Camino a los infiernos

8ª parte

            Resultaba bastante angustioso saber que no tenía vuelta atrás y que lo que le esperaba delante era peor que lo que dejaba tras sus pasos. Se preguntó cómo sería la Gehenna, el fuego del gemir y crujir de dientes. Deseó no tener que atravesar un océano de fuego o se abrasaría.

            Palpó el suelo con las manos y cuando se dio cuenta de que era tierra firme, arena y que nadie gritaba bajo su peso, se quedó sentado unos segundos, recobrando el aliento.

            No tardó mucho en darse cuenta de dónde estaba y el espectáculo espantoso que se estaba mostrando ante sus ojos.

            Sobre su cabeza estaba la masa informe de pies, los pies de los que había estado pisoteando y cubría toda la extensión del cielo. Lo más terrible era que esa estratosfera humana se sostenía por la propia presión de ser una multitud. Lo sabía porque veía llover gente del cielo, por doquier se veían humanos desprendiéndose y gritando de horror al ver hacia dónde caían: A un mar de fuego y llamas donde la gente se abrasaba viva sin consumirse.

            Él estaba en un peñasco que parecía comunicar ambos círculos del infierno. Éste descendía en línea recta hasta llegar a la siguiente bestia que ejercía de puerta. Lo bueno era que nunca tendría que atravesar aquel espantoso fuego y lo malo era que la bestia que hacía de puerta seguramente abría un nuevo camino que se internaba más aún en las profundidades del infierno sin dejarle retroceder.

            "El fuego de los malditos. Aquí se consume eternamente el odio de los que no perdonaron, la ira del violento, la agonía del vengativo."

            - No puede ser cierto, la gente cae de ahí arriba, los que se creen justos no pueden entrar aquí. No merecen esto - siseó Antonio, que no conseguía entender lo que estaba viendo.

            Se suponía que las personas del infierno elegían su condena eterna. No entendía por qué aquellos que caían del hacinamiento de masas merecían arder en la Gehenna.

            Recuperado el aliento se puso en pie y continuó su camino. Su reloj marcaba las nueve y media. Solo le faltaba por atravesar ocho puertas. Si el camino era tan sencillo como hasta ahora, le sobraría tiempo.

            La montaña seguía su descenso hasta una especie de planicie que poco a poco se iba enterrando en el mar de fuego. Justo donde se debería acabar el camino, estaba el siguiente demonio. Una montaña de músculos que dormitaba entre el fuego como si estuviera dándose un placentero baño.

            Antonio se detuvo frente a él y no se atrevió a pedir que abriera la puerta. Durante un instante se quedó observando a las almas que agonizaban en el horror del fuego y éstos ni siquiera parecían ver a los que sufrían a su lado.

            Cerró los ojos y sintió piedad también por ellos. Quizás, si hubieran tenido la oportunidad de cambiar en vida... Pero ya era tarde, la muerte les robó toda opción de arrepentirse.

            - Ábrete - pidió al demonio.

            Éste movió una pata y bajo su piel brillante apareció un hueco que atravesaba el fuego, ofreciendo un nuevo sendero que continuaba descendiendo.

            Cuando el demonio cerró tras él, Antonio creyó que se quedaba ciego.

            - ¡Eh! - gritó al demonio -. Ábrete un poco, necesito luz.

            No hubo la menor señal de que le escuchara. La oscuridad era impenetrable y el frío le helaba hasta los huesos. Pronto empezó a tiritar y no sabía hacia dónde ir. ¿Cómo iba a encontrar la siguiente puerta? No se veía absolutamente nada.

            Entonces recordó las palabras de Juan, acerca del tercer círculo y se estremeció.

            "Aquí se encuentran los espíritus que atormentaron a sus seres queridos. Aquellos que pagaron con violencia el amor que recibían. Los que causaron terror a personas que confiaban en ellos. Estos no podrían salir de aquí aunque quisieran, eligieron este destino y esta forma de pagar sus culpas y ya no pueden escapar de su propia condena."

            El círculo del terror, y estaba solo en medio de infinidad de almas crueles que huían de sus propias iniquidades.

            - Maldita sea, no puedo quedarme aquí - se dijo a sí mismo, palpando el suelo arenoso.

            Se arrastró viendo con lo que le mostraba su sentido del tacto. Entonces escuchó un desgarrador lamento a su espalda.

            - Suéltame, no lo hagas, ¡no! - después se escuchó un golpe seco y un sonido semejante a la sangre derramada en el suelo.

            Antonio continuó su descenso, fiel al camino, temblando de miedo, escuchando a su alrededor por si alguien se acercaba. Tenía que encontrar la siguiente puerta cuanto antes.

            Pero su mano tropezó con el vacío. Se detuvo y trató de palpar hasta dónde estaba el agujero pero la tierra se acababa y no pudo palpar la continuación del camino.

            - Mierda, esto no puede estar pasando.

            Siguió palpando alrededor y a la derecha continuaba habiendo arena que descendía.

            Alguien le cogió del pie y tiró de él hacia atrás. Una maldita mano había salido del abismo y tiraba de él para llevárselo consigo. Antonio pataleó con fuerza y trató de zafarse como pudo, pero esa garra tenía una fuerza inusitada.

            - Suéltame, suéltame, mal nacido, déjame en paz - gritó, enojado.

            Le estaba arrastrando y ya solo tenía el trasero apoyado en el camino, no tenía dónde sujetarse. Desesperado dio patadas al aire con el otro pie, allá donde debía estar el que le estaba sujetando y de casualidad golpeó algo. Se escuchó un gemido de dolor y al fin se vio libre. No tardó en poner todo su cuerpo sobre la tierra y a cuatro patas siguió su descenso meticuloso, tanteando cada centímetro de tierra que tenía delante, siempre descendiendo.

            Su corazón estaba demasiado acelerado, parecía que se le iba a salir por la boca. No quiso pensar en su entorno, ni en la gente que debía pagar allí sus errores en la vida. Eran personas que seguramente se lo merecían. Habían atormentado a las personas que les habían amado, esa gente no merecía otra cosa que pasar toda la eternidad sufriendo de su misma medicina, temiendo cualquier sonido y sufriendo torturas eternas.

            Pasito a paso no contó el tiempo, estaba tan asustado que para él solo había una cosa en la que se permitiera pensar. En el siguiente palmo de camino.

            Entonces alcanzó un tope, una especie de pared dura como el mármol. Miró hacia arriba y la palpó. Era una especie de pie enorme que cortaba su camino. Deseó con todas sus fuerzas que fuera el demonio de la puerta.

            - Ábrete - suplicó.

            No ocurrió nada. Siguió palpando y después de unos minutos de desesperación por no saber hacia dónde continuar vio una abertura con luz rojiza frente a él. El demonio de la puerta había levantado el pie y podía pasar por debajo, arrastrándose. Dado el inmenso tamaño de aquel monstruo, si se le ocurría bajarlo mientras él estaba debajo, lo aplastaría como una cucaracha pero prefería ese riesgo a seguir un minuto más en ese infierno de oscuridad.

            Reptó bajo su pata y mientras estuvo debajo creyó que no sobreviviría a esa aventura. Ese demonio podía aplastarlo y no era fácil arrastrarse bajo su pie. Era como reptar por una grieta que en cualquier momento podía cerrarse.

            Cuando salió suspiró profundamente y se quedó sentado, apoyado sobre sus rodillas. Acababa de llegar al cuarto círculo, casi la mitad del camino. No podía imaginarse tormentos peores a los que ya había visto.

            Miró el reloj... No podía ser. Le dio varios golpecitos pero sabía lo inútil que era eso.

            Marcaba las tres. ¿Tantas horas había vagado por la oscuridad? Estaba en el segundo día, le quedaba un día y algo más y ni siquiera estaba en la mitad del camino.

            Cuando dejó de mirar a su muñeca se quedó con los ojos abiertos como platos.

            - Dios santo... - rezó.

            "Aquí están los que por decisión propia causaron dolor extremo y torturas a otros." - la voz de Juan se repetía en su cabeza y sus ojos no podían apartar la mirada de aquel espectáculo espantoso.

            Más abajo, el camino terminaba en otra planicie donde varios ríos de sangre parecían confluir a un océano interminable. En la superficie donde no veía sangre vio a millones de personas siendo objeto de tortura. Unos seres con patas de cabra y torso humano, como niños, estaban jugando con instrumentos haciendo pedazos a las personas. Los diablillos parecían divertirse con su trabajo.

            Lo más aterrador de todo no era lo que veían sus ojos, sino que esos seres mitológicos le estuvieran mirando a él.

            Antonio se puso en pie y eso le hizo sentir que tenía ventaja sobre ellos, que apenas le llegaban a la cintura. Sin embargo varios de ellos dejaron sus trabajos a medias y habían cogido cuchillos, hachas, alfileres... lo que encontraban por ahí, y se empezaron a acercar a él.

            - Yo no vengo para quedarme - les dijo, caminando hacia el océano de sangre -. Seguir con vuestro trabajo, no pienso deteneros.

            Los diablillos hablaron entre ellos en una lengua que no entendió.          

            - Alejaros de aquí, no hay nada que ver.

            Antes de terminar la frase un diablillo le había saltado sobre su espalda y le clavó un cuchillo en el hombro.

            - Aléjate, maldito - Antonio se defendió, le agarró por la pata peluda y lo arrojó con todas sus fuerzas hacia sus semejantes, derribando a dos de ellos. Se quitó el cuchillo del hombro y se puso la mano para contener la hemorragia, pero la sangre brotó a borbotones y se sintió mareado. Quiso quedarse el arma, pero esos seres estaban mejor armados que él de modo que le tiró el cuchillo a uno de ellos pero lo esquivó con facilidad.

            Solo había una opción. Correr.

            Sus piernas no esperaron a que diera la orden de salir de allí por patas. Antes de darse cuenta estaba dando potentes zancadas huyendo de aquellas criaturas diabólicas. Tenía que llegar al mar, tenía que nadar hasta la isla que parecía estar en medio de todo. Debía ser la puerta al siguiente círculo.

            Corrió con todas sus fuerzas y miró atrás un instante. Tenía, pisándole los talones, todo un ejército de esas criaturas. Gritaban enfurecidas y le arrojaban todo tipo de cosas. Algunas le hicieron cortes, otras se le clavaron en la espalda. Sintió que las fuerzas le abandonaban y que no importaba que llegara a aquel océano, llegaría para morir.

            Sin embargo, a pesar de que se desangraba, no se estaba muriendo. Se sentía más débil pero, al igual que aquellas pobres almas torturadas, no podían morir allí. Esa era su pena, sufrir torturas eternas.

            Alcanzó la orilla del océano de sangre y se zambulló en ella dejando a los demonios atrás. Éstos dejaron de arrojarle cosas cuando estuvo lo bastante lejos. Luego, uno a uno volvió a su siniestra ocupación.

            Flotando en la sangre, Antonio se sacó los cuchillos clavados en su espalda. Cada una de esas heridas eran mortales en el mundo real, debería haber muerto. Sin embargo, cuando se sacó los punzones y puñales, sus heridas sanaban. Lo hacían al contacto con la sangre de ese mar. Era una sensación extraña, le daba asco estar nadando en una sustancia tan viscosa pero era cálida y parecía devolverle las fuerzas. Mientras flotaba en esa sangre vio que los duendecillos arrojaban sus moribundas víctimas al océano y que después sacaba a otra persona del interior del mar de sangre, una persona aparentemente curada. Así se debía repetir el ciclo, los torturaban hasta que no les quedaban fuerzas para gritar más y luego les arrojaban al océano, donde se curaban para volver a sufrir otra nueva tortura si es que volvían a la orilla.

 

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Animal es el que abandona a su mascota.

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