Diario de Olivia: Anosognosia

10ª parte

            - ¿Has olvidado que vendiste tu alma, Verónica? - susurró una voz suave, sugerente, masculina y sobradamente conocida -. No puedes huir de mí, nunca podrás hacerlo por mucho que te arrepientas. Hicimos un trato y te di lo que me pediste. Tu alma es mía.

            Verónica abrió los ojos. No estaba en ninguna ambulancia, era un lugar oscuro con resplandores rojizos. Estaba sentada en arenas negras volcánicas y hacía un calor espantoso. Estaba desnuda y junto a ella estaba el Gemelo, también desnudo, el ser humano más hermoso que existía. Su barba no impedía ver sus perfectos rasgos varoniles y sus poderosos músculos brillaban por un sudor uniforme. En contraste con las otras bestias que la observaban, aún resaltaba más su perfecto aspecto humano.

            - Aunque creas que estás viva, recuerda que nunca te has movido del lugar al que perteneces - añadió él.

            Se sintió extraña como si ese fuera su hogar y aquella la única realidad que existía realmente para ella, como si supiera que era el único sitio donde la querían aunque solo fuera para torturarla eternamente. Se sentía como si acabara de despertar de un largo y profundo sueño pero aún tuviera la necesidad de dormir mucho más tiempo. Recordó la conversación que tuvo con el doctor y se dio cuenta de que le había diagnosticado bien su enfermedad... Anosognosia. Su mente huía de la realidad y se empeñaba en negar su verdadero problema. Que nunca había salido del infierno.

            - Esto no es real, es una pesadilla - se rebeló.

            - Cada vez  te cuesta más irte. Pronto serás incapaz...

            Volvió a dormir profundamente para volver a escuchar las sirenas de la ambulancia. Se preguntó, de repente, si todo lo que estaba viendo era una gigantesca mentira. ¿En realidad había vuelto a la vida o estaba soñando desde el infierno? Lo cierto es que su regreso no había sido, en absoluto, gratificante. No quería volver al hospital donde estaban sus padres.

 

            El tiempo que transcurrió hasta que logró despertar era difícil de medir. Cuando por fin volvió en si, estaba tumbada en su cama del hospital, en la misma habitación donde un hombre pelirrojo con barba de tres días y cabeza rapada al uno, miraba por la ventana. Era de día y según el reloj de enfrente de su cama eran las doce y cuarenta y cinco.

            Tenía el cuerpo agarrotado, como si no hubiera podido descansar bien. Se movió en la cama y trató de incorporarse. Sin embargo había unas correas sujetando sus muñecas y no pudo hacerlo.

            Su movimiento llamó la atención del hombre y la miró con sorpresa. Era un tipo alto, delgado, vestía vaqueros claros muy gastados y una chaqueta negra de tela brillante. Tenía una extraña tira de cuero encima de la camisa, triangulando el hombro derecho por lo que dedujo que era un detective o policía vestido de paisano.

            - Buenos días - dijo el agente.

            - ¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?

            - Me llamo Antonio Jurado, soy inspector de policía. Llevo tu caso desde... creo que desde que ascendí a inspector. Eres muy difícil de localizar, ¿sabes?   

            - ¿Por eso me ha sujetado como una loca?

            - Digamos que es por tu bien. Ayer pudiste morir congelada si no te llegan a encontrar.

            - Estaba perfectamente - escupió con desprecio -. No quiero seguir encerrada aquí.

            - Puede ser que no hubieras muerto, pero no sería justo para tus padres. Llevan más de diez años buscándote.

            - ¿Y no se pregunta por qué no quiero ser encontrada? - replicó ella, burlona.

            - Sí, por esa razón les he prohibido entrar a verte hasta que tú me lo cuentes todo - no había duda de que Antonio tenía el mando allí así que Verónica decidió que lo mejor sería colaborar con él.

            - ¿Qué quiere saber?

            El inspector se rascó la barbilla y sonó con fuerza el rac, rac de su uña con su barba de tres días. Era un hombre muy atractivo con rasgos alargados, pómulos marcados y ojos grandes de color marrón oscuro. Tenía entradas marcadas en la frente por lo que dedujo que se rapaba para que no se notara tanto si creciente calvicie. En su muñeca izquierda lucía un reloj de agujas, redondo con fondo negro y números y agujas plateadas. En la otra mano se apreciaba una pulsera de cuero con bolitas de colores, seguramente regalo de su novia o alguno de sus ligues. Lo que no le gustaba de ese hombre era su mirada inteligente y su auto convicción de que no había nada que no se pudiera comprender sin una buena investigación. No creía en fantasmas, no creía en demonios y sin duda sabía cual era su enfermedad, de modo que estaba poco predispuesto a creerla.

            - ¿Empieza por contarme qué pasó cuando te fuiste de tu casa? ¿Dónde estuviste? - preguntó, sin mirarla.

            - ¿En Argentina? - preguntó ella, irónica -. Verá, me he ido de tantas casas...

            - Me refiero a tu casa, en Madrid, por supuesto.

            - Era alquilada, no era mía.

            - Ya sabes a qué me refiero - replicó el agente, impaciente.

            - No, no lo sé.

            - Desapareciste más de diez años.

            - Oh, pero no tiene sentido que le conteste a eso - dijo ella -. No me va a creer.

            «Es solo un sueño» - escuchó en su mente, era la voz de Juan... No, no era Juan-. «Por eso tienes esos poderes de viajar en el tiempo. Incluso podrías volar si te lo propusieras en serio.» 

            Se estremeció al reconocer la voz que la hablaba. No era una voz en su cabeza, era una voz real que le hablaba desde su realidad. Nunca había hablado con Dios, solo con el Gemelo. De pronto se dio cuenta de que esa voz no era la misma que había hablado con Olivia aunque sonaba idéntica.

            - Creía que había vuelto... - se dijo, temblando por la desesperación.

            - Claro, aquí estás - dijo Antonio, extrañado.

            Le miró con fastidio, como si fuera una molestia.

            - Desaparece de mi vista - le dijo, enojada.

            Si era un sueño, lo haría, pensó.

            - Aquí soy yo quien da las órdenes, guapa - replicó el inspector, enojado.

            - ¡No eres nada! - exclamó -. No existes, solo estás en mi cabeza enferma. Todo es mentira, nada de esto es lo que creo que es, maldita sea, fuera de mi vista.

            - ¡Enfermera! - gritó el agente, preocupado -. Por favor, enfermera.

            Ella trató de soltarse de sus correas y forcejeó como una sicótica agresiva. Se comenzó a hacer daño en las muñecas y Antonio la miró asustado, temiendo que pudiera soltarse o hacerse más daño.

            La enfermera vino corriendo al oír los gritos. Al ver cómo se comportaba Verónica volvió a salir corriendo y desapareció.

            - Voy a buscar unos calmantes. Por favor, intente calmarla - dijo su voz a medida que se alejaba corriendo.

            El inspector se aproximó a ella con determinación y la sujetó por los hombros. Ella se resistió y quiso levantarse pero él tenía mucha más fuerza y finalmente la hizo apoyar su espalda contra el colchón empleando todas sus fuerzas. Ella siguió luchando por soltarse pero entonces el inspector le plantó un beso en los labios que casi la deja sin aliento. De la sorpresa dejó de resistirse y su corazón empezó a latir con excitación. Sintió su picuda barba arañando sus labios y el calor de su aliento penetrando en su lengua con un sabor a hierro desagradable.

            La enfermera llegó a  la habitación y cuando los vio dejó de correr. Antonio se apartó de ella e invitó a la enfermera a acercarse.

            Verónica escupió asqueada.

            - ¿Por qué demonios ha hecho eso? - exclamó.

            El inspector se quedó pálido.

            - Había que calmarte, no eres la primera chica a la que silencio con un beso.

            - Si me disculpa - dijo la enfermera, visiblemente violenta.

            «No serás el primero al que mato... he matado a otros por mucho menos que esto.» - pensó ella, sintiéndose terriblemente vulnerable en aquella situación.

            La enfermera se acercó y la miró con una extraña mueca de comprensión en los ojos.

            - ¿De verdad vas a necesitar esto? - le mostró la jeringuilla con un líquido transparente dentro.

            - No, ya estoy más tranquila - replicó ella -. No me deje sola con ese cerdo.

            - Puede estar tranquila, no voy a hacerle nada - trató de defenderse él.

            - Me quedaré aquí, si no le importa. Por si vuelve a ponerse violenta - replicó la enfermera, sentándose en el sofá de cuero que había junto a la puerta.

            - Estupendo - aceptó el policía, conforme.

            Verónica se tranquilizó. Era otra chica que la que había visto haciendo guardia la noche que se fugó. Esta parecía muy buena persona y sintió que sin haber hablado con ella podía confiar en ella. De algún modo le recordó a Pedro, la única persona que podía ver su interior con solo mirarla. Aquel parecido fue un bálsamo más eficaz que cualquier droga que pudieran inyectarle.

            - Volvamos a empezar - dijo el inspector -. ¿Donde estuviste estos diez años?

            - No le conozco, no me fío de usted... - replicó Verónica, dando más largas -. Le prohíbo que me tutee.

            El inspector soltó un profundo suspiro.

            - Responda a la pregunta - insistió, dejando de tutearla.

            - Déjeme pensar... hace tanto tiempo...

            - Lo recuerda perfectamente - insistió el policía.

            - ¿Cómo puede estar tan seguro? - preguntó ella -. Dígame, ¿qué hizo usted hace diez años? Justo un día como hoy... por cierto no sé ni qué año estamos.

            - Hoy es quince de enero de dos mil nueve - respondió él.

            - Cielo santo... - replicó ella asombrada -. Tengo treinta y tres años...

            El inspector esbozó una sonrisa de ironía. No podía creer que no supiera eso.

            - ¿Por qué se sorprende tanto?

            - En el psiquiátrico donde estuve ni siquiera me pregunté qué día era. No sabía cuanto tiempo había pasado exactamente.

            - Vaya, al fin un dato.

            - ¿No lo sabía? - pregunto Verónica, fastidiada.

            - Claro, pero es la primera muestra de colaboración.

            Verónica miró a la enfermera, desconfiada.

            - Si le digo dónde estuve antes de ir al psiquiátrico no me va a creer, me volverán a meter en uno.

            - Haré un esfuerzo por creerla.

            - ¿No puede dejarlo estar? - preguntó Verónica, enojada -. ¿No basta con saber que estoy aquí?

            - Digamos que existe un vacío legal en su historial y necesitamos rellenarlo.

            - ¿Estoy obligada a responder?

            - Eh... No, pero imagine que alguien la acusa de asesinato. Necesitamos saber dónde estuvo.

            - No, porque no puedo demostrar que estuve allí. No le importa dónde estuve.

            El agente soltó un largo suspiro y negó con la cabeza.

            - Al menos dígamelo, necesito saberlo. Son años de mi vida que he dedicado...

            - Que ha tirado a la basura querrá decir... - corrigió ella -, ah, no que usted cobra por perder el tiempo escarbando en el pasado de la gente.

            - Dígame una pista al menos.

            - Oh, eso puedo hacerlo, hacía mucho calor y mucha gente mala.

            - ¿Marruecos?

            - El peor asesino de Marruecos se cagaría en los calzoncillos frente al menos cruel de ese lugar.

            - ¿México? - preguntó el policía, tratando inútilmente de sonsacarla.

            - Por favor, agente, no insulte a los mejicanos.

            - Dígame el lugar, señáleme un país en el mapa del mundo...

            - Váyase al infierno - replicó ella.

            - Está bien, está bien... puede que otro día esté más tranquila.

            - Lo ve, no me ha creído - susurró ella.

            - ¿Perdón? ¿Qué ha dicho?

            - Nada, pero tenga cuidado con la puerta, podría golpearse esa cabeza cuadrada que tiene.

            El agente se tomó esa frase como una despedida grosera pero no replicó. Renegando se marchó. Verónica suspiró aliviada y se relajó para volver a dormirse.

            - Disculpa - dijo la enfermera -. Puedo testificar, ¿ese hombre ha abusado o intentado abusar de ti?

            Aquella pregunta hizo sonreír a Verónica por el buen corazón de esa mujer.

            - No, perdí los nervios... No sé por qué me besó, pero no fue abuso.

            - Por menos han metido a gente en la cárcel - replicó la enfermera.

            - ¿No puede dejarlo estar? - pregunto Verónica, cansada de tantas estupideces mundanas.

            - Como quieras, pero si cambias de idea...

            - Quiero dormir, por favor que nadie me moleste más.

            - Tus padres quieren verte, están impacientes.

            - Por favor, no quiero verles ni ahora ni nunca.

            La enfermera asintió. Se levantó y se marchó sin decir nada más. Por su parte Verónica se giró en la cama, mirando hacia la ventana y cerró los ojos tratando de dormir. No quería saber nada del mundo, ni del pasado ni del futuro, ni del cielo ni del infierno. Solo quería descansar, dormir sin soñar.

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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