Camino a los infiernos

7ª parte

 

            Descendió por un camino rocoso donde no encontró a nadie. Se fijó en las paredes que parecían hechas de lava. El cielo era negro como en una gruta, pero reinaba una extraña luz grisácea que no venía de ninguna parte.

            No sabía si podía volver por el mismo camino o si lo habían cerrado tras sus pasos. No había mirado atrás y no pensaba hacerlo, tenía mucho camino por delante y aquel descenso le había animado. No parecía tan terrible como lo pintaban.

            Al cabo de media hora de aburrido descenso, el camino llegó a una extraña explanada. Había que bajar un escalón un poco alto, de medio metro de altura, pero no lo saltó porque escuchaba voces ahí abajo y no supo determinar de dónde venían exactamente. Era un murmullo generalizado de personas que debían estar ahí abajo.

            - Ayúdame - le pidió una voz -, por fin llega un alma caritativa, dame la mano, sácame de aquí, este no es el lugar al que pertenezco.

            Antonio aguzó la vista y vio un hombre enterrado en aquella planicie hasta la cabeza. Se quedo petrificado cuando más voces se escucharon a su alrededor.

            - Ayúdame a mí, yo puedo guiarte hasta tu próxima reencarnación.

            - No les escuches, a mi me prometieron treinta vírgenes, te llevaré a ellas si me sacas de aquí.

            - Yo recé el acto de contrición antes de morir. Sácame a mí, intento salir pero todos estos miserables no se apartan de mi camino y me están aplastando.

            Antonio estaba horrorizado. No tenía delante una explanada, era una multitud incontable, hacinados como en un concierto multitudinario, sepultados como piedras de un camino. Solo veía sus caras mirando hacia arriba, alguno había logrado sacar su brazo y lo extendía hacia él para que le ayudara a salir. La mayoría estaba tan asfixiada que solo gemía. Lo que parecía una llanura era un inmenso e interminable océano de rostros y brazos.

            Lo peor de todo era que solo había una forma de continuar, pisar esas cabezas suplicantes.

            - No puedo ayudaros, tengo que atravesar el infierno - les dijo.

            - Maldito seas, no te vayas sin echarme una mano - dijo una de las cabezas -. Estoy tan cerca de la salida, no puedo quedarme aquí, este no es mi lugar. No merezco esto, sácame de aquí.

            Antonio trató de localizar aquella voz entre tantas cabezas y al fin vio al responsable. Era un hombre que parecía desesperado, por la expresión de su cara.

            - Te pagaré lo que haga falta, Antonio Jurado, pero no me abandones - insistió.

            Le conocía, por todos los Santos, sabía quién era. Pero con aquella tenue luz él no distinguía su rostro y no supo identificarlo.

            - ¿Quién eres? - preguntó -. ¿De qué me conoces?

            - Soy Pedro, colega, ¿me recuerdas? De la universidad. Nos lo pasábamos en grande, estuvimos en la misma clase...

            - Ya te recuerdo pero, ¿qué haces ahí? No sabía que estuvieras muerto - le dijo -. Por cierto, por qué me has llamado Antonio Jurado, no sabías ese nombre.

            - Aquí se sabe todo, vamos ayúdame tío. Mi novia y yo tuvimos un accidente de coche, fue espantoso. Pero yo creo en Dios, no sé por qué estoy aquí. Merezco algo mejor y te puedo acompañar a la salida de este horrible lugar. Entre los dos lo conseguiremos.

            Antonio le miró asombrado. Se agachó, sin atreverse a saltar sobre las cabezas y le miró con detenimiento.

            - Vamos, a qué esperas, tengo a uno aquí abajo tirando de mí, sácame, sácame. No quiero volver ahí abajo, me volverán a pisotear...

            Si ya era horrible ver a tanta gente queriendo alcanzar el saliente, más aún era imaginar cuántos habría ahí debajo luchando por sacar su cabeza, por hundir a los que tenían encima.

            - Aguanta ahí, haré lo que pueda.

            El detective miró su reloj que marcaba las ocho de la tarde. En una hora de camino ni siquiera había pisado el océano de gente. Tenía que darse prisa.

            - Saca la mano, te sacaré de ahí.

            Pedro parecía estar haciendo grandes esfuerzos pero los de al lado también, que parecían desesperados por que les ayudara a ellos primero.

            - Ayúdame a mí, estoy encima de él, entre los dos le sacaremos más rápido y así le dejaremos más sitio para salir.

            Le habría ayudado si no fuera porque había tres como ese tipo, entre ellos una joven de unos treinta años que, de tener que elegir, la habría sacado antes que a ninguno por ser la más débil. Sin embargo no había tiempo, tenía que sacar a su amigo pero si éste no subía la mano, no podría agarrarle desde el saliente. Y no podía tirar de su cabeza ya que los demás le agarrarían para intentar salir y se hundiría con ellos.

            - Agarra mi mano, sácame de aquí, tengo muchas cosas pendientes - decía la chica, consciente de que la había mirado.

            - Por el amor de Dios, no escuches a estos - le suplicó Pedro -. Ayúdame, me estoy hundiendo.

            Antonio negó con la cabeza, comprendiendo. Esa gente no podría salir de allí nunca y era inútil perder el tiempo con ellos. Ese era su infierno y él no podía hacer nada por salvar a ninguno de ellos, ni siquiera a su amigo.

            - Sácame de aquí, te lo suplico - insistió Pedro.

            Antonio recordó lo que le había contado Juan, un joven que había cruzado las nueve puertas del infierno y había conseguido escapar atravesando la novena puerta. No entró en detalles de ninguno de los círculos, pero sí dijo que aquel lo pasaron Verónica y él sin escuchar a nadie, "caminando sobre las cabezas de aquellos que se habían creído justos en vida. Aquellos que, sin importar su credo, habían vivido de forma que sus reglas eran lo más importante, dejando de lado el amor al prójimo."

            Todos los que estaban ahí abajo pensaban que merecían el cielo, todos estaban seguros de que su condena había sido injusta. Antonio pensó que si él muriera, seguramente terminaría en esa masa humana y sintió ganas de retroceder. Temía que si pisaba sobre ellos, le agarrarían y le hundirían.

            - No me dejes así - suplicó Pedro, al ver en sus ojos que no pensaba ayudarlo.

            - Lo siento - dijo -. No vas a salir a empujones... Este es el lugar donde vas a morar toda la eternidad... Deberías...

            No pudo continuar. ¿Debería qué?, ¿aceptarlo?, ¿amar a los que le estaban empujando hacia abajo?, ¿a los que intentaban apoyarse en su cabeza para sacar sus brazos un poco más?

            Miró una vez más su reloj, las ocho y diez. El tiempo se le agotaba y no podía quedarse allí. Se puso en pie y miró hacia el fondo. El océano de almas hacinadas parecía no tener fin pero a lo lejos distinguió un montículo y pensó que esa sería la puerta al siguiente círculo, estaba en lontananza pero, además, tenía que correr por encima de todas esas cabezas y brazos. No podría parar, no detenerse ni para descansar o le arrastrarían ahí abajo.

            Se puso en pie y sin pensarlo más saltó sobre ellas. Los cuerpos amortiguaron el golpe y una mano logró aferrarse a su pantalón. Antonio no se detuvo, corrió pisándoles la cara a esos desconocidos. Estos se quejaban y le lanzaban maldiciones por hacerlo. Corrió sobre las frentes de se encontraban sus pies, sentía que en su paso por aquella llanura su hundía a cada uno que pisaba. Si permanecía mucho tiempo en un sitio, él terminaría  engullido por la multitud.

            Corrió cuanto pudo, saltando de cabeza en cabeza, tratando de no detenerse nunca. Una mano vigorosa le cogió del tobillo y tropezó, rodando sobre toda esa gente. Varias manos le agarraron los pies, los brazos y tiraron de él hacia abajo tratando de salir ellos a la superficie. Creyó que no podría escapar, pero su desesperación le hizo patalear con violencia y se los quitó a todos de encima. Se puso en pie y siguió corriendo, sorteando las manos, acercándose a su objetivo, que parecía inalcanzable. Era una especie de monstruo cornudo, al menos ahora sabía lo que era. Aunque aquel dantesco espectáculo era horrible, sabía que solo era el principio. Todavía tenía que averiguar cómo pasar a través de esa puerta.

            "Cada demonio que custodiaba la puerta al siguiente círculo dejaba pasar a todo el que se lo pidiera ya que el siguiente círculo era aún peor que el anterior. Nadie quería cruzar las puertas." - volvió a recordar la narración de Juan.

            - Nadie salvo yo mismo - se dijo, preguntándose si estaba haciendo lo correcto buscando ese camino.

            Continuó avanzando, más despacio pero más seguro. No quería volver a tropezar, no sabía si tendría tanta suerte de volver a soltarse. Terminó ignorando los gritos de aquella gente.

            Después de veinte interminables minutos de carrera, alcanzó el montículo. El demonio le miró expectante pero no se movió.

            - Ábrete, maldita sea - le ordenó Antonio, que no quería detenerse ante él por miedo a que le agarraran.

            El monstruo, que debía medir el doble que un elefante, se puso en pie y dejó, bajo sus patas, un hueco justo para que él pudiera pasar. Al fin pisaría tierra firme y saltó al hueco con urgencia, rodando por el suelo y encontrándose solo, una vez más. Nada más pasar la bestia volvió a agacharse y se cerró su vía de retorno.

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Animal es el que abandona a su mascota.

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