Camino a los infiernos

11ª parte

 

                Todo el pantano desapareció, Fausto y Pedro se esfumaron y hasta el dolor cesó por completo. Ni siquiera estaba seguro de que estuviera en algún lugar ya que parecía estar dentro de un sueño complejo y lúcido en el que podía ver todas las cosas a la vez.

                Recordó su vida como si fuera una mentira, toda una farsa para negarse a sí mismo, un intento ridículo de demostrar cosas en las que nadie creía. Era un idealista al que le gustaba llevar la contraria a todo el mundo y se dio pena a sí mismo. ¿Quién era Antonio Jurado? Ni siquiera existía, era un ser ficticio al que le gustaba poner cara. El conocimiento era tan abrumador que perdió consciencia de sí mismo y el entorno que le rodeaba. La luz y la oscuridad perdieron significado ya que ahora el conocer era la auténtica luz y la ignorancia la verdadera oscuridad. Por ello se sentía abrasado por la infinita radiación de conocimiento que recibió en un instante. Vio la vida que había llevado desde una perspectiva tan profunda que en un instante pudo ver la esencia de su estilo de vida.

                Una vida de lujos, una vida que podía haber usado para hacer muchas cosas por los demás, los más necesitados incluso por sí mismo. Podía haber invertido su dinero, sentar la cabeza, casarse, tener una vida normal. Pero prefirió desaparecer de la tierra, decirle a su familia que había muerto y comenzar a vivir como si fuera un fantasma. Siempre había afirmado que para luchar contra ellos tenía que ser como ellos. Nunca tuvo en cuenta que para luchar contra el mal, tuvo que convertirse en el mal.

                En todo ese sin sentido no encontró ni un poquito de amor. Ni siquiera por sus padres, que no le importó nada verles llorar en su propio funeral y no fue capaz de decirles, simplemente, que estaba bien y que quería alejarse de ellos. Egoístamente pensó que así no le buscarían ni le pedirían dinero, que por otra parte lo justo hubiera sido cederles el premio a ellos dado que el dinero con el que compró cada boleto de lotería procedía de ellos. Nunca pensó que tuviera que compartir premio porque cuando le pagaban sus veinte euros semanales, él ya consideraba suyo ese dinero.

                La perfección quedaba muy alejada de su imagen y sintió vergüenza de sí mismo por haber elegido llevar esa vida y ni siquiera tomársela en serio. Podía haberse sentido orgulloso si, al menos, hubiera recibido algún don sobrenatural, capacidad para hablar con los espíritus,... no bastaba con la convicción de creer saber cuándo le mentían y cuándo no. Ni siquiera se había planteado contarle al mundo sus experiencias. Solucionaba casos o, al menos eso creía, y luego ni siquiera escribía sus experiencias. La gente nunca abriría su entendimiento a enemigos del más allá si él no compartía sus conocimientos.

                Cuando recapacitó sobre su vida se sintió con la necesidad de entenderla. Si deseaba continuar con ese estilo tendría que tomárselo más en serio. Debía estudiar más libros sobre leyendas, tenía que moverse más y no esperar que la gente fuera a buscarlo y sobre todo, si quería ayudar de verdad, no podía ser una persona que dependiera de sus armas, tenía que ponerse en forma, usar su dinero para buscar a los fantasmas por su cuenta. Había montones de sitios por donde empezar. Además, podía hacerlo en el anonimato pero debía compartir sus experiencias con el mundo o sino sería una vida tirada a la basura.

                Allí donde estaba, veía a Antonio como una personalidad sin valores, sin fe, sin motivación, llevado únicamente por un sueño que había cumplido y ni siquiera estaba disfrutándolo. Afortunadamente esa persona estaba al borde del abismo. Podía hacer con él lo que quisiera. Lo podía dejar ahí, en la novena puerta, como uno más de los incontables desgraciados que después de su vida habían decidido que preferían no haber existido. Ellos se quedaban en la nada, en el vacío mundo del olvido de Dios. Almas descartadas a las que su mente ya no dedicaba ningún esfuerzo, eran personas que permanecían en la historia del universo como una memoria más, a las que consideraba ya parte del universo como si fueran piedras. Había habido tantas almas así que empezaban a ser necesarias para que pudiera creer que no estaba solo. ¿Abel sería eso?       

                Analizó lo que quedaba de él, en vida, un cuerpo destrozado por las mentiras que él mismo se había acostumbrado a sostener. Sus enfermedades no eran físicas sino mentales, sus miembros destrozados eran su incapacidad de aceptar el mundo como era y vivir en él. Se había creado su propio universo, con sus propias fantasías. Había decidido creer a los chiflados y no escuchar a los cuerdos. Él ya era un despojo humano antes de llegar al infierno. Ahora, al fin era consciente de su propia y nefasta realidad y parecía sorprendido. Lo peor de todo era que todas aquellas mentiras habían provocado en su forma de ser que fuera muy seguro de sí mismo, capaz de juzgar a cualquiera como si él no tuviera culpa alguna de sus propias sentencias. Como si alguien le hubiera nombrado ejecutor de la justicia que él mismo impartía. La justicia de su mano ni siquiera era relativa, solo había una solución para él y era matar, y no tenía en cuenta las circunstancias, ni la persona, ni siquiera escuchaba lo que le dictaba el corazón. Ejecutaba y luego se compadecía.

                Así era su vida, una mentira. ¿Acaso cambiaría algo si le dejaba volver a vivir?

                Al verse reflejado en el espejo tal y como era, Antonio deseó no haber existido. Quizás lo mejor para él era terminar como tantos otros, en el agujero insondable del olvido divino.

                Pero había una persona que confiaba en él, alguien que creía que había ayudado a una de sus víctimas, Verónica. Un chico que había dedicado sus últimas energías en llevarle a ese lugar, con la esperanza de que le sacaría del infierno. Al recordar a Pedro, su ojo (pues él era eso, un ojo que lo veía todo), se quedó mirando al valiente muchacho que tenía las costillas rotas y que estaba siendo torturado salvajemente por Fausto. Aquello no era justo, Fausto debía parar, no podía soportar ver lo que le estaba haciendo a la única persona que había confiado en él. Y ahora, él sí podía juzgar porque lo sabía todo. Sí podía ejecutar porque lo podía todo.

                Se metió en el corazón de Pedro y le dio fuerza, le dió poder, le dió energía. Pedro dejó de sufrir por las patadas de Fausto y sus heridas desaparecieron. Detuvo su última patada con una mano y se levantó como si no hubiera sufrido nada.

                - Ahora que no puedes hacerme nada, vete - le ofreció Pedro, con sincera amabilidad.

                - Te destrozaré - dijo Fausto, enervado por la ira.

                Pedro no necesitó detener sus golpes. Fausto creyó que estaba golpeando a una estatua.

                Antonio disfrutó de aquello, detestaba a Fausto, quería que regresara a su lugar, al primer infierno y lo hizo desaparecer de allí. Se lo llevó a su deprimente habitación en aquel pueblo abandonado. Al verse allí encerrado, Fausto emitió un grito de desesperación desgarrador. Antonio supo, viendo el suplicio de su siervo, que en ese momento, él era el Gemelo.

                Tenía el tiempo en sus manos y podía hacer lo que se le antojase, mientras no cambiara nada. Por eso quiso sacar a Pedro de su condena y cuando quiso presentarse ante él, frente a la puerta del noveno círculo del infierno recordó que también él le había sacado de su infierno y le había ofrecido un trato. "Ayuda a Antonio Jurado y volverás a ver a Verónica". Oh, sí, Verónica... De alguna manera Dios se había hecho con su alma y él la adoraba, la amaba a su manera. Claro que era difícil amar cuando lo único que sentía por toda la creación era aversión. La quería porque era un resplandor en medio de la oscuridad del infierno, un resplandor que atraía a los incautos de los vivos con su candor y su aparente fragilidad. Ahora que se la había llevado Dios, tenía la certeza de que nunca más volvería a menos que ella quisiera hacerlo voluntariamente.

                Recordó que el camino que había hecho seguir a Abel, por cada círculo del infierno, había sido una treta. Siendo ella un alma iluminada, le perdonaría y, como todas las criaturas iluminadas, no dejaría que Abel muriera en el infierno por su culpa. Ella lo había empujado allí cuando todavía era su esclava. Había estado impaciente por ver cuándo regresaría para salvarlo, tenía sus cadenas preparadas. Si ya era una aliada valiosa una mujer viva, hermosa, en medio del infierno, más aún una mujer iluminada. Era suya, la había comprado y no era justo que Dios se la arrebatara.

                Sin embargo ella no había aparecido. Hubo un momento donde Dios hizo algo para salvar a Abel y fue al iluminar su colgante de cuarzo. Una piedra poderosísima que permitía canalizar energía divina a su poseedor, independientemente de dónde estuviera. Aquel resplandor lo provocó ella, estaba seguro. Su primer intento de recuperarla había fracasado.

                Pero ahora que tenía a Pedro restablecido quiso devolverle todo cuanto había hecho por él, quiso ayudarle a reencontrarse con ella, un encuentro nada romántico, por cierto, ya que serían torturados uno frente al otro hasta que comprendieran su gran error por tratar de escapar de él. No le quedaban muchas cartas en su mano, pero aún tenía una baza incuestionable, Antonio debía volver.

 

 

 

 

                Cuando abrió los ojos le dolía el cuello, las piernas, los brazos... Sentía que sus extremidades estaban inutilizadas y se preguntó por qué no había muerto todavía. Sin embargo sus ojos empezaron a acostumbrarse a la oscuridad y vio el interior de un avión repleto de pasajeros en casi completa penumbra. Debían haber apagado las luces para que la gente pudiera dormir.

                Estaba en un avión y su memoria fue despertando, recordándolo todo. Se había quedado dormido y su paso por el infierno había sido una pesadilla. Soñó que se había levantado e ido al baño, donde invocó a Verónica tres veces y ésta se lo llevó al infierno. Había pasado el muro humano, la Gehenna, la oscuridad del terror, las torturas, el mar de sangre y el círculo de la enfermedad y desesperación. Recordaba a Pedro ayudándole, un amigo que llevaba mucho tiempo sin ver, de la facultad. ¿Pedro? ¿Un amigo de la facultad? No recordaba tal cosa y sonrió pensando que los sueños eran realmente caprichosos.

                El dolor de sus piernas y brazos seguía siendo insoportable, esa parte de la pesadilla había sido real. Pero se debía a la inmovilidad.

                Se quitó el cinturón y se puso de pie, moviendo los dedos de los pies dentro de sus zapatos. Los codos los tenía insensibles por tenerlos apoyados todo el tiempo en los reposabrazos, el cuello parecía que se lo habían retorcido en el mismo infierno y era porque durmió todo el rato con la cabeza caída a un lado, probablemente roncando.  Se sintió feliz de estar vivo pero sobre todo porque todo lo que había soñado era alucinante y podía ser cierto. ¿Quién podía negar que, después de todo, había conseguido escapar del infierno? Era más de lo que había imaginado hacer cuando comenzó su andadura como detective de lo sobrenatural. Si alguien le hubiera dicho que entraría y saldría con vida del allí, seguramente no le habría creído.

                Se preguntó si era cierto, si Verónica era ahora un ángel de luz, si realmente se había conseguido arrepentir de todo lo que había hecho. Se preguntó si Pedro, el que le había salvado en su pesadilla, habría salido del infierno igual que él. Deseó volver a dormirse para volver a ese sueño y ver su destino, pero bien pensado había tenido demasiadas pesadillas para un solo viaje de avión.

                Se preguntó si debía seguir siendo un personaje ficticio o debía volver a ser Avelino. Se imaginó presentándose a la gente con su nombre verdadero y arrugó la nariz, asqueado... ¿Quién iba a contratar a un tal Avelino? Todo el mundo le consideraría un chiflado. Sin embargo Antonio Jurado... le gustaba ese nombre aunque no entendía por qué. Bien pensado sí lo entendía, tenía su misma inicial y Jurado era fiel a su especialidad. Era juez y verdugo, él era el jurado de los malos.

                Además, si había escapado del infierno... ¿Quién podría detenerle?

                Sonrió, caminó hacia el baño y vació su vejiga. Se miró en el espejo y negó con la cabeza sonriente.

                - Nunca más vuelvas a invocar a nadie - se ordenó a si mismo.

                Salió del baño y volvió a su asiento.

                Justo a tiempo. Habían encendido las luces del avión y las azafatas iban a repartir el desayuno. En una hora llegaría a Nueva York.

                Seguramente en Estados Unidos tendría mucho más trabajo que en España, o al menos, disfrutaría más buscando nuevos casos inexplicables. Siempre había soñado con trabajar en la Gran Manzana.

 

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Comentarios: 6
  • #1

    yenny (lunes, 11 abril 2011 17:55)

    Me asusté cuando leí que esta era la unica forma en que podia acabar, creía que Antonio iba a morir, que suerte que no fue así , porque me gustan sus historias.
    Espero que salga pronto una historia de Veronica.
    Me gustó nucho esta historia, sigue asi.

  • #2

    Tony (lunes, 11 abril 2011 18:52)

    La próxima será la última de Verónica aunque no sé si será la última de Antonio Jurado. A ver cómo termina.

  • #3

    x-zero (lunes, 11 abril 2011 21:41)

    exelente!! *.*, aun que pacticamente en este relato no deja suspenso y podria ser que si sea la ultima de antonio jurado como mencionas arriba u.u

  • #4

    yenny (miércoles, 13 abril 2011 04:47)

    Espero que sigan mas historias de Antonio porque pueden ser historias con nuevos casos, no es necesario que porque ya resolvio el caso de Veronica que se acaben las historias de este personaje.
    Espero que tenga mas historias aunque no me gustaba este personaje al principio ahora soy fan.

  • #5

    Angelo (lunes, 16 mayo 2011 02:13)

    guao un mes sin leer , tus historias tony , otra vez estoy inmerso en las historias .. excelente como siempre.

  • #6

    carla (martes, 05 julio 2011 20:29)

    Me encanto como fucionaste la historia de el con la de veronica. Y mas por que son mis favoritas. Tienes una imaginacion increible. Sigue asi!!

Animal es el que abandona a su mascota.

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