Antonio Jurado

6ª parte

            A pesar de que todo encajaba en la historia de Abel, también podía haberla mentido. ¿Por qué saldría de la casa llorando y con la camisa llena de sangre? ¿Por qué lloraba? ¿Qué había pasado realmente allí dentro?

            Por ello, su siguiente paso sería hablar con Abel. Pero antes debía hablar con el inspector de policía que llevaba el caso. Tenía que averiguar cuánto tiempo llevaban muertos el dueño de la casa y el chico esposado a la estufa. La testigo dijo que su defendido solo estuvo una noche allí. Del tiempo que llevaran muertos los otros dos dependía toda su defensa.

 

 

 

            - Dígale que tengo pruebas irrefutables del caso Velázquez - exigió Elisa a la secretaria de la comisaría -. Que me llame inmediatamente o se llevará sorpresas en el juicio.

            - Vaya, ha tenido suerte, está en su puesto - la secretaria la miró sonriente -. Dígaselo usted misma.

            - ¿Dónde está?

            La secretaria la ignoró, marcó un número de teléfono de cuatro cifras y esperó con el teléfono en el oído, mirando a un punto infinito dentro de la pantalla de su ordenador.

            - Pablo, buenos días, tienes una chica aquí que dice tener pruebas sobre el caso que llevas.

            Se escuchó un murmullo de fondo.

            - Gracias - sonrió y colgó.

            Elisa esperaba que le dijera algo pero la secretaria selló un par de papeles y los colocó en una bandeja.

            - Y bien - dijo, impaciente.

            - Ahora viene, puede esperar sentada por allí - dijo la secretaria, fastidiada.

            No se sentó, estaba demasiado impaciente como para soportar la espera. Dio varias vueltas por el recibidor de la comisaría y finalmente alguien la llamó por su nombre.

            - Elisa - dijo un hombre de unos cuarenta años, con chaqueta marrón a cuadros bastante vieja. Estaba medio calvo y le sobraban unos kilos.

            - Soy yo, encantada - le tendió la mano.

            - Soy Pablo Jurado, inspector. Me han dicho que tiene pruebas sobre el caso Velazquez. ¿Qué tiene? Espere, vámonos a mi sitio, estaremos más cómodos y podré anotar lo que tenga que decirme.

            Elisa estaba tan impaciente que mientras iban a su despacho tuvo ganas de comenzar a contarle lo que sabía. Sin embargo, debía mantener la calma, no quería parecer una estúpida principiante.

            - Soy la abogada que defiende a Avelino, el sospechoso de los asesinatos.

            - ¿Es usted la que me ha dejado tantos mensajes? - preguntó, con fastidio.

            - Si hubiera contestado…

            - Lo siento, he estado muy ocupado, no puedo andar respondiendo preguntas a abogados de oficio. Ya sé que acaba de salir de la facultad, pero no puede esperar que yo le cuente cómo llevar su caso.

            Elisa se ofendió al oír eso.

            - No quería preguntarle cómo llevar el caso - cuando se escuchó a sí misma pensó que tenía razón, antes de interrogar a las vecinas solo quería que le dijera qué hacer, pero ahora no era así ni tenía por qué reconocerlo.

           

 

 

 

 

            A pesar de estar encerrado entre tanta gentuza, que no hacía más que mirarle como si fuera un psicópata, Abel empezó a acostumbrarse a aquello. Sabía que lo tenía muy crudo y que era posible que nunca cobrara su lotería.

            Cerró los ojos y juntó las manos disimuladamente para que nadie le viera orar.

            «Te juro que no lo dije en serio. Haré lo que me pidas, seré un detective de lo sobrenatural y lo primero que haré será dar caza a esa...» - se interrumpió por no decir tacos en plena oración -. «Siento mucho haber dicho que no lo haría. De verdad, tienes que darme otra oportunidad.»

            - Avelino Policarpo - dijo un guardia desde fuera -. Tiene una visita.

            El chico le miró asombrado. Miró hacia arriba y cruzó los dedos, deseando que fuera su milagrosa liberación.

            Entraron dos guardias y él se levantó esperanzado.  Le llevaron a la sala privada donde se encontraba con su abogada y esperó. Aunque no tardó mucho en llegar, ese par de minutos se le antojaron eternos.

            - Hola, Abel - dijo una chica.

            Abel se estaba mirando las manos y no reconoció aquel timbre de voz. Se volvió, asustado, y al verla estuvo a punto de saltar de la silla.

            - No te alteres - dijo ella.

            - ¿Estás viva? – era Samantha, mucho más adulta de lo que la recordaba, ahora parecía una mujer de unos treinta y cinco años pero no tenía ninguna duda de su identidad. Nunca olvidaría esos ojos y esa sonrisa.

            - Las estacas son para las leyendas. La oscuridad de la noche reconstruye mi cuerpo por completo. Aunque me hayan cortado la cabeza y metido un ladrillo en boca. Créeme, así me enterraron y sigo aquí.

            - Estarás contenta, estoy aquí por tu culpa.

            - Tú quisiste matarme, no creo que te deba nada.

            - Eres una asesina, lo mereces.

            - Solo sobrevivo. Si pudiera vivir bebiendo sangre de rata, como en las películas, lo haría. Pero tengo la edad de la gente a la que chupo la sangre y la sangre de un humano virgen me hace mucho más apetecible. Te quería conmigo porque eres el primero al que le cuento mis secretos, tienes algo que puede interesarme, eres virgen, y además podemos negociar.

            - Ya decía yo, te recordaba mucho más guapa que ahora - comprendió Abel.     

            - He venido a despedirme de ti pero también quiero que salgas. No me conviene que cuentes cosas. He visto ciertas publicaciones que me obligarán a dejar esta ciudad.

            - ¿Vas a liberarme? - preguntó -. ¿A estas horas tienes tus poderes?

            Abel miró el reloj y sonrió. Eran la siete de la tarde, ya debía haber oscurecido en esa época del año.

            - No, vas a salir de aquí legalmente. Tengo una prueba que te exculpa. Dile a tu abogada que vuelva a la casa con el detective con el que ha estado hablando y busque la cámara de fotos.

            - ¿Por qué me ayudas? - preguntó -. Pienso perseguirte cuando salga de aquí.

            - Vamos, no vas a poder - replicó ella, sonriente -. Además, la prueba de la que te hablo no está todavía en su sitio. Me necesitas para salir de aquí y yo necesito algo de ti.

            - ¿Qué... qué... quieres de mí?

            - Lo sabes perfectamente - replicó ella, mostrando su preciosa dentadura perfecta mientras su colmillos se alargaban de forma temible -. No te mataré.

            - ¿Y por qué me quieres libre? - preguntó él.

            - En la cárcel no voy a poder visitarte tan a menudo - respondió Sam con una sonrisa seductora nada sensual en el rostro de una mujer mucho mayor que él.

            - Aléjate de mí o gritaré - amenazó Abel.

            - No, obligarías a hacer una matanza - replicó ella.

            - Todo el mundo sabrá que existes.

            Esa amenaza dejó muda a Samantha. Aunque no dejó de sonreír.

            - Vamos, tú y yo sabemos que hay un asesino en esta sala. Lo que realmente importa es lo que piensan los que están ahí fuera. Dime una cosa, Abel, a quién intentarán encerrar si se produce una pelea aquí.

            - Te encerrarán a ti si te ven mordiéndome - replicó Abel, enojado.

            - No soy tan estúpida, no tengo prisa por morderte. Quiero proponerte un trato, yo te libero y tú vuelves conmigo. No me sirve de nada un simple mordisco, te necesito, que me dejes morderte cuando yo te lo pida.

            - ¿Qué? – preguntó asombrado.

            - Vamos, estás deseando quedarte a mi lado. Sabes que tu vida humana es lo más patético que existe, te propongo una vida en tus mundos de fantasía.

            Abel se la quedó mirando con una extraña mueca de terror y asombro.

            - Me podrías matar cualquiera de las veces que me muerdas, sería un suicidio. Prefiero la cárcel.

            - En la cárcel nunca podrás encontrarme. Y aún en el supuesto de que tu bonita abogada sepa llevar este caso y te saquen en libertad, desapareceré para siempre y nunca me encontrarás. Veo en tus ojos que me odias pero también leo fascinación. Te alegras de que siga con vida porque eso consuela a tu limitada mente: Ya no eres un asesino. Además tienes a ese molesto diablillo, de pie, en tu hombro izquierdo, pidiéndote con desesperación que aceptes mi propuesta. No hagas caso a tu angelito bueno, por una vez.

            El chico la miraba con nerviosismo. No saldría de allí nunca si no se demostraba su inocencia y ella tenía la prueba definitiva. Si aceptaba, tampoco tenía por qué ser fiel a su palabra aunque para ser franco, la idea que más le asaltaba la cabeza desde que entró allí era salir para buscarla y matarla definitivamente. Le convenía ese trato, aunque no en la forma que ella se lo estaba proponiendo. Además, había dejado claro que conocía a su abogada y al detective que llevaba el caso. Si no aceptaba sus vidas podían peligrar.

            - Haz lo que tengas que hacer para sacarme de aquí.

Comentarios: 0

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo