Camino a los infiernos

5ª Parte

            La puerta de la casa seguía abierta, entró con el revolver en la mano procurando no hacer el menor ruido. Llegó a la habitación de Fausto y se encontró la puerta abierta. La guadaña que tenía a la espalda era demasiado voluminosa así que tuvo que agacharse y entrar de lado para que ésta no golpeara el marco.

            Fausto estaba en su cama, la malla antimosquitos estaba quitada y el viejo parecía estar dormitando, ignorante de toda amenaza.

            Antonio le apuntó a la cabeza con su pistola, no quería más sorpresas.

            - Clic - sonó tímidamente su revolver.

            Asombrado, Antonio sacó el cargador y lo examinó. Tenía balas pero no había disparado. Las movió un poco y volvió a montarlo, volvió a apuntar a Fausto y disparó.

            - Clic, clic, clic... - esa porquería no disparaba.

            - Maldito cabrón, sabía que la encontraría y la ha roto - protestó.

            Dicho eso guardó el revolver en su funda y cogió la guadaña. Resultaba un tanto violento utilizar ese viejo artefacto para matar a alguien. Era como matar a una rata de un pisotón, podía hacerse y era efectivo, pero resultaba tremendamente asqueroso. La pistola era contundente y era difícil que saliera salpicado de sangre. En cambio con la guadaña podía acabar embadurnado con sus tripas.

            Antes de que pudiera decidirse a matarlo, Fausto abrió los ojos y al verle le dedicó una cordial sonrisa de bienvenida.

            - Esta vez has venido preparado - dijo, con aparente admiración.

            - Nunca dejo trabajos a medias - replicó él.

            - Adelante, hazlo. Estoy listo para una muerte rápida.

            El inspector cogió aire, apretó la guadaña con las dos manos y la echó hacia atrás para coger impulso.

            - No lo hagas - escuchó una voz femenina a su espalda.

            Odiaba las interrupciones, le había costado mucho reunir valor. Sin embargo no tenía ganas de hacer una carnicería, él no era así. Sería totalmente distinto si ese viejo se estuviera defendiendo, si le estuviera amenazando. Pero no, parecía desear la muerte y no le gustaba ser un ejecutor.

            - No lo hagas - repitió la misma voz.

            Antonio la miró. Era Lily, la enfermera. Se sorprendió de verla completamente restablecida, sin heridas, ni huesos rotos.   

            - ¿Estás bien? - preguntó.

            - No, nunca lo estaré - replicó.

            - ¿Por qué no debería matarle? - le preguntó.

            - Si le matas, nunca podrás entrar en el infierno.

            - ¿Y por qué querría yo semejante cosa? - inquirió malhumorado.

            - Porque estás vivo.

            Antonio la miró con expresión furibunda. No entendía nada.

            - Si le mato no me buscará, podré salir de este pueblo y volver al mundo, nos iremos en mi coche.

            - ¿Es que no lo has entendido todavía? - preguntó ella, negando con la cabeza.

            - ¿Qué tengo que entender?

            - Estás en el otro lado del espejo. Aunque regreses, no tendrás reflejo, nadie te verá. Serás como un fantasma toda la eternidad.

            Fausto se incorporó de su cama sin borrar la enigmática sonrisa de su rostro.

            - Ella dice la verdad - intervino -. Solo yo puedo abrir las puertas del infierno.

            - ¿Es una broma? - Antonio estaba asustado, ella tenía razón, estaban en el otro lado del espejo, eso lo explicaba todo. Pero seguía sin entender para qué necesitaba entrar en el infierno.

            - Si me matas, liberarás mi alma - Fausto parecía estar deseándolo -. Pero tú y Lily y todos los que habitan este lado del espejo, nunca encontraréis una salida.

            - Si fuera cierto que la única forma de salir de aquí es entrando en el infierno - contestó Antonio -, te aseguro que prefiero quedarme aquí.

            - Para nosotros lo que dices tiene sentido - respondió Lily -. Vivimos en la antesala por miedo al infierno. Soy su esclava para que él me proteja de los ángeles de las tinieblas, para que impida que me arrastren ahí dentro. Aquí la gente vive un sueño, como si no hubiesen muerto, algunos son libres de vagar por el mundo, otros se encierran en lugares donde han vivido o han muerto. Todos nos aferramos al reflejo del mundo con tal de no atravesar esas puertas. Pero tú estás vivo. Aún puedes volver.

            - ¿Atravesando el infierno? - preguntó, incrédulo.

            - Es el único camino que hay. Puede que tardes cincuenta años en darte cuenta de que vivir aquí no es vivir. Es una especie de limbo donde la gente no tiene esperanzas, ni alegrías, no hay amor. Lo único que nos impide entrar al infierno es la convicción de que aquí al menos no hay tanto dolor. Tú, en cambio, terminarás como él.

            Lily señaló a Fausto.

            - ¿Qué?

            - Él fue el último ser vivo que entró en este lado, hace muchos años. El anterior guardián de la puerta le propuso el mismo pacto, le dijo que si le mataba le perdonaría la vida. Fausto le mató sin dudarlo y con su muerte, al mancharse las manos con su sangre, se convirtió en el siguiente guardián. Nadie aquí puede matarlo, nadie salvo tú, un vivo.

            Antonio miró estupefacto a Fausto.

            - ¿Puedes abrir las puertas del infierno? - le preguntó, empezando a creer todo lo que le decían.

            - Así es. No puedo morir a menos que tú me mates.

            - ¿No puedes atravesar tú mismo el infierno?

            - ¿Crees que no lo habría hecho ya? - preguntó, ofendido.

            - Pero si te mato, te condenarás, ¿por qué quieres morir?

            - La muerte es el descanso eterno - afirmó el viejo -. Yo intento dormir día tras día y no lo consigo, no puedo pegar ojo. Lily es como una autómata, sufre y no parece importarle. El infierno es igual, la gente entra forzada pero los demonios solo tienen que arrastrarlos dentro. Luego ellos mismos buscan su lugar, aceptan el sufrimiento como autómatas. La vida... es lo que da a las personas la voluntad de cambiar las cosas. Los muertos siguen muertos aunque sufran torturas eternas. Por eso ningún castigo les basta y aunque parezca terrible, para ellos es lo justo.

            - ¿No puedes intentar volver al mundo y cambiar para salvar tu alma?- preguntó Antonio.

            - Yo no puedo entrar en el infierno. Yo soy la puerta - replicó, asqueado -. Si tanto interés tienes en ayudarme, mátame.

            - ¿Y si no lo hago? - preguntó.

            - Te mataré dentro de tres días - respondió.

            - Eso significa que tengo tres días para tratar de salir de este lado del espejo - dedujo Antonio.

            - Es una forma de verlo. Ahórrate angustia y mátame ahora.

            - No lo haré - replicó, volviendo a colocar la guadaña a su espalda.

            - Hazlo, tenemos un pacto - ordenó Fausto.

            Aquella era más información de la que podía asimilar. Si estaba encerrado en el otro lado del espejo, ¿cómo había llegado hasta allí? Cerró los ojos un instante y se concentró en sus recuerdos. Estos se negaban a abrirse y seguía sumido en las tinieblas del olvido. Ni siquiera recordaba su nombre auténtico o su pasado antes de dedicarse a eso. Sin embargo siempre había tenido un don, sabía cuándo alguien mentía y cuando le decían la verdad.

            Antonio miró fijamente a Lily y negó con la cabeza, convencido de que se arrepentiría de lo que iba a decir.

            - Quiero entrar al infierno. Si no he encontrado la salida al mundo de los vivos en tres días, lucharemos.

            Fausto sonrió enseñando sus feos dientes grises.

            - ¿Estás seguro de eso? - preguntó.

            - No hay otra salida.

            - Ni siquiera la has buscado - le reprendió el viejo.

            - Los muertos... - miró a Lily con tristeza -. No pueden mentir.

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Animal es el que abandona a su mascota.

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