Camino a los infiernos

4ª parte

 

            Aquella casa olía a muerte. El calor del exterior penetraba hasta los cimientos y el sótano parecía un horno. Salió por la puerta con precaución, temiendo encontrarse a ese viejo o a la infeliz de su esclava. Fuera de la habitación había una antesala que separaba el sótano donde él había estado y las escaleras. Arriba la puerta estaba abierta. Le empujó sin asomarse y desde la oscuridad oteó el exterior. Era el pasillo principal de la casa de Fausto.

            Salió y no había nadie. Entonces tuvo dos impulsos igual de fuertes, uno ir al cuarto del viejo y matarlo o salir por la puerta principal y preguntar por su coche. No sabía si ese viejo estaba en casa pero no quería pasar otro día más temiendo que le saliera del rincón más inesperado y le arrebatase la oportunidad de matarle, además de su dinero.

            Finalmente pensó que sería prudente ir a ver su coche, así podría saber si la enfermera le había mentido o no. Necesitaba saber qué era cierto y qué una completa locura. Empezaba a pensar que eso realmente era la antesala del infierno.

            Sus ganas de demostrar que no lo era le empujaron a salir de la casa con determinación. La luz del Sol era deslumbrante, tanto como el día que llegó a ese pueblo. Caminó por las calles desiertas y se fijó si había signos de que hubiera más habitantes en el resto de las casas. Apenas había una docena de casas y todas parecían abandonadas. Siguió caminando hasta la carretera y vio el edificio alto y amarillo, la vieja cooperativa de vinos y el taller mecánico a escasos cien metros de distancia.

            Cuando llegó y vio su coche allí se llevó una alegría.

            - Hola - dijo al mecánico que estaba haciendo algo tras el capó del coche, en el motor.

            No hubo respuesta.

            Se acercó a ver qué hacía y se llevó una sorpresa al ver que un hombre gordo y calvo lleno de grasa oscura hasta las mejillas, estaba sacando su vieja batería con un poco de brusquedad.

            - ¿Qué desea? - le preguntó, al verle.

            - ¿Para cuándo estará listo el coche?

            - ¿Por qué? - preguntó, huraño.

            - Para saber cuándo me puedo ir - respondió Antonio como si fuera obvio.

            - Este no es su coche, estaba en la autopista. Es mi coche...

            - No diga tonterías, es mi coche, yo mismo le dije a su ayudante que el coche estaba en la autopista.

            - Me lo dijo una mujer - replicó el hombre gordo -. Y yo no tengo ayudante.

            Antonio fue al maletero y allí encontró la documentación. Se la mostró al mecánico y señaló su nombre. Al principio se sorprendió de que ni siquiera él podía leerlo bien. Todas las letras estaban escritas como si las viera en un espejo.

            - Ajá, este coche pertenece a un tal Antonio Jurado - alegó el mecánico, como si no tuviera problemas para leer.

            - Soy yo - protestó.

            - Enséñeme su DNI.

            Aquello le sentó como un puñetazo en la mandíbula. Había perdido su cartera misteriosamente en la carretera. ¿La había perdido o ese cerdo miserable se la había quitado?

            - Alguien me robó la cartera.

            - Sí, claro. Qué oportuno - replicó el mecánico, poniendo otra batería nueva en el sitio de la vieja.

            Antonio no supo qué responder. Sintió el incómodo filo oxidado del cuchillo en sus nalgas y tuvo la tentación de amenazar al mecánico para que se dejara de tonterías.

            - Es cuestión de dinero... ya veo. ¿Cuánto quiere?

            - No está en venta. Es el único coche que funciona en cientos de kilómetros a la redonda.

            - ¿Y cómo demonios cree que he llegado hasta aquí?

            - ¿Y a mí qué me importa? Sin DNI no le entregaré su coche.

            - Será miserable, seguro que fue usted quien me robó la cartera.

            - Amigo - dijo el mecánico, mostrándole la llave inglesa llena de grasa y meneándola en el aire con la mano izquierda -. Váyase o tendré que echarle a patadas.

            Aquello era demasiado. Quiso coger el cuchillo y responder a la amenaza pero si le hacía daño no terminaría de arreglar el coche. Conteniendo su ira, salió del taller y decidió regresar más tarde, con la enfermera. Si es que podía moverse después de lo que le había pasado.

            - Letras invertidas, una enfermera torturada, con los huesos rotos y que camina como si tal cosa... - se dijo -. Esto es de locos. Lo único que tengo claro es que diga o no diga la verdad, el tal Fausto tiene que morir para que yo pueda salir de esta pesadilla.

            Ignoró al mecánico y salió del taller. Con determinación caminó hacia la casa. Estaba notablemente cansado pero cuanto más tiempo dejara pasar antes de encontrarse con él, más mermado estaría ya que necesitaba comer, dormir y descasar. Haber estado encerrado en ese sótano durante dos días le había mermado los reflejos y las fuerzas.

            De camino a la casa estuvo atento a encontrar cualquier objeto contundente que pudiera utilizar como arma, algo más grande y contundente que ese cuchillo oxidado con el que tenía dudas de poder matar un conejo asustado.  En las cercanías de la cooperativa vio varios hierros largos, barras que antes debieron formar una torre eléctrica. Se acercó y encontró un hierro de unos cuarenta centímetros clavado en el suelo. Lo intentó desclavar pero no pudo liberarlo. El resto formaba parte de un todo y no fue capaz de coger nada.

            - Mierda - renegó.

            Entonces examinó el edificio y vio su puerta principal abierta. La oscuridad le invitaba a curiosear, ¿Encontraría algo útil?

            Sin mucha convicción entró, con la única idea de conseguir un objeto que marcara la diferencia, con el que Fausto no contara. Así se enfrentaría a él con garantías. Era evidente que ese viejo era mucho más hábil de lo que aparentaba, tenía una fuerza colosal. Lo había demostrado al castigar a la enfermera de forma tan cruel.

            Una vez dentro vio que habían crecido plantas en el suelo donde se distinguían numerosas tinajas de cerámica repartidas por toda la superficie. Entonces su vista se concentró en un objeto que había en el suelo, a poca distancia de una cuba de vino. Fue a por él y lo sacó con fascinación.

            - Una guadaña antigua - dijo -. Vaya, es como la reliquia que encontré.

            La examinó detenidamente y la limpió con las manos para quitarle el polvo y las telarañas. Examinó, por curiosidad el mango y encontró las mismas inscripciones que tenía la que él tenía, pero invertidas. Seguía sin saber qué símbolos eran, pero no cabía duda de que era la misma o una fabricada por el mismo artesano.

            - La reliquia del ángel, ¿qué hace aquí? - se preguntó.

            Recordó aquel caso tan extraño en el que la encontró. Una mujer le había contratado para que venciera a la mismísima muerte, que la acosaba. Después de resolver el misterio, decidió quedarse el trofeo y guardarlo en un guardamuebles que tenía para cosas con las que no sabía qué hacer. Era imposible que alguien se la hubiera llevado... aunque no le extrañó. Estaba en una pesadilla así que todo era posible.

            Pero, si Fausto lo controlaba todo se preguntó si también había llevado ese objeto hasta allí. ¿La podría manejar con libertad? ¿O ese objeto tomaría posesión de él como ocurrió a sus dos anteriores dueños? En cualquier caso, no le importaba que esa cosa le dominara ya que le ayudaría en sus fines de acabar con su enemigo. Había visto la habilidad que había adquirido su última dueña. Una mujer que parecía no ser peligrosa, ni con una sartén en la mano, estuvo a punto de partirle por la mitad. Si no hubiera llevado su pistola aquel día, ahora estaría muerto.

            Lamentablemente su pistola había desaparecido.

            - Un momento, si el mecánico me robó la cartera, puede que también tenga mi pistola.

            Había cuerda por allí, cortó un pedazo y se colgó la guadaña a la espalda.

            Decidido volvió al taller y se acercó sigilosamente por la puerta de atrás. Quería entrar a ver sus cosas sin que éste se enterase. Si tenía su arma, seguramente la tendría guardada por ahí.

            No había muchos lugares donde buscar, había cajas de cartón apiladas, un mueble que se caía a pedazos con toda clase de tuercas y tornillos encima en completo desorden y dos cajones que no estaba seguro de que se abrieran.

            Probó el primero y éste crujió a su presión, haciendo un ruido que podía haber alertado al mecánico. El otro se abrió sin ruido y dentro solo había una llave inglesa y diversos destornilladores con una caja llena de distintas cabezas para desatornillar. Siguió buscando y vio una chaqueta colgada de un gancho de la pared. Le llamó la atención porque parecía sostener algo muy pesado en el bolsillo. Fue hacia allá y encontró su revolver antiguo.

            - Eureka - susurró, feliz.

            Cogió su arma y la guardó en su hombrera interna. Pensó que ya tenía suficiente pero recordó que aún estaba sin su documentación falsa. La iba a necesitar si quería reclamar su coche, una vez terminara con Fausto.

            Buscó con la mirada por la cochambrosa oficina pero no la encontró. Seguramente el propio mecánico la tenía.

            - Ya se la quietaré luego - se dijo -. Tengo una documentación que no falla el blanco.

            Tanteó su preciosa pistola y sonrió.      

            Ahora sí estaba preparado para enfrentarse a Fausto. Ese viejo le había contratado para matarle y él siempre se esforzaba por hacer bien su trabajo.

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Animal es el que abandona a su mascota.

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