Camino a los infiernos

9ª parte

            Antonio siguió nadando sobre la sangre curativa hasta la isla y sus brazos se toparon con un bulto en medio de la sangre. Era el cuerpo de una mujer que parecía estar ahogándose en la sangre. Sin pensarlo trató de sacarla a la superficie, para que pudiera respirar. Ésta escupió sangre y cuando recuperó el aliento se puso a toser.

            - ¿Estás bien?

            - ¿Por qué me has sacado? - gritó ella -. Quiero asfixiarme en mi propia sangre, yo hice lo mismo con mi hijo... Yo le maté igual, merezco morir así.

            Dicho eso se volvió a zambullir en el océano, buscando su propia muerte, ignorante de que ésta había llegado hacía mucho tiempo.

            Antonio se preguntó quién podía haber ahogado a su hijo en su propia sangre. No pudo sentir ni siquiera lástima por ella. Siguió nadando hasta alcanzar la isla y al fin tocó tierra. ¿O debía decir carne y músculos? Había llegado al archidemonio de la puerta al sexto círculo.

            - Cielo Santo, todavía no he visto lo peor - se dijo, mirando su reloj -. Son las siete. Si los próximos círculos no son demasiado grandes, llegaré a tiempo.

            Caminó sobre aquel archidemonio con forma de minotauro. Se preguntó por donde estaría la entrada al sexto círculo.

            - Ábrete - le ordenó.

            Éste elevo una mano y en medio de lo que era su cuerpo, apareció una apertura a un lugar que apestaba a podrido.

            Antonio se metió en el hueco y se llevó instintivamente la mano a la nariz.

            - Maldita sea, este es el penúltimo círculo, ¿donde están los otros dos?

            Pensó que quizás el primer círculo era el lugar donde había conocido a Fausto y el séptimo debía ser el océano de sangre. Ese era el octavo, el penúltimo círculo. Recordaba perfectamente la explicación de Juan sobre el lugar que tenía delante.

            "El lugar para los traidores, los charlatanes, los necios que creyeron sus propias mentiras, los hipócritas que juzgaron a los demás con dureza y les hicieron pagar por aquello que ellos mismos habían hecho mucho peor. Aquellos que animaron a otros a morirse, en sus momentos finales, aquellos que participaron en la planificación de condenar inocentes y nunca se arrepintieron. Aquellos que con veneno llenaron los oídos de aquellos que les acompañaban y con su podredumbre causaron un terrible mal a terceros por su falta de corazón."

            Aquel sitio estaba atestado de gente enferma, llena de pústulas, personas agonizantes que no podían respirar, personas que padecían tormentos horribles por tener la piel llena de hongos, por que se les caían los miembros por la lepra, otros llenos de bultos negros que parecían la peste. Todos lamentaban su suerte y ni siquiera se movían, eran un manto de podredumbre, cuerpos que ni siquiera tenían fuerza para levantarse. Donde no había cuerpos había una especie de pantano pestilente, agua o lo que fuera, que cubría los cuerpos o algunos estaban medio sumergidos. Se veía flotar una neblina verdosa que olía a muerte.

            Tendría que caminar sobre ellos y eso le daba demasiado asco. Se contagiaría de sus enfermedades. Sin embargo tenía que hacerlo, tenía que seguir y encontrar la última puerta.

            Sus pies chapotearon en aquel agua oscura y apestosa y caminó sin saber exactamente hacia dónde debía ir. Después de vagar sin rumbo durante un buen rato vio a lo lejos una especie de andamio que subía por las paredes de roca. Pensó ir hacia allí, pero pensó que no debía subir, debía buscar un archidemonio enorme que le abriera la última puerta.

            ¿Pero dónde estaba?

            Cuando pensó que era inútil seguir buscando escuchó que alguien corría hacia él chapoteando con sus pies. Miró hacia atrás y vio a un demonio con cara de cono, patas largas como de conejo y barriga prominente, corriendo hacia él con una estaca de madera de más de un metro de largo. La manejaba como una porra de enormes proporciones.

            Gritaba un sonido gutural y no parecía tener buenas intenciones. Iba directo a por él.

            Antonio corrió con todas sus fuerzas, intentando librarse de esa criatura, pero a pesar de su aspecto tosco, el maldito monstruo corría más que él. No podría huir eternamente, se estaba cansando.

            Entonces tropezó y cayó de bruces en un charco de pestilencia. Sintió que ese líquido asqueroso se le metía en la boca y lo tragó sin darse cuenta.

            La criatura le alcanzó y le pisó en la espalda obligándole a estar sumergido en ese líquido hediondo que parecía sangre putrefacta. Entre las nauseas que sintió y las arcadas, se le metió de ese líquido por la nariz.

            Un palazo le golpeó las piernas. Esa bestia le estaba intentando partir las piernas para que no pudiera correr más. Le volvió a golpear y notó que le hería seriamente una rodilla. Parecía disfrutar machacándole y él no podía ni siquiera sacar la cabeza de ese líquido, ese monstruo pesaba demasiado.

Usó toda la fuerza que pudo con sus brazos pero los porrazos le obligaron a cejar su empeño. Se estaba asfixiando, estaba a punto de morir... cuando estaba tan cerca... Solo le quedaba una puerta.

            Un palazo final le rompió el brazo derecho un poco más arriba del codo, el monstruo siguió golpeándole hasta romperle las cuatro extremidades. Sentía que ya no tenía fuerzas para luchar, pero antes de morir, el monstruo le sacó del charco y le depositó encima de otros cuerpos.

            Al fin podía respirar, pero sobrevivir no había sido mejor que haber muerto allí. Se dio cuenta de que no podía moverse, estaba tan inerte como todos los que estaban allí tirados. Intentar mover sus miembros era una tortura, solo el reposo le daba cierta calma.

            No tardó en darse cuenta de que la enfermedad empezaba a adueñarse de su cuerpo. Sus piernas le empezaron a doler, sus brazos también, sintió el aguijoneo dulzón de la gangrena dominando sus extremidades. Su lengua se había empezado a llenar de yagas, sus ojos le picaban, quería toser, pero ese monstruo le había roto varias costillas... Nunca saldría de allí y lo que era peor, empezó a desear que el tiempo pasara porque así Fausto acabaría matándole de una vez.

            - Así termina todo - se dijo, resignado -. Me lo merezco, he sido cruel, he sido golpeado porque creí ser justo... he intentado asesinar a Sam, una chica a la que solo podía amar a pesar de sus incontables asesinatos. Ella no tenía la culpa de ser lo que era, era una vampiresa, su naturaleza no le permitía elegir y yo no tenía derecho a ser juez y verdugo. Ella me ofreció todo, y la intenté matar... También maté a Verónica, pensando que hacía un bien a la humanidad. No me daba cuenta de que esa chica estaba indefensa, ya la había salvado de que los médicos la dejaran morir por falta de dinero para pagar su hospitalización, ella era una víctima del Diablo y yo... no la perdoné. Me merezco todo esto, me quedaré aquí, ya que es lo justo... Y porque no puedo moverme, claro - añadió, sonriente.

            Aquellas declaraciones le hicieron sentir mejor. No debería pero su corazón parecía haberse librado de un gran peso. Cerró los ojos y esperó que sus latidos cesaran. La vida se le estaba escapando por momentos y la muerte pronto le tomaría.

            Entonces escuchó una voz.

            - Mírame, tienes que darme la mano - dijo alguien, delante de él.

            - Vamos Antonio, no te rindas, te dije que te sacaría de aquí.

            Aquella voz era conocida. No podía creer que le escuchara allí.

            - ¿Pedro? - dijo, en un débil susurro.

            Abrió los ojos y le vio allí.

            - Vamos amigo, te he estado siguiendo por todos los infiernos pero eres demasiado rápido. Hasta intenté guiarte por la oscuridad pero cuando te agarré tú me golpeaste. Debes levantarte, no te rindas. Juntos escaparemos del infierno.

            - ¿Cómo saliste de aquella masa de gente? - preguntó.

            - Era sencillo, todos querían salir hacia arriba. Yo me dejé pisotear hasta el fondo. Cuando te vi correr pensé que no saldría nunca de allí de modo que me arrastraron y caí. Me achicharré en el mar de fuego pero te vi a lo lejos, buscando la siguiente puerta y te seguí.

            - No puedo moverme - siseó Antonio -. Tengo brazos y piernas rotos. Además estoy enfermo, nunca sobreviviré a esto ni aunque fuera a un hospital.

            - Vamos, yo te llevaré - se ofreció Pedro, cargándolo sobre sus hombros.

            - ¿Por qué me ayudas? - preguntó -. Puede que te quedes en este círculo para siempre.

            - Lo hago porque eres mi amigo... y porque tú liberaste a Verónica de su condena.

            - ¿Que yo qué? - preguntó extrañado mientras Pedro lo llevaba cargado.

            - Al intentar matarla, ella abrió los ojos y pidió perdón a Dios. Sobrevivió el tiempo justo para convertirse en un ángel de luz. Nunca volverá al infierno y eso, amigo mío, me obliga a salir de aquí. Solo permanecía en este horrible lugar porque ella también estaba aquí.

            Antonio no podía creer lo que estaba oyendo. Qué pequeño era el mundo, su amigo conocía a Verónica.

            - Pero, no sabía que Verónica tuviera novio. Al menos uno que no fuera el Demonio - le dijo.

            - No era mi novia - respondió Pedro -. Pero ojala no la hubiera conocido en esas circunstancias. Lo único que mereció la pena de mi vida fueron los días que la conocí. Tengo que estar con ella, ¿entiendes?

            - No sé si tú podrás salir de aquí - le dijo Antonio -. Tú ya estás muerto.

            - No puedo si tú no me sacas - confesó Pedro -. Yo te empujaré a la última puerta y tú... harás el resto.

            Antonio no tenía tanta seguridad como su amigo, que lo cargaba con debilidad arrastrando los pies por ese líquido fangoso putrefacto. Quería descansar, dormir, dejarse consumir por la enfermedad, pero estaba demasiado asustado. Ese monstruo les vería y terminaría con sus últimas esperanzas. Destrozaría a Pedro y a él le volvería a golpear. Aunque las extremidades le dolían de forma indescriptible, no podría soportar otra paliza tan brutal.

            - No dejes que nos encuentre - susurró, en una súplica.

 

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Animal es el que abandona a su mascota.

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