Camino a los infiernos

10ª parte

 

 

            Pedro deambuló por la ciénaga de la enfermedad y la desesperación durante horas con él en brazos. Antonio ni siquiera tenía fuerzas para elevar su reloj y ver la hora. Sentía que sus miembros se entumecían pero no desaparecía el insoportable dolor de sus extremidades. Además había dejado de poder respirar por la nariz, le picaban los pulmones y había comenzado a toser.

            A pesar de todo, su amigo no desfalleció ni un instante y siguió caminando sobre el fango.

            - Estabas realmente enamorado de ella - dijo Antonio, intentando distraerse del dolor.

            - No pude sacármela de la cabeza - respondió Pedro -. Y sabes lo peor,... Yo la condené al infierno, fue mi culpa que pactara con el Diablo y le entregara su alma y su vida. Ya es duro imaginar que una persona que quieres lo está pasando mal, que está sufriendo. Más aún, mucho más,... que sea por culpa tuya. Estuve pagando por mi pecado en el fuego eterno, en el infierno del terror, busqué mi lugar y allí encontré lo que buscaba. Me sentí en paz al dejar que los diablos de la oscuridad me dieran caza. Los muertos tenemos libertad para bajar a los niveles más profundos, aunque no tanta para subir. Me habría quedado allí de no ser por que él vino a buscarme.

            - ¿Quién?

            - Satanás. Me despertó y me dijo que vendrías. Me ofreció la oportunidad de salir del infierno si te ayudaba a escapar. Así fue cómo me ayudó a subir hasta el océano de cabezas y pude encontrarte. No fue casualidad.

            Antonio suspiró con desesperación.

            - No tenemos ninguna posibilidad - susurró el detective.

            - Mientras yo siga en pie, no puedes perder la esperanza.

            - ¿Qué le diste a cambio? - preguntó Antonio.

            - ¿Cómo? - preguntó Pedro.

            - A cambio de ayudarte a encontrarme, ¿qué te pidió?

            - Me dijo que si no lo conseguíamos, tendría que ser el guardián de la primera puerta.

            - ¿Estás loco? - preguntó Antonio -. No debiste aceptar.

            - Es mejor eso que seguir aquí abajo - replicó Pedro.

            - Es una trampa. El Diablo sabe que Verónica te irá a buscar. Allí ella te podrá ver a través de los espejos, la atrapará.

            Pedro negó con la cabeza, convencido.

            - Amigo mío, no contemplo la posibilidad de que no lo consigamos. Hubiera vendido el alma de mi madre porque sé que lo lograremos.

            - ¿Te parece que soy capaz de lograr algo? - preguntó Antonio, con dificultades para respirar.

            Su contertulio le miró con una sonrisa.

            - Confía en mí.

            - Sigues sin ver la puerta - más que preguntar, Antonio lo afirmaba.

            - Ni rastro, pero seguiré caminando. Aparecerá.

            Antonio estaba fascinado por la fuerza que estaba demostrando Pedro. No parecía agotado por cargar con su peso. Se quedó mirando hacia arriba, ¿a dónde más iba a mirar? Se le cansaba su cuello de mirar hacia adelante, buscando con la mirada cualquier pista del último archidemonio. Sobre sus cabezas flotaba el océano de sangre y, al igual que en todos los círculos, algunas almas caían desde allí como una lluvia ligera. Pobres desgraciados, estaban llegando al peor de los infiernos.

            - Cuando llegué al infierno – explicaba Antonio mientras caminaba -, me sorprendió ver que todos los círculos tienen una cosa en común. Dios no castiga a nadie, aquí no hay rastro de él. Todos los que hemos llegado aquí buscábamos nuestro propio bienestar. Aquí se nos abrieron los ojos y fuimos conscientes de todas las ocasiones en las que nos faltó amor. En el primer círculo están los abandonados sin corazón, aquellos que amaron mucho pero al no ser correspondidos perdieron la oportunidad de entregarse a los demás. Algunos de aquí prefieren llamarlo Limbo. El segundo círculo es el cielo de los justos sin corazón, de aquellos que pensaban entrar en el cielo cumpliendo los mandamientos de Dios y los que otras personas les enseñaban. Aquellos que preferían dar dinero a su culto religioso que a una persona agonizante en la calle. He aprendido de este lugar que lo que falta es el amor y lo que más nos tortura a todos es su ausencia. Cuando tú llegaste me sorprendió que nos escucharas, fue la primera vez que noté que alguien demostraba piedad por los demás. Querías ayudarnos a todos a pesar de que tu única esperanza era salir cuanto antes. Por eso supe que no permanecerías con nosotros mucho tiempo, estoy seguro de que lograrás salir de aquí. El amor no tiene sitio entre los reos del infierno.

            - Los grandes males del mundo suelen ser por que el responsable carece de amor por los demás – respondió Antonio, sintiéndose halagado por las palabras de su amigo.

            Pedro tenía que esquivar los cuerpos agonizantes de miles de personas que habían perdido el juicio por culpa del dolor. Algunos conservaban las fuerzas para suplicar clemencia y otros para suplicar una muerte que ya nunca les llegaría.

            - Maldita sea, ahí está - renegó Pedro.

            - ¿Encontraste la puerta? – se alegró Antonio.

            - No, el verdugo.

            Pedro se agachó y le dejó en el suelo.

            - No nos ha visto, no te muevas.

            Dicho eso se tumbó en la ciénaga, a su lado, sumergiendo su cuerpo en aquella repugnante agua. Antonio no podía ver al verdugo, pero le escuchaba a lo lejos. Caminaba con lentitud, chapoteando ruidosamente sobre el fango emponzoñado. 

            Al volver a sumergir sus extremidades en ese líquido, Antonio sintió fuertes dolores en sus heridas. Le abrasaba, era como ácido y tuvo que apretar los dientes para no gemir en voz alta. Pedro le vio sufrir y le tapó la boca con la mano. No sabía que no podía respirar por la nariz y Antonio comenzó a asfixiarse. Sin embargo no tenía modo de resistirse. No tenía fuerzas ni para gritar.

            Cuando al fin apartó la mano de su boca, los chapoteos de los pasos se habían alejado y Antonio pudo respirar de nuevo. Esta vez, mucho más débil. Sentía que su corazón no tardaría en decir basta.

            - Continuemos - siseó Pedro, sin mirarle.

            Quiso decirle que ya era tarde para él, que le dejara allí, pero ni siquiera tenía fuerzas para vocalizar una sola palabra.

            - Aguanta, tiene que estar cerca.

            Antonio puso los ojos en blanco y se dejó llevar. Lo más terrible del infierno era que no se podía perder el sentido. Estaba deseando dormir y no volver a despertar, pero el dolor era demasiado agudo, nunca podría dormir mientras su corazón resistiera.

            No supo precisar el tiempo que pasaron vagando por la ciénaga, Antonio quería mirar el reloj. Quería que pasaran los tres días para que Fausto le encontrara y terminara con su sufrimiento. Quería morir ya que no creía posible que se salvara de aquello y si lo hacía, sin duda perdería brazos y piernas. Sería una vida lamentable y horrible.

            - Allí está - dijo Pedro triunfal -. Es increíble que no la viéramos antes, parece una montaña. Aguanta, llegaremos en menos de una hora.

            Una hora, ¿tan lejos estaba? Antonio intentó mover la cabeza para mirar pero ni siquiera podía mover su cuello. No le quedaban fuerzas más que para mantenerse consciente del dolor y cómo sus múltiples infecciones estaban destrozándolo por dentro.

            El tiempo se le hizo eterno, a cada paso que daba Pedro, él sentía que le intentaban arrancar los cuatro miembros. Aunque las puntas de los dedos las tenía adormecidas, el dolor de las heridas y fracturas era insoportable.

            Cuando Pedro pisó algo duro como la roca Antonio trató de ver lo que tenían delante. Era la espalda de un archidemonio gigantesco, enterrado hasta los hombros. Su cabeza carecía de cuello y seis enormes cuernos se elevaban a varios cientos de metros de altura. Su rostro era muy feo, parecía un cerdo enfadado.

            - Ábrenos la puerta - ordenó Pedro.

            El Leviatán no obedeció.

            - Vamos, abre la puerta, tenemos que pasar - insistió Pedro.

            Al ver que no hacía caso, Pedro perdió fuerzas y le dejó en el suelo. Estaba totalmente demacrado, el esfuerzo que había hecho para llevarlo allí le había mermado toda la resistencia.

            Antonio quiso moverse, pero no podía. A lo mejor si él le pedía que abriera, le haría caso.

            - Hemos hecho un largo camino, déjanos entrar – insistió.

            - Los muertos no pueden entrar – sonó una voz gutural.

            Pedro miró a Antonio y le pidió que hablara. Hasta ese momento no se había percatado que apenas tenía fuerzas para respirar y ni siquiera parecía capaz de eso. Tenía la boca muy abierta y se veía en sus ojos que cada bocanada de aire que conseguía aspirar alargaba su suplicio un poco más.

            - Es el fin. Creí que lo conseguiríamos - se rindió Pedro, al ver a su amigo tan mal.

            Alguien caminaba tras ellos y se situó a escasos metros de su posición. Temieron que se tratara del verdugo pero no era él.

            - Casi lo consigues - dijo la voz casposa de un viejo-. Me has impresionado, aunque claro, era fácil si te ayudan.

            - ¿Y tú quién eres? - preguntó Pedro.    

            - Me llamo Fausto, soy tu... antecesor. Apártate de él, ha llegado la hora de que muera.

            - No vas a matarlo - le defendió Pedro.

            - Vamos, ya has hecho suficiente por él.

            - No dejaré que le toques - le retó Pedro.

            Antonio estaba sorprendido por la valiente actitud de su amigo. Aquello le dio ánimos suficientes para mover los ojos y el cuello y ver a los dos, frente a frente, Pedro interponiéndose entre él y Fausto.

            No le quedaban apenas fuerzas, sentía que la fiebre le consumía pero reunió todas las que le quedaban para decir una cosa.

            - Ábrete – susurró, invirtiendo todo su aliento en esa palabra.

            Fausto y Pedro se volvieron, sorprendidos. El archidemonio obedeció a su orden y abrió la boca dejando ver un insondable agujero negro en su interior.

            - No te voy a dejar llevarlo - le amenazó Fausto.

            - Y tú no puedes tocarme - le retó Pedro -. El Diablo me quiere vivo.

            - Puedo apartarte como a una mosca - dijo Fausto empujándolo con fuerza y haciéndole rodar por la colina inclinada (que eran los hombros del Leviatán).

            Antonio intentó sentarse pero al ver la deformación de sus brazos y piernas desistió. No tenía nada que hacer, estaba acabado.

            Fausto estaba justo sobre él y sonrió satisfecho.

            - Adiós - se despidió levantando el pie sobre su cabeza.

            Antes de que pudiera aplastarle el cráneo, una sombra voló sobre él y Fausto rodó por el suelo, abrazado por una figura femenina. Antonio la reconoció como su enfermera que, de alguna manera le había debido seguir hasta allí. El viejo se la quitó de encima de dos puñetazos y ésta quedó inerte en el suelo.

            Entonces Pedro volvió a cogerle en brazos y sin mirar atrás le acercó a la boca del Leviatán. Fausto les siguió lentamente y cuanto más se acercaban más corría. Pedro no podía acelerar más, estaba al límite de sus fuerzas.

            - Detente - le ordenó.

            - No vas a conseguir detenernos - dijo Pedro, sin parar de caminar. Aún estaban lejos de la boca y Fausto les adelantó con comodidad.

            - Un golpe de gracia. No le dolerá - puso la mano en su camino y detuvo a Pedro.

            - Apártate - le ordenó Pedro.

            Fausto atacó con todas las fuerzas de su brazo, como si fuera a partir una tabla de karate. Pedro le esquivó a tiempo y corrió hacia la apertura de la puerta infernal. Aquello enojó al viejo que corrió y volvió a empujar a Pedro haciendo rodar a Antonio por el suelo. Con tan mala fortuna que solo tenía que dar un paso más para caer al abismo de la puerta.

            "Tan cerca" - se dijo, desmoralizado.

            Pedro chilló de dolor ante las violentas patadas que Fausto le propinaba. Cuando dejó de torturar a su amigo volvió hacia él y se lo quedó mirando con una mueca de asco.

            - Es asombroso que casi consiguieras llegar - dijo con una media sonrisa.

            Dicho eso levantó su pierna derecha para pegarle una patada, con el fin de alejarlo de la puerta y, cuando Antonio esperaba recibir el impacto, una luz les deslumbró. El colgante de cuarzo que llevaba Antonio colgado en el cuello, el que había llevado durante años, había refulgido de repente y Fausto se llevó las manos a la cara como si estuviera ciego. Nunca estaría tan cerca de su objetivo de modo que movió su cuerpo, reptando y soportando el dolor de sus extremidades. Era un metro, solo un metro y lo lograría, podía usar sus abdominales y su espalda para reptar un poco. Se movió como una serpiente y avanzó unos centímetros, siguió reptando y al fin, su cuerpo cayó al vacío atravesando la apertura.

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Animal es el que abandona a su mascota.

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