Camino a los infiernos

2ª parte

 

            Cuando despertó estaba atado a una silla y le dolía intensamente a cabeza. Era extraño, ni siquiera recordaba haber soñado. No sabía dónde estaba, era una habitación en semipenumbra donde hacía muchísimo calor. Podía oler sus ropas apestando a sudor. Trató de soltarse y solo consiguió hacerse unos cortes en las muñecas, las cuerdas eran de esparto áspero y las tenía tan apretadas que era imposible soltarse.

            - Socorro - Gritó -. Sáquenme de aquí.

            Su voz hizo que alguien se moviera al otro lado de una puerta y entró una mujer. Era la enfermera.

            - Le avise de que estaba loco - dijo.

            - Suélteme, déjeme marchar.

            - No puedo hacerlo - replicó, sin el menor sentimiento.

            - Necesitaba el dinero, mi coche esta estropeado y... tuve que hacer un trato.

            - No me importa para qué lo necesitaba, ni si tiene un trato con él.

            - ¿Cómo se llama? - preguntó, tratando de ser amable.

            - Me llamo Elizabeth, aunque muchos me llaman Lily.

            - ¿Su señor?

            - Si tiene un pacto - corrigió ella-, es nuestro señor.

            - Por qué me ha hecho esto, yo solo quería ayudarle.

            Lily se paseo a su alrededor y sonrió.

            - Hace muchos años que no tiene con quien jugar. Mientras le torture a usted me dejara en paz.

            - ¿Torturarme? - protestó -. Entre los dos podemos escapar, tenga el dinero que llevo, cójalo, está en mi bolsillo.

            Antonio miró el lado derecho de su pantalón.

            - Vaya al mecánico y dígale que traiga mi coche, está a un kilómetro, en la autopista.

            - No puedo ayudarle.

            - Quédese lo que sobre, si es por dinero. La batería costará poco más de cien euros. El resto es para usted.

            La enfermera metió su mano en el bolsillo y sacó el billete arrugado como un trozo de periódico inservible.

            - No vuelva a gritar, le despertará - le advirtió, guardándose el dinero en uno de sus bolsillos de su bata blanca.

            Dicho eso se alejó con intención de irse.

            - Por favor - añadió él - suélteme...

            La enfermera le sonrió por primera vez. Abrió un cajón y sacó un cuchillo. Se lo mostró y lo llevó a la parte de atrás de la silla, colocando el mango en su mano derecha.

            - No tiene mucho tiempo - susurró.

            Dicho eso se marchó.

            Antonio sintió ganas de gritarla por no soltar ella las cuerdas. ¿Qué podía hacer él? No era Houdini, se le caería en cuchillo.

            Contuvo su mal genio y lo manejó con los dedos. Cuidadosamente le dio la vuelta para agarrar el filo y entre mano y mano lo dejó empujó lentamente con el filo contra la cuerda. Luego con movimientos de muñeca fue frotando la cuerda y notó que cortaba una hebra, luego otra y otra hasta que se aflojó un poco y finalmente se soltó.

            Se frotó las muñecas, doloridas y con cortes y suspiró aliviado. No se movió de la silla, Guardó el cuchillo a su espalda y se enroscó los restos de la cuerda en las muñecas. Luego esperó.

            Hoy ganaría 4000 euros, se sintió poderoso sabiendo que mataría a ese chiflado en cuanto le tuviera delante. Pensó acuchillarle primero en la tripa, así se debilitaría y no se resistiría. Luego le rebanaría el cuello como a un puerco en plena matanza. Quería salir del infierno... estúpido, él le empujaría de cabeza adentro. Estaba enojado por haber sido engañado por un viejo débil, se sentía humillado. Pero eso iba a cambiar, le vería retorcerse de dolor antes de matarlo... o mejor aún, le dejaría agonizar. Si vivía, mejor, tendría que seguir viviendo en su infierno particular.

            El no era un asesino, pero ahora se trataba de defensa propia. Vivir o morir.

            Entonces tuvo un recuerdo muy nítido en el que atravesaba con un cuchillo a una joven que apenas podía defenderse. Recordó estar convencido de hacer un favor al mundo, acabando con ella. Sin embargo él había pagado mucho dinero por mantenerla con vida, la había visto salir de un largo período de coma y al verla despierta y conversar con ella se sintió feliz. Recordó que esos fueron los días más felices de su vida y que por primera vez creía que había sido un acierto dejarlo todo por perseguir fantasmas. Sin embargo, cuando creía que no entrañaba peligro alguno, ella confesó sus crímenes y su falta de sentimiento de culpa. La única forma de detenerla era matándola. Solo tendría una ocasión de hacerlo así que la aprovechó, a pesar de que también se estaba matando a sí mismo.

            Si la había podido matar a ella, no le temblaría la mano para matar a ese chiflado. Estaba empezando a tardar. Se preguntó si no sería mejor levantarse y marcharse pero no quería mirar hacia atrás con miedo. Se enfrentaría a él, aunque tardara todo el día.

            Sin darse cuenta se durmió. Había esperado tanto tiempo que el sueño le venció. No despertó por sí solo, alguien le clavó un cuchillo en el hombro con hosquedad, pero sin herirle.

 

            - Veo que te estabas preparando - dijo ese hombre.

            Antonio maldijo haberse quedado dormido.

            - Eres ingenioso, pero también un estúpido - añadió.

            - Al menos no soy solamente estúpido - le retó, sonriente.

            - También locuaz, una habilidad propia de los vivos. Disfruta tus pequeñas alegrías mientras puedas. Te voy a contar un secreto.

            Antonio le miró con curiosidad.

            - Estás en el infierno, y vas a morir dentro de cuatro días.

            - ¿Cómo puedo morir si ya estoy muerto? - replicó, llevándole la corriente. Cada vez que abría la boca, más chiflado le parecía.

            - Aun tienes cosas que recordar. Nada es casual, aquí aprenderás que tus intentos ridículos de salvar al mundo del mal son absurdos.

            - ¿Quién eres? - preguntó.

            - Me llamo Fausto - replicó el viejo.

            - Sí señor, te pega ese nombre. ¿También pactaste con el diablo?

            - Hace unos quinientos años. Ahora soy el que guarda la puerta del infierno - respondió.

            - Vaya, creía que el guardián del infierno era un perro de tres cabezas. ¿Lo tienes por ahí? Espera un momento, ¿no dijiste antes que era el mismo infierno?

            Fausto sonrió complacido.

            - El animal herido es el que se muestra más retador. Si supieras dónde estas, y porqué estás aquí, enloquecerías de terror.

            - Estás ansioso por contármelo - inquirió, sonriente -. Adelante, quiero volverme tan lunático como tú.

            - Lamentablemente no te lo creerías aunque te lo contara - replicó, entristecido el viejo.

            - Inténtalo - le animó.

            - No tiene sentido, cuando mueras, lo entenderás todo.

            Dicho eso salió por la puerta y le dejó a solas en aquel cuarto.

            - ¡Maldito seas! Déjame libre...

            - Encontrarás tu segundo billete en el mismo bolsillo de antes. Yo que tú no regalaría todo el dinero que vas a tener para el resto de la eternidad.

            Cuando terminó de decir eso, cerró la puerta y echó el cerrojo.

            - ¡Mierda! Maldita bruja... - era evidente que la enfermera no había ido al mecánico para que arreglara su coche. No podía volver a fiarse de ella.

            Volvió a forcejear con sus brazos para intentar soltar sus muñecas pero esa condenada cuerda de esparto le producía cortes cada vez que intentaba soltarse. Cuanta más fuerza hacía, más daño se causaba.

            Suspiró, tratando de calmarse. Le dolían todos los músculos del cuerpo, ese maldito viejo ni siquiera le había tocado y le estaba causando una tortura terrible. Necesitaba ponerse en pie pero esa silla era dura y pesada y al tener los brazos hacia atrás, entrelazados con una cuerda a una de las tablas de la silla, le resultaba imposible levantarse o hacer fuerza para romper la silla. Quería gritar de impotencia pero ahora estaba seguro de que solo vendría esa furcia de enfermera y le engatusaría para que le entregara el dinero que había cobrado. No podía fiarse de nadie, si quería salir de ese lío debía hacerlo por sus propios medios, como siempre lo había hecho.

            Aquello le recordó que en su trabajo nunca había tenido a nadie que le ayudara, nunca le había dicho a nadie su verdadero nombre salvo a una chica que conoció en uno de sus casos. Una preciosa treintañera que le salvó la vida mientras estaba buscando a la santa compaña. Después de aquello quiso sincerarse con ella, decirle su verdadero nombre, pedirla que se fuera con él ya que su padre ya no estaba. Pero aún tenía a su madre con Alzheimer y él nunca se atrevió a contarle nada. Cuando se despidieron y se prometieron mantenerse en contacto, él nunca la volvió a llamar. Y ella a él tampoco.

            No, era un lobo solitario, nunca tendría ayuda, nunca podría confiar en nadie. Sin embargo ahora estaba a merced de un chiflado que pretendía matarle en cuatro días, a menos que él le matara primero. No tenía ni idea de cómo salir de ese embrollo y estaba demasiado dolorido como para pensar con sensatez.

            - Dios mío, si me escuchas... si crees que he hecho algún bien con mi dedicación de buscar el mal... ayúdame.

            Sus palabras no eran más que una desesperada plegaria si fe. Él no luchaba contra el mal por que se creyera enviado de Dios, ni siquiera sabía si éste existía. Luchaba contra el mal porque nadie más lo hacía.

 

 

 

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Animal es el que abandona a su mascota.

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