Antonio Jurado

2ª parte

            Pasó entre rejas toda la noche y le pasaron un periódico a primera hora de la mañana para que se pusiera al día. Según la prensa, el motivo de su detención era que le consideraban sospechoso principal de unos asesinatos a los que habían llamado el crimen de Velazquez. Pero lo que le hizo abrir los ojos como platos fue leer que le habían puesto el sobrenombre "el monstruo de Velazquez". Qué exagerados, solo había matado a una chica y no fue tan terrible. Bueno, sí lo fue, se sentía fatal por haberla tomado por vampiresa. Aunque recordó otras ocasiones en que la prensa ponía motes similares y se dio cuenta de que algunos de los que recordaba ni siquiera eran asesinos. Unos habían encerrado a sus hijas en el sótano y las habían violado durante años, otros habían hecho lo mismo con desconocidas... Pero él había matado un vampiro. Tuvo que agradecer que estuviera en España y no en ningún otro país donde existiera la pena de muerte.

            Le trataron como una bestia, los periódicos se cebaron con él hasta tal punto que sus padres no querrían hablarle nunca más.

           

 

            El estado tuvo que darle un abogado de oficio, una chica que había sacado cuatro matrículas de honor en la universidad y era de las mejores de su clase. Cuando estuvo delante de ella se dio cuenta de que no tenía nada que decir. Estaban en la comisaría y les habían dejado a solas en un cuarto que debería ser íntimo para que los abogados tuvieran intimidad con sus clientes. Era alta, delgada - demasiado flaca para el gusto de Antonio -, tenía el pelo teñido de rubio con mechas marrones, lo tenía hasta los hombros y su cara no era precisamente agraciada. Tenía la piel blanca como la pared, los ojos eran muy pequeños y su nariz era demasiado grande, quizás lo normal en una chica tan huesuda. Sus gafas tenían la firma de Versace visible en un lateral. Tenía bonita dentadura y su voz era grave.

            - Cuéntame lo que sepas de Miguel - dijo ella -. Era una de las víctimas y no encontraron tus huellas cerca de él. Si no me equivoco debía ser tu amigo, ¿no?

            Aquellas palabras le dejaron completamente confundido. Abel negó con la cabeza recordando todo lo que sabía de aquel piso.

            - ¿Miguel? - pregunto, confuso -. No conozco a ningún Miguel.

            - Vamos, he venido a ayudarte. Dime la verdad, tú los mataste.

            - ¿Los maté? - preguntó otra vez, aún más confundido.

            - No repitas lo que yo digo o te tendrá que defender otro - se hartó la chica con evidente mal humor.

            - Es que no sé de qué estás hablando.

            - Los han encontrado a los dos. A Miguel, muerto junto a una estufa, esposado - la abogada esperaba alguna clase de confirmación por su parte -. Y en la nevera había un hombre descuartizado, el dueño del piso. Han encontrado tus huellas en el salón y en la habitación donde dormías. No puedo hacer nada por ti si no admites que lo hiciste.

            - Le juro que no sé nada de lo que me está hablando - replicó Abel.

            Todo ese revuelo debía ser por que habían encontrado los muertos que había dejado Samantha, que si no la habían encontrado muerta en la cama era porque seguía viva y, lo que era mucho peor, habría desaparecido sin dejar rastro. Por alguna razón habían pensado que él era culpable de sus crímenes. Tenía que pensar el modo de librarse de aquello sin contar la verdad.

            - No conocía a ese chico - replicó -. Ni siquiera sabía que hubiera gente muerta allí.

            - Admites que estuviste en el piso - dedujo la abogada.

            - Por supuesto, bueno, ¿eso es malo? No maté a nadie.

            - ¿Tienes alguna sospecha de alguien?

            - Yo sólo era una víctima más - dijo Abel -. Ella nos conquistaba en la discoteca y luego en casa los debía matar a todos. Si estoy vivo es porque conseguí escapar.

            - ¿Ella? - la chica apuntó eso en su libreta, muy interesada.

            - Una chica pelirroja espectacular - explicó, un tanto avergonzado -. Primero me sedujo,... me hizo perder el sentido y luego trató de matarme.

            - Despertaste a tiempo - dedujo la abogada.

            - En realidad no, desperté a su lado. Debí gustarle porque no me encadenó como a los otros. Me dijo cosas horribles, que había matado a no sé cuánta gente y que era el primero con el que intentaba dialogar. Estaba chiflada, decía que quería que me quedara con ella, que había sido amable conmigo y necesitaba mi ayuda para no sé qué historias. La mandé a paseo, pero ella no me quiso dejar salir.

            - ¿Y qué pasó?

            - La empujé y me fui - dijo Abel, omitiendo la parte en la que le clavaba un lápiz afilado en el corazón. Dedujo que, si no la habían encontrado, seguía viva o se había transformado en cenizas y, por tanto, no tenía por qué decir lo que le había hecho.

            - Nada más - añadió la abogada.

            - Se lo juro - levantó la mano derecha, como si eso sirviera de algo.

            - Entonces según tú, la asesina es una pelirroja de unos...

            - Dieciocho años - completó Abel.

            - Ya, y llevaba a sus víctimas a esa casa, los drogaba...

            - No, no, no los drogaba.

            - ¿Cómo os dormía entonces? - se extrañó la abogada.

            - Cómo se llama - preguntó Abel, fastidiado.

            - Elisa - respondió.

            - Elisa, encantado de conocerte... No nos dormía, esa tía estaba completamente loca. Tenía colmillos como de vampiro y no sé qué haría con el resto pero mientras nos besábamos, me mordió en el cuello y chupó mi sangre hasta que perdí el conocimiento. Mire esto, aún tengo la cicatriz de los colmillos, fue la semana pasada. Seguramente las otras víctimas también los tenían.

            Abel señaló su cuello, por debajo del cuello de su camisa y la abogada miró atentamente.

            - No veo nada - dijo.

            - Eran colmillos muy finos, en una semana habrá cerrado, no sé.

            - ¿Y te dejaste morder? - discrepó la abogada, incrédula.

            - Por supuesto que no, esa cabrona tenía que saber artes marciales o algo así porque no fui capaz de quitármela de encima. Tenía una fuerza acojonante.

            La abogada anotó solo una palabra en su cuaderno.

            - Se lo juro, esa tía...

            - No han encontrado huellas de nadie más - replicó ella con cara de circunstancias -. Si te soy sincera, creo que mientes y que eres culpable de todo. Esperaba que pudieras convencerme pero... no sé si puedo defender a alguien como tú. Ya me lo advirtieron, debería haber hecho caso.

            Abel se quedó blanco.

            - Soy inocente. Le juro que yo no fui. ¿Cómo iba a entrar yo en un piso así si alguien no me invita?

            - No sé qué tipo de perversiones homosexuales estarás acostumbrado a...

            - ¿Homosexuales? - preguntó, horrorizado.

            - Los vecinos dicen que el dueño del piso era homosexual. Apareció cortado en filetes y faltaban bastantes pedazos, como si se los hubiera comido alguien. La policía sospecha que encadenaste a tu novio, Miguel, y que le obligaste a comerse la carne ya que han encontrado restos del dueño de la casa en su estómago e intestinos - siguió la abogada-. Seguramente te traicionó y por eso le mataste. Dime la verdad, quería cometer un crimen que pareciera propio de un vampiro para crear un mito.

            - ¿Qué demonios está diciendo? - Abel estaba asombrado -. No soy gay, no he matado a nadie, no conocía a Miguel y no sé por qué iba a inventar semejante historia.

            - Dígame algo de esa chica vampiro - se burló la abogada, dejando de tutearle -. A lo mejor existe y podemos interrogarla.

            El chico recordó la historia de esa chica, Samantha, y entendió que hablar de ella le traería más problemas que soluciones. Vivía de la sangre de jóvenes a los que conquistaba por la noche y en cuanto alguien tenía la menor posibilidad de poder encontrarla, buscaba otro refugio. Era un callejón sin salida y no serviría de nada que se la describiera a esa estúpida prepotente.

            - Le juro que esa chica existe - dijo, con seriedad -. Y no soy gay - matizó de nuevo.

            - Me he informado, he interrogado a tus amigos de facultad y varios de ellos aseguran que estás loco. Dicen que te pasas el día hablando de fantasmas, de monstruos sobrenaturales, que te tragas toda la basura que se cuenta en las películas, que disfrutas como un niño con las películas de terror. ¿Y esperas que me crea que una vampiresa ha matado a esos dos hombres?

            La abogada suspiró y arrancó la página de su cuaderno arrugándola entre su mano y tirándola a la papelera.

            - No voy a defenderte - añadió -. Eres escoria. Espero que te metan entre rejas de por vida. Hasta hoy no creía en la pena de muerte, pero con casos como el tuyo... haría una excepción. No puedo imaginarme cómo una persona puede llegar a matar a dos personas solo para que la gente crea en los vampiros.

            - ¿Cómo que no puedes? Te lo acabas de imaginar muy bien y es totalmente mentira - la acusó Abel.

            La chica le miró con una mueca de asco.

            - No debí aceptar el caso, ahora me lo anotarán como perdido.

            - ¡Pero qué tengo que hacer para que me crean! - exclamó Abel.

            - Para empezar, contar la verdad - ofreció Elisa.

            - ¡Joder, si es lo que llevo haciendo todo el puto día!

            - Y encima mal educado - se quejó Elisa, sin borrar su mueca de asco - ¿A quién quieres engañar? - insistió ella -. Tú, con una pelirroja guapísima de dieciocho años en un apartamento... ¿Te has mirado al espejo? Nadie se creería semejante patraña.

            Lo que le faltaba por oír, además de acusarle de asesino y de ser homosexual, ese palo de escoba le estaba llamando adefesio.

            - Lárguese de aquí, quiero un abogado que me crea - Abel ya no podía más, sus ojos delataron su nerviosismo y se puso a llorar.

            Ella se puso en pie y asintió complacida.

            - No creo que encuentres a ninguno.

            Dicho eso se levantó y abrió la puerta para marcharse.

            - Hija de perra, cuando lo encuentre le pagaré cinco mil euros. Púdrete en tu escoba, bruja de mierda.

            Aquellas palabras deberían haberla espantado, pero consiguieron el efecto contrario. Elisa se detuvo en el umbral de la puerta y giró la cabeza hacia atrás.

            - No tienes dinero, por eso me han llamado.

            - ¿Lo ves? Eres tan estúpida que hasta te has creído eso. Sigue tu camino, déjame en paz.

            - Que esto quede entre nosotros - dijo ella, mucho más tranquila -. Se supone que no puedo cobrar un extra por defender a mis clientes. Ya estoy cobrando del Estado. Pero si me prometes una prima de cinco mil euros sin declarar, si gano el juicio, te defenderé.

            Abel estaba estupefacto. El dinero podía convertir a gentuza como esa en personas entregadas a él en cuerpo y alma. Imaginar que podía pagar lo que se le ocurriese a cualquiera que le ayudara a salir de allí fue como si se le abrieran las puertas de la cárcel de para en par. Solo tenía que ofrecer su dinero a las personas adecuadas.

            - ¿No acabas de decir que me consideras culpable? - preguntó.

            - No importa... puedo alegar locura.

            - Ah, claro, inocente pero encerrado en un manicomio para siempre. Eso me animará... - se burló.

            - Eso o tendrás que demostrar que esa mujer existe - adujo Elisa, volviendo a su asiento después de cerrar la puerta -. Pero hablemos de lo importante. ¿De dónde sacarás el dinero?

            - Sácame de aquí, y lo tendrás al día siguiente - propuso él -. Te juro que es legal, pero no puedo pagarte adelantos porque todavía no lo he cobrado.

            - ¿Cobrar? - preguntó.

            - Si quiere estar segura, lleve este periódico a la administración de loterías y quinielas de la calle Escalona y pregúntele qué sabe de mí. Una cosa más - añadió, al verla dispuesta a irse -, como se entere la prensa de esto, o cualquier persona que me conozca, no verás un céntimo. Que me ha tocado la lotería se tiene que quedar entre los dos.

            - Eso no es justo, podría irse de la lengua él.

            - Tienes mucha imaginación, Elisa. Ayúdale a cerrar la boca con una de tus historias - dijo Abel, sonriente.

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Animal es el que abandona a su mascota.

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