Atravesando el espejo

4ª Parte

(Anteriormente)

            Al verlo desde arriba, distinguió la figura gigantesca del demonio en toda su envergadura. Se trataba de un minotauro con cabeza de toro y cuerpo humanoide. Al ser increpado por Verónica, éste levantó una mano del océano de sangre y se distinguió una nueva entrada. Descendieron de la barca y caminaron por encima del cuerpo del demonio hasta la apertura.

            El nuevo nivel apestaba a podrido y un calor sofocante unido al terrible olor a putrefacción y enfermedad hizo que Juan tirase de Verónica para que no continuara avanzando.

            - Este es el penúltimo círculo - explicó ella, sin detener su avance -. Se trata del lugar para los traidores, los charlatanes, los necios que creyeron sus propias mentiras, los hipócritas que juzgaron a los demás con dureza y les hicieron pagar por aquello que ellos mismos habían hecho mucho peor. Aquellos que animaron a otros a morirse, en sus momentos finales, aquellos que participaron en la planificación de conenar inocentes y nunca se arrepintieron. Aquellos que con veneno llenaron los oídos de aquellos que les acompañaban y con su podredumbre causaron un terrible mal a terceros por su falta de corazón.

            En su descenso Juan vio a multitud de personas cubiertas de lepra, pestes horribles que provocaban en sus cuerpos asquerosas llagas que les hacían gemir de dolor. Trataban de rascarse pero sus uñas abrían aún más sus heridas y su quejidos eran aún peores.

            - ¿Este es mi lugar? - preguntó Juan, aterrado.

            - ¿Por qué piensas eso? - dijo Verónica, que no parecía sorprendida.

            - Siempre pensé que la gente que sufre por cáncer debería tener el derecho a morir con libertad. Animaba a las mujeres a abortar si así lo deseaban y supongo que los niños son esos inocentes de los que hablas.

            - No tienes que contarme esas cosas. No me importa qué fue lo que hiciste, yo no soy tu juez - dijo Verónica -. Aquí están aquellos que despreciaban la vida de otros y ocasionaron que otros causaran males con sus charlatanerías y sus hipocresías o simplemente haciendo mal uso de su poder de convicción. Aquellos que dieron falsos testimonios para condenar a una tercera persona por que, simplemente, la odiaban o ni siquiera le importaba que existieran. No solamente están los que animaron a abortar o incluso ayudaron a suicidarse a los enfermos terminales, también los que animaron a matar a alguien por su raza, religión, o por sus pecados que creían justificados. Aquellos que en lugar de sentir amor al prójimo, sentían odio, indiferencia y en lugar de perdón solo podían buscar venganza o alivio. El odio y la falta de amor es su enfermedad, la que les atormentará para siempre.

            - Pero cuando ayudas a acabar con los sufrimientos de un moribundo lo haces por amor - replicó Juan -. Lo haces porque no quieres que siga sufriendo. Como cuando ves un caracol semi aplastado en el suelo, lo pisas por misericordia, para que no sufra más.

            - Puede que pienses eso de un caracol y de una persona porque la vida del caracol te importa tan poco como la de la persona. A eso es a lo que he llamado indiferencia. Te importa tan poco que esa persona siga con vida que prefieres matarla, o bien la matas para no sufrir pensando en lo mucho que sufre. No por que la quieras, sino porque tú sufres con ella.

            - Pero no puede ser que la gente se castigue de esta manera por liberar a un moribundo de su dolor.

            - Lo que ves es elección suya, cuando han conocido la verdad. Ya has visto lo que padeden eternamente aquellos que se rinden y buscan la muerte voluntariamente. Estos han empujado a aquellos a su infierno. ¿Qué es preferible un dolor pasajero en los últimos días de tu vida o causarle un dolor eterno?

            Juan palideció. Visto de ese modo las cosas no parecían tan simples.

            - ¿Y los niños abortados?

            - Ellos son víctimas inocentes. Pero al no haber conocido el amor de Dios se quedan en nivel del abrazo perpétuo, el primer círculo del cielo.

            - Sus madres no se sentirán tan culpables, entonces. Les han ahorrado el sufrimiento eterno.

            - Muchas de ellas se arrepienten en vida. Pero la mayoría no. Al mostrarles la verdad y descubrir lo que podría haber sido su hijo si hubiera nacido, se condenan a morir de la misma forma horrible que les hicieron morir a ellos.

            Juan se entristeció al saber eso.

            - En ese caso, merezco este infierno - repitió Juan.

            - Puede que este sea tu lugar, si así lo eliges. Pero aún debes conocer el último círculo.

            - Lo sé, terminaré aquí - Juan comenzó a llorar, por primera vez, sintiéndose culpable.

            - No lo sabrás hasta que superes tu juicio - dijo Verónica, impasible -. Vamos, acompáñame al círculo final, El círculo de "La verdad". El lugar donde mora el Diablo.

            - ¿La verdad? Eso no suena tan mal.

            - Aún no la conoces.

            - ¿Es una mujer?

            - No. Se trata de la otra cara de la verdad divina. La verdad necesaria para que el universo se sostenga.

            Juan sintió curiosidad y prefirió pensar en esa verdad antes que fijarse en las terribles enfermedades que aquejaban aquellas gentes que sufrían sin cesar.

            La llegada a la última puerta les llevó horas de avance continuo entre las almas consumidas por la enfermedad. El hedor y el espectáculo que vieron le quitaron las ganas de hablar. Caminar entre esas gentes le llenaba los pies de mucosidades nauseabundas de modo que trató de fijar su mirada en la única cosa que le producía cierto sosiego, la figura vestida de negro que era Verónica, abriendose paso a través de esos enfermos.

            Por alguna razón, al contemplarla sintió fuerzas para volver a resistirse. Pensó intentarlo de nuevo, tratar de convencerla para que se arrepintiera y así le sacara a él de allí. Pero conocer esa verdad era ahora lo que más le atraía. Le parecía increíblemente injusto que el Diablo la obligara a permanecer en el infierno hasta el fin. Y aún más increíble que viviera en el último círculo y que este tuviera ese nombre, "La verdad". ¿No se suponía que era el maestro de la mentira?

            - Al menos tú estarás allí conmigo - dijo Juan.

            Verónica se volvió y negó con la cabeza.

            - Todos los que están en ese círculo están solos. Incluido el Diablo.

            - Eso no puede ser - replicó Juan -. Querrás decir que se sentirán solos.

            - Lo entenderás cuando lleguemos.

            Ya distinguían entre el gentío de leprosos una puerta lejana con un archidemonio tan imponente que incluso en la lejanía se veía gigantesco. Ningún enfermo se acercaba a la criatura y los que lo hacían eran devorados por ella. En lugar de desaparecer, esas almas daban textura a la piel del Leviathan en un infructuoso grito que nunca salía de sus bocas. El monstruo tenía seis brazos y aunque estaba tumbado se distinguían seis patas como de búfalo. Seis cuernos salían de su cabeza de jabalí y sus seis ojos parecían dominar todo el inframundo.

            - Esa es la bestia de la que habla el Apocalipsis - dijo Verónica -. El Leviathán, la Bestia o como prefieras llamarla.

            - ¿Es que esa cosa va campar por el mundo a sus anchas cuando llegue el fin del mundo?

            - ¿Es que no ves que ya está campando a sus anchas? Su tamaño tan desmedido se debe al ingente número de almas que devora, personas cada día más numerosas. Cada persona que vive del modo que merece este círculo de dolor forma parte de su cuerpo. De igual modo que los que comparten el cuerpo de Cristo y viven como él son hijos de Dios. Lo que la gente hace en vida refleja lo que va a sufrir o disfrutar en la eternidad.

            Juan estaba sobrecogido. Tanta gente, amigos, familiares, conocidos eran parte de la bestia. Él mismo lo había sido y por ello estaba seguro de que terminaría allí. Sintió que su corazón aún podía sentir dolor y lloró con desconsuelo por haber sido, sin saberlo, instrumento del mal toda su vida.

            - No podremos hablar cuando crucemos la última puerta - explicó Verónica, cortándole el llanto -. Si tienes alguna pregunta que hacerme antes, te la responderé ahora.

            Juan la miró y trató de pensar en algo que no entendiera. Finalmente se le ocurrió una pregunta.

            - ¿Dónde están los lujuriosos? - preguntó, creyendo que se había perdido una parte del infierno.

            - Los violadores están en el círculo de la sangre. Los lascivos, adúlteros y pervertidos tienen su lugar en la Gehenna. No existe un círculo especial para ellos, los siete pecados capitales son idénticos en importancia. Sería necesario un círculo para cada uno de ellos cuando la culpa es la misma. Todos los excesos son igual de malos.

            Juan se sintió en cierto modo aliviado. No es que él fuera un lascivo ni un pervertido pero el pecado de la masturbación, la continua tentación de la lujuria, era algo que siempre le había molestado que fuera considerado maligna ya que no entendía qué tenía de malo, salvo en casos de infidelidad o violación. Se preguntaba hasta qué punto era castigada la lujuria en el infierno. No se lo diría a Verónica, pero él tenía bastantes pecados de esos. ¿Cuántas veces se habría masturbado? ¿Tendría que ir de un círculo a otro para pagar por todo o solo por su pecado más grande?

            - ¿Qué me dices de la masturbación? - preguntó Juan -. ¿No hay un castigo para los que lo hacen continuamente? ¿No lo hace casi todo el mundo? ¿Y para los homosexuales? ¿No tienen su parte del infierno por ir contra la naturaleza?

            Verónica se volvió y negó con la cabeza.

            - Tienes que entender que se juzga a cada uno por el mal que ha causado a otros, incluso a sí mismos.

            - ¿Y la masturbación es mala para uno mismo? Tener sexo con alquien que quieres, del mismo sexo, ¿es malo?

            - ¿Acaso te sientes bien cuando terminas? ¿Qué te dice tu conciencia? Solo te parece buena antes, como todo pecado. "No parece tan malo", "no hago daño a nadie", te dices a continuación. Lo haces y en cuanto terminas sientes que has hecho algo malo. Tratas de engañarte a ti mismo y piensas que se pasará rápido esa sensación de culpa, tratas de ocultarlo porque te avergüenzas, piensas que esa culpabilidad es culpa de lo que te han enseñado, pero la conciencia siempre es sincera.

            - ¿Pero si es malo, por qué es malo?

            - Porque estás solo.

            - ¿Y?

            - No eres el único que está solo, de repente ves que no quieres estar solo. Eso es algo que entenderás cuando atravieses la última puerta.

            - ¿Las parejas no se sienten mal cuando lo hacen? - Juan se arrepintió de decir eso ya que estaba reconociendo su virginidad.

            - En absoluto. Se sienten mal si solo lo hacen por placer ya que ambos se sienten solos.

            - ¿Y la homosexualidad?

            - Eso es algo que no existe, Juan.

            - ¿Cómo que no? La ves continuamente. Chicas con chicas, chicos con chicos…

            - Tengo respuestas, Juan, pero no tenemos tanto tiempo. Dios permitió al hombre que se pudiera unir a otra persona para procrear y para no sentirse solas. Hay personas destinadas a estar juntas a pesar de que en si mismas no puedan engendrar vida. Los hay que son hombre y mujer y uno es estéril. No es razón suficiente para que se tengan que separar ya que lo que les une es el amor. Si son fieles, y no hacen daño al otro, la homosexualidad pierde sentido, son dos personas que se aman y que son fieles. El problema es la gente que solo quiere a su pareja por el sexo y eso abunda demasiado tanto entre los homosexuales como en los heterosexuales. En esos casos, el daño termina llegando, pero eso es un tema muy complejo. Al final solo hay una verdad y es que todo el mundo tiene un juicio y se juzga a sí mismo. La mayor justicia posible es cuando el juez es justo y es el mismo inculpado, que conoce toda la verdad sin lugar a dudas. Los que juzgan a los homosexuales son culpables de algo y es que nunca debieron convertirse en jueces de otros.

            Juan contempló en la distancia la última entrada. Aún caminaban por el archidemonio y tenían un gran trecho por recorrer. Estaban atravesando su espina dorsal y se aproximaban a su cabeza. La entrada al siguiente círculo estaba en su boca, que estaba semi abierta.

            - ¿Has atravesado aquella puerta? - preguntó Juan -. ¿Se puede salir de allí?

            - Entrar en esa puerta es elevar tu conciencia a un plano superior. Puedes salir a donde quieras, puedes volver al mundo, como yo y puedes hacer tantas cosas como los ángeles del cielo. La libertad no es sino una condena eterna para aquellos que hemos visto la verdad. Los demonios más poderosos vienen de allí, ni siquiera Dios puede derrotarlos, en todo caso neutralizarlos.

            - Pero si es así, ¿los demonios podrían derrotar algún día a Dios?

            - No puede haber sombra si no existe la luz. No puede haber luz que no provoque sombras.

            - Pero entonces…

            - La verdad es esa, solo que no la entenderás hasta que no entres ahí. Si todo fuera oscuridad, cómo lo distinguirías de la luz. ¿Con qué lo compararías? Si todo fuera luz, ¿no te sentirías ciego?

            - Eso es cierto.

            - Lamentablemente, la verdad es simple. Nunca hubo luz ni oscuridad.

            - ¿Qué?

            - Si estás impaciente por entenderlo continúa.

            Juan se detuvo. Intuía lo que estaba a punto de presenciar y sabía que si atravesaba la puerta nunca habría marcha atrás.

 

Continúa aquí.

Animal es el que abandona a su mascota.

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