Atravesando el espejo

5ª Parte

(Anteriormente)

            - Espera, arrepiéntete, pídele a Dios que te salve, pídele el perdón.

            Verónica le miró con respeto pero sin el menor resquicio de duda.

            - El perdón… ¿de qué? ¿Es que no te das cuenta de que todo es así por que debe ser así?

            - Es injusto que sufras eternamente por amor.

            - Era mi destino acabar aquí. Lo acepto y tú también deberías aceptar el tuyo.

            - No quiero atravesar esa puerta.

            - Tendrás que hacerlo, no puedes evitarlo.

            - Si me niego no podrás arrastrarme. Prefiero pudrirme aquí con todos estos.

            - No puedes quedarte, tienes que atravesar la última puerta- replicó ella, enojada.

            - Acepto este destino. ¿Por qué yo no voy a poder elegirlo? Tú elegiste ese que tienes y es injusto.

            Verónica le miró con odio en los ojos.

            - Acompáñame o tendré que pedir a los demonios que me ayuden.

            - Adelante, hazlo. Pero ¿sabes qué?, no creo que los demonios puedan llevarme a ninguna parte. Aquí cada uno elige su infierno, ¿no?

            En los ojos de ella se veía frustración. Juan trató de soltarse de su mano y no pudo. Comprendió que Verónica pudo arrastrarlo hasta allí cuando él no tenía ninguna determinación. Cuando no tenía nada a lo que aferrarse. Ahora que se aferraba a la vida y prefería sufrir, nada podía moverlo de allí. Ni siquiera el mismísimo Diablo. Y sin embargo, algo le ligaba a ella mientras estuviera en el infierno. Si él no se movía, ella tampoco. Podía quedarse allí eternamente y así ella no podría llevarse a más gente que la llamara desde los espejos.

            - No sabes lo que haces - dijo ella, con tono paciente.

            - Lo sé perfectamente. Tú crees que tu destino es llevarme a esa puerta y seguir siendo fiel al Demonio, sin embargo también crees que es mi destino entrar allí y yo no lo creo. No creo que merezcamos eso ninguno de los dos. Tú tienes fácil tu escapada, solo tienes que arrepentirte y serás libre.

            - No entiendo tu razonamiento - dijo Verónica -. Ni siquiera lo entiendes tú.

            - Arrepiéntete y te seguiré a donde me lleves - insistió Juan -. Solo tienes que entender eso.

            - El arrepentimiento no funciona así - dijo ella -. Hay que sentirlo en el corazón y yo no puedo arrepentirme de algo que haría una y mil veces.

            - En mis diecisiete años de vida he aprendido que si no puedes arrepentirte de algo que sabes que hiciste mal, lo que tienes que hacer es repetir "lo siento" hasta que tú mismo te lo creas.

            - ¿Cómo podría arrepentirme de vivir los momentos más felices de mi vida?

            - ¿Es que piensas que ese Pedro es el único hombre que puede hacerte feliz?

            - Pedro es el único hombre que me hizo feliz - replicó ella, malhumorada.

            - Pues date una oportunidad. Un hombre infiel nunca da felicidad, solo sufrimiento. Vuelve a la vida, quiérete a ti misma y sobre todo no te culpes por su muerte. Nadie puede obligar a nadie a amar, para bien o para mal. Créeme que si él te amo y murió por ese amor, no fue culpa tuya. He amado a varias chicas que no me correspondieron por mucho que insistí. El amor de otros no es responsabilidad nuestra.

            Por primera vez ella se mostró dubitativa.

            - ¿Acaso importa de quién es la culpa? - Replicó ella, con lágrimas en los ojos -. Todo lo arreglas con decir quien merece esto o aquello. ¿Acaso no has visto cómo están estos hombres? Corroídos por sus propios juicios, destrozados por la enfermedad del ego. ¿Qué te hace a ti juez y verdugo de nada?

            - Ya te lo he dicho. Acepto este infierno, no pienso moverme de aquí, me merezco esto.       

            - No eres tú quien juzga - contestó ella, enojada -. No eres nada, no tienes ese poder.

            La ira de Verónica se reflejó en el color de sus ojos que se tornaron color rojizo. ¿Y si Verónica podía arrastrarlo hasta el último círculo contra su voluntad? Había quedado claro que su poder allí era inmenso. Juan sintió que flaqueaba su determinación. Estas dudas consiguieron romper su determinación y Verónica pudo arrastrarlo de nuevo hacia la última puerta. Al llegar allí Verónica no necesitó decir nada al Leviatán para que éste abriera la boca lo justo para que pudieran entrar en el hueco oscuro.

            - No dejes que te roben la vida - dijo Juan, suplicante -. No permitas que el Demonio decida tu destino.

            - Cuando entres en esa puerta, dejaré de importarte. No prolongues tu agonía inútilmente.

            Juan forzó la vista para intentar ver lo que había dentro pero lo que había era oscuridad absoluta. No se veía nada ni se escuchaba nada. Sin embargo su sentido de supervivencia le decía que no la atravesara, que luchara con todas sus fuerzas por no pasar al otro lado.

            - Jesús decía: "La verdad os hará libres" - alegó Juan, temeroso.

            - Eso es lo que te espera ahí dentro - dijo ella.

            - Entonces, ¿por qué tengo tanto miedo a la verdad?

            - Todas las almas, antes de ir a su círculo, tiene que pasar por esta puerta. El juicio final está ahí. Recibirás tu justicia, esa que tanto anhelas para todos los demás, así que no hagas esperar al juez.

            - ¿Qué juez? ¿El Diablo?

            - Lo verás tú mismo.

            - No quiero entrar.

            - Nadie quiere, pero debes hacerlo.

            - No voy a hacerlo.

            - Lo harás. Tienes demasiada curiosidad y buscas con demasiado ahínco un juez justo. Entrarás porque fuera solo hay ignorancia y tú detestas la ignorancia y la injusticia.

            - Entra conmigo - suplicó Juan.

            - Nadie puede entrar contigo. Es tu juicio.

            - Está bien, entraré. Si lo hago te liberaré.

            - Yo ya soy libre.

            - En cualquier caso, necesitas que entre. No puedes llevarme a otro lugar. Si no entro te obligaré a custodiarme eternamente.

            Verónica guardó silencio.

            - Aunque prefiero este infierno de enfermedad contigo cerca.

            - ¿Ahora entiendes por qué me quiero quedar? No me siento tan mal teniendo cerca a Pedro.

            - Supongo que sí - admitió él.

            - Voy a entrar, pero prométeme que pensarás una cosa.

            - ¿Crees que puedes negociar conmigo?

            - No, no es un negocio. Te propongo que me escuches y te lo pienses. Sólo piénsalo.

            - ¿Qué quieres?

            - Si Pedro te amara tanto no dejaría que estuvieras en el infierno, pudiendo salir liberada. Y si te amara tanto sería menos desgraciado sabiendo que tú eres feliz. ¿Sigues estando tan segura de que te ama? ¿O te quiere cerca por egoísmo en lugar de por amor?

            - ¿Es eso? - dijo Verónica, sin cambiar su expresión de enfado -. Está bien, ya lo has dicho, ahora entra.

            - Nadie que te ame de verdad puede permitir que sigas ahí y quedarse impasible - añadió Juan-. Cualquier hombre enamorado daría la vida por salvar a su amada del infierno.

            - Dudo que nadie pueda amarme más intensamente que Pedro - sentenció ella.

            - Está bien, lo he intentado. Voy a cruzar el umbral - dijo Juan, rendido ante la terquedad de Verónica.

            Caminó hacia la puerta y por primera vez sintió que su mano se liberaba del contacto de ella. Se sintió solo incluso antes de atravesar la puerta. Quiso volverse, seguir dialogando con ella, tratar de convencerla para que se salvara a pesar de que ya era tarde para él. Pero había dado su palabra, debía atravesar ese umbral oscuro.

            Su pie atravesó la cortina de oscuridad y a continuación se vio desde dentro. Se vio a sí mismo, a Verónica, a todas las almas del infierno, a todas las almas del mundo, a las del cielo, todos los planetas del sistema solar, los infinitos sistemas solares, las galaxias y finalmente se vio a sí mismo.

            Estaba solo.

 

 

            No tenía cuerpo. Ni siquiera tenía un recuerdo claro de lo que había pasado. ¿Quién era? Su mente había sufrido un cambio radical, se había abierto a todos los misterios y podía comprenderlo todo. Había perdido la consciencia de cuerpo individual, ahora veía miles de millones de vidas en su mente, en todos los segundos de historia del universo que eran incontables para el ser humano.

            En su interior sintió que todo cuanto había experimentado, cada vida, cada Eón, había sido un sueño y que ninguna persona había existido en realidad; todas estaban en su mente. Pero él no era Juan, sino en una mente que lo abarcaba todo, desde la más pequeña mota de polvo hasta la más grande de las estrellas del universo. Un mundo infinito en constante expansión que solo existía dentro de él. No había nada más… Esa era la verdad. Solo existía él. No había ni luz ni oscuridad.

            Y con esa certeza tenía el poder de entrar en la mente de cualquiera y ver sus pensamientos. No dejaba de ser irónico. De repente entendió que cuando el hombre se niega a creer en Dios, no es más que un pensamiento reflejado de la propia mente de Dios por intentar olvidar su soledad. Negándose a sí mismo, todo lo demás existía. Todo el mundo se siente solo porque todas las mentes del mundo son pensamientos de un Dios que está solo. Cada persona, cada criatura, cada cosa, se relacionan unas con otras creando así la ilusión de que en realidad hay muchas cosas a su alrededor. Entendió que el Diablo era la única criatura capaz de causarle dolor a Dios ya que era la parte de la mente de Dios que se obstinaba en recordarle la verdad, el que le decía continuamente que el mundo que había creado en realidad no existía y el único que podía entrar en ese mundo y demostrarle continuamente que si lo destruía no pasaba nada porque en realidad nunca existió. Era el que se empeñaba en romper las reglas. Si el Diablo conseguía demostrar que todo era fatuo, Dios abandonaría la ilusión de su creación y todo, absolutamente todo, dejaría de existir. Por ello nunca podía vencer a Dios, había demasiado en juego.

 

 

Continúa aquí.

 

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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