esfuerzo extra para ponerse en pie. Su corazón volvió a agitarse y creyó que se desmayaría. Cuando la puerta estuvo abierta, se arrodilló y se apoyó en ella dejándose refrescar por el aire frío que salía de ella. Había una cazuela cubierta con papel de plata en el centro. En la puerta vio una botella de vino, un brick de leche, un tarro de mermelada y una tarrina de mantequilla, huevos y medicinas.

            Cogió la leche y la bebió con ansiedad. El líquido descendió por su garganta quemándola a si paso, por que estaba muy frío. Se quedó sentado en el suelo esperando que su estómago lleno le ayudara a sobreponerse. En cuanto su garganta se calentaba volvía a beber otro largo trago hasta que se acabó el contenido del brick.

            Se dejó caer en el suelo de la cocina, tumbado boca arriba y se sintió mucho mejor. Necesitaría unos minutos, quizás media hora. Recuperaría las fuerzas justas para poder comer algo sólido, notaba que su cuerpo luchaba y por fin supo que dormir sería algo bueno para él.

            Cuando despertó, se levantó con debilidad y dolor de espalda. Aún estaba mal, pero su vida no corría peligro. Se había escapado de la muerte por los pelos. Comió algo de lo que había en la cazuela, que era un cocido, y aquello terminó de restablecerle.

 

           

 

            Cobrar el boleto no fue tan sencillo como esperaba. Tuvo que crear una cuenta nueva en otro banco ya que, en el suyo, la policía estaría vigilando cualquier movimiento para encontrarle. Seguramente Elisa les había avisado de que pronto ingresaría una gran cantidad de dinero, de modo que fue a un banco extranjero, en su misma ciudad, y les preguntó qué regalo le darían por ingresar allí el boleto premiado. Él director le hizo pasar al despacho y hasta le ofreció vino. Le dijo que si lo dejaba a plazo, le regalarían un Corvette y que podía vivir de los intereses de su inversión. Abel lo rechazó, no quería llamar la atención, le dijo que solo quería ingresarlo y tenerlo disponible. Le pidió una tarjeta de crédito oro, sin límite de gastos, y que se la dieran ese mismo día. No quiso contratos que pudieran vincularle un tiempo a ese banco así que no recibió regalo alguno. El director de la sucursal hizo bastantes llamadas para que le dieran lo único que pedía ese mismo día, la tarjeta oro.

            Se había tenido que rapar la cabeza, cortándose él mismo el pelo con una maquinilla y se puso gafas de pasta negras muy llamativas que encontró en el chalet, junto a la pobre anciana muerta. Por suerte, no veía muy mal con esas gafas. En la foto del periódico se le veía con su pelo largo y le habían enfocado a los ojos. Sería casi imposible que alguien le reconociera con el nuevo aspecto. Ni siquiera los guardias de seguridad del banco se fijaron en él. A pesar de que su nombre aparecía en todas las portadas, tuvo la suerte de que el director de la sucursal era inglés y no tenía por costumbre leer prensa española.

            Sin embargo era demasiado peligroso usar su nombre. Tuvo que irse a Portugal para que nadie pudiera reconocerlo. En España, su verdadero nombre empezaba a ser más conocido que el de Juan Pablo II. Los medios daban en las noticias a todas horas que la policía aún no había dado con su paradero.

            El dinero abría puertas de par en par, especialmente el dinero en mano. Se acostumbró a llevar fajos de billetes de quinientos euros y con ellos consiguió cosas que nunca pensó conseguir en tan poco tiempo. Fue al instituto anatómico forense de Lisboa y habló con el máximo responsable. Éste le explicó la gran complejidad que tenían los papeleos de defunción y lo extremadamente difícil que era confundir un muerto con otro. Pero cuando vio que tenía sobre la mesa una veintena de billetes, diez mil euros, tardó un par de segundos en sonreír.

            - Por supuesto, tenemos un cadáver que acaba de entrar, es irreconocible, le encontraron en una autopista, al parecer fue arrollado por un camión hace unos días. Se llamaba Antonio Jurado, ¿quiere que cambiemos su identidad? Los errores ocurren - dijo, encogiéndose de hombros.

            - Ahora nos entendemos - sonrió Abel.

            No, Abel no, a partir de ahora se llamaría Antonio Jurado.

            Le gustaba su nuevo nombre. Era similar al del detective que llevaba su caso, ironías del destino.

            Solo le faltaba un detalle, cambiar su cara y conseguir documentación.

            Dinero, dinero y más dinero.

            La operación de cambio de cara incluyó un estiramiento facial para quitarse papada, un afinamiento de la nariz, y levantamiento de cejas. Cambios que curaron rápido y que transformaban completamente el aspecto de su rostro. Ahora se veía al espejo y tenía que sonreír por que no se reconocía. Tenía un aire a un actor de Hollywood.

            Por menos de doscientos mil euros Avelino Policarpo había muerto en Portugal atropellado por un camión, la policía Española había constatado los hechos y se le había dejado de buscar. Los medios explicaban que su misteriosa muerte se mantenía bajo secreto de sumario y hasta le hicieron una entrevista a su abogada, que salió en la televisión contando todos los detalles de su corta relación laboral. Todos menos el detalle del boleto de lotería. Antonio le había enviado por correo un cheche con dos millones de euros en cuanto creo su millonaria cuenta. En cuando el dinero salió de ella, canceló la cuenta de ese banco y nunca más usó su verdadero nombre.

            Donó todo su dinero a su nueva identidad, en un banco de Suiza. Compró varias casas céntricas de Madrid, Valencia, Barcelona, Sevilla, Lisboa, París, Londres y las puso en alquiler. Puso su gestión en manos de empresas privadas de cada ciudad y él solo pidió una cosa, que el dinero entrara en su cuenta puntualmente y ellos gestionaran todas las formalidades con los inquilinos, que gestionaran los impuestos que tenía que pagar en cada país y que solamente quería que le molestaran si alguna casa cambiaba de inquilino.

            Así fue como su dinero desapareció del mapa casi por completo, reduciéndose su capital a menos de medio millón de euros y comenzó a cobrar un sueldo vitalicio de unos quince mil euros al mes por no hacer absolutamente nada. Un sueldo necesario para su nueva forma de vida como detective de lo sobrenatural.

            En su paso por Londres leyó en los periódicos que un chico había desaparecido. Le llamó la atención porque leyó:

 

      Vampiros en Londres

       

        Cuando nos aproximamos a la fiesta de Halloween, esta noche ha sido especialmente terrorífica en las calles londinenses. Una chica fue atacada por un vampiro que al parecer estaba acompañado por otro vampiro. La policía estudió su caso examinando las heridas de su cuello y dio por válido su testimonio. Además los servicios de urgencia examinaron a la joven y detectaron una preocupante falta de sangre en su cuerpo. Se encontró en un estado de Shock y con medio litro menos de sangre en el cuerpo. Por suerte se recupera favorablemente del susto y su herida ha sanado con normalidad.

        «Me mordió pero no tenía colmillos, entonces una vampiresa le ayudó mordiéndome y haciéndome la herida para que él pudiera beber

        Según los dos testigos que presenciaron la escena, trataron de reducir al chico vampiro pero una amiga suya, también vampiresa según testigos, mordió a uno de ellos, que huyeron presa del pánico.

        No es la primera vez que se producen sucesos en Londres a causa del fenómeno vampiro. Otros jóvenes han emulado sus juegos de rol y han atacado a los transeúntes, pero hasta ahora se pensaba que eran jóvenes obsesionados con el tema vampírico. Esta noche lo sucedido no parece tan fácil de explicar. ¿Existen los vampiros?

        Paralelamente un niño de dieciséis años de edad desapareció esta madrugada y sus padres alegaron que era un fanático del vampirismo. Investigaciones policiales han concluido que pudo ser el causante del ataque, al menos así lo recoge el informe en el que uno de los testigos reconoció su fotografía, pero no volvió a su casa de noche. Los vecinos dicen que le vieron en un Pub con ambientación gótica y un testigo dijo que estaba buscando vampiros de verdad.  ¿Los habrá encontrado? ¿Se habrá convertido en uno de ellos ahora? La familia espera desesperadamente tener alguna pista sobre su paradero desde hace dos días, el tiempo que lleva desaparecido.

 

            Se acercó a la policía metropolitana de Londres y preguntó para saber quién llevaba el caso. Se presentó como detective de la policía Española y le dijo que conocía detalles que podían tener similitud con el caso del vampiro londinense. Estos no pudieron ayudarle mucho ya que no sabían gran cosa. Pero le dieron un detalle que le animó a seguir buscando. La que ayudó al chico vampiro era pelirroja, había trabajado en el bar de la esquina contigua a donde ocurrieron los hechos y se llamaba Samantha Ratza. La dirección, donde supuestamente vivía, no existía.

            Pero él no era policía. Tenía siempre listos los billetes para soltarlos cuando fuera necesario y cuando fue al local donde ella trabajaba, dejó un billete de quinientos euros con su número de teléfono escrito. Si volvían a verla y conseguían que él pudiera hablar con ella, recibirían otro billete igual. Sabían que volvería porque tenían que pagarle el sueldo de un mes. Estaban encantados con lo sucedido ya que su clientela se había multiplicado por diez desde el día que se difundió por la prensa que allí había habido un vampiro de verdad. Habían contratado a tres chicas jóvenes pelirrojas para atender en las barras y así, hacer las delicias de los fanáticos del vampirismo. Las tres se hacían llamar Sam, aunque Antonio sabía de sobra el aspecto de la auténtica.

            Por ello estaba seguro de que se atrevería a volver. Nadie sospecharía de otra pelirroja. Y al haber cambiado su aspecto, ella no le reconocería a él.

 

 

 

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Animal es el que abandona a su mascota.

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