Diario de Olivia

7ª parte

No fue ninguna liberación exclamar aquel reproche al ser más poderoso de la creación. Ni siquiera tuvo en cuenta lo que sabía de él, que en realidad, fuera de él no había nada, ni siquiera ella misma. Sin embargo la pregunta desencadenó toda su furia, y a continuación siguió haciéndole reproches.

- Siempre has estado ahí y nunca me has ayudado, he suplicado ayuda, he llorado hasta que se me han acabado las lágrimas. Primero con lo del embarazo en el peor momento de mi vida. Mis padres no tenían por qué enterarse de mi relación con Samuel tan pronto. Precipitaste todo hacia el desastre que es hoy mi existencia. ¿Cómo puedes ni siquiera esperar que te ame? Eres un desastre, y no solo conmigo, con todos los demás. Veo que ayudas a quien te da la gana y a los que no les colmas de desgracias. He visto cómo abandonas a la gente del infierno, cómo se auto castigan por la culpa y a pesar de todo ese dolor no les devuelves ni siquiera un poquito de paz. ¿Por qué?, dime, ¿por qué no nos escuchas cuando más te necesitamos?

Verónica no esperaba que le respondiera, creía que no había respuesta capaz de sofocar su ira hacia él. Sin embargo la voz que escuchaba Olivia, por primera vez resonó con fuerza en su cabeza.

- Eres tú la que has decidido no escucharme a mí - en esas palabras no había reproche, ni odio, eran pacíficas y tenía la entonación de la voz de Juan.

- ¿Qué dices? - dijo ella, furiosa.

- Cuando quedaste embarazada tú querías mantener en secreto tu relación con Samuel pero tuviste que contárselo a tus padre porque necesitaste su ayuda - explicó la voz -. Ellos no te dieron la espalda, te perdonaron al instante y se ofrecieron a cuidar tu hijo a pesar de sus penurias económicas.

- ¿Estas defendiendo a esos...

- Tus padres intentaron ayudarte y tú golpeaste su mano. Te dijeron que no les importaba pagar la educación de tu hijo hasta que pudieras ocuparte tú, qué más se les podía pedir.

- Había una solución más fácil - dijo ella -. Borrar el error con una pequeña operación como si nada hubiera pasado.

- Entonces, ¿crees que no pasó nada? - replicó la voz.

- Fue mucho más difícil de lo que puedes imaginar... - replicó ella, enojada.

- Cuando borraste tu error solo fue el comienzo de tu precipitación al infierno, Verónica. Ese día te arrancaste el corazón y desde entonces tomaste decisiones por despecho, por odio, comenzaste una vida regida por tu mente y descartando por completo a tus sentimientos. Ni siquiera estabas segura de que Samuel te quisiera tanto como para fugarse contigo, se lo pediste y él lo dejó todo por una completa desconocida. Él se sentía responsable de tu desconsuelo y aceptó dejar toda su vida por ti. Sin embargo cuando vivisteis juntos intentó ser feliz contigo pero tú estabas demasiado preocupada por el día a día, siempre calculando el día siguiente, siempre ignorando sus necesidades sentimentales y que en realidad estaba más solo que tú ya que él sí se regía por su corazón. Le abandonaste a pesar de dormir a su lado y a pesar de que nunca le negaste el sexo. Eras una zombi.

Verónica recordó todo y quiso terminar la conversación inmediatamente. Lo había visto en otros, cómo actuaba la voz de Dios en los corazones de la gente y cómo los destruía con la culpabilidad. Sabía que se metía en la columna vertebral del alma de los condenados y les mostraba la verdad desde los ojos de las otras personas. Entonces ellos se condenaban a sí mismos consumidos por un odio abismal hacia sí mismos. Si continuaba hablando con Él, terminaría igual.

- Aléjate de mí, no quieras darme lecciones después de todo el sufrimiento que me has traído.

- No lo entiendes, Verónica - replicó él -. Todo lo que ha pasado ha sido para que te perdones a ti misma. No necesitas más castigos.

Entonces recordó sus conversaciones con Juan, cuando él le decía que aún tenía una oportunidad de reconciliarse con Dios, que seguro que podía perdonarla. Ella misma le había dicho que ella no merecía perdón, era una mala persona y con esa excusa seguía siéndolo. Aquella voz, de donde quiera que saliese le decía la verdad, la misma que ella conocía. Con la única diferencia de que ella, por fin, había abierto su corazón y liberando todo su odio había conseguido volver a sentir algo.

- Es cierto, todo ha sido porque no me creo digna de ser feliz. Te he culpado cuando tú siempre has estado tendiéndome la mano, primero con mis padres ofreciéndose a cuidar a mi hijo... Solo por orgullo no lo tuve, no quería que ellos asumieran mis errores. Cuando Samuel lo dejó todo pensé que era el hombre de mi vida y que lo nuestro sería indestructible, sin embargo me dejó por otra pero no pienso aceptar que yo tuve la culpa. Era un cerdo y nunca cambiaré de idea al respecto.

- No podrás limpiar tu corazón si sigues negando lo obvio - replicó la voz.

- ¿Qué?

- Pues que no le querías. Nunca le quisiste - dijo Juan, con infinita paciencia.

- ¡Me fui con él de Argentina! - exclamó -. Por supuesto que le quería.

La voz no respondió... al menos con palabras. De pronto se vio en el pasado a sí misma, por primera vez en sus viajes temporales. Nunca había podido estar dos veces en el mismo tiempo, creyó que era una especie de ley universal que nadie podía incumplir salvo Dios.

Se vio a si misma subiendo al barco con Samuel. Habían comprado un pasaje clandestino en un contenedor de tabaco. Les metieron junto a otros diez viajeros más en un espacio de menos de 4 metros cuadrados. Vio las condiciones pésimas en las que tuvieron que soportar más de cinco días, respirando el mismo aire que toda esa gente. No se había planteado que podían asfixiarse o morir de calor, simplemente quería marcharse a cualquier precio. Aquella travesía fue el peor trance de su vida ya que vio morir a un niño que viajaba con su madre y tuvieron que soportar dos días el hedor a putrefacción del pequeño, además de los llantos de la madre. Temió por su vida y discutió con Samuel. Le culpó de todo, le gritó en numerosas ocasiones, delante de esos desconocidos y Samuel se sintió herido, dolido porque parecía que se estaba olvidando de que él estaba con ella, que lo había dejado todo por estar allí.

Podía ver la oscuridad de su propio corazón y el vacío que sentía. Odiaba a sus padres, se odiaba a sí misma, odiaba a Samuel por hacerla viajar en esas condiciones, odiaba a ese niño que murió, por débil, odiaba a la mujer que abrazaba su cadáver como una loca llorando a mares.

- No quiero ver eso - dijo.

- El día que dejaste Argentina, perdiste todas las opciones de ser feliz. No porque no pudieras reponerte, sino porque ese día tu corazón entró en una prisión de la que todavía hoy es prisionero.

- No voy a perdonar nunca a ese bastardo - replicó ella, al comenzar a sentir algo de lástima por Samuel.

- Puede que no - replicó Juan -. Pero tienes que entender que todo el mundo comete errores. Tú, él... No vas a amarle nunca, pero si consigues comprender lo que él pensó en su momento...

Entonces, sin querer, entró en la mente de Samuel, cuando ella le estaba gritando.

«¿Por qué me fiaría de mi amigo?» - se decía -. «Si morimos aquí será culpa mía, tiene razón... Debería haber buscado otras opciones. ¿Qué más puedo hacer para que entienda que daría mi vida por ella?»

Sin embargo no decía nada, agachaba la cabeza y dejaba que ella le gritara.

- No quiero escucharte - gritó ella.

Inmediatamente después vio a Samuel con los compañeros de trabajo en el almacén donde trabajaba. Éstos le decían que se fuera con ellos de marcha y él se negaba porque prefería estar con ella. Entonces le preguntaron:

- ¿Pero no dices que casi no se entera de que estás ahí?

- Lo está pasando mal - replicó él.

- Tienes que venirte esta noche, lo vamos a flipar. Por un día no va a pasar nada.

Ella recordaba aquel día como trivial, el primer día que le decía que se iría a tomar algo con sus amigos. Le dejó, ya que casi nunca hacían nada juntos y ella era la que quedaba a menudo con sus compañeras de trabajo, dejándole solo en casa casi todos los días. Por eso no le importó que, por una vez, se fuera él. Sus salidas se convirtieron en costumbre y en poco tiempo tenía la sensación de que estaba conviviendo con un completo desconocido.

Aquellas visiones consiguieron ablandar su corazón y poco a poco comenzó a sentir lástima por no haber hecho más caso a Samuel, cuando estaban juntos.

Vio la escena en la que comenzó a hablar con una chica de la discoteca y en realidad no había dejado de hablarle de ella y lo mucho que le gustaría que tuvieran más cosas en común. Ella le compartió sus propias penas durante toda la noche y cuando él estaba tan borracho que no sabía ni donde pisaba, la chica le dijo que le llevaría a casa ya que al menos podía hablar coherentemente para indicar la ruta a un taxista. Sus amigos habían dado por hecho que se liaría con ella y le dejaron solo.

Cuando llegaron a casa Samuel estaba siendo sujetado por su nueva amiga por la cintura y éste ni se mantenía en pie. No les dejó hablar. Le gritó histérica y a patadas le impidió entrar en casa amenazándole con llamar a la policía. Ambos querían explicarle lo que había pasado pero no quiso escuchar. Para más inri, la situación les parecía cómica a Samuel y su "chica" ya que para ellos no había nada de qué avergonzarse y con el alcohol en la sangre se rieron en su cara por su reacción, lo que provocó que no quisiera escucharle ni entonces ni nunca más. No quiso saber más de él, le hizo dormir en el pasillo del portal y sacó todas sus cosas. Después de ese día llamó incontables ocasiones, incluso de madrugada y ella siempre se negó a escucharle. Cada vez que llamaba y le cogía el teléfono empezaba con la frase: "No es lo que tú crees..."

Si ella estuvo destrozada semanas porque pensó que la había engañado, cuando él perdió la esperanza de que volviera a hablarle, se emborrachó y sufrió un accidente donde se empotró con su coche frente a un árbol. Murió en el acto.

Todo por un mal entendido.

Cuando Verónica vio la forma en la que murió Samuel, sintió que se le rompía el corazón. No había sido justa con él, no se había portado bien. Siempre había recordado su vida juntos como una vida normal de pareja. Mucha gente no se hablaba en su vida conyugal y soporta el paso de los años sin incidentes, a lo mejor no tan felices como quisieran, pero era una vida correcta. Ella creía que estaban bien, que él quería ese espacio y que no necesitaban estar juntos para estar felices. No podía ni imaginar que él se sintiera tan solo, que la quisiera tanto y que, viviendo con ella, la echara tanto de menos. No era el ligón que pensó cuando comenzó a salir con él, era algo tímido y le costaba relacionarse si no era embriagado. Tenía depresiones que nunca compartía con nadie y en su corazón solo había sitio para ella.

- ¿Por qué me muestras esto ahora? - dijo, totalmente derrumbada.

- Porque estás siendo fiel a Satanás, que lo único que te ofrece son mentiras. Su mayor deseo es que sigas encerrando a tu corazón y que te niegues a ver la verdad.

- ¿Crees que sabiendo esto voy a cambiar? Ya es demasiado tarde para mí.

- La verdad no está para que la gente cambie - replicó Juan -. La gente cambia... cuando pierde la verdad.

Animal es el que abandona a su mascota.

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