4ª parte

                   Cuando despertó estaba en una habitación, sola. No había aparatos a su alrededor, no había gente. Era de noche y el jaleo que se desató con la muerte del doctor había pasado por completo. ¿Cuánto tiempo había dormido? Se sentía débil, se dio cuenta de que no era una debilidad propia de una mala noche sin descanso sino algo más duradero. Le costó levantarse y, al hacerlo, el cabello cayó sobre su rostro. Le llegaba hasta los hombros. Allí olía diferente, había un hedor a medicina que le daba náuseas. Se preguntó dónde estaba ya que no reconocía su habitación blanca del psiquiátrico. No estaba en el manicomio sino en un hospital. Tenía una televisión apagada en frente de la cama y tenía incluso un armario. La pared de la izquierda tenía una enorme ventana por la que entraba aire fresco y hasta había cortinas y persianas.

                Se intentó levantar de la cama y notó que algo no iba bien. Apenas tenía fuerzas para incorporarse. Se sentó y luego se examinó su propio cuerpo. Vio que tenía un camisón blanco de hospital y no llevaba ropa interior. Sacó los pies de la cama y tocó el suelo. Sintió que el fresco la despertaba y movió los dedos de los pies, que los sentía agarrotados, como si llevara mucho tiempo sin moverlos. Se impulsó y se puso en pie. Su corazón latió con fuerza al hacerlo y creyó que se mareaba y caía. Tuvo que sujetarse en la pared para no perder el equilibrio. Salió de su habitación arrastrando los pies y apoyándose en las paredes, en una silla, en la puerta y salió al pasillo.

- ¡Oh, Dios mío! - exclamó una enfermera -. Ha despertado.

La mujer se levantó de su puesto de guardia y corrió hacia ella.

- ¿Qué me ha pasado? - le costó vocalizar. Tenía la lengua como una masa de carne amorfa que le costaba mover.

- Vuelve a tu cama -ordenó la diminuta enfermera, que no debía pesar más de 40 kilos y le llegaba a la altura de las orejas.

- ¿Dónde estoy? ¿Qué me pasó? - insistió ella.

- Es el hospital, cariño. No te preocupes, está todo bien. Debes tomártelo con calma y quedarte en la cama hasta que te vea el médico.

- Pero ya no quiero estar tumbada. Quiero saber qué ha pasado.

- Has estado en coma 8 meses - respondió la enfermera-. Necesitas rehabilitación.

Verónica se miró los brazos, estaban delgadísimos. Eso explicaba que no pudiera caminar sin apoyarse en cualquier sitio posible. Se dejó llevar por la chica y volvió a su cama. A pesar de todo, la enfermera era mucho más delgada que ella, parecía que no podría sostenerla aunque al notar su abrazo descubrió que tenía mucha más fuerza de lo que aparentaba.

- ¿Puedes decirme si recuerdas algo? - preguntó la enfermera.

- Sobre qué.

- ¿Cómo te llamas? - inquirió.

- Verónica.

- ¿Puedes recordar el nombre de algún familiar o conocido? - preguntó de nuevo, con ansiedad.

- No tengo familia ni conocidos - respondió, con tristeza.

- ¿Tus padres?

Verónica pensó en ellos, debían estar vivos pero no quería saber nada de ellos porque le dieron la espalda cuando se fue a vivir con su ex-novio. Ese que la engañó hacía años tal y como ellos predijeron que haría. La habían alertado sobre él y no les escuchó. Pero no quería volver a verlos nunca más, no les daría la satisfacción de hacerle saber que tenían razón.

- No, están muertos - respondió.

- Vaya, tienes algo de amnesia - diagnosticó la enfermera -. Se alegrarán de verte despierta.

- ¿Que ellos qué? - preguntó ella, incrédula.

- Les llamaré para decirles que has despertado. Se van a llevar la alegría de su vida.

Verónica se dejó tapar por la enfermera y, aunque no le apetecía dormir, cerró los ojos y respiró profundamente sintiendo el aire fresco en sus pulmones. De pronto recordó su periplo por el infierno, sus incontables crímenes, su estancia en el manicomio y se preguntó en qué año estaba. ¿Lo habría soñado todo? Recordó que su vida había dado un vuelco al conocer a un chico que se llamaba Samuel. Era el más guapo que había conocido nunca y él se fijó en ella en la discoteca. En aquel entonces era una loca que disfrutaba mucho con sus amigas. Tenía que admitir que se había dejado seducir sin condiciones y que él era el típico tio con sonrisa espectacular y con una labia que no admitía una negativa por respuesta. Se enamoró perdidamente de él al volver a llamarla (ella no esperaba que lo hiciera), cuando formalizaban la relación, cuando le dijo que la quería, cuando alquilaron un piso juntos, cuando ya se imaginaba casada con él, con nietos. Sus padres la habían advertido que no era de fiar, que era un sinvergüenza que algunos amigos suyos habían visto en compañía de otras chicas. Ella les respondió que había cambiado por ella pero sus padres le dijeron para presionarla que si se iba con él, que no se molestara en volver.

Así que no volvió. Se marcharon juntos, amueblaron la casa, vivieron muy felices un par de meses... hasta que un día llegó borracho a casa, colgando del brazo de una chica que aseguraba ser su novia. La pobre chica era tan víctima como ella y al verla en casa, esperándole, enojada por estar con otra, se largó y le dejó tirado llamándole cerdo. Estaba tan borracho que no se dio cuenta de que le estaban llevando a casa, la que figuraba en el DNI. Verónica le echó de casa, sacó todas sus cosas al portal del apartamento mientras dormía y luego le arrastró fuera. Cuando éste despertó ya había cambiado la cerradura y se había ido a trabajar. La llamó repetidas ocasiones al trabajo pero no le cogió el teléfono durante semanas. A veces lo hacía ocultando su número pero en cuanto escuchaba su voz cortaba la llamada. Incluso un amigo suyo llamó pidiéndole perdón en su nombre y ella le dijo que no quería volver a saber nada más de él. Que le diera un mensaje muy claro: "Ojala que te mueras."

Al fin la dejó en paz y no volvió a saber de él... ni de sus padres.

Se podía decir que ese fue el principio de todo. No tenía dinero para llegar a fin de mes, había que pagar un piso que se comía casi la totalidad de su sueldo. Decidió alquilar una habitación y llegó una chica rusa que llevaba hombres diferentes a casa, cada noche. Sospechó que era una prostituta pero nunca le preguntó a qué se dedicaba, solo le importaba que pagara a tiempo, apenas hablaban. Así pudo ir tirando a duras penas hasta que empezaron a ponerle las cosas difíciles en el trabajo. Como seguía tan dolida por lo de Samuel, no era muy alegre y fue perdiendo amistades. A medida que las perdía más le costaba intimar con las nuevas personas que conocía ya que no se fiaba de nadie. Pronto sus compañeras de trabajo se quejaron de que no cumplía con sus tareas, que llegaba tarde, que no hacía las cosas bien... y el jefe la amonestó advirtiéndola que la despediría si no mejoraba su comportamiento.

Aquel día conoció a Pedro y se enamoró de su aparente bondad; aunque también la mintió y le dijo que no tenía novia cuando la tenía. Se enamoró de él como una colegiala. No sabía por qué no le importó que la engañara nada más conocerla y volvieron a verse. Fue una explosión de sentimientos que desató su necesidad de amar, la que había estado conteniendo hasta ese momento. ¿Cómo pudo ser tan tonta de tropezar de nuevo en la misma piedra? Él trató de alejarse de ella, no quería engañar a su novia pero a pesar de todo volvieron a verse, no pudieron evitarlo, no podían dejar de pensar el uno en el otro... Sentía como si fuera su alma gemela. Hasta que la novia les descubrió y por culpa de ello tuvieron un accidente de coche donde ambos murieron. Ella se sintió culpable y acudió a una médium para pedirle perdón a Pedro y para saber si realmente la quería tanto como ella a él y tuvo que pagar un carísimo precio, vendió su alma al Diablo.

Ahora se preguntaba si todo eso había sido real o solo una pesadilla. Y en caso de ser una pesadilla, ¿qué era real de todo lo que recordaba?

Era extraño, sentía como si todos esos recuerdos fueran ahora un libro olvidado, ajeno a ella. Recordaba su paso por el infierno, sus trabajo de matar gente a través de los espejos, su poder para viajar en el tiempo con la mente... Recordó a Juan, su fuga inesperada de la última puerta del infierno y el rescate que la devolvió a la vida. Recordó a Olivia, la chica que aseguraba haberle visto en el pasado, como un fantasma... y al doctor que trató de quemarle el cerebro con un láser importado de una universidad americana. No había más recuerdos, ese era todo el sueño o pesadilla,... o su verdadero pasado. Trató de recordar otra cosa pero no había nada más.

Pensó que si era cierto lo que recordaba, debería ser capaz de volver al pasado. Pensó en Olivia y se concentró en salir de su cuerpo, como hacía antes. Se concentró, dejó fluir su mente fuera de su cuerpo y evocó su imagen, en el pasado, cuando la vio por última vez saliendo de su casa, hablando con su amigo fantasma.

La vio en el cuarto de baño, cepillándose los dientes, preparándose para dormir. Se la quedó mirando, esperando que algo sucediera, un pensamiento de Juan, una conversación importante... Entonces se dio cuenta de que Olivia estaba mirándola fijamente desde el espejo. Verónica se quedó pasmada, no esperaba que alguien del pasado pudiera verla pero Olivia la miraba desde el espejo en el que ella no se veía reflejada. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué la veía?

- ¿Quién eres? - le preguntó Olivia, con cierto miedo en la voz.

«Puedes verme» - se dijo, preocupada e indecisa.

- Soy... una amiga - explicó con timidez.

Verónica no quería matarla y recordó que una de las causas de muerte más frecuentes, cuando se aparecía a alguien era por infarto. La gente no podía soportar la impresión de verla en el espejo y no en la realidad, no quería que Olivia se asustara aunque de hecho, no lo había hecho.

- ¿Conoces a John? - preguntó Olivia.

Verónica sonrió.

- Sí, es un buen chico.

- Entonces es real - dijo la niña, aliviada.

- Supongo que sí, aunque yo no puedo verlo - no quiso entrar en detalles demasiado íntimos, no podía decirle que escuchaba sus conversaciones.

- Pero yo tampoco y sin embargo a ti sí te veo. ¿Podría venir él aquí? Me muero por ver su rostro, soñé con él una vez pero casi ni le recuerdo.

- Me temo - respondió Verónica -, muy a mi pesar, que no sé dónde está. Solo le escucho cuando habla contigo pero no está aquí.

- Me encanta tu estilo - dijo Olivia, sonriendo -. Quisiera vestir como tú.

Verónica recordó que Olivia nunca había mencionado que la había visto, en el futuro. ¿Estaría cambiando algo? ¿O sería todo un sueño más? Se fijó en su propio aspecto y vestía completamente de negro. Debía tener el rostro demacrado por estar en cama 8 meses en coma y debía parecer una muerta.

- Eres la primera persona que conozco que me envidia por algo - reconoció, apenada.

- ¿Por qué? eres muy guapa.

- ¿Con quien hablas cariño? - preguntó la madre de Olivia, desde fuera del baño -. ¿Querías algo?

- Oh, no, no, mamá, solo er... estaba recitando una lección.

- Está bien, así me gusta. Estudia.

La madre se alejó de la puerta aunque Olivia no apartó la vista de Verónica en ningún momento. Temía que en cuanto dejara de hacerlo, dejaría de verla.

- ¿Por qué has venido a verme? - susurró Olivia para que su madre no la entendiera.

Verónica se dio cuenta de que nunca había hablado con sus víctimas. Siempre las había matado sin mediar palabra. Los que habían intentado decirle algo habían muerto antes porque prefería no verlos como humanos, sino como lo que eran, simples piezas que tenía la obligación de comer como si el mundo fuera un inmenso juego de ajedrez y ella fuera la reina negra. Ahora que Olivia le preguntaba por qué estaba ahí, no sabía qué decirle.

- He venido a... decirte algo sobre Juan - Quería decirle que quería verlo, pero no sabía cómo se lo tomaría Olivia.

- ¿Es verdad que nos casaremos y llegaremos a tener nietos...?

- Lo cierto es que... eso lo decidirás tú - respondió, para no definir su destino. Quería que ella lo eligiera y no tomara decisiones en función de la certeza de que no podía tomar decisiones por sí misma -. Un día le vas a ver y durante un tiempo ni se va a fijar en tu existencia. Después, con el tiempo, beberá los vientos por ti.

- Pero no puede ser - dijo Olivia -. Es un ángel.

Verónica no respondió, se sentía incómoda siendo observada por Olivia y deseó que la soltara, que dejara de mirarla, que pestañeara. Quería desaparecer.

- Puede que lo sea - admitió.

Olivia apartó la mirada para pensar en ello.

- ¿Hay más ángeles en el más al...? - preguntó, volviendo a mirarla.

Pero Verónica se había ido. ¿Cómo era posible que hubiera tenido ese despiste? Seguramente porque hacía mucho tiempo que no usaba su poder y especialmente porque recordaba que nunca podían verla ni oírla cuando viajaba en el tiempo, entonces, ¿para qué esconderse? No tenía sentido que la hubiera visto, eso no habría ocurrido antes de... dormirse. Algo había cambiado en esos ocho meses.

No solo la había visto por accidente sino que Olivia no se había asustado en absoluto. Claro que cada vez que se había aparecido a alguien era para matarlo del susto y lo hacía con miradas penetrantes, con objetos punzantes en la mano o de formas similares. No estaba buscando a Olivia para llevársela al infierno... Y era la primera vez que hablaba con alguien de todo lo que pasaba por su cabeza. Alguien que no fuera Juan. Olivia era una buena chica, todo lo contrario que ella.

Con cautela revisó su vida y pensamientos a raíz de aquel encuentro. Olivia la había visto oscura, triste y ese aspecto la había fascinado por alguna razón. A raíz de ese encuentro empezó a vestir de negro y maquillarse como una muerta. Por su culpa había empezado a ser una friki de lo oscuro y sobrenatural.

Había algo que no encajaba. ¿Por qué no se lo había contado a Susana y Sara? Siguió revisando su vida y vio que en numerosas ocasiones la invocaba en el espejo tres veces, a raíz de conocer su leyenda. La vio en el baño de su casa, en el instituto, en el cine. Cada vez que estaba a solas ante un espejo, la invocaba. A diferencia de tanta gente que lo hacía por curiosidad o por demostrar lo valientes que eran, ella lo hacía porque ya la conocía y necesitaba saber si ella era el famoso fantasma del espejo. Precisamente por eso nunca apareció, Olivia no la consideraba peligrosa y no quería que cambiara de idea.

Volvió a sentir su cuerpo, tumbado de lado en la cama. Respiró el aire con olor a hospital, movió los dedos de los pies y sintió deseos de levantarse y empezar a investigar en qué tiempo estaba, si antes de conocer a Samuel, si después de desaparecer en el infierno, o si había estado realmente en un hospital psiquiátrico. Podía hacer todas esas averiguaciones en su mente, con viajes astrales o como ella hacía, pero nunca estaría segura de si realmente salía de su cuerpo o como decía su difunto médico, imaginaba todo lo que veía y solo eran sueños.

 

Animal es el que abandona a su mascota.

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