Camino a los infiernos

6ª parte

            Fausto miró a su esclava sin resentimiento pero con evidente fastidio.

            - Solo una persona atravesó el infierno con vida y salió victoriosa de él. El resto enloqueció, aunque bien es cierto que no muchos han tenido tal privilegio. ¿Sabes lo que te espera?

            - No lo sé, pero si una persona entró y salió victoriosa...

            - Esa persona fue Jesucristo y se llevó con él las almas de los justos. Pero él tenía poder de abrir las puertas del cielo. ¿Tú qué tienes?

            - Yo tengo esto - Antonio señaló la guadaña.

            - Un arma en un mundo donde las armas no valen para nada - dedujo Fausto, sonriente.

            - Si alguien me impide continuar... me abriré paso.

            - ¿Le matarás? - preguntó el viejo, sarcástico.

            - Al menos lo pasará mal.

            - Déjame contarte la historia de esa guadaña - le interrumpió Fausto -. Era un instrumento de tortura como tantos millones de armas que hay en el infierno. La llevaba un ángel de la oscuridad en uno de sus viajes a este mundo, para recolectar almas. Las huestes divinas hicieron lo mismo, no sé si sabes que por cada ángel caído hay un ángel de la luz. El ángel de la luz se vio reflejado en el espejo y sintió admiración por su propia imagen. Igualmente el demonio se sintió fascinado por su versión luminosa. Cuando se tocaron, desaparecieron de la existencia y esa arma que ahora llevas es lo único que quedó de él.  Creo que tú mismo has visto el original, lo que llevas ahora es su reflejo. Una estúpida reliquia sin dueño que en el infierno es una pesadísima carga.

            - Si alguien intenta atacarme podré defenderme - replicó Antonio.

            - Es tu decisión, pero deberías saber una cosa antes de entrar.

            - ¿Qué cosa?

            - En el infierno entras con todas tus cargas y nunca puedes librarte de ellas. Todo cuanto lleves puede provocarte la muerte. No tienes ni idea de los lugares que vas a tener que atravesar. Esa guadaña pesa demasiado y no podrás atravesar el océano de sangre con ella, te ahogarás.

            Aquellas palabras casi le convencieron para que dejara la guadaña allí. Pero no sabía si estaban insistiendo tanto porque realmente querían ayudarle o porque deseaban poseer tan formidable arma. Al igual que sabía que Lily decía la verdad, escuchaba a Fausto y notaba que no estaba siendo totalmente sincero.

            Entonces recordó a un muchacho joven, de unos quince años, hablándole del infierno, cuando aún estaba al lado correcto del espejo. ¿Por qué le costaba tanto recordar cosas de su pasado? Al menos había conseguido recordar eso y no sabía si le serviría de ayuda o no.

            Recordó su relato y se asustó al revivir aquellas palabras y enfrentarse a la perspectiva de verlo con sus propios ojos. El chico tenía una persona que le guiaba, o mejor dicho, alguien le estaba arrastrando por los nueve círculos del infierno. Personas quemadas, torturadas, enloquecidas, enfermas, cada círculo era peor que el anterior. El chico pudo salir porque atravesó la novena puerta. Claro que aquello que le contó fue una mera pesadilla ya que físicamente nunca estuvo allí y los condenados ni siquiera podían tocarle.

            Sin embargo su guía había cruzado el infierno muchas veces y conocía su salida. Ella también había sobrevivido a ese lugar y había vuelto, Fausto le mentía, no solo salió Jesús de allí.

            - Yo conozco una mujer que salió viva de aquí - murmuró.

            - Solo uno salió triunfante - repitió Fausto -. No dije que no salieran, los demás enloquecieron y no tardaron en morir.

            - Verónica - susurró.

            - ¿Quién? - Fausto se extrañó.

            - Verónica - repitió Antonio, esperanzado.

            - ¿Te refieres a la novia del diablo? - se escandalizó.

            - ¡Verónica! - gritó Antonio, completando la invocación.

            - Basta, o ¿acaso has olvidado que tú mismo pusiste fin a su vida?

            - La he invocado, viva o muerta vendrá a mí.

            Fausto palideció. Antonio sonrió, pensando que le había sorprendido. Esperaba que apareciera y le llevara a través del infierno. Sin embargo no ocurrió nada. Excepto que consiguió asustar por primera vez a Fausto.

            - No viene - dijo el detective, preocupado.

            - No va a venir - replicó el viejo -. Pero sí has conseguido enfurecerle a él.

 

            - ¿A quién? - preguntó, preocupado.

            - Al que sigue esperando su regreso - Fausto no quería pronunciar su nombre pero era evidente que se refería al Diablo.

            - ¿Y él vendrá? - Antonio estaba asustado.

            - Ya está aquí - replicó Fausto, temeroso y mirando hacia la puerta de su habitación.

            Antonio se giró y vio a un hombre vestido con tejanos y una camisa de seda roja. Su rostro no intimidaba, sonreía como si estuviera presenciando un espectáculo divertido.

            - Bienvenido a mi mundo - dijo, cortésmente.

            - Eres, tú eres… no puedes…

            - Lo soy - le cortó el hombre, borrando su sonrisa.

            - ¿Has estado ahí todo el tiempo?

            - Por supuesto - respondió el hombre, fastidiado.

            - ¿Qué has venido a buscar?

            - He venido porque has mencionado a mi más leal sierva. Por tu culpa ella no volverá, pero puedes estar seguro de que tú y yo haremos que vuelva.

            Sus palabras parecían tener autoridad, le resultaba difícil negarse a nada que le dijera.

            - No soy tu esclavo, no he pactado contigo, no te debo nada - tuvo que reunir fuerzas que creía no tener para negarle tres veces. Así funcionaban las cosas, si se quería invocar algo sin convicción había que repetirlo tres veces.

            - Estás en mi mundo - replicó el Demonio -. Si yo quisiera te borraría esa cara de estúpido confiado con solo castañear los dedos. Te haría retorcer de dolor, pero no voy a hacerlo porque tú mismo piensas buscar el dolor por voluntad propia.

            Antonio no comprendía.

            - Déjale entrar - ordenó a Fausto.

            - Señor, me someto a tu voluntad - aceptó el viejo, arrodillándose.

            Fausto sacó una navaja de su pantalón y la abrió.

            - ¿Para qué quieres que vuelva? - preguntó Antonio refiriéndose a Verónica, mientras veía que Fausto se cortaba la palma de la mano y con su sangre dibujaba un círculo en el suelo.

            - Ella es mía, y por tu culpa se la llevó mi hermano. Ahora que sabe lo que es el amor, conocerá tu destino y no dejará que mueras en el infierno donde yo estaré esperándola. Pero no te preocupes, no pienso interponerme en tu camino. Tampoco te impediré a ti, Fausto, que dentro de tres días le des caza y te prometo que cumpliré el pacto. Con el alma de un vivo, serás liberado de tus cadenas.

            Aquellas palabras causaron asombro a Antonio. De modo que de eso se trataba, de una forma o de otra, él sería liberado tanto si moría como si le mataba a él.

            - ¿Quién será el que ocupe su lugar? - preguntó Antonio, intrigado.

            - Puedes estar seguro de que encontraré a alguien - replicó el Diablo, sonriente.

            Dicho eso miró hacia el círculo de sangre. Este se había convertido en un agujero oscuro que llevaba a unas misteriosas escaleras etéreas que apenas se veían. Sin embargo el círculo creció y creció de tamaño hasta que las paredes de la casa se vinieron abajo para contener semejante agujero. En su interior se veían distantes llamas en medio de la oscuridad y se escuchaban ecos de lamentos. La escalera se transformó en una rampa de arena volcánica.

            Antonio tuvo miedo de entrar ahí, ver la entrada al infierno era mucho más terrorífico de lo que imaginarla. No sabía qué había imaginado, pero desde luego saber que por ese camino encontraría los lugares más terribles que existían le quitaba todo el valor que tenía.

            - Yo que tú no perdía el tiempo, te quedan tres días de vida - insistió el diablo -. Vete.

            El detective se acercó con nerviosismo. Recordó el consejo de Fausto y se replanteó si dejar allí la guadaña. ¿Y si moría por culpa de su peso? También podía tener que atravesar lugares muy estrechos y ese trasto podía impedirle continuar.

            Cogió la guadaña, la examinó de arriba abajo y suspiró. Si la dejaba estaría indefenso ante cualquier ataque, sería como ir a la guerra sin un fusil. Cerró los ojos y se propuso dejarla allí. No podría nadar una gran distancia cargando con eso, no podría arrastrarse por cuevas estrechas, suponía un lastre que podía retrasarle y tenía el tiempo justo. Afortunadamente tenía su reloj suizo y marcaba las siete de la tarde. Se dio cuenta de un detalle curioso, los números y las agujas se movían en el orden correcto. Su reloj también había cruzado el espejo.

            Dejó la guadaña en el suelo y sintió que se estaba quitando un gran peso de encima. Dio el primer paso hacia las abisales oscuridades infernales sabiendo que su vida pendía de un hilo y que a partir de ese instante no podría detenerse. Se preguntó si necesitaría comer o beber y si encontraría comida y bebida ahí abajo, sin embargo ninguno de los que dejó atrás estaría dispuesto a prestarle una mochila llena de comida. Tenía que buscarse el sustento él solito.

 

 

 

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