Antonio Jurado

3ª parte

            Elisa cogió un taxi hasta la administración de lotería. El sueldo que le pagaba el estado era de unos cuatrocientos euros por caso que aceptaba y como mucho le daban dos casos al mes. Ganara o perdiera ese era su salario, y era bastante escaso para pagar la parte del piso compartido que le correspondía, donde vivía con dos amigas. A duras penas le llegaba para comprarse unos zapatos nuevos. Los trajes y vestidos que tenía los cuidaba como si fueran una herencia familiar ya que eran carísimos. Por ello, la perspectiva de llevarse un sobresueldo de cinco mil euros era una oportunidad demasiado buena como para dejarla pasar.

            Pero no se iba a dejar engañar, sabía que su cliente podía haberla mentido, de modo que gastarse el viaje del taxi podía merecer la pena para asegurarse de que no estaba peleando por nada. El juzgado estaba bastante lejos y le dolió pagar más de veinte euros por ese trayecto.

            El taxista la dejó en la esquina de escalona con la calle Illescas y le señaló una dirección, desde donde podía verse la administración de lotería que ella había pedido. Estaba bajando unas escaleras, detrás de unos jardines, en un lugar un poco escondido. Era un local cuadrado donde se podían leer, en el escaparate, multitud de carteles de la quiniela, la lotería primitiva y el Euro millón. Cuando estuvo frente a la puerta del local cogió aire y puso sus ideas en orden. Tenía que ser convincente.

            Entró decidida y se encontró cinco personas en la cola. Se fijó que en la ventanilla, donde estaba el dependiente, que habían pegado una foto con ese mismo hombre sujetando un cheque gigantesco en sus manos y un cartel sobre su cabeza que decía "Yo di el bote del euro millón". El cheque ponía veintiséis millones de euros.

            Cuando le tocó su turno intentó ser lo más amable que pudo.

            - Veo que ha repartido bastantes millones - dijo.

            - A estas horas no suele venir nadie - respondió él -. Uno dos a lo sumo, pero las noticias vuelan como la pólvora. Son las doce de la mañana y ya he hecho la caja de cinco días.

            - Yo no vengo a comprar lotería, solo quiero preguntarle una cosa.

            - Dígame, ¿quiere una entrevista?.

            - No, no, no... Nada más lejos que eso. Solo quiero que mire esta foto.

            Elisa sacó el periódico y le mostró la que salía Abel detenido por la policía, tapando estratégicamente los titulares con la mano que lo sujetaba.

            - ¡Es él! - se entusiasmó el hombre -. Ayer mismo estuvo aquí, no quiso sacarse una foto conmigo.

            - Está bien, cállese - replicó ella, harta -. Como puede ver, es un psicópata.

            El dependiente borró su sonrisa al leer el titular: "Detenido el monstruo de Velazquez".

            Elisa se inclinó sobre el mostrador y comenzó a susurrarle para que los de atrás de la cola no escucharan.

            - Soy su abogada defensora y me ha pedido que venga a confirmar que realmente le ha tocado la lotería.

            - Se lo puedo jurar, era él -ahora ya no parecía tan feliz.

            - Yo que usted, si vienen otros periodistas, cualquiera que le ofrezca dinero por identificarle, dígales que no le ha visto en su vida.

            - ¿Por qué debería hacer eso?

            - Tiene amigos muy peligrosos - mintió -. Amigos hasta en el gobierno. Quiere que no se sepa que le ha tocado y, si usted arruina su anonimato, podría enviar a uno de sus sicarios. Ahora usted sabe que es poderoso y que tiene dinero para pagar a cualquiera. De hecho, me ha ordenado callarle la boca a usted o me matará a mí.

            El hombre se puso pálido y tragó saliva.

            - ¿La ha enviado a matarme? - preguntó, horrorizado.

            - No, hombre... - Elisa sonrió, su mentira había llegado demasiado lejos -. Si no puedo confiar en su silencio tendré que decírselo a él. No soy ninguna asesina, por Dios.

            - Puede confiar en mí - alegó él, demasiado entusiasmado.

            - Es usted el último cabo suelto - siguió Elisa -. Nadie más que usted y yo sabemos este secreto, si saliera a la luz que es millonario... moriremos los dos.

            - Me ha quedado muy claro, sí, por supuesto, no se preocupe - el hombre parecía a punto de sufrir un infarto.

           

 

 

            Cuando iba en el metro, se preguntó si sería buena escribiendo ya que se le daba bien mentir a la gente. Cinco mil euros por ganar ese juicio era más dinero de lo que vería en su vida entrando en su bolsillo. Ahora tenía que pensar en cómo librarlo de la cárcel. No sabía si era realmente un asesino o no pero debía creer en su inocencia si quería conseguir su objetivo. No podría ayudarle si estaba convencida de que era culpable. Tiraría de todos los hilos y si resultaba ser inocente conseguiría fama y dinero y si no, no defendería a un monstruo. Qué más se podía pedir.

            Fue a preguntar al policía que había encontrado los cuerpos a la comisaría de la zona y por lo visto estaba de patrulla.

            Tuvo que esperarle durante una hora.

            Cuando llegó, la secretaria de la comisaría le indicó al agente que le estaba esperando hacía un buen rato.

            - ¿Me buscaba? - le preguntó.

            Era un hombre con barriga, tenía un bigote espeso y debía tener sus cuarenta y cinco hijos.

            - Sí, usted encontró los cadáveres del caso Velazquez - dijo ella.

            - ¿Quién es usted? - preguntó.

            - Me llamo Elisa Gutiérrez, llevo la defensa del sospechoso.

            - ¿Qué quiere que le cuente?

            - ¿Cómo los encontró? ¿Quién llamó? Me resulta extraño que alguien los encontrara tan pronto. Los vecinos no se llevaban bien con el dueño de la casa, no podían ser ellos.

            - Creo que hubo una llamada. Estaba de patrulla por la zona y fui. Al ver la puerta cerrada y dado que habían llamado denunciando dos asesinatos, necesité la ayuda de los bomberos...

            - ¿Quién llamó? - interrumpió ella.

            - No lo sé, esas cosas no se registran.

            - No me lo creo - negó Elisa.

            - No tengo ni idea, debería pedir una orden al juez para que le permitan obtener la grabación de la llamada.

            - Es de vital importancia para el caso. Podría ser la persona que los asesinó, sabiendo que le echarían la culpa a otro por las huellas que había por el piso.

            - Mire, no sé si el sospechoso es culpable o inocente, pregúntele al inspector asignado al caso. Le ayudará encantado. A mí no me informan de nada.

            - ¿Quién es? - Elisa abrió su libreta.

            - Pregunte por Pablo, Pablo Jurado.

            El policía se iba a marchar pero ella le cogió del brazo.

            - Espere, una pregunta más. ¿Vio algo extraño? ¿Le dio la impresión... de que aquello tenía algo sobrenatural?

            - Vi a un muchacho esposado en una estufa, señorita - replicó, enojado -. Estaba blanco como la pared y, según la autopsia, murió desangrado y yo no vi una sola gota de sangre en todo el apartamento. Además tenía unas marcas de colmillos en el cuello, alguien le había succionado sangre por las carótidas a ambos lados del cuello, dos días seguidos y por eso fue que murió. Si yo fuera fan de los vampiros, estaría celebrando que al fin se encuentra una victima de ellos, la prueba de que los vampiros existen. ¿Y sabe qué? Tuve pesadillas durante tres días porque yo también empecé a creer en ellos.

            » Hasta que las pruebas apuntaron a ese pirado de lo sobrenatural - añadió, entrecerrando los ojos -. Está claro que ese tipo ha montado todo este espectáculo para que la gente le crea. Hay que estar muy mal de la azotea para matar a un chico joven y descuartizar a un señor mayor solo para que la gente crea en tus patrañas. Si quiere un consejo - la señaló con el dedo -. Aléjese de él, no le defienda o la gente empezará a señalarla a usted.

            - Sospecho que todo esto es una encerrona - alegó ella, mirándole con una media sonrisa confiada.

            - Lo que usted diga, luego no llore - replicó el policía, alejándose de allí.

            Dicho eso se alejó de ella y se fue a los pasillos. Elisa miró detenidamente el nombre del detective y frunció el ceño. ¿Le pondría al corriente de todas las pruebas concernientes sobre el caso? En teoría debería hacerlo, los abogados de bufete debían poder hablar con ellos, pero ella, en sus defensas nunca había recurrido a la policía para que le ayudara.

 

 

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Animal es el que abandona a su mascota.

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