Antonio Jurado

7ª parte

            El encuentro con el detective fue muy fructífero. Tras haberse entrevistado con él volvió a dudar de la inocencia de su defendido aunque había logrado que su nuevo amigo tuviera dudas al respecto. Había abierto una grieta en la intrincada trama que defendía. Ahora la chica pelirroja había cambiado de rol, en lugar de una víctima que sobrevivió se había transformado para Pablo Jurado en potencial sospechosa y, muy seguramente, una testigo vital del caso.

            Pero sus avances fueron vanos ya que la investigación había dado un giro de 360 grados y después de recomponer la supuesta trama desde cero, seguían en el mismo punto de inicio. Esa chica seguía desaparecida y ni siquiera sabían su nombre.

            Lo único que le quedaba por hacer a Elisa era volver a encontrarse con Abel y preguntarle por qué le había mentido y a quién había matado. Ante sus ojos, era más culpable que nunca y temía encararse con él. Por un lado estaba muy cerca de perder su dinero prometido, pero por otro dudaba que fuera capaz de aceptarlo. No lucharía por él si no se demostraba su inocencia.

            Miguel murió, después de ser desangrado, aproximadamente a la misma hora que Abel fue a la casa. Y el muerto podía llevar un día congelado, o una semana. Era un buen frigorífico y según los forenses era prácticamente imposible saber el día que murió. Por tanto, circunstancialmente Abel seguía siendo sospechoso y su amiga podía ser cómplice o, al menos, testigo.   

            Por si fuera poco, habían escuchado la llamada "anónima" que denunciaba la muerte de dos personas y Elisa la reconoció instantáneamente. Era la voz de Abel.

            A pesar de todo, tenía que hablar con él. Quería que le dijera la verdad o al menos intentara explicar lo que sabía.

            - Otra visita - dijo el guardia al escuchar el nombre de Abel -. Caray, vaya amigas tiene nuestro mariposón.

            Elisa se sorprendió.

            - Disculpe, ¿ha habido otra visita? ¿Ha venido a verle otra persona?

            - Sí una mujer pelirroja de armas tomar. Eso sí que era una mujer.

            La miró con una media sonrisa pervertida como si la estuviera comparando con ella. Se sintió sucia e insultada por dos razones, porque la estaba diciendo indirectamente que ella era un esqueleto, y porque le molestaba que un hombre tan vulgar la mirara desde la perspectiva del deseo, aunque fuera por falta de deseo.

            - ¿Puede decirme su nombre? - preguntó, malhumorada.

            - A ver - el guardia miró la lista de visitantes.

            - Vaya, ahora recuerdo, olvidó su DNI. Me dijo que se llamaba Sam Ratza. Creo que lo escribí bien, sonaba como una palabra polaca o algo así.

            - ¿Qué? ¿Y la dejó entrar? - preguntó Elisa, fastidiada.

            - Dijo que sería un momento, y la verdad, no tardó mucho.

            - ¿Podría describírmela? - preguntó, impaciente.

            - Sí, claro, un metro setenta y cinco, bien equipada - hizo gesto de estar sujetándose las delanteras mientras asentía con orgullo -. Debía rondar los treinta años y si no es modelo, debería.

            - ¿Color de ojos? - insistió Elisa.

            El guardia sonrió extrañado.

            - Ni idea, pero tenía un trasero...

            Elisa suspiró enojada. Se dijo que si por un milagro ganaba su millón de euros, una de las cosas que haría sería comprar un buen par, porque estaba claro que abría caminos. Aunque dudaba que fuera capaz de semejante atentado contra su cuerpo y sabía que en una hora se le pasaría el capricho. Siempre había pensado que los implantes eran como meter dos bombas tóxicas en su cuerpo y que ninguna mujer debería hipotecar su vida con algo así. Una amiga de la facultad se las puso y le confesó que tenían que retirar los implantes y ponerlos nuevos cada tres años. Por si fuera poco, había visto noticias en las que estallaban por algún golpe fuerte y las prótesis llenaban todo el organismo de una sustancia altamente tóxica que ponía en peligro hasta su vida.

            Se fue a la habitación de siempre y esperó a que llevaran a Abel. Esperaba que le pusiera al corriente de todo lo que habían hablado, si es que estaba dispuesto a contarle todo.

            Esperar no se le daba bien, estaba ansiosa por verle y decirle cuatro cosas. Echarle en cara que era un mentiroso y que si no le contaba la verdad le amenazaría con dejar el caso. A medida que pasaban los minutos se fue tranquilizando y en su mente discutía consigo misma que si dejaba el caso, podía ir olvidándose del dinero. Que tenía que ser objetiva y ante todo, tenía que buscar la verdad sin dejarse llevar. Los buenos abogados podían afrontarlo todo con absoluta indiferencia. Esa era la lección que debía aprender hoy.

            Al fin abrieron la puerta y entró Abel, con una sonrisa de idiota dibujada en su rostro.

            - Creí que no llegarías nunca - le dijo, antes de sentarse.

           

            Le contó todo lo que había pasado, sin omitir nada mientras Elisa le miraba recelosa, claramente desconfiada. Abel estaba seguro de que tendría la prueba que necesitaba si ella convencía al detective para volver a registrar la casa en busca de la cámara de fotos. Además debían hacerlo de inmediato y vigilar el apartamento porque Sam iba a aparecer.

            Sin embargo Elisa no estaba tan emocionada.

            - No me lo tomes a mal - le dijo -. Pero me cuesta confiar en tu palabra.

            - ¿Por qué? – preguntó Abel.

            - Me has mentido desde el primer día.

            El chico se quedó mirándola, intrigado.

            - Ve a la casa y busca la cámara de fotos - insistió él.

            - ¿Los mataste tú? - replicó la abogada, enojada.

            - ¡No! - se defendió.

            - ¿Por qué saliste corriendo de la casa con la camisa llena de sangre?

            Abel iba a contestar pero se quedó callado al recordar que era cierto. Se preguntó quién le habría visto y se lo había contado a esa chica. Lo que no cabía duda era que no merecía la pena mantener más secretos con ella, ahora que estaba seguro de que Sam no murió.

            - Es cierto, te mentí - aceptó, suspirando -. Pero no maté a esos dos hombres.

            - ¿A quién entonces? - preguntó Elisa -. ¿Hay un muerto que no...

            - No me interrumpas. Te dije que esa chica era una asesina. No podía irme sin más, hubiera seguido matando y matando y me sentiría culpable por no haberla detenido cuando pude. Por eso le clavé un lapicero en el corazón. Creí que, siendo una vampiresa, el lápiz parece una estaca y podría matarla. Cuando me marché me sentí muy mal por haberlo hecho, creí que la había matado y nunca pensé que mataría y mucho menos a una mujer. Una mujer preciosa...

            - Pero si ha venido a verte - discutió Elisa.

            - Exacto, lo que significa que las estacas no matan a los vampiros.

            Elisa tuvo que parpadear dos veces antes de expresar su confusión.

            - ¿Me estás diciendo que esa chica es un vampiro?

            - Vampiresa, más exactamente.

            - ¿Y...? - Elisa sonrió y le miró con incredulidad -. ¿Cómo demonios esperas que le diga eso a un juez?

            Abel se encogió de hombros.

            - No se lo digas. Dado que no la he matado, no tiene sentido mencionarlo en el juicio. Además, ella es la asesina, en todo caso lo hice en defensa propia.

            - En las pruebas por las que te acusan, figura que saliste de la casa con la camisa manchada de sangre. Hay que explicarlo si quieres que te declaren inocente.

            - Es fácil, di que la herí y salí corriendo.

            - Sería más fácil de creer si presentáramos la camisa como prueba. Su sangre…

            Abel se mordió el labio inferior, nervioso.

            - Me temo que es imposible. La quemé para que no me relacionaran con el crimen.

            - Y después llamaste a la policía, como un ciudadano anónimo, denunciando su muerte y la de otra persona.

            - Dijo que había otro chico muerto en la casa. Pensé que la policía encontraría su cuerpo y el del chico.

            Elisa negó con la cabeza, confundida.

            - Es demasiado estúpido, demasiado increíble para ser cierto. Todo el mundo creerá la historia del fiscal, que tú eras el novio de esa chica y ella te preparó el camino para asesinar a esa gente. Y si esa no les gusta pensarán que eres un gay que quería vivir a costa de la casa de la primera victima y con tu amiga conseguías chicos para tus juegos. La gente no cree en vampiros pero sí en los monstruos sin escrúpulos.

            Abel suspiró sin saber qué decir.

            - No puedo contar otra verdad, ya te la he contado.

            - Ya, ya, y sabes qué... te creo y...  - dudó un momento. Miró el reloj y negó con la cabeza -. Tendrá que ser mañana... mierda, también es el día del juicio... Intentaré convencer al inspector Jurado para que venga conmigo a buscar esa dichosa cámara a primerísima hora.

            - Si es un buen agente, irá. Incluso iría ahora si se lo dices.

            - Es un funcionario, no movería un dedo después de las seis y ya son las nueve - le desengañó Elisa -. Bueno, eso es todo, mañana nos vemos en el juicio. No hagas, ni digas, ninguna tontería.

            - ¿A quién voy a contarle nada?

            - A tus amigos de la cárcel - bromeó ella.

            - Ya, esos que me pusieron la cara hecha un cromo...

            - Cuídate, esperemos que tengas razón.

            - La tengo.

            Elisa se levantó y se marchó. Abel la vio alejarse y desaparecer con una punzada de preocupación. Elisa le creía y eso significaba que Sam podría intentar matarla, no le gustaba que la gente supiera su secreto. Deseó que a pesar de sus sorprendentes poderes no se hubiera enterado de la conversación que habían tenido.

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Animal es el que abandona a su mascota.

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