Diario de Olivia

8ª parte

            Verónica despertó en su cama del hospital. Eran las cuatro de la mañana y no se escuchaba nada en los pasillos. Todo estaba oscuro y dudaba que ni siquiera estuviera la enfermera de guardia en su sitio. Se sentía agotada, más que cuando se había quedado dormida. Recordaba perfectamente la conversación con Juan como si fuera un sueño muy intenso y vivido y su pecho ardía como si hubiera una hoguera en su interior.

            - Tengo que marcharme - se dijo, recordando la decisión de la noche anterior.

            «No, no tienes que hacerlo» - le dijo la voz de Juan, fuerte en su corazón.

            - ¿Aún estás ahí? - respondió ella, enojada -. Desaparece, no te necesito.

            No hubo respuesta. Eso la complació. Entonces recordó el sueño que había tenido y se preguntó si sería cierto. ¿Samuel no la había engañado de verdad? ¿Había muerto por un mal entendido, por no haberle hecho más caso cuando estaban juntos? Eso ya no importaba, era pasado y aunque ya no le odiaba, Juan tenía razón. No le quería. Además, no podía fiarse de un simple sueño.

            La certeza de que no solo había sido un sueño le quitó las fuerzas que necesitaba para levantarse e irse. Sin embargo se obligó a sí misma a mover los pies de la cama para salir del hospital como fuera, solo necesitaba abrir la puerta y esperar a que la enfermera se fuera de su mesa. Entonces se marcharía.

            Por suerte su puerta no estaba cerrada del todo y solo tenía que empujarla hacia adentro. Asió la gruesa madera y tiró hacia ella lo justo para poder asomarse fuera sin que nadie la escuchara. Además la oscuridad reinante en su habitación la escudaba de alguna posible mirada directa hacia ella. Tenía que otear el horizonte y estudiar los problemas que podían presentarse.

            Cuando asomó la cabeza se quedó petrificada. Sus padres estaban durmiendo en el pasillo, en esas incómodas sillas, con los cuellos torcidos y haciendo fuertes sonidos al respirar. ¿Se habían quedado?, ¿por qué les habían dejado? Eso complicaba las cosas, pero seguía siendo posible. Tenían un sueño muy profundo de modo que si pasaba a su lado sin hacer ruido, no se enterarían de su huída.

            Retrocedió y tuvo que apoyarse en la puerta de su cuarto. Su corazón seguía sufriendo y no entendía por qué... Se dio cuenta de que algo había cambiado esa noche y tardó en darse cuenta de que era porque por primera vez en muchos años, volvía a tener sentimientos distintos al odio. Sentía horror por lo que había ocurrido con Samuel, sentía lástima por sus padres, por todos los sacrificios que habían hecho para mantenerla con vida durante 8 meses, por que a pesar de que había desobedecido la habían perdonado y buscado sin rencor alguno. Y después de la forma en que le habló a su padre esa tarde, aún estaban allí, a su lado. Sin embargo su decisión era firme, debía irse.

            - ¿Pero qué me pasa? - se dijo, furiosa -. Tengo que marcharme.

            «A dónde irás» - preguntó Juan.

            - Lejos de ellos.

            «No puedes huir de tu corazón. Ahora ya no» - replicó él.

            - ¡Vete!, ¡sal de mi cabeza! - gritó casi en silencio, harta de escucharle.

            Otra vez silencio.  ¿Por qué volvía? ¿Qué le hacía pensar que quería seguir escuchándole? ¿No le había hecho ya suficiente daño? Pronto saldría de allí, pasarían los días y volvería a tener un corazón de piedra. Era lo mejor para no sufrir. El amor solo servía para causar dolor, ¿cuántas veces más tendría que experimentarlo para escarmentar para siempre?

            Abrió el armario de su cuarto buscando algo de ropa. Por suerte tenía su pantalón baquero, la blusa rosa que llevaba puesta en el psiquiátrico y ropa interior blanca, totalmente nueva. ¿Quién se la habría llevado? No era el momento de averiguar eso, se lo puso todo y se puso sus sandalias negras roídas por el tiempo.

            Caminó despacio hacia la puerta y se asomó de nuevo. Sus padres dormían y la enfermera estaba ensimismada en el ordenador. Lo malo era que si salía la vería y podría despertarlos, lo que sería fatal para sus planes. Decidió que debía descansar hasta que esa tonta se fuera al baño, tenía que levantarse en algún momento... y podía hacer que tardara mucho en salir. Recordó cómo quitó de el medio a ese doctor y por un momento odió tanto a esa enfermera que deseó hacerlo con ella. Sin embargo se reprendió a sí misma por semejante idea.

            - ¿Estás loca? - se dijo -. Simplemente hace bien su trabajo, no puedo hacerle eso.

            Se sentó en la cama y trató de relajarse. Se concentró totalmente en los movimientos de la enfermera y decidió que si ella no se movía por iniciativa propia, tendría que darle un empujoncito. Se reclinó sobre la cama, boca arriba y salió de su cuerpo como hacía tan a menudo. Se acercó a la enfermera y escuchó sus pensamientos.

            Estaba enfrascada con un juego de ordenador en el que diseñaba un terreno y el interior de una casa, y estaba totalmente concentrada en él.

            - «Tengo que ir al baño» - le dijo, dentro de su cabeza.

            Había aprendido a intervenir en la cabeza de las personas en sus últimos viajes y lo hacía realmente bien porque la chica se levantó inmediatamente y corrió a los aseos, segura de que había sido ella misma la que lo había pensado.

            - Pan comido - se dijo, asombrada.

            Se levantó y se acercó hacia la puerta caminando de puntillas. Las piernas respondían con debilidad pero las movía sin problemas si se apoyaba en las paredes. Cuando llegara al ascensor tendría que emplear todas sus fuerzas para salir del hospital sin mostrar debilidad, sin apoyarse en ninguna parte. De lo contrario levantaría sospechas de que se estaba escapando.

            Caminó sin hacer ruido hasta el pasillo. Sus padres seguían dormidos y tuvo que esforzarse al máximo para mover los pies sin arrastrarlos por el suelo. Sería fatal que se despertaran justo en ese momento.

            - Dios, si realmente quieres ayudarme, no dejes que se despierten - oró en su interior.

            Para su regocijo, llegó hasta el ascensor y seguían durmiendo. Pulsó el botón y esperó impaciente su llegada.

            - ¡Ding! - resonó agudo el timbre, al abrirse las puertas del ascensor.

            Verónica se apresuró a entrar y por el rabillo del ojo vio que su madre se despertó y miró hacia allí. Por suerte solo debió ver sus pies al entrar en el ascensor. No quería saber lo que había visto, se apretó contra la pared del mismo y pulsó el botón B de planta baja insistentemente. El ascensor la hizo marearse al descender. Se aferró con fuerza a los soportes de mano que había y respiró profundamente, preparándose para la prueba que le esperaba. No se sentía con fuerzas de dar dos pasos sin apoyarse en algún sitio pero tenía que hacerlo.

            - Dame fuerzas - suplicó a su amigo invisible.

            «¿Por qué debería hacerlo?» - le dijo.

            - Porque no tengo a nadie más - respondió ella.

            «Si sales ahí fuera, con este frío podrías morir. Hace muy poco que has salido del coma, no tienes fuerzas, ni dinero, ni un sitio a donde ir.»

            - Tengo uno, iré al metro.

            «Está cerrado a estas horas. Lo único que podría ayudarte es un taxi pero no tienes dinero...»

            Aunque esa voz tenía razón, empezó a fastidiarle con tantas pegas.

            - Si no vas a ayudarme, cállate - replicó enojada.

            El ascensor finalmente se detuvo y en la frenada tuvo serias dificultades para mantenerse en pie. Se dio cuenta de que sus piernas estaban mucho más débiles de lo que había pensado.  Sin embargo se enojó consigo misma y se recordó que detestaba estar encerrada en un hospital. Ya vería lo que hacía cuando lograra salir de ese sitio con olor a muerte.

            Respiró profundamente y puso todas sus fuerzas en caminar con normalidad, sin apoyarse en ningún sitio. Se sintió esperanzada cuando sus piernas obedecieron. Salió del ascensor y vio que ahí abajo había varias personas durmiendo en los sillones más confortables del hall principal. Pasó junto a la ventanilla de información con indiferencia y siguió preocupándose de que cada pierna se pusiera delante de la otra sin tropezar. Su corazón se estaba acelerando por la adrenalina del riesgo pero soportó la presión. Cuando llegó a la puerta y se apoyó en ella creyó que explotaría de felicidad. Lo había conseguido.

            Entonces su mente tuvo que preocuparse del siguiente paso, tenía que salir e irse a alguna parte, bien lejos. Sonrió al recordar que los taxistas no cobraban hasta finalizar el viaje.  Cuando abrió la puerta tenía esperando justo delante una fila de taxis. Los conductores charlaban entre ellos y ni siquiera la miraron cuando salió. Se quedó unos segundos apoyada en la puerta, disimuladamente y respiró hondo. Estaba muy cansada por aquella caminata por el pasillo. Cuando recuperó algo de fuerzas caminó hacia el primer taxi que había, abrió la puerta y se sentó en el asiento de la derecha.

            - Se la ve agotada - dijo el taxista -. ¿Tiene algún familiar en el hospital?

            - Sí - reconoció, fatigada -. Mis padres.

            Sonrió por dentro, satisfecha de no haber tenido que mentir.

            - Vaya, cuánto lo siento. ¿Dónde la llevo?

            Aquella era la pregunta que más temía. Tenía que situarse, necesitaba saber en qué año estaba ya que en sus viajes iba y venía al pasado, al futuro, al presente y no era consciente de cual era el presente. Se fijó en que la licencia del taxista, pegada al cristal delantero del coche, expiraba en 2016 lo que no la ayudó mucho. De todas formas no conocía muchos sitios salvo su vieja casa, que debía estar ocupada por otros inquilinos después de tantos años, y... recordó que sabía dónde vivía Juan. Sonrió al pensar la sorpresa que le daría.

            Le dijo la dirección y el taxista asintió, aburrido.

            - ¿Le molesta que duerma en el trayecto? - preguntó, con tal de librarse de la habitual conversación de taxista.

            - Oh, por supuesto que no - dijo él.

            Ahora debía pensar qué hacer cuando le pidiera dinero. Podía decirle que la había estafado, que había dado muchas vueltas y que normalmente ese trayecto era más barato, pero no quería un enfrentamiento, no tenía fuerzas. Ya sabía, le diría que la dejara una manzana más lejos de su destino y luego le pediría que esperase a que bajara con el dinero. Sí, eso haría... y se durmió.

            Antes de perder el sentido sintió que Juan le hablaba dentro de su cabeza.

            «Aún tengo cosas que enseñarte.»

            - Genial - replicó, apoyando la cabeza en el respaldar.

Animal es el que abandona a su mascota.

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