Atravesando el espejo

3ª Parte

(Anteriormente)

            - La Gehenna - explicó Verónica -. El fuego de los malditos. Aquí se consume eternamente el odio de los que no perdonaron, la ira del violento, la agonía del vengativo.

            Juan no tenía palabras para explicar el horror de lo que le mostraban sus ojos. Deseó pasar de largo al siguiente nivel, no tener que sumergirse en ese agua de fuego.

            - No te preocupes, tus pecados son muchos, pero el odio, la ira y la venganza no están entre ellos.

            Al acercarse a la orilla del magma Verónica continuó y las aguas se abrieron a su paso, pudiendo continuar su descenso atravesando las llamas. Allí, de cerca se podía ver claramente que el mar de fuego era como agua transparente. Trató de imaginar el cielo y pensó que serían playas paradisíacas llenas de gente amable y cariñosa que en lugar de atormentarse unos a otros, como allí, se ayudaba y amaban.

            Verse rodeado de aquellas personas sufriendo y gritando indefinidamente rompió la fortaleza moral que tenía Juan y comenzó a llorar a medida que descendían por aquel círculo del infierno.

            - Verónica, tú no eres malvada, sálvame. Puedes llevarme de vuelta, puedes evitarme esto. Sabes que no hice nada malo, invocarte no puede ser causa suficiente para merecer esto.

            - Si yo estoy pagando por amor, tú te lo mereces mucho más - dijo ella, seria, impasible.

            Juan solo la tenía a ella para ayudarle. Sabía que la única forma de salir de allí era con su ayuda. Pero era evidente que ella estaba harta de que otros le sugirieran lo mismo, seguro que no era el primero que le suplicaba la salvación. Tenía que encontrar alguna forma de convencerla para que tratara de huir con él. Él solo no sabía hacia dónde podría ir, pero ella tenía un poder al que parecían doblegarse todas las puertas del infierno. Si alguien podía sacarle de allí, era ella.

            - Puede que tengas razón - aceptó Juan, sumiso, tratando de ganarse algo de su respeto.

            Ella no replicó y continuó su descenso. Quizás estaba siendo un estúpido esperando encontrar una chispa de bondad en ella. Al fin y al cabo, parecía dueña del infierno.

            - ¿A quién amaste tanto para merecer esta condena? - preguntó él.

            - A un hombre comprometido. Mi condena es justa, por mi culpa murió él y su novia.

            - ¿Y no se supone que cuando uno se arrepiente de sus pecados, Dios le perdona?

            - Yo no me arrepiento de nada - dijo ella.

            Por primera vez se detuvo y le miró a los ojos. El dolor se reflejaba en ellos de una forma hermosa. Quiso hablar más de su historia, quería entender qué había pasado para que ella aceptara tan sumisamente permanecer en el infierno, en vida.

            - ¿Por qué los aceptas sin rebelarte? Puedes arrepentirte mientras vivas.

            - Si me arrepiento… me separaré de él - dijo con mirada triste.

            - ¿Y por ello causas sufrimiento a tanta gente? ¿Gente como yo que solo te invoca en los espejos?

            - El Diablo es celoso. Insultarme burlándose de mi nombre se paga con la muerte y la condenación eterna. También los ha habido que me han invocado por amor, esos insensatos se han enfrentado a su ira, una condena mucho peor que la que te espera a ti.

            - No puede condenar si la persona no lo merece - dijo Juan, enojado.

            - Puede precipitar la muerte de quien sí lo merece.

            - Insinúas que si alguien te invoca con amor y no merece la condenación eterna, ¿no acudes a su llamada?

            - Amarme es causa suficiente para condenarse. Soy la novia del diablo, no se le puede desafiar.

            - ¿Y si te invocan con amor cristiano? - Juan necesitaba encontrar una fisura en su dolor -. Quiero decir, alguien que solo quiera que el Diablo te devuelva al mundo porque quieren salvarte.

            - Solo Jesús, el Hijo de Dios, podría reclamar mi alma si pido perdón - dijo ella -. Y eso nunca sucederá. Lo que pidan los demás no influye para mí.

            - ¿Estás aquí por amor a… cómo dijiste que se llamaba?

            - Pedro.

            - Píde perdón por todo. Y luego pídele que salve también a Pedro.

            - Él no se arrepiente de nada. Al contrario cree que merece todo el castigo que le pueda caer. Cree que mientras más sufra, más alivio siente al estar conmigo en el infierno. Si yo me fuera, su condena sería completa y…

            - Se arrepentiría si no te tiene a su lado - añadió Juan.

            - Te equivocas, es tarde para él. En el infierno ya no hay tiempo para el arrepentimiento.

            - Pero…

            - Silencio - ordenó ella.

            Juan no pudo hablar. Por alguna razón que no entendía, estaba obligado a hacer lo que ella decía.

            - Continuemos, el camino es largo - aquel cambio en su actitud hundió el poco ánimo que le quedaba a Juan. Empezó a pensar que ella estaba cumpliendo una condena que voluntariamente aceptaba y de alguna forma disfrutaba.

            El mar de fuego se fue convirtiendo en una densa niebla a medida que profundizaban en él donde la gente que se veía atrapada por ella ni siquiera tenía aliento para gritar. La agonía les retorcía de dolor sin descanso.

            - Estamos llegando al final del círculo de fuego - dijo Verónica -. Los que están aquí sufren por sus propias iniquidades en las guerras o en sus acciones malvadas, pero ellos no tienen toda la culpa de sus barbaries. Se lamentan por el dolor causado y aceptan el sufrimiento con silencio.

            Ninguno tenía cadenas que les sujetara, nada les impedía salir de ese abrasador fuego y escapar. Solo su propio sentido de culpa.

            - ¿Es posible sufrir más que esto? - se preguntó.

            - Estos todavía son afortunados - explicó ella.

            La cuesta que descendían alcanzó una nueva puerta gigantesca custodiada por un archidemonio. Este, al ver a Verónica, se incorporó un poco para dejarles pasar por entre las piernas. Juan se percató que éste era más grande que el anterior.

            Al cruzar el umbral, Juan sintió un frío terrible, unido a una oscuridad casi completa. Verónica irradiaba una extraña luz azulada que le mostraba el camino. Hacía tanto frío y estaba tan oscuro que se sintió seguro y confortado por la poderosa presencia de la chica. Si hubiera estado solo estaría aterrado por los monstruos que podía haber escondidos en aquella penumbra.

            - Estamos en el tercer círculo, el del terror - dijo ella.

            - No me dejarás aquí, ¿verdad?

            - No hemos alcanzando nuestro destino. Aún tenemos que recorrer todos los círculos - dijo ella, seria.

            Descendiendo por la oscuridad comenzó a escuchar desgarros en la oscuridad. Luego se escuchaban gritos agónicos y ensordecedores en todas partes. Algo estaba despedazando a las almas y estas chillaban retorcidas por el dolor y el terror.

            - Aquí se encuentran los espíritus que atormentaron a sus seres queridos. Aquellos que pagaron con violencia el amor que recibían. Los que causaron terror a personas que confiaban en ellos. Estos no podrían salir de aquí aunque quisieran, eligieron este destino y esta forma de pagar sus culpas y ya no pueden escapar de su propia condena.

            - Por el amor de Dios - se estremeció Juan -. Es que todavía puede haber algo peor que esto.

            - Siempre hay algo peor - dijo Verónica.

            - Si es así, ¿por qué no nos atacan?

            - Están ciegos y aunque pudieran ver, no se atreverían a acercarse. Tienen miedo a todo.

            Juan se acercó al cuerpo frío de Verónica, buscando su protección.

            - Nunca he maltratado a nadie, ni siquiera a los animales, soy incapaz de matar a una mosca.

            - Tú mismo sabrás cual es tu lugar y no necesitarás que nadie te lleve.

            Verónica continuó su siniestro descenso por aquel lugar vacío, oscuro y rodeado de almas desgarradas por el terror y el dolor. Juan empezó a resignarse y esperó que al menos su condena le pareciera justa. Sabía que cualquiera de esos desgraciados estaba en su lugar y que éstos sabían que ellos mismos se lo habían buscado.

            El descenso por aquella oscuridad se le antojó eterno. Sin embargo cuando más descendían más temía encontrar la siguiente puerta al siguiente círculo, ya que cuanto más descendían parecían ser aún más terribles.

            El nuevo archidemonio apareció ante ellos, aún más grande. Al principio le chocaba por qué cada vez eran más grandes esos seres y en esa puerta entendió que tal y como dijo Verónica, cuanto más descendieran más almas estaban sufriendo condena en el siguiente nivel. Se necesitaba un demonio más poderoso para contenerlas.

            La puerta quedó atrás cuando pasaron por entre sus dos tobillos. Este apenas tuvo que moverse un poquito para poder pasar bajo sus piernas.

            El siguiente espectáculo dejó a Juan horrorizado. Un inmenso mundo de instrumentos de tortura se abría ante sus ojos. Miles de millares de hombres y mujeres estaban siendo torturados por demonios semejantes a duendecillos. Todos esos desgraciados sangraban formando ríos de sangre que se arracimaban y confluían en un solo torrente oscuro que desembocaba en un océano tan grande que parecía infinito. A diferencia de los océanos terráqueos, estos no desaparecían en la lejanía. Se extendían hasta donde abarcaba la vista.

            - Estamos en uno de los últimos círculos. Aquí están los que por decisión propia causaron dolor extremo y torturas a otros. Las razones que les llevaron a ello no importan, aquí intentan expiar sus pecados eternamente.

            Juan se fijó en uno de los torturados y tuvo que apartar la mirada. Se trababa de un hombre al que un pequeño diablo le cortaba la piel en rodajas. En otro lado otro diablillo le cortaba los tendones de los brazos a un condenado y éste chillaba de dolor. Apartó la vista y vió como unos cuervos diabólicos devoraban las entrañas de otro. En la lejanía vió la agónica muerte interminable de un ahorcado…

            - ¿Es que nunca se termina su tormento? - se estremeció Juan.

            - Cuando mueren después de su tortura, éstos despiertan con su cuerpo intacto y sufren un nuevo tormento.

            - Cielos, ¿quién merece estos castigos tan horribles?

            - Personas que saben lo que han hecho. Seguro que has oído hablar de asesinos que han provocado torturas a inocentes. Estoy segura de que tú aprobarías una tortura así para hacerles pagar. Otros están aquí por que terminaron su vida por decisión propia, se mataron a sí mismos en vida y siguen haciéndolo en el infierno pensando que así acabarán con su agonía.

            - ¿Y los que se suicidan por tener una enfermedad terminal? ¿También están aquí?

            - Las enfermedades terminales no existen - dijo Verónica -. Solo existen los que pierden toda esperanza y quieren huir de la lucha y el dolor, y sí, esos están todos aquí.

            Señaló a uno de ellos que parecía no sufrir como el resto. Estaba pálido y en una especie de camilla sangrienta tratando de pincharse con una jeringuilla en la vena. Dentro de la jeringuilla había una sustancia que resplandecía como el fuego. Cuando se la inyectaba, éste la consumía viva. Sus gritos eran ensordecedores.

            - No lo entiendo - protestó Juan -. ¿En serio merecen sufrir para siempre?

            - Me enternece tu inocencia - replicó ella-. Te repito que ellos mismos eligen su condena.

            Continuaron avanzando y llegaron a uno de los ríos de sangre. Allí les esperaba una barca hecha de huesos humanos. Subieron a la barca y Verónica habló con el barquero. Era un viejo demonio con pequeños cuernos blancos y barba blanca que manejaba el timón.

            - Llévanos al siguiente círculo.

            - Lo que ordene mi reina - dijo el demonio, sumiso.

            Aquel respeto reverencial hizo que Juan sintiera un nuevo y renovado terror por la figura de Verónica. Todos los demonios la obedecían como "su reina". No solo era novia del diablo, era su dama oscura, su consorte… probablemente la figura antagonista a la "madre de Dios".

            La barca comenzó a navegar por la corriente de sangre, directos al océano.

            - ¿Qué es este océano? - preguntó Juan -. ¿Tiene algún simbolismo?

            - Supongo que todos los sufrimientos tienen el mismo fin - respondió ella.

            - Entiendo… - dijo Juan, aunque en realidad no entendía mucho -. ¿Qué fin?

            - Causar dolor - respondió ella, molesta por su estúpida pregunta.

            - Y este es el océano del dolor… - dedujo Juan.

            - Esta es la sangre de los culpables y, aunque no lo parezca, en ella sufren más almas que las que están ahí fuera. La gente que hay bajo las aguas sufre una alucinación perpetua. Son conscientes de todo el dolor que ha provocado que haya tanta sangre aquí. Viven en sus propias carnes las terribles torturas que han padecido otros aunque ellos no sean culpables de todo. Es el lugar que escogen los que aún tenían algo de conciencia antes de morir.

            Juan se fijó que efectivamente, bajo la sangre se veían figuras deformándose en una continua agonía. Se retorcían en una espeluznante coreografía de sufrimiento extremo. Si hubiera estado vivo habría sentido náuseas por todo lo que estaba viendo.

            Navegaron lentamente durante un tiempo que se le antojó eterno, una enorme puerta se dibujó en las aguas, mostrando al nuevo archidemonio, guardián del siguiente círculo.

 

 

Continúa aquí.

Animal es el que abandona a su mascota.

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