El cuadro

3ª parte

Alfonso aparcó junto a la ambulancia, preocupado por lo que le hubiera podido pasar a su jefe. ¿Tanta gente para un coche volcado?

—Disculpe, agente. ¿Qué ha pasado?

—¡Circule! —Le gritó el guardia civil.

—Estoy buscando a Chema, me llamó por teléfono y dijo que sufrió un accidente por aquí. ¿Le ha pasado algo?

—Coche volcado y una víctima mortal. Ignoro su nombre.

El guardia le invitó a asomarse a la cuneta y al ver el accidente, Alfonso se quedó pálido.

—Pero, ¿cómo ha muerto? Él estaba bien.

—Los forenses lo averiguarán, aún no está muy claro. Si quiere pregunte a los asistentes sanitarios.

—Gracias.

Saltó a la hierba desde el arcén y caminó con las rodillas temblorosas hasta el personal sanitario que por alguna razón le miraba como si le estuvieran esperando.

—Disculpen, ¿cómo está Chema? Me llamó hace media hora...

—¿Le ha llamado? —Cortó uno de ellos, muy interesado.

—¿Ese es? —Insistió asustado.

—No lo sabemos, hasta que no llegue el juez no podemos levantar el cadáver —respondió el otro

—Pero sí sabrán cómo ha muerto.

—No tiene heridas. Aunque por la expresión de su rostro... Murió de un buen susto —respondió el primero.

—Joder.

—Me llamo Jaime, soy paramédico y éste es Lucas. ¿Usted es...

—Alfonso... Chema es mi jefe... Era.

—Te importaría que hablemos de él. Estamos muy confundidos con las circunstancias de su muerte.

—No me extraña.

—Es la cuarta víctima de un asesino en serie...

—No estamos seguros, Jaime —rectificó su compañero Lucas.

—No existe relación aparente entre las víctimas pero han muerto en las mismas circunstancias. Cualquier cosa que nos pueda decir de Chema, si fumaba, si frecuentaba prostíbulos, tenía amistades peligrosas, algún enemigo...

—Era dueño de una tienda de chucherías y disfraces. No tengo ni idea de sus vicios. ¿Ha dicho que es el cuarto esta semana?

Jaime suspiró desalentado.

—Supongo que no puede ayudarnos. ¿Conoce a su mujer? ¿Algún amigo más intimo?

—No, llevo trabajando para él desde el mes pasado. Pero creo que sé algo.

—Todo lo que pueda arrojar alguna luz a esto... —animó Jaime.

—En Halloween hemos estado recibiendo llamadas de personas que decían sentirse acosadas, perseguidas.

—¿Qué tiene que ver Halloween?

—Vendíamos un cuadro de broma. La gente se asustaba mucho al verlo y luego cuando llamaban aseguraban que alguien le acosaba.

—¿Gente? ¿Quiénes? ¿Recuerdas sus nombres?

—Yenny,... El resto no sé, no lo apunté.

—¿Chemo y Fernando? —Completó Jaime.

—El primero me suena, el segundo no.

—Tengo la dirección de dos, ¿te importa acompañarme para hacerles unas preguntas a sus familiares y amigos?

—Lo siento pero no creo que pueda serle de mucha ayuda...

—Alguien está matando gente aleatoriamente y sólo tenemos la forma en que mueren. Tiene que existir un nexo —insistió Jaime—. No digo ahora, yo también he tenido un día duro, pero mañana a primera hora.

—La tienda no puede cerrar. Ahora que mi jefe no está... Soy yo el encargado, supongo.

—Dime la dirección y te iré a recoger a la hora de comer. En dos horas estaremos de vuelta.

—Vale, pero sigo pensando que no le podré ayudar mucho.

—Una de las víctimas era Yenny.

Alfonso abrió los ojos como platos.

 


Volver a la tienda sin el jefe fue más duro de lo que creía. Tuvo que notificar a la central lo que había sucedido y recordarlo fue doloroso. Además esperaba que enviaran ayuda y le dijeron con frialdad que la tienda no generaba suficientes beneficios para mantener dos empleados por lo que no mandarían a nadie más. En otras palabras, salían ganando con su muerte.

Seguro que a Jaime le gustaría saberlo.

La mañana no fue nada provechosa ya que vendió tres bolsas de chucherías y dos globos de helio. Después de comer era cuando arrancaba el negocio así que no le dolió echar el cierre a la una y media en lugar de las dos, como era habitual. El médico llegó a esa hora vestido sin su bata verde y decidió no hacerle esperar.

 

Utilizaron la propia ambulancia sin la sirena para hacer la primera visita a una tal Vanessa, la novia de una de las víctimas.

Al llamar al telefonillo se llevaron la decepción de que no contestaba. Después de diez minutos llamando y esperando salió una mujer de unos sesenta años y Jaime la preguntó.

—Disculpe, estos buscando a Vanessa, una chica que vive en el cuarto piso.

—Una muy guapa —cortó la mujer—. Sí, es muy maja, sale a correr por las mañanas al Retiro con su perrita... No, la de la perrita es del quinto. La Vane está sola.

—Supongo que no sabrá cuándo volverá —cortó Jaime sin parecer brusco.

—Depende de quién pregunte, verá hay mucho sinvergüenza.

—Quiero hacerle unas preguntas sobre su novio, se llamaba Chemo y fue asesinado hace unos días. Estamos investigando lo sucedido.

—¿Ese pobre muchacho que murió de un infarto? Qué pena, Dios mío. ¿Era su novio? Ay, Santa Madre Inmaculada.

—¿Cuándo vuelve?

—Trabaja hasta las seis, creo, no me preguntes en qué, pero suele llegar sobre a las siete o así.



De regreso a la ambulancia Alfonso estaba muy pensativo, como si estuviera exprimiendo su cerebro por dentro. Jaime le preguntó, intrigado.

—¿Ocurre algo?

—No, es que Chemo no es un nombre corriente y el caso es que lo he escuchado hace poco y no consigo recordar dónde. ¿Lo tienes completo?

—La verdad, yo tampoco lo había oído nunca. Espera, en la ficha pone... —abrió la guantera y sacó una copia fotocopiada y doblada de su informe de defunción—: Chemo Rodríguez Evangelista.

—Pues ni idea.

—Mira, te voy a ser sincero —se puso serio Jaime—. De todos los años que llevo siendo médico desde que saqué las oposiciones, allá en 2007, he visto muchos cadáveres y pero de la forma tan horrible que he encontrado a esta pobre gente. Cuatro muertes similares, en esas circunstancias, en menos de una semana no lo ha visto nadie... En España. Ayer curioseé por internet y descubrí casos similares en Holanda, Argentina, Perú y Chile; todos, la semana de Halloween. Te dije que sospechaba de un asesino en serie pero dudo que sea uno convencional.

—¿A qué te refieres? —Inquirió Alfonso.

—O es un grupo de satánicos o unos asesinos organizados por internet. ¿Cómo sino podría estar en tanto lugares a la vez? Deben haber usado alguna clase de droga del terror indetectable para matarlos así.

—Ah... —Alfonso parecía decepcionado.

—¿Se te ocurre otra cosa?

—Bueno, es Halloween. ¿No crees que pueda ser un fantasma?

—Los fantasmas no existen —sentenció el médico.

—Ya —aceptó tímidamente Alfonso.

 


La segunda visita fue más fructífera. Los padres de Yenny seguían organizando su entierro ya que el presunto asesinato fue apenas dos días antes.  

Aún estaban todos en casa pues sería a las ocho y la vivienda estaba llena de familiares y amigos tratando de consolarlos. Al parecer tenía un hermano de no más de diez años que rompía el corazón verle roto entre sus padres, más enteros y hablando con tristeza pero con normalidad.

Cuando les vieron llegar el padre se levantó y se acercó a ellos con cara de pocos amigos.

—Váyanse, ya hemos dicho a la prensa todo lo que sabíamos.

—Soy médico y estoy investigando estas extrañas muertes —respondió Jaime con profesionalidad—. Si damos con la causa podríamos evitar otras tragedias, sólo quiero hacerle unas preguntas.

—Está bien, pasen a mi despacho —indicó una sala junto a la entrada y le precedieron antes de entrar él.

—Siéntense.

Se acomodaron en dos sillas que había delante de la mesa tras la que se sentó el padre de Yenny.

—Estamos destrozados, por favor no escarben demasiado en nuestras heridas.

—Sólo un par de preguntas —respondió el médico.

—Adelante.

—¿Su hija tenía amigos con malas pintas?

—Si le digo la verdad, desde los diecisiete casi ni hablamos. Ni conmigo ni con mi mujer y menos con el niño. Se ha desentendido tanto de nosotros que hemos llegado a pensar que cualquier día nos llegaría embarazada. La verdad, ahora pagaría toda mi fortuna para que la desgracia fuera esa...

Se cubrió el rostro con las manos y sollozó en silencio, reviviendo la peor pesadilla que puede sufrir un padre.

Alfonso se emocionó y lloró sin poderse contenerse. Jaime suspiró y no dijo nada mientras el señor de secaba las lágrimas con un pañuelo.

—Escuchen —añadió el hombre—, espero que tengan alguna pista del desgraciado que le hizo eso a mi hija. Quiero que el culpable acabe su vida entre rejas, ¿me han oído? Tómenselo en serio.

—No somos policías —se quejó Alfonso.

—Formamos parte del equipo de investigación —Jaime lanzó una mirada de reproche a su compañero—. No se preocupe, tenemos varios hilos abiertos. Pero necesito que me diga si conoce a alguien que tuviera más contacto con su hija, algún amigo o amiga...

—Elena, eran inseparables —reconoció—. Está ahí, junto a mi mujer.

—En ese caso no le molestaré más.



Salieron del despacho y el padre les presentó a una chica morena que miraba al infinito como perdida.

—Aquí está, estos son...

—Jaime.

—Alf... Alfonso —tartamudeó el otro muy nervioso.

El médico dedicó otra mirada de extrañeza a su compañero que parecía alterado desde que entraron en la casa.

Se preguntó si no sería mejor salir con él a que le contara lo que le perturbaba tanto y de paso lo tranquilizaba, pero la chica se presentó sonriendo encantadora y se olvidó de Alfonso por un momento.

—Elena —tenía la sonrisa de un ángel y la sombra de la tristeza le daba aún más atractivo a su persona.

—Necesitamos hacerte unas preguntas. ¿Podemos usar su despacho, señor?

—Me llamo Casimiro. Por supuesto, vayan.

 

Como Alfonso era el único nervioso y ella no parecía conocerle, Jaime pensó que simplemente le gustaba la chica y no había más misterio.

—¿Podrías contarnos qué ocurrió los últimos días de Yenny? ¿Conoció a alguien que le...

—El día anterior dijo que escuchó que la perseguían a su portal. No pudo verlo pero me contó que pasó mucho miedo... El día que murió... —se le quebró la voz y se puso el puño delante de la boca mientras sus ojos se encharcaban en lágrimas.

—Tranquila, no tenemos prisa. Respira y me cuentas más despacio.

Tuvieron que darle cinco minutos hasta que logró recuperar la voz.

—Yenny me pidió que la acompañara, me dijo que tenía mucho miedo... Pero le dije que no, yo también estaba asustada, ¿quién me iba a acompañar a mí? Si hubiera ido con ella quizás la muerta sería yo...

Volvió a sollozar.

—Hay una cosa que debes tener clara, Elena —sermoneó Jaime con tranquilidad—. Tú no la mataste y necesito que me digas todos los detalles de lo ocurrido.

—No sé nada más. Ella tampoco vio al que la seguía.

—¿Entonces cómo sabía que la perseguían? —Preguntó Alfonso.

—Era una respiración enfermiza que escuchó que se acercaba por detrás y cuando llegó a su casa intentaron abrir justo al cerrar. Pero dijo que no había nadie fuera, debía estar muy oscuro y no le vio.

—Joder, yo tampoco querría volver sólo a casa al día siguiente —opinó Alfonso.

—No tiene por qué ser el asesino —corrigió Jaime—. Pudo ser cualquiera que intentara entrar con ella y no le vería porque fuera estaría más oscuro.

—¿No cree que es mucha casualidad? —Preguntó Elena, desconfiada.

—Las casualidades existen —terció el médico.

Alfonso torció la cabeza mostrando su desacuerdo silencioso.

—¿Alguien más podría aportarnos otro punto de vista?

—No lo sé —respondió.

—Pues entonces eso es todo. Muchas gracias y os acompañamos en el sentimiento, debe ser muy duro perder a un ser querido en esas circunstancias.

—El que peor está es su hermano. No ha dicho una palabra desde que supo que Yenny... Tampoco le he visto llorar, se mueve como uno de esos locos para adelante y atrás y no escucha a nadie.

—Debe ser muy duro perder a una hermana siendo tan joven —opinó Alfonso.

—Va a necesitar un psiquiatra y dudo que su padre pueda ayudarlo —respondió, dejando claro que no era una simple depresión.

—Si es tan grave... ¿No sabrá algo que nosotros no? —Preguntó Jaime a Alfonso.

—Dudo que te dirija la palabra —opinó Elena.

—Puede que sí. Lo que pasa es que nadie le ha hecho las preguntas adecuadas.

 



El muchacho estaba entre sus padres y miraba fijamente sus manos con expresión ida. Jaime se acercó a él y se acuclilló para ponerse a su altura.

Alfonso se quedó junto a Elena, a un par de metros con temor a que el niño montara un espectáculo y dudando que Jaime fuera capaz de devolverle mágicamente el habla.

—Hola, bonito. Siento mucho la pérdida que habéis sufrido y entiendo cómo debes sentirte.

Los padres se inclinaron sobre él pero no se movió ni le miró.

—Si sabes algo que pueda ayudarnos a averiguar lo que ha pasado —insistió—podríamos evitar otras muertes. No ha sido la única en morir así y el asesino podría estar cometiendo otro crimen mientras hablamos.

—No habla, no insista por favor, está muy afectado —respondió la madre—. Su hermana apenas hablaba con él, es imposible que sepa nada.

—Déjele responder a él, por favor.

—Pierde el tiempo —terció la mujer, enojada.

—¿Quieres que hablemos a solas? —Ofreció su mano y esperó que despertara de su trance y le acompañara.

Alfonso negó con la cabeza, convencido de que ese médico estaba yendo demasiado lejos.

—Sí —dijo el chico obedeciendo y siguiendo a Jaime.

Sus padres se sobresaltaron al verle reaccionar.

Hubo un murmullo generalizado de asombro.

Al pasar junto a ellos dos le hizo un gesto de cabeza para que le siguiera.

—¿Puedo entrar? —Preguntó Elena.

—No, creo que no convendría —replicó el médico.

—Sí, por favor —rogó el niño—. Quiero que esté ella.

Los padres le miraron dolidos. Comprendieron que si no hablaba era por ellos y no intervinieron por el sentimiento de culpa que Alfonso leyó en sus ojos.

 

No necesitaron preguntar, el pequeño estaba ansioso de contarle a alguien lo que sabía.

—Yo sé quién ha sido. Pero por favor no se l cuenten a mis padres, no me creerían y me llevarían a un manicomio.

—¿Por qué iban a hacer eso? —Preguntó Jaime.

—Mi padre es loquero. Cuando alguien le cuenta ese tipo de cosas suele encerrarlos.

—¿Es un psiquiatra? —Intervino Alfonso.

—Eso he dicho. Prométanmelo.

Miró a los tres y estos asintieron con la cabeza.

—El día que murió Yenny nadie vino a buscarme y me dijeron que mi madre tenía una cita en el ambulatorio y no podría llegar hasta las ocho y pico. Yo sabía que mi hermana podía venir a por mí pero que no le daba la gana, me odiaba... Se avergonzaba de mí. Jamás me ayudaba con los deberes y si me veía por la calle me ignoraba como si no me conociera. Pero esa tarde la odié más que nunca. No era el único que estaba en el aula de espera, había una niña a la que no conocía de nada. Era muy guapa, con coleta negra y vestido antiguo, como del siglo pasado. Se acercó a mí y me preguntó qué hacía ahí. Me da mucha vergüenza hablar con niñas guapas pero ella era distinta y la hablé como si fuera amiga mía. Le dije que mi hermana no me quería y ojalá que se muriera. La niña sonrió y me dijo que tuviera cuidado con lo que deseara. Seguí con mis tareas y cuando vino la profesora con mi madre la niña ya no estaba. Pregunté a la seño quién era y me dijo: Pero si estabas solo.

—¿Insinúas que se coló sin que nadie la viera y luego se fue? —Preguntó Jaime.

—No seas cuadriculado —protestó Alfonso, enojado—. Obviamente era un fantasma, el que mató a Yenny y todos los demás. ¡Era la niña maldita del cuadro!


Comentarios: 9
  • #9

    Tony (jueves, 24 diciembre 2015 03:12)

    Lo siento Carmen. Sólo puedo conectarme a la pagina desde el movil, no desde el ordenador, que tiene un virus y no me deja navegar ni subir nada. Desde que puse windows 10 los navegadores son inmanejables, el edge, opera, google chrome... No hay enlace que funcione a donde debe. A ver si pasando el antivirus lo soluciono y puedo subir la cuarta parte.

  • #8

    Carmen (jueves, 24 diciembre 2015 00:30)

    ¿Qué pasó con la nueva parte? Es seguro que Jaime se olvidó que tenía un caso pendiente con esto de las festividades navideñas.

  • #7

    Carmen (domingo, 13 diciembre 2015 14:44)

    Se suponía que iba a ser una historia de Día de Muertos. Ya es diciembre y la historia aun no finaliza. A ver si ya la terminan la semana próxima, o al menos antes de que termine el año. ¡Felices fiestas a todos!

  • #6

    Chemo (sábado, 12 diciembre 2015 00:43)

    Opino igual que Yenny y Vanessa. Espero que alguien me reviva o se comunique conmigo con la ouija o algo, ya que me siento muy solo en el más allá. Sobre todo si quien se comunique conmigo es Vanessa. Jeje.

  • #5

    Vanessa (jueves, 10 diciembre 2015 23:06)

    Creo que al igual de Yenny tienen que ser dos partes para que no se dejen cabos sueltos.
    Y aun sigo viva lo cual es sorprendente, espero no morir.

  • #4

    Yenny (jueves, 10 diciembre 2015 17:19)

    Ya me está cayendo mal Yenny, somos polos opuestos pero de igual manera resuelvan mi muerte.
    Y dejen de intentar ligar con mi amiga, respeten mi entierro.
    Creo que mínimo tienen que ser dos partes más para que el final se desarrolle bien, se tiene que explicar el porque la maldición del cuadro, no vale sólo con decir que estaba maldito.
    Chicos espero que sobrevivan, suerte.

  • #3

    Alfonso (jueves, 10 diciembre 2015 02:19)

    Me he salvado de morir en esta parte. Espero sobrevivir hasta el final.

  • #2

    Jaime (miércoles, 09 diciembre 2015 02:35)

    Por lo visto, la historia va para otras tres partes al menos. Yo pensaba que la niña solamente se presentaba a quienes veían el cuadro, pero el hermano de Yenny al parecer no ha visto el cuadro.
    Ahora pienso que la niña mata a quienes maltratan a sus semejantes. Por ejemplo, Yenny a su hermano menor y Chemo a su colección de exnovias. Jeje. Aunque eso no explica cómo se comunicó Chema con Alfonso.
    En fin, espero poder resolver el caso antes de que la niña venga a por mí. Jeje

  • #1

    Tony (miércoles, 09 diciembre 2015 01:28)

    Puede que la próxima sí sea la última parte. No olvidéis comentar y si no habéis salido, puede que salgáis.

Animal es el que abandona a su mascota.

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