Antonio Jurado

9ª parte

            Sam sonrió, no se avergonzaba de lo que había hecho. Necesitaba un lugar donde dormir, necesitaba otro aspecto, no tenía reparos en conseguir lo que necesitaba. Abrió la puerta de la casa y le hizo pasar. El salón era el típico salón de personas mayores con cuadros de flores en jarrones, con una televisión antiquísima, una alfombra blanca y gris, una mesita de centro con dos jarrones, una mesa bastante gastada con sillas cubiertas de paños de ganchillo...

            - ¿Y si bebes sangre de animal? - preguntó Abel, intrigado.

            - Lo he hecho, a veces resulta útil.

            - ¿Y qué pasa si lo haces?

            - ¿No has escuchado que los vampiros nos podemos convertir en lobos o en murciélagos? Pues de todas las cosas que dicen de nosotros esa es la única que tiene sentido. Bebemos sangre de un lobo y nos transformamos en lobos, si bebemos de pájaros, nos volvemos pájaros... Cuando mataron a Frederic y tuve que huir lo hice, al principio pensaban que volvía a ser humana porque el Sol no me hacía daño. Esos estúpidos pensaban que nos escondíamos de él por que nos quemaba.

            - ¿No te quema?

            - Ya te lo dije, el Sol es una especie de fijador. Hace tangible nuestra forma y la hace vulnerable también. Ahora mismo no soy más peligrosa que tú. Pero solo vulnerable hasta cierto punto.

            - ¿Cómo pudieron matar a Frederic? - preguntó Abel, sin aparentar demasiada ansiedad. Su voz no fue del todo convincente y ella se dio cuenta de lo que pretendía.       

            - Te lo diría si pudiera confiar en ti.

            - ¿Y no confías? - preguntó, dolido.

            - Claro, la última vez me atravesaste el corazón. ¿Por qué tendría que fiarme?

            - Puedo atacarte ahora, soy más fuerte que tú. Podría intentarlo.

            - Asúmelo, cariño - dijo Sam, sonriente -. Ahora eres mucho más buscado que yo. La policía te disparará con solo verte, debes convertirte en una sombra como yo. Debes morir para que te dejen en paz. ¿Para qué intentar matarme? Estamos juntos en esto.

            - ¿Me propones que beba tu sangre? - preguntó.

            - ¿Quieres?

            - No.

            Sam se quedó seria ante aquella negativa tan segura. Toda su cara aparentaba más de sesenta años pero sus ojos eran los mismos. Esos ojos que cambiaban de color y que le fascinaban.

            - Está bien - admitió -, hicimos un trato, yo necesito tu sangre y una vez la haya bebido te dejaré en paz. A cambio te he dado la libertad. Me temo que vas a tener que salir del país porque no podrás ir por la calle sin que te reconozcan. Déjame beber tu sangre ahora y podrás irte.

            - Pareces decepcionada, ¿querías que bebiera tu sangre?

            - Pues claro que querría - admitió ella.

            - Puedes encontrar chicos jóvenes vírgenes dispuestos a estar contigo para siempre. No te desanimes.

            - Idiota, una vez convertidos en vampiros me da igual la edad que tengan o si son vírgenes o no.

            - ¿Por qué a mí? - preguntó, intrigado -. ¿Por qué quieres que yo te acompañe?

            - Porque... - ella titubeó -, porque puedes destruirme. Si no puedes con el enemigo, únete a él.

            - No me lo creo.

            - Los vampiros tenemos poderes que no podrías ni siquiera imaginar. Al menos yo. Puedo ver el futuro y en él, tú no eres vampiro. Intentarás destruirme mientras sepas dónde encontrarme. También puedo ver cosas que ocurren donde  no estoy. Por ejemplo sé que tu abogada está furiosa contigo. Le prometiste dinero por liberarte y, al desaparecer, le has quitado la oportunidad de defenderte. Cree que nunca volverá a verte y que no le pagarás. La policía está buscándote por todas partes, han repartido tu foto por toda la ciudad. En este momento, si sales a la calle, cualquier vecino te denunciará.

            - ¿Y por eso quieres que me una a ti? ¿Estoy tan maldito como tú?

            Estaba seguro de que ella sabía lo de su dinero. Por eso le quería a él, y no estaba dispuesto a ser el filántropo de una asesina.

            - Por tu bien, debes esconderte. No vas a intentar volver a tu vida, eres perfecto. Además, eres el primer humano con el que no me he sentido como un monstruo - admitió ella, con cierta timidez -. No quiero que me odies, ni que me des caza. Si has de acabar conmigo, quiero que sea cuando yo te lo pida.

            Abel la miró con cierta admiración.

            - Es cierto, me contaste que durante un tiempo quisiste morir.

            - No tengo esperanza alguna de ser feliz. Estoy condenada para siempre a matar, a alimentarme de la vida. Aún estoy hambrienta y no me importa mucho que esto dure demasiado, pero cuando pasen diez años o cincuenta, sé que querré morir de nuevo y no quiero que pueda despertar  después de cien años.

            - Dime cómo te puedo matar - dijo Abel -. Y te prometo que lo haré cuando tú me lo pidas.

            Ella le miró con tristeza.

            - Antes quiero beber tu sangre.

            Abel retrocedió asustado. Los ojos de Sam eran espectaculares, podía paralizarle con solo mirarlo. A pesar de que no era una atractiva jovencita, no pudo resistir a su embrujo.

            - Está bien.

            Ella se abrazó a él y le besó el cuello. Sus colmillos tardaron unos segundos en clavársele en la arteria carótida y Abel soltó un grito de dolor. Sin embargo no se resistió, Sam bebía con frenesí y notaba que cuanto más bebía, más se debilitaba él y más se fortalecía ella. Su piel comenzó a cambiar inmediatamente, de ser arrugada y manchada comenzó a tomar juventud. Sus labios empezaron a sentirse suaves y turgentes y sus manos, finas y delicadas. Estuvo a punto de perder el sentido, pero ella le soltó antes.

            Emitió un sonido de satisfacción, como una larga exhalación, y se limpió los labios de sangre con la manga de su chaqueta.

            Abel se mareó y estuvo a punto de caer. Ella le ayudó a sentarse en el sillón de cuero viejo y Abel se sintió mejor al sentarse.

            - ¿Quieres saber cómo puedes matarme?

            - Sí - reconoció.

            - Es difícil - respondió ella -. Hay que cortarme la cabeza y enterrarla lejos de mi cuerpo.

            - ¿Eso le hicieron a Frederic? - preguntó, horrorizado.

            - No, a él... - el recuerdo parecía doloroso -, a él le... destrozaron con palos y cuchillos. Quemaron sus restos y luego esparcieron las cenizas.

            - Vaya - Abel no sabía si debía decir que lo sentía.

            - Fue hace demasiado tiempo como para que me afecte. Creo que lo más fácil sería lo que te digo. Pero sabes qué... no te veo capaz de hacerme eso. Hasta te costó atravesarme con ese lápiz.

            Abel no podía ni levantar ni sus brazos, no se podía sostener en pie, se sentía débil y mareado. Estaba sin fuerzas, temía que le hubiera bebido demasiada sangre ya que no parecía mejorar a pesar de que ya no le estaba bebiendo del cuello. El mareo iba en aumento y tenía la sensación de que pronto se desmayaría o vomitaría.

            - Es la tercera vez que bebo tu sangre - explicó Sam -. Nadie sobrevive a la tercera.

            Estaba claro que leía las mentes, había adivinado lo que estaba pensando.

            - ¿Tanta sangre has bebido? Puedo comer o beber algo, ¿puedes traerme algo de la nevera?

            - Por qué - preguntó ella, con media sonrisa dibujada en su rostro -. ¿Qué te hace pensar que quiero que sobrevivas?

            Abel negó con la cabeza, confuso. Su corazón latía irregularmente, notaba que la presión sanguínea la tenía por los suelos, su cabeza se negaba a mantenerle despierto y no quiso ni esforzarse por moverse.

            - Te prometo que te no te haré nada - le ofreció, sintiéndose invadido por el terror a morir -. Dame algo de comer.

            - Elegiste la muerte. Podías haber vivido conmigo para siempre - respondió Sam, sin sentimiento alguno.

            Dicho eso cogió su bolso, se quitó la chaqueta manchada de sangre y se despidió de él con la mano.

            - Buena suerte - le dijo, sonriente -. Si lo consigues,... volveremos a vernos.

            Abrió la puerta y se marchó. Aún odiándola por hacerle pasar por todo eso, seguía sintiendo fascinación por ella, y más ahora que era una joven pelirroja espectacularmente bella. Quiso cambiar de opinión, llamarla y pedirle que le convirtiera… Pero no quería ser un vampiro y no dijo nada.

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Animal es el que abandona a su mascota.

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