Diario de Olivia

9ª parte

            Era su casa, su desordenada casa que siempre estaba sin barrer, con platos sucios en la mesa y su novio Samuel echado en el sofá viendo la televisión.

            Verónica estaba preparando la lavadora mientras se preguntaba si podría aguantar mucho más tiempo así. Ese era un problema de los tantos que tenían, ella se ocupaba de la limpieza, de la ropa, de todo lo que era la casa y Samuel no hacía nada. Lo máximo que hacía era ofrecerse a contratar a una empleada de hogar y llevar las cuentas de la casa. Empezaba a estar harta de aquello y quería gritarle. A veces, cuando dejaba unos calzoncillos en el suelo o las zapatillas en medio de la habitación y la hacían tropezar, quería tirárselas a la cara. 

            Sin embargo era tan cotidiano que no le dio importancia y prefirió no decir nada. Seguramente él le recriminaría estar todo el día haciendo otras cosas que no eran estar con él. Ya había ocurrido y sabía que era un despropósito. Por tanto prefería no discutir con él.

            Se preguntó una vez más por qué no habría intentado conocer más a ese chico antes de comprometerse con él y en seguida pensó en lo difícil que había sido su camino hasta que consiguieron un trabajo y pudieron pagar su primera mensualidad del alquiler juntos y sin demasiados aprietos. Después de tantas experiencias pasadas con él, tenía la sensación de que estaba con un completo desconocido egoísta y egocéntrico.

           

            Todo desapareció y se vio a si misma en la oficina donde trabajaba. Sus amigas estaban todo el día hablando de sus parejas y ella sencillamente no hablaba de la suya. Si le preguntaban respondía que todo iba estupendamente. Bajaban a tomar café a la cafetería de la esquina y siempre solían toparse con un grupo de chicos de otra empresa que iban a la misma hora y ocupaban casi toda la barra. Eran jovencitos, de entre veinte y treinta años y no había día que sus amigas no hicieran comentarios obscenos sobre sus  cuerpos musculosos y no tan musculosos. Ella no participaba en tales comentarios ya que le parecía algo estúpido saliendo de chicas casadas o comprometidas como eran casi todas.

Se dio cuenta de que ninguna de ellas hablaba de uno en concreto, pero señalaban a dos o tres que tenían mejor ver y al resto les ignoraban. Entre estos había uno que sí le llamó la atención a ella pero nunca lo comentó con nadie, ni siquiera lo admitió para sí misma. Estaba claro que no era musculoso, no tenía especial atractivo salvo que parecía estar con los demás a disgusto, más o menos como ella, y porque de todos sus amigos, probablemente él era el único que no miraba el culo o los pechos a sus amigas ni a ella. Tenía un anillo de casado o de noviazgo (nunca se sabía en estos tiempos) y tenía cara de buen chico.

            A lo largo de las semanas, las veces que coincidían coincidían, fue dándose cuenta de lo poco que le gustaba a ese chico compartir su vida íntima con los demás - ella prestaba atención a sus amigas pero también a lo que decía él -. En lugar de escucharlas cacarear como gallinas, prefería escuchar el silencio de él o las pocas cosas que tenía que decir.

Con el tiempo ella estaba empezando a enamorarse platónicamente de aquel desconocido del que no sabía el nombre ni le importaba. No se sentía culpable ya que era como mirar las estrellas, algo inofensivo que pasaba dentro de su cabeza y su corazón y que la ayudaba a soportar su desastrosa vida de pareja. A menudo pensaba que ese chico, tan diferente al resto, sabría escucharla, podría ser su mejor amigo al tiempo que su amante perfecto. La trataría con delicadeza y siempre estaría atento a cómo se sintiera, no holgazaneando todo el día como su novio y pensando que encima le hacía un favor al dejarle todas las cosas de la casa que "tanto disfrutaba ella haciendo".

            Su relación con Samuel había llegado a un estado de vacío tal, que cada vez que hablaban ella no podía evitar responder de mal humor.

            Todo se torció aquel día que Samuel llegó colgado del brazo de esa furcia. Su mundo se vino abajo y se dio cuenta de que todas sus amistades eran de pega. Toda la mascarada que era su vida se derrumbó excepto ese chico que todos los días bajaba al bar a tomar un café, con o sin sus amigos a los que no contaba nada de su vida íntima. Sospechaba que él también se había fijado en ella y que siempre cumplía su rutina como un reloj porque sabía que ella también lo haría. Pensaba - en su mundo de fantasía - que tenían un amor platónico perfecto. Algo que no podía estropearse y que, de algún modo, impedía que se tirara de una terraza y terminara con su vida.

            Así fue cómo un día, sentada en la barra del bar sola, llegó él y se sentó justo a su lado. Nunca pensó que podría hablar con él pero en ese momento sintió que debía hacerlo para convencerse a sí misma de que su vida no era un total y completo desastre.

            - ¿Me alcanzas las servilletas? - preguntó, señalándolas, justo delante.

            - Claro - respondió, cediéndoselas.

            Ella cogió un par de ellas y se dio cuenta de que él se la había quedado mirando con evidente preocupación. Así era él, estaba segura, una persona que se fijaba en las personas y sabía de un vistazo que no estaba bien. Aunque en ese momento se sintió violenta de que el chico, a quien idolatraba, estuviera mirándola fijamente por primera vez, por estar triste. Era muy incómodo porque debía estar feísima.

            - ¿Estás bien? - preguntó él, rompiendo el interminable silencio.

            Ella no respondió con palabras. Negó con la cabeza y trató de sonreír con muy poco éxito.

            - ¿Qué te ocurre?, ¿puedo ayudarte en algo?

            - Mi vida es un desastre - disparó -. Mi novio se ha ido con una furcia, apenas tengo dinero para pagar el alquiler y no tengo ánimos ni para trabajar. Mi jefe me hace la vida imposible amenazándome con despedirme y mis compañeras encima se enfadan porque supongo un lastre y dicen que por mi culpa tienen el doble de trabajo.

            No quería ser tan sincera pero tenía tantas ganas de hablar con alguien... de hablar con él... que su lengua fue más rápida que sus pensamientos.

            - Vaya, un mal día lo tiene cualquiera. No te preocupes, todo el mundo tiene días así.

            - No es un bajón de un día. Llevo semanas así. A veces pienso que lo mejor es tirarme desde la azotea de mi casa y acabar con todo.

            ¿Por qué había dicho eso? Nunca había admitido semejante pensamiento ni ante sí misma, pero veía la preocupación en los ojos de ese chico y tenía la necesidad de abrir su alma. Sabía que si él no la entendía, nadie más lo haría.

            - No hablas en serio - sonrió él con una mueca encantadora -. Vamos, no hagas un mundo de un grano de arena.       

            - Si tú lo dices - replicó ella.

            - Cuéntame más, seguro que si te desahogas te darás cuenta de que no es tan terrible.

            - No, no, seguro que llegarías tarde al trabajo... No quiero ser una pesada charlatana.

            - Bueno, ¿qué te parece si nos vemos para comer? - propuso él, entusiasmado.

            Con esos ojos no podía decirle que no. Llevaba tanto tiempo idealizando una conversación con él que ni bajo amenaza de muerte se habría negado.

            - Claro - replicó ella, tímidamente.

            - Bajaré a las dos - añadió él.

            - Aquí estaré - replicó ella.

            - De acuerdo, tenemos una cita - bromeó él, sonriendo. Estaba claro que pretendía animarla con su sonrisa y lo había conseguido.

            - Espera - dijo él, antes de marcharse -. ¿Cómo te llamas?

            - Verónica - respondió ella.

            - Pedro - le ofreció la mano y ella la estrechó sintiendo que su calor recorría su piel y arropaba su corazón -, encantado.

            Fue lo más increíble que le había pasado nunca, una conversación sencilla de cafetería que marcó para siempre su vida. El trozo de hielo que tenía en su pecho ardió de repente como un trozo de carbón al rojo vivo y la tensa espera hasta la hora de comer se le antojó eterna. Si le costaba concentrarse en el trabajo, esa mañana hizo lo que no había hecho en semanas. Nadie pudo decirle nada, no quería que la acusaran de irse a comer sin haber terminado algo.

 

 

 

            - Hemos llegado - dijo una voz extraña.

            Se dio cuenta de que todo era un recuerdo, un sueño. Al dormirse pudo revivirlo como si lo acabara de presenciar. Supo que no había sido casual y que Juan la había llevado allí con algún propósito que no lograba entender. Levantó la cabeza del respaldar y miró al taxista un tanto confusa.

            - Eh... sí, dígame cuánto es.

            - Catorce euros con setenta.

            Hizo como que buscaba el bolso y fingió decepción al no encontrarlo.

            - Vaya... - dijo -. Me dejé el bolso en el hospital.

            - ¿Quiere que volvamos? - se ofreció el taxista.

            - No, no es necesario, subiré a casa y bajaré con el dinero.

            - Está bien, pero déjeme algo de señal. No sería la primera vez ni la última que alguien se quiere largar sin pagar - aceptó el taxista, bromista.

            - Pues... como no quiera mis sandalias o mi ropa...

            El taxista la miró con ojos sucios durante un instante aunque enseguida rectificó y miró hacia delante. 

            - Supongo que aunque se lo pidiera no me lo daría - dijo, exageradamente resignado.

            - Bajaré en un momento, no se preocupe.

            - Está bien, pero no tarde, el contador no para y le saldrá más caro.

            Verónica frunció el ceño. Menudo tacaño... Allá él, no iba a ver un céntimo.

            Salió del taxi y caminó hacia los portales. Pasó de largo uno, luego otro y sus piernas empezaron a dar muestras de agotamiento. Si ese hombre decidía ir a buscarla la cogería sin problemas. Para ella correr era poco más o menos que volar, una idea imposible.

            Miró hacia atrás y se dio cuenta de que el taxi no se podía ver por los árboles y rosales que había entre ellos. A la primera esquina que encontró, giró y se apoyó contra la pared, exhausta y respirando agitadamente. Sus piernas hormigueaban y sentía que le dolían intensamente los muslos como si acabara de correr un kilómetro a toda velocidad.

            Se sentía tan vulnerable que sintió ganas de llorar. ¿Qué estaba haciendo? ¿A quién quería engañar? No podía vivir sola mucho tiempo, necesitaba ayuda urgente... Tendría que comer, descansar y en la calle moriría de frío.

            Tenía que encontrar a Juan y sabía que la ayudaría. Vivía a unas tres manzanas de allí pero era demasiado pronto. No tenía reloj pero la soledad de las calles y la oscuridad del cielo delataban que eran entre las cinco y las seis de la madrugada. Tenía que buscar un sitio donde descansar, al menos un par de horas, pero allí no había ningún parque. Quiso dejarse caer y descansar allí mismo pero el taxista la encontraría si decidía ir a buscarla.

            Se obligó a si misma a mover las piernas y caminó lastimosamente sin rumbo fijo por las oscuras calles buscando un banco o un lugar donde descansar al amparo del frío. Era una calle llena de jardines pero los bancos estaban a plena vista desde la carretera, no había ningún jardín interior.

            «Tendrás que volver» - le dijo la voz de Juan en el interior de su cabeza.

            - No, ni lo sueñes - dijo.

            «No es lo que yo quiero, es porque no puedes estar fuera del hospital en esas condiciones. Me preocupo por ti.»

            - Tú preocúpate cuando llame a tu puerta.

            «No soy el Juan que tú piensas. Él no te reconocerá, vive con sus padres y no depende de él que te dejen entrar.»          

            - Tendrá que hacerlo porque cuando llame a su puerta... descansaré.

            «No vas a llegar a llamar a ninguna puerta»

            - ¿Olivia era más importante para ti? - le recriminó, enojada -. A ella la ayudabas, a mí solo me llevas la contraria.

            «Volver no es necesariamente malo.»

            - Haz una de tus señales, no te quedes ahí sin hacer nada, demuéstrame que estás ahí. Haz que cuando llegue, esté solo en casa, que me reconozca y me cuide hasta que mejore.

            «Eso es imposible.»

            - ¿Por qué? - preguntó.

            «Ya te lo he dicho. »

            - ¿Qué me has dicho? -inquirió en voz alta, con la voz rota por el frío y el cansancio.

            No hubo respuesta.

 

            Cuando se alejó un par de manzanas, lo suficiente para que el taxista diera por perdida su presa, se dejó caer al suelo y descansó, completamente vencida por el cansancio. Apoyó su espalda contra la pared del edificio que tenía tras ella y cerró los ojos, respirando agitadamente. Había olvidado lo duro que era arrastrar consigo su cuerpo. Recordaba los días que estaba en el hospital psiquiátrico cuando pensaba que un día podría viajar en el espacio-tiempo con su cuerpo igual que lo hacía en el mundo de lo etéreo. No sabía lo que deseaba.

            Su corazón resistía con dificultades, amenazando con explotar al siguiente latido. Después de un rato de descanso, perdió la sensibilidad de las piernas y su corazón comenzó a calmarse a medida que todo su cuerpo se adormecía.

            Entonces la sirena de un coche de policía se aproximó a su localización.

            - No, no, vete, vete - se dijo, temiendo que el taxista los hubiera llamado. Quiso levantarse pero su cuerpo ya no respondía sus órdenes.

            El coche se detuvo y aunque no podía ver dónde, podía ser perfectamente a la altura del taxi.

            - Mierda - susurró a su amigo invisible -. ¿No puedes echarme una mano de ayuda en lugar de echármela al cuello?

            Su acusación no tuvo respuesta.

            No tenía fuerzas para moverse, solo le quedaba esperar que no la encontraran.

            «Aunque no te lo creas, es por tu bien.»

 

            No tardaron mucho en dar con ella. Al verla tan débil pensaron que se había drogado y ni se molestaron en preguntarle si estaba bien. No tenía fuerzas ni para hablar. Al escucharles decir que la llevarían a un hospital público ella reaccionó y sonrió. Al menos no la llevarían con sus padres.

            Su alegría duró poco ya que uno de los policías dijo que tenían la denuncia de desaparición de una chica de otro hospital y la descripción coincidía con ella.

            - Por favor... - dijo entre gemidos ininteligibles.

            No pudo decir nada más antes de perder la consciencia. Lo último que pensó fue una frase desesperada.

            — Tanto esfuerzo para nada...

 

Nota: La continuación de su sueño-recuerdo aquí.

 

Continuara...

Animal es el que abandona a su mascota.

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