Balas de plata

30 de junio de 1764

En el pueblo de Gévaudan, Francia, al norte de los Pirineos vivía una niña de 14 años llamada Jeanne Boulet. Era bastante bonita, pelo rizado oscuro y ojos claros que hacían dudar a sus padres qué antepasado podía haber tenido unos ojos tan llamativos.

Jeanne pastoreaba las ovejas como cualquier otra niña de su edad, en la falda de la montaña. En esa época del año el frío de la noche era tal que podía coger una pulmonía si no se abrigaba bien. Por ello sus padres le dijeron que no fuera muy lejos y que trajera las ovejas antes del anochecer. La salud de Jeanne no era muy buena y cualquier golpe de frío amenazaba con terminar en una pulmonía.

Jeanne tenía un bastón aproximadamente de su altura y con él caminaba. Supuestamente era para golpear a las ovejas desobedientes pero para eso estaban Dalton y Macón. Los dos perros que siempre la acompañaban en sus trabajos de de pastoreo.

Como no tenía con quién hablar durante todo el día, consideraba a sus perros guardianes sus mejores amigos y les hablaba como si fueran personas. Dalton era más oscuro que Macón.

Aquella mañana del 30 de junio se levantó niebla del horizonte y esta fue arrastrándose montaña abajo hasta alcanzar al rebaño de Jeanne. Los perros ladraban como locos y aunque Jeanne les ordenó que mantuvieran juntas a las ovejas, estos terminaron perdiendo de vista a varias hasta que la nube pasó y la niña pudo hacer recuento de reses.

- Faltan tres - dijo, preocupada.

Los perros ladraban como si estuvieran echándose la culpa uno a otro. Mientras tanto las ovejas pastaban plácidamente en un prado verde humedecido por la reciente neblina.

- Dalton, busca - gritó ella, nerviosa.

El perro oscuro se volvió hacia ella y ladró con más fuerza. Ese gesto asustó a la niña que le pidió repetidas veces que se callara. El perro parecía haber enloquecido. Macón ni siquiera ladraba hacia ella sino a un matorral de espinos y zarzas.

- ¿Qué pasa Macón? - le preguntó ella.

De repente los matorrales se movieron con brusquedad. Los perros dejaron de ladrar y las ovejas empezaron a balar, aterradas.

- Me vais a volver loca, ¿podéis callaros? - dijo Jeanne -. Mis padres me van a matar, tres ovejas perdidas…

El matorral volvió a moverse y esta vez algo salió de su interior. Lo que Jeanne vio fue una especie de caballo con cabeza de lobo. Su aspecto era tan aterrador que todos los animales se quedaron mudos y la niña profirió un grito que se escuchó hasta en el pueblo de Gévaudan, a más de cuatro kilómetros de distancia.

La bestia peluda arremetió contra una oveja y le arrancó la cabeza de un bocado. Jeanne se quedó paralizada y no pudo evitar gritar con todas las fuerzas de sus pulmones. La bestia se giró hacia ella y trató de atacarla pero los perros la defendieron. A pesar de ser dos grandes pastores alemanes, la bestia era cuatro veces más grande que estos. Uno de los perros le saltó al cuello pero la bestia se puso a dos patas y con su zarpa destrozó la cara del perro, que cayó muerto a un par de metros. El otro perro, Macón, se amedrentó un poco al ver eso pero se interpuso entre la niña y el gigantesco animal. Hubo un par de segundos en los que se mantuvieron la mirada pero después fue la bestia la que saltó al cuello del perro y de una dentellada le decapitó. La niña siguió gritando y lo último que escucharon los habitantes de Gévaudan fue que su grito se cortaba súbitamente, como si alguien la hubiera metido en el agua de repente.

Esa misma tarde encontraron el cuerpo decapitado de la niña y varias ovejas y sus dos perros muertos en el prado. El resto de animales se habían dispersado.

La historia de la niña decapitada por una bestia se propagó como la pólvora en toda la región de Gévaudan. Se hablaba de un lobo gigante e incluso de un hombre lobo que atacaba en la luna llena. En esa región era habitual creer en lo sobrenatural y por ello el hecho de que hubiera una víctima real hizo revivir todos los mitos. El miedo se apoderó de toda la región.

En el transcurso del verano murieron más niños, más animales e incluso mujeres adultas. La bestia llegó a matar a dos personas el mismo día lo cual causó gran pánico entre los habitantes de la región que ni siquiera se atrevían a salir a cazar a esa bestia por miedo a ser devorados. El alcalde de Gévaudan colocó carteles en la iglesia solicitando voluntarios para salir a en una batida a localizar y matar al monstruo pero solo se apuntaron a la misión tres hombres, los familiares de las víctimas.

La batida de caza se llevó media docena de perros. Dos pastores alemanes y cuatro galgos. Después de un día y medio de búsqueda lo único que trajeron fue el testimonio de que habían visto a lo lejos a la bestia y que era tan grande como un caballo, pero mucho más rápido y ágil por lo que no pudieron alcanzarla. Su rastro se perdía en el río. Todos coincidían en una cosa, era una especie de lobo con una ralla negra atravesando su lomo.

 

El rumor del lobo de 100 kilos se extendió por toda Francia y cazadores de los cuatro puntos cardinales acudieron a ver con sus propios ojos al magnífico animal. Todos pretendían ser los héroes que salvarían a las doncellas del temible monstruo y a cambio solo cobrarían una jugosa recompensa por su pelambrera.

Sin embargo los incautos cazadores pensaban que los dichos populares aumentaban el tamaño de la bestia y que lo que tenían que cazar era un lobo más grande de lo normal, a lo sumo como un mastín. Pero cuando se topaban con la bestia salían corriendo despavoridos explicando a los lugareños que no solo era como un caballo, sino más grande aún.

- Me fue imposible matarla porque las balas rebotaban de su cuerpo -dijo uno de ellos. Aunque todos los que la disparaban decían lo mismo. Parecía que su piel era tan gruesa como diez capas de cuero bien curtido. No había arma que pudiera dañarla. Incluso habían probado a matarla con hachas y espadas y el acero no causaba daño alguno en su piel. Según decían, era como intentar cortar un árbol de un solo espadazo.

Al menos, lo que decían los que regresaban con vida para contarlo. El resto aparecía pocos días después despedazados, junto con sus perros y su caballo o burro.

A final de año eran 54 las víctimas encontradas. Era tal el pánico que despertaba que el mismísimo rey de Francia se vio obligado a mandar a sus tropas de élite, "los dragones". Eran los soldados mejor preparados para la guerra y se decía que ellos solos podían defender Paris de un ejército invasor.

Los dragones eran los soldados con más experiencia del ejército. Nadie podía aspirar a entrar sin llevar al menos diez años sirviendo activamente. Además se requería medir una determinada estatura, como mínimo 1'84 m para poder pedir el ingreso. Además era obligatorio saber leer y escribir y por si fueran pocas restricciones también había una que los distinguía del resto de soldados. Tenían que dejarse un espeso bigote.

Por ello fue tan notorio en la región ver llegar a un centenar de soldados vestidos con armadura plateada, mosquetes largos y luciendo mostachos al unísono en su paso por el valle. El capitán era notoriamente el más corpulento, maduro y fuerte de los dragones y resultaba intimidador hablar con él.

- El rey de Francia hace saber que la bestia ha de ser erradicada de la región -dijo el portavoz de los dragones en la plaza del pueblo -. Cualquiera que tenga noticias de su paradero, dónde mora o si la ha visto recientemente, acérquese y tendrá su recompensa.

Montaron unas tiendas de campaña militares en la zona donde había habido más víctimas y estaban muy confiados en que podrían acabar sin tardanza con la bestia. Eran más de cien soldados de élite, pertrechados con armaduras de acero, lanzas, arcos, hachas y mosquetones. Incluso habían traído cañones por si eran necesarios.

La gente de Gévaudan les había recibido como héroes pero con el paso de los meses lo único que hacían era comer como animales y no pagar un céntimo alegando que era su paga justa por jugarse la vida por ellos. Sin embargo cada luna llena volvía a haber víctimas mortales y ellos nunca llegaban a tiempo. Parecía que la bestia les evitaba.

Dos años después...

Vincent era un "dragón". El último de los dragones enviados por el rey. Durante esos años habían tratado de dar caza a esa bestia sin resultados. No se la veía frecuentemente y cuando lo hacía ya había desaparecido cuando ellos llegaban. Nadie tenía la menor idea de dónde estaba su guarida y en ese tiempo el rey Luis decidió retirar a todos los dragones, incluido Vincent. Sin embargo él se había casado en Gévaudan y tenía una hija. Pidió al rey un permiso especial para quedarse hasta dar caza a la bestia. No había día de luna llena que la bestia no saliera de su escondrijo a buscar comida y siempre, invariablemente, atacaba a mujeres o niñas indefensas. Esa bestia cobarde no podía seguir cometiendo sus fechorías impunemente y el honor y la responsabilidad de Vincent le obligaban a cumplir su misión antes de morir.

 

A doce millas de distancia Ulrich Stewart bebía sin control en una taberna de San Andrés de los Alpes. Era un pueblo grande y las tabernas estaban abarrotadas de gente. Ulrich solo era un borracho más de la horda de borrachos habituales de aquella taberna. Solo le diferenciaba una cosa del resto de los borrachos y era su enorme estatura con la que apenas podía pasar por la puerta de la taberna y su marcado acento inglés. Medía dos metros diez centímetros, erguido. Encorvado no llamaba tanto la atención. Algunos le llamaban el inglés por su acento y porque había vivido casi toda su vida en Londres hasta que tuvo problemas legales y tuvo que emigrar a París. Allí también tuvo problemas y decidió mudarse a ese pueblecito perdido en las montañas.

Cuando salió de la taberna, se sintió solo y el frío le penetró hasta los huesos se puso a llorar. Lo había perdido todo tantas veces que ya solo encontraba sentido a la vida en la bebida. Se ganaba la vida de leñador y la verdad es que no ganaba mucho, lo justo para pagarse sus borracheras y poder vivir en una cabaña apartada del pueblo. Había tenido familia dos veces. La primera fue en Londres, donde todos aparecieron descuartizados después de que se emborrachara una noche. La policía le quería culpar a él así que se marchó. La segunda familia la tuvo en Paris, donde conoció a una hermosa cortesana y la convenció de formar una familia. No pasó ni una semana viviendo con ella y también apareció descuartizada en su casa, tras otra borrachera. Esta vez supo que tuvo algo que ver con su muerte porque tenía la boca y las manos empapadas en su sangre.

Ulrich no se sentía bien estando sereno, era cuando le entraban ganas de suicidarse y quería llorar. El sentimiento de culpa desaparecía en cuanto el aguardiente penetraba por su gaznate. Así podía creerse sus propios argumentos sobre las extrañas muertes de sus mujeres y se creía que él solo perdía el sentido y alguien aprovechaba para matarlas y llenarle de sangre a él para echarle la culpa de todo.

Desde que se mudó a San Andrés no tuvo más problemas. No buscó mujeres ni se metió en líos. Además a menudo, después de una borrachera aparecía en la puerta de su casa, embadurnado de barro, empapado y desnudo pero se sentía más fuerte y no tenía ni hambre. No recordaba nada de lo que hacía pero le gustaba imaginar que un ricachón le solía invitar a un buen banquete a cambio de tener una orgía con él. Aunque prefería imaginar que unas prostitutas se aprovechaban de él y su cuerpazo musculoso y a cambio de sus favores ellas le daban de comer hasta hartarse. Lo cierto es que siempre recordaba vagamente mujeres gritando... a veces niñas. No le importaba si las niñas seguían el camino de sus madres. Como no lo recordaba le importaba muy poco el hecho es que no pasaba hambre esos días y no tenía que cocinar.

Esa noche de camino a su casa miró al cielo y vio las estrellas resplandecer. Las nubes ocultaban la Luna y se preguntó si habría Luna llena. Entonces adivinó su contorno redondo y le pareció increíblemente hermosa. Abrió los brazos, animado por el alcohol que había bebido, como si quisiera abrazar la luna y la nubes pero éstas pasaron de largo. La Luna llena apareció en todo su esplendor y Ulrich se quedó mirándola, paralizado.

Cerró los ojos y su cuerpo cayó al agua helada inconsciente. Él no sabía que todo empezaba así desde hacía tres años. Caía como muerto al río y a varios kilómetros de distancia, río abajo, emergía una bestia enorme con forma de lobo pero tan grande como un caballo. Esa bestia corrió por las montañas y buscó algo que comer. Llegó a la aldea de Gévaudan y sigilosamente acechó entre los arbustos. Vio a una mujer y dos niños llevando cántaros de agua desde el río a su casa. La bestia saltó de su escondite y devoró a uno de los niños con placer y ansia. Los gritos de la mujer le desquiciaban y después saltó sobre ella. Al primer mordisco la dejó en silencio e irreconocible. La niña superviviente miró a la bestia con expresión de pánico pero no gritó tal y como le había enseñado su padre. "Si ves al monstruo no te muevas, no grites, solo corre cuando se distraiga". La bestia la olisqueó y le lamió la cara intentando hacerse amiga de ella. La niña temblaba de terror así que la bestia pronto se aburrió de su juguete y decidió comérsela, tenía tanta hambre que comería tres como ella.

- ¡Jeanette! - gritó alguien a su espalda.

Entonces un impacto le alcanzó por detrás. Alguien le estaba atacando. Se volvió y miró al osado atacante, no sería el primero que se comería a mordiscos.

Vio a un hombre corpulento, de unos dos metros de altura, vestido de armadura de acero y portaba un mosquete. Debía rondar los cuarenta años pero su fortaleza y veteranía se veían en sus ojos y la bestia no se movió, estudiando a su oponente.

- Parece que el plomo no te gusta, bestia - dijo ese hombre. Su mostacho se movía de forma graciosa sobre sus labios.

La bestia rugió tan fuerte que el valle devolvió ecos de su voz. La niña, Jeanette, gritó al escucharlo como un chirrido agudo y ensordecedor.

El osado humano le apuntó a la cara aprovechando la distracción de la bestia y volvió a disparar. La bala le dio en el ojo y el dolor que sintió fue tan agudo que salió corriendo, alejándose del humano y la niña..

- Hija -Vincent corrió hacia la niña y esta dejó de gritar -, vete corriendo a casa y cierra la puerta con candado. Dile a mama que volveré con la cabeza de la bestia. ¡Te dije que no salieras esta noche! ¡Vete!

La niña se fue corriendo y llorando calle arriba directa a su casa

El humano montó su caballo y siguió a la bestia ladera abajo pero esa cosa era mucho más rápida que un caballo y escaló peñas saltando, dejando a su perseguidor atrás perdiéndole de vista.

- Ahora ya solo tienes un ojo, monstruo - dijo Vincent, dejando huir a la bestia. Era mejor que se confiara.

No se sentía orgulloso de ser el último dragón en la región. Era símbolo de su fracaso. Actualmente era el único que seguía esperando y acechando a la bestia, ni siquiera los cazadores más osados seguían saliendo en las noches de Luna llena por miedo a la bestia. Vincent sabía de sobra que tenía esa noche y solo esa noche para darle caza hasta el próximo mes. Luego la bestia desaparecía y no había forma de localizar su guarida. Solo los más incautos e incrédulos salían las noches de luna llena. Estaba furioso porque su hija se había escapado por la ventana para ver a su amigo... que ahora estaba muerto, junto a su madre. Él vengaría a ambos, vengaría a cada familia mutilada sin piedad por esa bestia. Preciosas jovencitas prometidas dejaron a sus novios destrozados, niños llenos de vida y alegría daban esperanza a la región por que todas las familias tenían al menos cinco. Todas habían sufrido perdidas irreparables y esa bestia tenía la culpa de todo el dolor del pueblo de Gévaudan. Esa noche, la bestia regaría el campo con su sangre. Al fin tenía un rastro y pensaba seguirlo aunque le llevara al mismo infierno.

Con un farol de aceite siguió con calma a su fiel perro Talmud, que captó el olor y lo siguió montañas arriba. Vincent pidió al herrero que le hiciera balas con el metal más duro que tuviera, con forma más alargada y a ser posible de un metal que en la sangre resultara letal. El herrero le ofreció balas de hierro pero le dijo que si de verdad quería hacer daño a esa bestia, debía usar balas de plata. Le fabricó una docena de ellas y Vincent pagó con el dinero que había estado ahorrando. Era medio quilo de plata, casi cincuenta gramos por bala, toda una fortuna. En su encuentro con la bestia no había tenido tiempo de cargar su mosquete con ninguna de ellas. Ahora mientras seguía a la bestia siguiendo a Talmud tuvo tiempo de cargar una con bastante pólvora dentro. Un disparo que mataría a un elefante y que costaba casi lo mismo que un caballo. No podía fallar.

El rastro siguió ascendiendo en paralelo al río y en una hora divisó las luces del pueblo de San Andrés de los Alpes. Talmud podía seguirlo esta vez porque la bestia iba soltando sangre por su ojo. Cuando pasaban por algún lugar cerrado o donde la bestia podía esconderse su perro olisqueaba todo antes de entrar él y así se aseguraba que no le saltara encima. Debía tener un escondrijo por alguna parte.

De repente el perro ladró a unas piedras que les cortaban el paso. Vincent bajó de su caballo y se acercó silenciosamente al perro. Apuntó por encima de la roca y esperó.

Entonces escuchó un alboroto de ramas al otro lado y vio cómo la bestia corría debilitada hacia el río. Vincent se alarmó ya que allí abajo había mujeres lavando la ropa y podría llevarse por delante a varias de ellas. Subió a su caballo y lo hizo galopar colina abajo.

Silbó lo más alto que pudo para avisar a las mujeres y éstas, al verle siguiendo a la bestia corrieron despavoridas dejando sus cestos junto al río. La bestia se giró repentinamente y Vincent tuvo que refrenar a su caballo como pudo para no caer dentro de sus fauces. Cuando su caballo estaba sobre dos patas relinchando amarró la correa de su arma al brazo.

Apuntó a la boca y disparó. La bestia se movió justo antes y la bala le penetró en el cuello haciendo saltar piel, sangre y tendones. Vincent lanzó un grito de alegría, ya que la bala no había rebotado, pero la bestia seguía viva y estaba furiosa. Se enfureció tanto que agarró a Talmud y lo partió por la mitad con sus garras. Luego saltó hacia él y justo a tiempo pudo tirarse al suelo desde la silla de su caballo antes de que la bestia le destrozara con las garras. El caballo salió galopando montaña arriba y les dejó a ellos dos solos. La bestia tuerta y herida se quedó mirando a Vincent como si disfrutara de su victoria. Parecía que la herida de su cuello no la había debilitado en absoluto a pesar de sangrar profusamente. La herida del ojo parecía más grave, pero el otro ojo le miraba con un odio indescriptible. Parecía una mirada humana.

Vincent tuvo el tiempo justo para volver a cargar su arma y disparar. La bestia saltó sobre él con las garras por delante y sus mandíbulas abiertas, dispuestas a descuartizarle a dentelladas. La bala atravesó su paladar y le reventó la tapa de los sesos matándola en el acto.

Esa noche una patrulla de San Andrés encontró el cuerpo moribundo de Vincent junto al de la enorme bestia con el cráneo reventado por una bala de plata. La bala mató al monstruo justo cuando éste le arrancaba la armadura de un zarpazo y le dejaba tres enormes surcos sangrientos en el pecho.

Vincent sobrevivió pero no sin lamentables secuelas. Nunca más pudo montar a caballo y tuvo que renunciar a su puesto de honor que el rey le ofreció en Paris, por su hazaña. Se le hizo un homenaje como el héroe que derrotó a la bestia con balas de plata y pasó el resto de sus días en Gévaudan, con su familia, viviendo de sus tierras y narrando la historia de cómo derrotó él solo a la bestia a todo el que se lo preguntara.

En cuanto a la bestia, se hicieron dibujos y su leyenda hizo tan famosa a la región que mucha gente solo iba para poder ver su cadáver, expuesto en la parte alta de la puerta de la iglesia. Cuando estuvo lo bastante podrida como para poder enseñarla, la disecaron. Pero años después se llenó de gusanos y apestaba así que para satisfacer a los turistas hicieron una estatua a tamaño real que a día de hoy sigue en pie para quien quiera ir a visitarla y rememorar su historia.

 

FIN

 

30 de junio de 1764

 

            En el pueblo de Gévaudan, Francia, al norte de los Pirineos vivía una niña de 14 años llamada Jeanne Boulet. Era bastante bonita, pelo rizado oscuro y ojos claros que hacían dudar a sus padres qué antepasado podía haber tenido unos ojos tan llamativos.

            Jeanne pastoreaba las ovejas como cualquier otra niña de su edad, en la falda de la montaña. En esa época del año el frío de la noche era tal que podía coger una pulmonía si no se abrigaba bien. Por ello sus padres le dijeron que no fuera muy lejos y que trajera las ovejas antes del anochecer. La salud de Jeanne no era muy buena y cualquier golpe de frío amenazaba con terminar en una pulmonía.

            Jeanne tenía un bastón aproximadamente de su altura y con él caminaba. Supuestamente era para golpear a las ovejas desobedientes pero para eso estaban Dalton y Macón. Los dos perros que siempre la acompañaban en sus trabajos de de pastoreo.

            Como no tenía con quién hablar durante todo el día, consideraba a sus perros guardianes sus mejores amigos y les hablaba como si fueran personas. Dalton era más oscuro que Macón.

            Aquella mañana del 30 de junio se levantó niebla del horizonte y esta fue arrastrándose montaña abajo hasta alcanzar al rebaño de Jeanne. Los perros ladraban como locos y aunque Jeanne les ordenó que mantuvieran juntas a las ovejas, estos terminaron perdiendo de vista a varias hasta que la nube pasó y la niña pudo hacer recuento de reses.

            - Faltan tres - dijo, preocupada.

            Los perros ladraban como si estuvieran echándose la culpa uno a otro. Mientras tanto las ovejas pastaban plácidamente en un prado verde humedecido por la reciente neblina.

            - Dalton, busca - gritó ella, nerviosa.

            El perro oscuro se volvió hacia ella y ladró con más fuerza. Ese gesto asustó a la niña que le pidió repetidas veces que se callara. El perro parecía haber enloquecido. Macón ni siquiera ladraba hacia ella sino a un matorral de espinos y zarzas.

            - ¿Qué pasa Macón? - le preguntó ella.

            De repente los matorrales se movieron con brusquedad. Los perros dejaron de ladrar y las ovejas empezaron a balar, aterradas.

            - Me vais a volver loca, ¿podéis callaros? - dijo Jeanne -. Mis padres me van a matar, tres ovejas perdidas…

            El matorral volvió a moverse y esta vez algo salió de su interior. Lo que Jeanne vio fue una especie de caballo con cabeza de lobo. Su aspecto era tan aterrador que todos los animales se quedaron mudos y la niña profirió un grito que se escuchó hasta en el pueblo de Gévaudan, a más de cuatro kilómetros de distancia.

            La bestia peluda arremetió contra una oveja y le arrancó la cabeza de un bocado. Jeanne se quedó paralizada y no pudo evitar gritar con todas las fuerzas de sus pulmones. La bestia se giró hacia ella y trató de atacarla pero los perros la defendieron. A pesar de ser dos grandes pastores alemanes, la bestia era cuatro veces más grande que estos. Uno de los perros le saltó al cuello pero la bestia se puso a dos patas y con su zarpa destrozó la cara del perro, que cayó muerto a un par de metros. El otro perro, Macón, se amedrentó un poco al ver eso pero se interpuso entre la niña y el gigantesco animal. Hubo un par de segundos en los que se mantuvieron la mirada pero después fue la bestia la que saltó al cuello del perro y de una dentellada le decapitó. La niña siguió gritando y lo último que escucharon los habitantes de Gévaudan fue que su grito se cortaba súbitamente, como si alguien la hubiera metido en el agua de repente.

 

            Esa misma tarde encontraron el cuerpo decapitado de la niña y varias ovejas y sus dos perros muertos en el prado. El resto de animales se habían dispersado.

            La historia de la niña decapitada por una bestia se propagó como la pólvora en toda la región de Gévaudan. Se hablaba de un lobo gigante e incluso de un hombre lobo que atacaba en la luna llena. En esa región era habitual creer en lo sobrenatural y por ello el hecho de que hubiera una víctima real hizo revivir todos los mitos. El miedo se apoderó de toda la región.

            En el transcurso del verano murieron más niños, más animales e incluso mujeres adultas. La bestia llegó a matar a dos personas el mismo día lo cual causó gran pánico entre los habitantes de la región que ni siquiera se atrevían a salir a cazar a esa bestia por miedo a ser devorados. El alcalde de Gévaudan colocó carteles en la iglesia solicitando voluntarios para salir a en una batida a localizar y matar al monstruo pero solo se apuntaron a la misión tres hombres, los familiares de las víctimas.

            La batida de caza se llevó media docena de perros. Dos pastores alemanes y cuatro galgos. Después de un día y medio de búsqueda lo único que trajeron fue el testimonio de que habían visto a lo lejos a la bestia y que era tan grande como un caballo, pero mucho más rápido y ágil por lo que no pudieron alcanzarla. Su rastro se perdía en el río. Todos coincidían en una cosa, era una especie de lobo con una ralla negra atravesando su lomo.

           

             El rumor del lobo de 100 kilos se extendió por toda Francia y cazadores de los cuatro puntos cardinales acudieron a ver con sus propios ojos al magnífico animal. Todos pretendían ser los héroes que salvarían a las doncellas del temible monstruo y a cambio solo cobrarían una jugosa recompensa por su pelambrera.

            Sin embargo los incautos cazadores pensaban que los dichos populares aumentaban el tamaño de la bestia y que lo que tenían que cazar era un lobo más grande de lo normal, a lo sumo como un mastín. Pero cuando se topaban con la bestia salían corriendo despavoridos explicando a los lugareños que no solo era como un caballo, sino más grande aún.

            - Me fue imposible matarla porque las balas rebotaban de su cuerpo -dijo uno de ellos. Aunque todos los que la disparaban decían lo mismo. Parecía que su piel era tan gruesa como diez capas de cuero bien curtido. No había arma que pudiera dañarla. Incluso habían probado a matarla con hachas y espadas y el acero no causaba daño alguno en su piel. Según decían, era como intentar cortar un árbol de un solo espadazo.

            Al menos, lo que decían los que regresaban con vida para contarlo. El resto aparecía pocos días después despedazados, junto con sus perros y su caballo o burro.

            A final de año eran 54 las víctimas encontradas. Era tal el pánico que despertaba que el mismísimo rey de Francia se vio obligado a mandar a sus tropas de élite, "los dragones". Eran los soldados mejor preparados para la guerra y se decía que ellos solos podían defender Paris de un ejército invasor.

            Los dragones eran los soldados con más experiencia del ejército. Nadie podía aspirar a entrar sin llevar al menos diez años sirviendo activamente. Además se requería medir una determinada estatura, como mínimo 1'84 m para poder pedir el ingreso. Además era obligatorio saber leer y escribir y por si fueran pocas restricciones también había una que los distinguía del resto de soldados. Tenían que dejarse un espeso bigote.

            Por ello fue tan notorio en la región ver llegar a un centenar de soldados vestidos con armadura plateada, mosquetes largos y luciendo mostachos al unísono en su paso por el valle. El capitán era notoriamente el más corpulento, maduro y fuerte de los dragones y resultaba intimidador hablar con él.

            - El rey de Francia hace saber que la bestia ha de ser erradicada de la región -dijo el portavoz de los dragones en la plaza del pueblo -. Cualquiera que tenga noticias de su paradero, dónde mora o si la ha visto recientemente, acérquese y tendrá su recompensa.

            Montaron unas tiendas de campaña militares en la zona donde había habido más víctimas y estaban muy confiados en que podrían acabar sin tardanza con la bestia. Eran más de cien soldados de élite, pertrechados con armaduras de acero, lanzas, arcos, hachas y mosquetones. Incluso habían traído cañones por si eran necesarios.

La gente de Gévaudan les había recibido como héroes pero con el paso de los meses lo único que hacían era comer como animales y no pagar un céntimo alegando que era su paga justa por jugarse la vida por ellos. Sin embargo cada luna llena volvía a haber víctimas mortales y ellos nunca llegaban a tiempo. Parecía que la bestia les evitaba.

 

 

Dos años después...

 

            Vincent era un "dragón". El último de los dragones enviados por el rey. Durante esos años habían tratado de dar caza a esa bestia sin resultados. No se la veía frecuentemente y cuando lo hacía ya había desaparecido cuando ellos llegaban. Nadie tenía la menor idea de dónde estaba su guarida y en ese tiempo el rey Luis decidió retirar a todos los dragones, incluido Vincent. Sin embargo él se había casado en Gévaudan y tenía una hija. Pidió al rey un permiso especial para quedarse hasta dar caza a la bestia. No había día de luna llena que la bestia no saliera de su escondrijo a buscar comida y siempre, invariablemente, atacaba a mujeres o niñas indefensas. Esa bestia cobarde no podía seguir cometiendo sus fechorías impunemente y el honor y la responsabilidad de Vincent le obligaban a cumplir su misión antes de morir.

           

            A doce millas de distancia Ulrich Stewart bebía sin control en una taberna de San Andrés de los Alpes. Era un pueblo grande y las tabernas estaban abarrotadas de gente. Ulrich solo era un borracho más de la horda de borrachos habituales de aquella taberna. Solo le diferenciaba una cosa del resto de los borrachos y era su enorme estatura con la que apenas podía pasar por la puerta de la taberna y su marcado acento inglés. Medía dos metros diez centímetros, erguido. Encorvado no llamaba tanto la atención. Algunos le llamaban el inglés por su acento y porque había vivido casi toda su vida en Londres hasta que tuvo problemas legales y tuvo que emigrar a París. Allí también tuvo problemas y decidió mudarse a ese pueblecito perdido en las montañas.

            Cuando salió de la taberna, se sintió solo y el frío le penetró hasta los huesos se puso a llorar. Lo había perdido todo tantas veces que ya solo encontraba sentido a la vida en la bebida. Se ganaba la vida de leñador y la verdad es que no ganaba mucho, lo justo para pagarse sus borracheras y poder vivir en una cabaña apartada del pueblo. Había tenido familia dos veces. La primera fue en Londres, donde todos aparecieron descuartizados después de que se emborrachara una noche. La policía le quería culpar a él así que se marchó. La segunda familia la tuvo en Paris, donde conoció a una hermosa cortesana y la convenció de formar una familia. No pasó ni una semana viviendo con ella y también apareció descuartizada en su casa, tras otra borrachera. Esta vez supo que tuvo algo que ver con su muerte porque tenía la boca y las manos empapadas en su sangre.

            Ulrich no se sentía bien estando sereno, era cuando le entraban ganas de suicidarse y quería llorar. El sentimiento de culpa desaparecía en cuanto el aguardiente penetraba por su gaznate. Así podía creerse sus propios argumentos sobre las extrañas muertes de sus mujeres y se creía que él solo perdía el sentido y alguien aprovechaba para matarlas y llenarle de sangre a él para echarle la culpa de todo.

            Desde que se mudó a San Andrés no tuvo más problemas. No buscó mujeres ni se metió en líos. Además a menudo, después de una borrachera aparecía en la puerta de su casa, embadurnado de barro, empapado y desnudo pero se sentía más fuerte y no tenía ni hambre. No recordaba nada de lo que hacía pero le gustaba imaginar que un ricachón le solía invitar a un buen banquete a cambio de tener una orgía con él. Aunque prefería imaginar que unas prostitutas se aprovechaban de él y su cuerpazo musculoso y a cambio de sus favores ellas le daban de comer hasta hartarse. Lo cierto es que siempre recordaba vagamente mujeres gritando... a veces niñas. No le importaba si las niñas seguían el camino de sus madres. Como no lo recordaba le importaba muy poco el hecho es que no pasaba hambre esos días y no tenía que cocinar.

            Esa noche de camino a su casa miró al cielo y vio las estrellas resplandecer. Las nubes ocultaban la Luna y se preguntó si habría Luna llena. Entonces adivinó su contorno redondo y le pareció increíblemente hermosa. Abrió los brazos, animado por el alcohol que había bebido, como si quisiera abrazar la luna y la nubes pero éstas pasaron de largo. La Luna llena apareció en todo su esplendor y Ulrich se quedó mirándola, paralizado.

            Cerró los ojos y su cuerpo cayó al agua helada inconsciente. Él no sabía que todo empezaba así desde hacía tres años. Caía como muerto al río y a varios kilómetros de distancia, río abajo, emergía una bestia enorme con forma de lobo pero tan grande como un caballo. Esa bestia corrió por las montañas y buscó algo que comer. Llegó a la aldea de Gévaudan y sigilosamente acechó entre los arbustos. Vio a una mujer y dos niños llevando cántaros de agua desde el río a su casa. La bestia saltó de su escondite y devoró a uno de los niños con placer y ansia. Los gritos de la mujer le desquiciaban y después saltó sobre ella. Al primer mordisco la dejó en silencio e irreconocible. La niña superviviente miró a la bestia con expresión de pánico pero no gritó tal y como le había enseñado su padre. "Si ves al monstruo no te muevas, no grites, solo corre cuando se distraiga". La bestia la olisqueó y le lamió la cara intentando hacerse amiga de ella. La niña temblaba de terror así que la bestia pronto se aburrió de su juguete y decidió comérsela, tenía tanta hambre que comería tres como ella.

            - ¡Jeanette! - gritó alguien a su espalda.

            Entonces un impacto le alcanzó por detrás. Alguien le estaba atacando. Se volvió y miró al osado atacante, no sería el primero que se comería a mordiscos.

            Vio a un hombre corpulento, de unos dos metros de altura, vestido de armadura de acero y portaba un mosquete. Debía rondar los cuarenta años pero su fortaleza y veteranía se veían en sus ojos y la bestia no se movió, estudiando a su oponente.

            - Parece que el plomo no te gusta, bestia - dijo ese hombre. Su mostacho se movía de forma graciosa sobre sus labios.

            La bestia rugió tan fuerte que el valle devolvió ecos de su voz. La niña, Jeanette, gritó al escucharlo como un chirrido agudo y ensordecedor.

            El osado humano le apuntó a la cara aprovechando la distracción de la bestia y volvió a disparar. La bala le dio en el ojo y el dolor que sintió fue tan agudo que salió corriendo, alejándose del humano y la niña..

            - Hija -Vincent corrió hacia la niña y esta dejó de gritar -, vete corriendo a casa y cierra la puerta con candado. Dile a mama que volveré con la cabeza de la bestia. ¡Te dije que no salieras esta noche! ¡Vete!

            La niña se fue corriendo y llorando calle arriba directa a su casa

            El humano montó su caballo y siguió a la bestia ladera abajo pero esa cosa era mucho más rápida que un caballo y escaló peñas saltando, dejando a su perseguidor atrás perdiéndole de vista.

 

            - Ahora ya solo tienes un ojo, monstruo - dijo Vincent, dejando huir a la bestia. Era mejor que se confiara.

            No se sentía orgulloso de ser el último dragón en la región. Era símbolo de su fracaso. Actualmente era el único que seguía esperando y acechando a la bestia, ni siquiera los cazadores más osados seguían saliendo en las noches de Luna llena por miedo a la bestia. Vincent sabía de sobra que tenía esa noche y solo esa noche para darle caza hasta el próximo mes. Luego la bestia desaparecía y no había forma de localizar su guarida. Solo los más incautos e incrédulos salían las noches de luna llena. Estaba furioso porque su hija se  había escapado por la ventana para ver a su amigo... que ahora estaba muerto, junto a su madre. Él vengaría a ambos, vengaría a cada familia mutilada sin piedad por esa bestia. Preciosas jovencitas prometidas dejaron a sus novios destrozados, niños llenos de vida y alegría daban esperanza a la región por que todas las familias tenían al menos cinco. Todas habían sufrido perdidas irreparables y esa bestia tenía la culpa de todo el dolor del pueblo de Gévaudan. Esa noche, la bestia regaría el campo con su sangre. Al fin tenía un rastro y pensaba seguirlo aunque le llevara al mismo infierno.

            Con un farol de aceite siguió con calma a su fiel perro Talmud, que captó el olor y lo siguió montañas arriba. Vincent pidió al herrero que le hiciera balas con el metal más duro que tuviera, con forma más alargada y a ser posible de un metal que en la sangre resultara letal. El herrero le ofreció balas de hierro pero le dijo que si de verdad quería hacer daño a esa bestia, debía usar balas de plata. Le fabricó una docena de ellas y Vincent pagó con el dinero que había estado ahorrando. Era medio quilo de plata, casi cincuenta gramos por bala, toda una fortuna. En su encuentro con la bestia no había tenido tiempo de cargar su mosquete con ninguna de ellas. Ahora mientras seguía a la bestia siguiendo a Talmud tuvo tiempo de cargar una con bastante pólvora dentro. Un disparo que mataría a un elefante y que costaba casi lo mismo que un caballo. No podía fallar.

            El rastro siguió ascendiendo en paralelo al río y en una hora divisó las luces del pueblo de San Andrés de los Alpes. Talmud podía seguirlo esta vez porque la bestia iba soltando sangre por su ojo. Cuando pasaban por algún lugar cerrado o donde la bestia podía esconderse su perro olisqueaba todo antes de entrar él y así se aseguraba que no le saltara encima. Debía tener un escondrijo por alguna parte.

            De repente el perro ladró a unas piedras que les cortaban el paso. Vincent bajó de su caballo y se acercó silenciosamente al perro. Apuntó por encima de la roca y esperó.

            Entonces escuchó un alboroto de ramas al otro lado y vio cómo la bestia corría debilitada hacia el río. Vincent se alarmó ya que allí abajo había mujeres lavando la ropa y podría llevarse por delante a varias de ellas. Subió a su caballo y lo hizo galopar colina abajo.

Silbó lo más alto que pudo para avisar a las mujeres y éstas, al verle siguiendo a la bestia corrieron despavoridas dejando sus cestos junto al río. La bestia se giró repentinamente y Vincent tuvo que refrenar a su caballo como pudo para no caer dentro de sus fauces. Cuando su caballo estaba sobre dos patas relinchando amarró la correa de su arma al brazo.

            Apuntó a la boca y disparó. La bestia se movió justo antes y la bala le penetró en el cuello haciendo saltar piel, sangre y tendones. Vincent lanzó un grito de alegría, ya que la bala no había rebotado, pero la bestia seguía viva y estaba furiosa. Se enfureció tanto que agarró a Talmud y lo partió por la mitad con sus garras. Luego saltó hacia él y justo a tiempo pudo tirarse al suelo desde la silla de su caballo antes de que la bestia le destrozara con las garras. El caballo salió galopando montaña arriba y les dejó a ellos dos solos. La bestia tuerta y herida se quedó mirando a Vincent como si disfrutara de su victoria. Parecía que la herida de su cuello no la había debilitado en absoluto a pesar de sangrar profusamente. La herida del ojo parecía más grave, pero el otro ojo le miraba con un odio indescriptible. Parecía una mirada humana.

            Vincent tuvo el tiempo justo para volver a cargar su arma y disparar. La bestia saltó sobre él con las garras por delante y sus mandíbulas abiertas, dispuestas a descuartizarle a dentelladas. La bala atravesó su paladar y le reventó la tapa de los sesos matándola en el acto.

 

            Esa noche una patrulla de San Andrés encontró el cuerpo moribundo de Vincent junto al de la enorme bestia con el cráneo reventado por una bala de plata. La bala mató al monstruo justo cuando éste le arrancaba la armadura de un zarpazo y le dejaba tres enormes surcos sangrientos en el pecho.

            Vincent sobrevivió pero no sin lamentables secuelas. Nunca más pudo montar a caballo y tuvo que renunciar a su puesto de honor que el rey le ofreció en Paris, por su hazaña. Se le hizo un homenaje como el héroe que derrotó a la bestia con balas de plata y pasó el resto de sus días en Gévaudan, con su familia, viviendo de sus tierras y narrando la historia de cómo derrotó él solo a la bestia a todo el que se lo preguntara.

            En cuanto a la bestia, se hicieron dibujos y su leyenda hizo tan famosa a la región que mucha gente solo iba para poder ver su cadáver, expuesto en la parte alta de la puerta de la iglesia. Cuando estuvo lo bastante podrida como para poder enseñarla, la disecaron. Pero años después se llenó de gusanos y apestaba así que  para satisfacer a los turistas hicieron una estatua a tamaño real que a día de hoy sigue en pie para quien quiera ir a visitarla y rememorar su historia.

 

 

FIN 

 

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Comentarios: 3
  • #1

    carla (martes, 05 julio 2011 19:36)

    Uuuh! Buena, estuvo bien para ser una historia corta!!

  • #2

    JESSENIA (miércoles, 23 noviembre 2011 21:59)

    M

  • #3

    Juicers Reviews (domingo, 21 abril 2013 10:19)

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Animal es el que abandona a su mascota.

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