Camino a los infiernos

3ª Parte

            Qué calor hacía, estaba tan incómodo que ni siquiera podía dormir, sudaba tanto que la sed se había convertido en una tortura. Deseaba perder el sentido pero quería resistir, por si aparecía la maldita enfermera intentando sonsacarle algo de dinero. A pesar de que no se podía fiar de ella, era la única opción que le quedaba si quería liberarse antes del nuevo día.

            Como si la hubiera invocado, la puerta se abrió y vio la silueta clara de la bata de enfermera. La mujer entró y se puso delante de él.

            - Hice lo que me dijiste, el coche estará listo mañana. Pero vas a tener que darme más dinero, la reparación costará seiscientos euros.

            Antonio sonrió, esperaba que ocurriera eso y después de todo, ni siquiera había pensado qué hacer en caso de que ocurriera. ¿Debía creer al chiflado y no darle el poco dinero que tenía? ¿O debía fiarse de ella?

            Suspiró, cerró los ojos y dijo:

            - Coge el dinero de mi bolsillo.

            Ella no esperó ni un segundo en hacerlo. Cuando estaba metiéndole la mano en el bolsillo, Antonio suplicó.

            - Por favor, suéltame, dame algo de beber...

            Lily le miró con extrañeza, como si le hubiera pedido un lujo inalcanzable.

            - Al menos déjame el cuchillo en la mano, como ayer - añadió.

            La mujer negó con la cabeza y se dio la vuelta para que pudiera ver su espalda. Lo que el detective vio le dejó sin aliento. La bata estaba desgarrada como si un oso la hubiera atacado. Tenía jirones de piel ensangrentados que goteaban sangre. Era incomprensible que ella pudiera mantenerse tan cuerda con semejantes heridas.

            - ¿Él te hizo eso? - preguntó, incrédulo.

            - Si descubre que sigo ayudándote, me destrozará.

            Antonio se preguntó como era posible que siguiera con vida con semejantes desgarrones. Entonces recordó la explicación que Fausto le había dado: «...una habilidad propia de los vivos. Disfruta tus pequeñas alegrías mientras puedas...». Y luego también dijo: «Estás en el infierno, y vas a morir dentro de cuatro días.»

            La mujer se alejó.

            - Espera, contéstame una cosa. ¿Qué lugar es este? ¿Realmente es la puerta del infierno?

            Lily no se detuvo y aceleró la marcha.

            - Por favor, dame un arma, suéltame, no te vayas... ¡Mierda, sabía que no podía confiar en ti, zorra estúpida!

            La enfermera se detuvo justo en la puerta. Creyó que la había ofendido y quiso disculparse pero ella comenzó a caminar hacia atrás lentamente. Entonces algo la empujó y su cuerpo se estrelló contra la pared como si fuera un muñeco de arena. Se escuchó el crujir de sus huesos y Antonio cerró los ojos.

            El dolor que sentía ya no parecía tan horrible. Abrió los ojos y miró a Lily sintiéndose culpable de lo que le había pasado. Entonces la vio levantarse, con una pierna fracturada y los hombros dislocados, sintió una arcada para vomitar. Seguía viva y no se quejaba.

            - Te dije que no emplearas tu poco dinero en cosas que no te convienen - dijo alguien desde la puerta.

            - ¿Por qué la castigas así?

            - ¿Todavía no te crees lo que te dije? - el viejo apareció por la puerta con lentitud, caminando con parsimonia y con el mismo aspecto débil e inofensivo que conocía.

            - Es mi esclava para toda la eternidad. El Grande me la dio y hago con ella lo que se me antoje.

            - Pero ella no quiere estar aquí - se enojó Antonio.

            - A veces me pregunto de dónde sale la arrogancia humana. ¿Qué sabrás tú lo que quiere?

            Antonio la miró a los ojos. Lily estaba impasible, no había ningún rastro de odio, ni maldad, ni bondad, ni tristeza. Era como un robot roto, cojeando y con su bata llena de sangre, salió del cuarto sin emitir una sola queja.

            - He venido a darte una oportunidad - añadió Fausto -. Te soltaré y te daré un arma. Entonces tú me matarás, si puedes.

            - Eres un maldito cobarde - le acusó Antonio, enojado -. ¿Por qué no me dejaste pelear cuando tenía fuerzas? ¿Te sientes más poderoso enfrentándose a alguien sediento y con los músculos destrozados por una mala postura?... Así yo también me sentiría poderoso.

            - No te preocupes por eso - añadió el viejo -. Solo te he hecho sufrir para que realmente desees matarme.

            Metió la mano en un bolsillo de su chaqueta y extrajo una manzana fresca. Luego, del otro bolsillo extrajo el puñal oxidado del día anterior.

            Se acercó a su silla y le liberó. Antonio hubiera intentado atacarle en ese momento pero apenas podía mover los brazos, las piernas las tenía agarrotadas y tenía los pies hinchados e insensibles.

            - Tienes cuatro horas para matarme.

            Fausto soltó el cuchillo y éste tintineó en el suelo de piedra cuando impactó contra el suelo.

            - Lo haré, no tengas la menor duda.

            - Realmente lo espero, pero intenta descansar. Yo voy a hacer lo mismo.

            Dicho eso, extrajo tres mil euros del bolsillo interior de su chaqueta y se los dio. El inspector movió el brazo lastimosamente hasta poder coger su dinero. Le dolió el simple gesto de poner la mano para aceptar el dinero.

            - Te quedan tres oportunidades. Después tu alma será mía.

            Fausto se dio la vuelta y se fue de la habitación dejando la puerta abierta. Estaba claro que a ese viejo le gustaban los juegos macabros.

            - ¿Cómo demonios podía seguir viva después de semejante...

            Pensó en la enfermera y que era imposible que alguien con vida resistiera el dolor como ella lo había hecho. Sonrió de nuevo al recordar que ya antes había deducido que todo era una pesadilla, letras invertidas, su chaqueta sin dinero, tabaco y su pistola... Era una maldita pesadilla pero normalmente, cuando uno se da cuenta de ello suele despertar. Él quería hacerlo, pero no lo hacía, estaba atrapado allí.

            Se pinchó con el cuchillo en la mano para sentir ese dolor y no sirvió de gran cosa. Lo único que iba a conseguir era hacerse daño y necesitaba sus manos para poder luchar contra ese miserable.

            Se levantó con dificultad, se guardó los seis billetes en el bolsillo del pantalón y suspiró. Solo le quedaban tres días y aun tenía que cazar a ese hombre.

            - Despertaré cuando lo mate - supuso, seguro de sí mismo.

            Cogió la manzana y la olisqueó. Estaba fresca, como recién cogida de la nevera. La mordió y saboreó su jugo. Era tan deliciosa que cerró los ojos para sentir deslizarse su jugo por la garganta. Eso ayudaría, estaba desfallecido y en tres días era lo primero que se llevaba a la boca. Se arrepintió de tragar el pedazo porque no podía fiarse de Fausto, podía estar envenenada o tener alguna sustancia que le hiciera dormir. Sin embargo tenía demasiada hambre para desconfiar.

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Animal es el que abandona a su mascota.

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