Antonio Jurado

5ª parte

            Era sencillo, tenía que mentir y decir algo convincente. Estaba frente a la puerta del piso bajo donde ocurrieron los crímenes y llevaba la libreta abierta para anotar lo que tuvieran que decirle. Llamó al timbre y esperó pacientemente.

            - ¿Quién es? - se escuchó la voz casposa de una mujer mayor.

            - Inspectora de policía - respondió -. Tengo unas preguntas que hacerle.

            Le gustó el tono autoritario de su voz y cogió confianza.

            - Espere un momento.

            Escuchó que se arrastraba algo lentamente por el suelo.

            - Agustina Rodríguez - dijo ella, al ver que la puerta comenzaba a abrirse lentamente. Había hecho los deberes, se había apuntado en cada página de su libreta los nombres de los propietarios y los pisos que consiguió del buzón.

            El rostro de la anciana apareció. Sintió una punzada de pena en el corazón al verla. Era una ancianita entrañable que parecía que a duras penas podía cuidar de sí misma.

            - Soy yo, ¿en qué puedo ayudarla jovencita? Uy, ¿no es demasiado joven para ser inspectora?

            - Bueno, he tenido mucha suerte en las oposiciones y mi trabajo me ha costado - se inventó.

            - Cada día son más jóvenes las personas respetables - dijo la anciana, de forma graciosa.

            - Sí, quería hacerle unas preguntas, si no le importa.

            - Pase, pase, no se quede en la puerta.

            - No es necesario...

            - Adelante, no quiero que todo el portal sepa de lo que hablamos. Hay muchas cotillas.

            Elisa se internó en su casa y vio que estaba todo limpio e impoluto como si esa mujer no dejara que el polvo se quedara en un sitio. Los muebles y adornos eran los típicos de una mujer mayor, tenía una mesita en el salón donde había más de cuarenta figuritas relucientes de cristal Swarovski. Parecía que una colección así quedara muy recargada, pero despertaba las ganas de agarrarse una, como si fuera un escaparate de una tienda.

            La abogada sonrió y pensó que mentir era suficiente. Robar era demasiado.

            - Dígame - dijo la anciana -. ¿Quiere un café, un té...

            - No, gracias, solo será un momento.

            La señora Agustina se sentó en una mecedora donde parecía sentarse siempre. Elisa se sentó en el sofá, que era de los antiguos y tenía el respaldo duro como una piedra.

            - ¿Sabe algo del vecino del cuarto piso? - preguntó sin rodeos.

            - Uy, ese sinvergüenza, claro que sé.  Verá se divorció de su primera mujer hace unos veinte años... ¿Espere o fue el vecino del sexto? No, no, estoy segura, fue Valentín Romero.

            Elisa tuvo que confirmar ese dato. No sabía el nombre de la víctima. Miró en la página del caso y lo confirmó. 

            - Efectivamente, Valentín. Pero no quiero saber su vida pasada, sino algo más reciente. ¿Tenía fiestas? ¿Le ha visto últimamente en compañía de alguien?

            - Mari Carmen, mi vecina, dice que le ha visto salir por las noches muy arreglado. Hace poco trajo a casa una jovencita de unos veinte años y otras veces han visto subir a chicos. Si no supiera que estuvo casado con una mujer tantos años, diría que es un mariquita de esos, sabe - la anciana se rió con un sonido agudo y contagioso.

            - ¿Le ha contado eso a la policía?

            - La policía vino y preguntó a dos vecinos. A mí nadie me ha preguntado, pero creí que eras policía.

            - No, no, soy inspectora. Los policías van de uniforme, ¿sabe? Ellos me dijeron que habían venido a hacerles preguntas de rutina a todos los vecinos.

            - Ah, pues no. Abrase visto semejante falta de profesionalidad... - se indignó la anciana, que parecía decepcionada por que la hubieran ignorado.

            - Pues sí, se van a enterar... - dijo Elisa, aparentando enfado -. Pero dígame, cuándo fue la última vez que vio a Valentín.

            - Uy, yo hace años que no le veo. No salgo por las noches ni me gusta andar mirando por la mirilla a ver quién entra o sale.

            Elisa detectó cierto tono de culpabilidad.

            - Pero casualmente ha visto a alguien...

            - Sí, vi a ese muchacho que le mató. Ese que sacan en los periódicos. Estuvo aquí la semana pasada, le vi salir por la mañana.

            - ¿Le vio bien? ¿Qué ropa llevaba?

            La anciana miró hacia arriba, pensativa y poco después se encogió de hombros.

            - Bueno, no fui yo quien le vio, ¿sabe?, fue mi vecina Mari Carmen, esa no se pierde una.

            - Y usted no ha visto salir a nadie más que no conozca.

            - No. Bueno, ahora que lo dice, su novia...

            - ¿Novia? - preguntó Elisa.

            - Supongo que es natural que se pasara por aquí a verle. Debió llamar y como no estaba se marchó.

            Elisa levantó las manos tratando de detener las cabalas de la mujer.

            - Espere, espere... ¿Cómo era su novia?

            - Oh, una chica preciosa. Cuando la vi por primera vez pensé que era una mujerzuela de esas, una fulana. Pero sabe qué, la he visto salir y entrar y al final no era tan mala chica. Un día me ayudó a subir la bolsa de la compra. Me dolían los riñones y la chica... Me dijo su nombre, ¿cómo se llamaba? Ay, qué carajo, no me acuerdo.

            - ¿Recuerda su aspecto? - preguntó Elisa.

            - Sí claro, era delgadita de mi estatura, no pensé que pidiera levantar la bolsa de la compra que llevaba. Tenía leche, huevos, tomates, patatas, zanahorias, lechuga - la anciana siguió recitando un montón de cosas hasta que se quedó pensativa -. Y yo tengo fuerza, sabe, pero ella lo cogió como si tal cosa.

            - ¿De qué color tenía el pelo? - insistió Elisa.

            - Uy, tenía un pelo precioso, parecía fuego, ¿sabe? Qué melena llevaba, me quedé maravillada con su pelo. Le pregunté dónde se había teñido y me dijo que en la peluquería de la esquina.

            - ¿Era pelirroja? - preguntó Elisa, entusiasmada.

            - Oh, sí, lo era. Un encanto de chica.

            - Muchas gracias, por cierto. Cuánto tiempo hacía que esa chica era novia del señor Valentín.

            - No lo sé, aunque según Mari Carmen le conoció una semana antes de que apareciera la policía y encontrara su cuerpo. Pobrecita, qué mal debió pasarlo.

            - Espere, espere - sonrió Elisa -. Dígame en qué piso está su amiga Mari Carmen y hablaré con ella mejor.

            - Claro, vive en el tercero derecha.

            - Muchísimas gracias señora Agustina, me ha sido de gran ayuda. Si tengo alguna pregunta más volveré a visitarla. Ha sido muy amable.

            - Oh, cuando quiera, y la próxima vez tómese un té con pastas - se ofreció la ancianita.

            Elisa sonrió y se levantó. La anciana se levantó también y se acercó a ella dándole dos sonoros besos en las mejillas.

            - La acompaño hasta la puerta - se ofreció.

            La joven esperó a que la pobre mujer llegara hasta allí y le abriera. Fueron segundos valiosísimos que se le hicieron eternos ya que caminaba como una tortuga.

           

 

 

            Cuando llamó a la puerta de Mari Carmen estaba nerviosa. Abel tenía razón, esa chica existía, pero necesitaba más datos. Esa tal Mari Carmen debía tener toda la información que necesitaba, seguramente era la típica vecina que se tragaba todas las telenovelas y en cuanto escuchaba bajar a alguien por la escalera se asomaba a la mirilla. Bendijo a Dios por que todos los portales tenían una mujer, o varias, como ella.

            - ¿Quién es? - dijo una voz adulta de mujer desde dentro de la casa.

            - Inspectora de policía, ¿puedo hacerle unas preguntas?

            La puerta se abrió de par en par y apareció una mujer de unos noventa kilos, mediana estatura, vestida con una bata negra y con mirada ansiosa. No debía tener más de sesenta y cinco años.

            - ¿En que puedo ayudarla?

            - Verá, he interrogado a su amiga Agustina, la vecina del bajo...

            - Oh, no es mi amiga, solo se lo hago creer para que me cuente los chismes.

            Elisa iba a continuar pero aquello no sonó muy agradable y la miró unos segundos, confusa.

            - El caso es que me ha dicho que usted sabe muchas cosas sobre Valentín, el vecino que fue asesinado hace una semana.

            - Sí, ese hombre era un "viva la vida", ¿sabe?

            - ¿Por qué?

            - Salía por las noches y volvía muy tarde. Hace dos semanas se trajo a una fulanilla y... desde entonces no salió más de casa. La vi entrar y salir a ella, le llevaba chicos jóvenes y éstos salían tan borrachos que sabe Dios qué haría con ellos. Entonces la chica le llevó a ese asesino, ay pobres desgraciados, Dios les castigó por sus inmundicias. Al final todo se paga.

            - ¿Cuando le llevó a Abel? - preguntó Elisa.

            - ¿A quién?

            - El presunto asesino - se explicó.

            - Hace una semana, ¿estás sorda?

            Elisa frunció el ceño, ofendida. No había dicho eso antes pero no quería discutir con ella.

            - El chico se fue corriendo, como si hubiera hecho algo muy malo. Me fijé que tenía sangre en su camisa. Se lo dije a la policía y le pillaron gracias a mí.

            - ¿Tenía sangre en su camisa?

            - Sí, en su pechera y en su manga derecha. Además juraría que hizo algo malísimo porque se fue llorando.

            Elisa anotó toda esa información. En los papeles que le habían facilitado para defenderle, no figuraba nada de la sangre en su camisa y que había un testigo que decía haberle visto salir llorando del apartamento. Aquello no era bueno, su defendido tenía pocas posibilidades de ser inocente. Cuanto más averiguaba, más culpable parecía. Se sintió desanimada al comprender que su dinero era casi inalcanzable.

            - Bien - dijo, tras anotarlo todo -. Dígame, cuándo fue la última vez que vio a la chica.

            - No la volví a ver. Después de irse el muchacho no salió de casa, o al menos yo no me enteré... A menos que se fuera de noche claro, no puedo estar pendiente las veinticuatro horas.

            La mujer disfrutaba contándolo todo, incluso dejando claro que era una cotilla incorregible. Desde luego parecía orgullosa de serlo.

            - ¿Llamó usted a la policía?

            - No, por qué iba a llamarla.

            - Resulta extraño que la chica no estuviera en el apartamento cuando la policía llegó. Seguramente escapó sin que nadie la viera.

            - Uy, hija, cuando llegó la policía y tiró la puerta abajo hicieron todo un escándalo. Escuché que habían encontrado dos muertos y lo primero que imaginé es que los muertos serían la chica y el viejo. Pero no, la chica no apareció. Qué extraño, ¿no?

            - ¿Y eso no le sugiere entonces que pudo ser ella la asesina? - preguntó Elisa.

            - No, por Dios, esa chica... Bueno, quién sabe.

            La cara de sorpresa de esa mujer fue una chispa de esperanza para Elisa. Quizás el dinero no estaba tan lejos, después de todo.

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