Antonio Jurado

4ª parte

 

 

            Elisa volvió a la ventanilla donde estaba la secretaria de la comisaría y le preguntó por Pablo Jurado. Ésta le dijo que esperase un momento. Después de mirar cinco minutos en su ordenador, levantó la cabeza y apretó los labios negando con la cabeza.

            - No se encuentra en su puesto y no le puedo decir cuándo llegará. Seguramente está por ahí, ni siquiera tiene obligación de venir.

            - ¿Tiene su teléfono? Es importante que le vea.

            - Es confidencial, imagínese que le doy su teléfono a cualquiera.

            - Soy abogada del sospechoso, puede ver mi documentación. Necesito hablar con él.

            - ¿Tiene alguna prueba vital? - preguntó la secretaria -. Lo único que puedo hacer es coger su teléfono y cuando vuelva él la llamará.

            Elisa sonrió y asintió. ¿Qué otra cosa podía hacer?

            - Apúntelo.

            Le dijo su nombre completo y su teléfono móvil y la secretaria lo anotó en su ordenador.

            - Ya está, recibirá el aviso en cuanto llegue - dijo.

 

 

            Salió de la comisaría descorazonada. Se sentía como si acabara de llegar a un instituto nuevo, no sabía qué podía hacer, dónde buscar, a qué tenía derecho como abogada. Probablemente no tenía más derechos que cualquier ciudadano normal. Hasta ahora sus casos eran simples. Le daban una carpeta con el informe policial donde estaban todas las pruebas contra sus defendidos y ella iba al juicio tratando de que les impusieran la condena menos dura. Nunca se había planteado que sus defendidos pudieran ser inocentes y mucho menos que quizás debería haber buscado pruebas ella misma.

            Aquella noche la pasó en su casa mirando su teléfono móvil como si esperara la llamada de su primer novio. Este no sonó y se hizo tarde como para llamar ella. Al día siguiente tampoco sonó y a última hora se decidió a volver a la comisaría para ver si el detective había recibido su mensaje.

            La secretaria ni siquiera la recordaba, tuvo que volver a darle su nombre y su teléfono y le repitió lo mismo que el día anterior.  Fue frustrante ya que ni siquiera sabía si la estaban tomando el pelo. Pablo Jurado podía ser cualquiera de los que pasaban por allí y como no sabía su aspecto no podía abordar a nadie.

            - ¿Cree que me permitirá acompañarle en su investigación del caso? - le preguntó a la secretaria.

            - ¿Qué? No, no lo creo. Es muy peligroso, no pueden hacerse responsables de mirones.

            - No soy una mirona, soy la abogada...

            - Así los llamamos nosotros, periodistas, abogados... personas que no tienen un arma y que van a mirar. Hace tiempo que el comisario prohibió ese tipo de cosas, desde que murió aquel periodista que quería hacer un artículo sobre traficantes de droga. ¿No lo recuerda? Salió en todos los periódicos.

            - No, la verdad - reconoció.

            - Bueno, claro, tú debías tener diez años.

            La secretaria volvió a ocuparse de sus cosas, sellando papeles y la ignoró por completo.

            Cargada de frustración volvió al juzgado para hablar con Abel y le esperó en el cuarto donde estuvieron hacía dos días. Cuando lo trajo el guardia de seguridad, parecía demacrado, tenía cortes en la cara y un ojo morado. No tenía buen aspecto.

            - Buenas tardes - dijo ella, sonriente -. ¿No te tratan bien por aquí?

            - No me tienen en una celda separada, ¿sabes? - le informó -. Los demás se han enterado de mi presunta homosexualidad y me he tenido que pelear con alguno de ellos. ¿Les has dicho algo?

            - No, pero no es necesario, los periódicos dicen de todo.

            - Genial, no pensaba hacerme famoso así, la verdad.

            - ¿Por qué no usas tu dinero para contratar un buen abogado? - preguntó ella.

            Abel sonrió desganado.

            - No tengo más que diez euros en mi cartera - replicó -. Y no confío en nadie para que cobre mi boleto.

            - Lo entiendo.

            - ¿Habló con el de la administración de Lotería? - preguntó él.

            - Sí, me lo ha confirmado. Puedes estar tranquilo, no abrirá la boca.

            - ¿Cómo lo has hecho?

            - Le dije que tenías amigos fuera y le comenté lo que habías hecho.

            Abel la miró enojado.

            - No he sido yo - replicó.

            - Eso no lo sabemos - apuntó Elisa -. En este caso te conviene que ese hombre lo crea.

            - Yo sí lo sé.

            La abogada soltó un largo suspiro.

            - Me temo que eso lo decidirá el juez y, por las pruebas que tienen, no cabe duda de que fuiste tú.

            - Genial - suspiró el chico -. Pues me temo que nunca podré cobrar mi premio si no salgo de aquí - la miró con intensidad para que entendiera lo que eso significaba para ella.

            - No he dicho que me haya dado por vencida. De hecho estoy esperando una llamada del inspector que lleva tu caso.

            - Mientras te arrastres suplicando que te den las migajas de la investigación - recomendó Abel -, lo único que tendrás son pruebas masticadas, analizadas y, dado que éstas me están anudando la soga al cuello, creo que no sería muy productivo que sigas ese camino. Busca tus propias pruebas, encuentra tu camino sin ayuda. Haz el trabajo de la policía.

            - Lo dice un chico que estudia Biología. ¿Tú crees que lo harías mejor que yo?, ¿qué harías en mi lugar?

            Abel sonrió y negó con la cabeza.

            - Preguntar a los vecinos si han visto entrar o salir a alguien las últimas semanas de ese apartamento. Averiguar si alguno de ellos llamó para denunciar algo y por qué. A mí no me vio nadie porque solo fui una noche, pero a esa zorra debieron verla. Vete puerta por puerta preguntando. Miénteles y diles que eres de un periódico local o una inspectora, qué sé yo.

            - Seguramente ya les han interrogado - replicó ella.

            - Puede que lo hicieran mal - apostilló Abel -. Puede que ni siquiera hayan llamado a la puerta. A lo mejor alguien mencionó una pelirroja y el inspector de turno no lo apuntó en su lista de sospechosos porque no había huellas suyas en el piso. Muévase, el dinero que le propongo tiene que ganárselo.

            - Si me pagaras más sería más efectiva en mi trabajo - dijo ella.

            Abel se la quedó mirando.

            - Veintiséis millones de euros - añadió Elisa -. ¿Qué son cien mil para un millonario como tú?

            El chico sonrió con la boca abierta, asombrado.

            - ¿Lo ves? Eres la única que lo sabe y ya me estás desangrando como puedes... Imagina que lo averigua todo el mundo. Seguramente matarían a mi familia por buscar el boleto en mi casa.

            Suspiró, resignado y la miró con intensidad.

            - Te daré un millón de euros si me sacas de aquí.

            - ¿Un millón? - Elisa abrió los ojos como platos.

            - Te arreglará la vida - Abel sonrió, mirándola con intensidad.

 

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Animal es el que abandona a su mascota.

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