El último Adiós

¿Una mano en el hombro?
¿Una mano en el hombro?

Fiorella era una joven emprendedora que trabajaba en Lima. Ejercía de secretaria y sus jefes siempre estaban contentos con ella. Estaba casada y tenía dos niñas, ambas preciosas. Su marido era alemán y tenía varios negocios, entre ellos una pastelería, varios pisos y eran una familia bien acomodada.

 

Vivían en un piso de un rascacielos de la capital, en la planta quince y tenían multitud de amistades. Fiorella se llevaba bien con un compañero de trabajo, Don Fabián, al que le gastaba bromas porque caminaba arrastrando los pies por el suelo. Se podía saber con exactitud si ese hombre se acercaba, antes incluso de que saliera de su despacho.

 

Don Fabián se quejaba de que le estuvieran bromeando. Decía que estaba demasiado mayor para dejar de caminar como siempre lo había hecho y la llamaba exagerada por decirle que arrastraba los pies. Lo cierto es que así era y él no tenía más remedio que aceptarlo.

 

Un día, de camino al trabajo, Fiorella caminaba desde la parada de la combi, que cogía todos los días, hasta su oficina y escuchó unos pasos arrastrándose detrás de ella.

 

«Ay, este bribón, se me está acercando por detrás para asustarme» - pensó ella.

 

Para no estropearle la sorpresa, se dejó sorprender y siguió caminando como si no escuchara nada. Pensaba asustarle ella a él en cuanto le tocara el hombro.

 

Entonces sintió un roce en su camisa, los pasos estaban justo detrás y Fiorella se volvió y gritó.

 

- ¡Don Fabia...!

 

Cuando vio que no tenía a nadie a su espalda sintió que se le helaba la sangre. Lo había escuchado, había sentido el contacto de su mano en su hombro… pero allí no había nadie.

 

Subió corriendo a la oficina, deseosa de encontrar a sus compañeras, incluso de ver a Don Fabián para contarle lo que había pasado. El tiempo que estuvo en el ascensor se le hizo eterno, tenía un mal presentimiento y quería ver a Don Fabián cuanto antes para quitarse esa horrible sensación.

 

Cuando llegó arriba vio que había gente reunida en el despacho del gerente. Se preguntó qué les había atraído a todos allí y luego buscó con la mirada a Don Fabián.

 

Allí no estaba.

 

- ¿Qué pasó? - preguntó a una compañera que estaba en la parte más alejada del despacho.

 

- Oh, Fiorella, es terrible. Don Fabián falleció esta mañana.

 

- Dios mío de mi corazón - dijo ella, sintiendo que le flaqueaban las rodillas-. Me lo temía.

 

- ¿Cómo ibas a imaginarlo, mujer? - dijo la compañera -. Murió de un infarto. Ese hombre gozaba de una salud envidiable.

 

- Es que me sucedió algo cuando venía para acá - explicó ella.

 

Durante un par de segundos cogió aire y pensó si era juicioso contarle lo que le había pasado o si debía guardarlo para ella, por si la tomaban por loca. Finalmente decidió que no podía guardar un secreto así.

 

Le contó lo sucedido y su compañera se lo creyó todo, palabra por palabra. No sabía si fue porque se lo contó sin dudar y estaba blanca como la pared o porque nadie se inventa una cosa así en un momento tan serio y delicado como ese. Además ella no tenía por costumbre contar mentiras.

 

De algún modo Fiorella había sido la última en sentir a Don Fabián en este mundo. Por una vez, él la bromeó a ella con sus andares tan característicos.

 

 

* * *

 

Pasaron varios años, era difícil precisar cuántos. Los años de matrimonio son como olas en el mar: las ves pasar, las disfrutas contemplándolas, pero resulta difícil contarlas. La hermana de Fiorella se divorció y su exmarido había echado raíces tan hondas en la familia que para ella y su esposo Charly, Umberto seguía siendo un gran amigo.

 

Se habían mudado a un chalet con jardín, en la parte de atrás y solían invitar a la gente los fines de semana. Siempre que invitaban a Umberto, éste acostumbraba a asustar a Fiorella poniéndole la mano en el hombro repentinamente y gritándole casi en su oído. A veces incluso iba a su casa sin avisar, Seni le abría la puerta y éste no quería que anunciara su llegada porque quería darle un susto a Fiorella, si es que no le veía entrar. Era un bromista que siempre trataba de hacer reír a la gente y por ello todos en la casa le tenían cariño, incluso las niñas, a pesar de ser tan rudo.

 

Era por ello que Fiorella ya no se sorprendía tanto cuando la asustaba y solo fingía para contentarlo. Si no la conseguía asustar no paraba hasta conseguirlo y podía ser muy insistente. Era mejor darse por asustada a la primera.

 

Por eso un día, mientras preparaba los platos para poner la cena en la mesa, sintió la fuerte mano de Umberto en su hombro y fingió asustarse de verdad. Se giró y dijo.

 

- Ay, Umberto, qué travieso eres...

 

Pero allí no había nadie.

 

- ¿Sucede algo señora? - preguntó Seni, la empleada, que entraba desde el comedor.

 

- Dios mío... - comenzó a llorar Fiorella -. A alguien de la familia le ha pasado algo.

 

- ¿A quién? - preguntó la cocinera, que conocía muy bien la historia de Don Fabián.

 

- Umberto... tengo que llamarlo.

 

Cogió el teléfono y marcó su número. Nadie le respondió.

 

- Dios mío, vive solo. Le ha pasado algo estoy segura.

 

Charly, que no se había creído nada de la historia del anterior fantasma, la vio alterada y aunque no le negó nada, le quitó importancia y le dijo que debían ser imaginaciones suyas. Que no se preocupara, que ya vería como Umberto estaba perfectamente y habría salido a comprar.

 

- Que no, Charly, le ha pasado algo.

 

- Para que veas que no tienes razón, voy a llamar a Jack - dijo él, como si hablara con una niña, con tono de paciencia infinita -. Él tiene que saber de su padre, viven al lado.

 

Antes de levantar el auricular del teléfono, este sonó.

 

Charly descolgó no sin una expresión de preocupación en la cara.

 

- Aló - dijo -, aquí Charly... - se escuchó una voz -, ajá, no puede ser... -Charly borró su media sonrisa y se puso serio de repente -, ajá... Cuanto lo siento, pobre hombre. Gracias por llamar, ahora mismo vamos para allá.

 

- Virgencita de mi corazón - dijo Seni, la empleada, santiguándose.

 

- Umberto falleció esta tarde. Le han atropellado - dijo Charly, asombrado de sus propias palabras.

 

* * *

 

Para Fiorella estos hechos quedaron marcados en su memoria de forma imborrable pero nunca consiguió encontrarle explicación. Pasaron más años y llegó a olvidarse de su don, algo que no deseaba tener.

 

Un día sonó el teléfono de su casa. Era un amigo de la familia.

 

- Hola Fiorella, solo llamaba para darte las gracias por la invitación.

- No seas así, hombre, ya me lo agradecerás esta noche que vienes a casa.

- Lo siento, no voy a poder asistir. Solo te llamaba para agradecerte a ti y a Charly lo bien que os habéis portado conmigo.

- No tienes nada que agradecer, tú hubieras hecho lo mismo.

- Adiós, Fiorella - se despidió sin más.

 

Y colgó. Ella se extrañó ya que habían quedado con él y su familia para comer esa noche y supuso que le había surgido un compromiso y por eso no podría acudir. Apenas cinco minutos después de colgar llamó alguien más. Era el hijo de su amigo.

 

- Mi padre ha entrado en coma esta mañana y los médicos dicen que no va a salir. Ha sufrido un derrame cerebral.

 

Ninguna noticia de una muerte o futura muerte era un plato de gusto para ella, pero esta vez Fiorella se sintió tranquila y en paz. Sabía que ese hombre podría morir ese mismo día, lo lamentaba de corazón, pero también tenía una explicación a su extraño don.

 

- Solo vienen a darme su último adiós - suspiró con tristeza -. No tengo nada que temer.

 

 

 

FIN

 

 

 

Quiero agradecerle a mi esposa que me confiara

esta historia acerca de su madre.

F

iorella era una joven emprendedora que trabajaba en Lima. Ejercía de secretaria y sus jefes siempre estaban contentos con ella. Estaba casada y tenía dos niñas, ambas preciosas. Su marido era alemán y tenía varios negocios, entre ellos una pastelería, varios pisos y eran una familia bien acomodada.

 

Vivían en un piso de un rascacielos de la capital, en la planta quince y tenían multitud de amistades. Fiorella se llevaba bien con un compañero de trabajo, Don Fabián, al que le gastaba bromas porque caminaba arrastrando los pies por el suelo. Se podía saber con exactitud si ese hombre se acercaba, antes incluso de que saliera de su despacho.

 

Don Fabián se quejaba de que le estuvieran bromeando. Decía que estaba demasiado mayor para dejar de caminar como siempre lo había hecho y la llamaba exagerada por decirle que arrastraba los pies. Lo cierto es que así era y él no tenía más remedio que aceptarlo.

 

Un día, de camino al trabajo, Fiorella caminaba desde la parada de la combi, que cogía todos los días, hasta su oficina y escuchó unos pasos arrastrándose detrás de ella.

 

«Ay, este bribón, se me está acercando por detrás para asustarme» - pensó ella.

 

Para no estropearle la sorpresa, se dejó sorprender y siguió caminando como si no escuchara nada. Pensaba asustarle ella a él en cuanto le tocara el hombro.

 

Entonces sintió un roce en su camisa, los pasos estaban justo detrás y Fiorella se volvió y gritó.

 

- ¡Don Fabia...!

 

Cuando vio que no tenía a nadie a su espalda sintió que se le helaba la sangre. Lo había escuchado, había sentido el contacto de su mano en su hombro… pero allí no había nadie.

 

Subió corriendo a la oficina, deseosa de encontrar a sus compañeras, incluso de ver a Don Fabián para contarle lo que había pasado. El tiempo que estuvo en el ascensor se le hizo eterno, tenía un mal presentimiento y quería ver a Don Fabián cuanto antes para quitarse esa horrible sensación.

 

Cuando llegó arriba vio que había gente reunida en el despacho del gerente. Se preguntó qué les había atraído a todos allí y luego buscó con la mirada a Don Fabián.

 

Allí no estaba.

 

- ¿Qué pasó? - preguntó a una compañera que estaba en la parte más alejada del despacho.

           

- Oh, Fiorella, es terrible. Don Fabián falleció esta mañana.

 

- Dios mío de mi corazón - dijo ella, sintiendo que le flaqueaban las rodillas-. Me lo temía.

 

- ¿Cómo ibas a imaginarlo, mujer? - dijo la compañera -. Murió de un infarto. Ese hombre gozaba de una salud envidiable.

 

- Es que me sucedió algo cuando venía para acá - explicó ella.

 

Durante un par de segundos cogió aire y pensó si era juicioso contarle lo que le había pasado o si debía guardarlo para ella, por si la tomaban por loca. Finalmente decidió que no podía guardar un secreto así.

 

Le contó lo sucedido y su compañera se lo creyó todo, palabra por palabra. No sabía si fue porque se lo contó sin dudar y estaba blanca como la pared o porque nadie se inventa una cosa así en un momento tan serio y delicado como ese. Además ella no tenía por costumbre contar mentiras.

 

De algún modo Fiorella había sido la última en sentir a Don Fabián en este mundo. Por una vez, él la bromeó a ella con sus andares tan característicos.

 

 

*          *          *

 

Pasaron varios años, era difícil precisar cuántos. Los años de matrimonio son como olas en el mar: las ves pasar, las disfrutas contemplándolas, pero resulta difícil contarlas. La hermana de Fiorella se divorció y su exmarido había echado raíces tan hondas en la familia que para ella y su esposo Charly, Umberto seguía siendo un gran amigo.

 

Se habían mudado a un chalet con jardín, en la parte de atrás y solían invitar a la gente los fines de semana. Siempre que invitaban a Umberto, éste acostumbraba a asustar a Fiorella poniéndole la mano en el hombro repentinamente y gritándole casi en su oído. A veces incluso iba a su casa sin avisar, Seni le abría la puerta y éste no quería que anunciara su llegada porque quería darle un susto a Fiorella, si es que no le veía entrar. Era un bromista que siempre trataba de hacer reír a la gente y por ello todos en la casa le tenían cariño, incluso las niñas, a pesar de ser tan rudo.

 

Era por ello que Fiorella ya no se sorprendía tanto cuando la asustaba y solo fingía para contentarlo. Si no la conseguía asustar no paraba hasta conseguirlo y podía ser muy insistente. Era mejor darse por asustada a la primera.

 

Por eso un día, mientras preparaba los platos para poner la cena en la mesa, sintió la fuerte mano de Umberto en su hombro y fingió asustarse de verdad. Se giró y dijo.

 

- Ay, Umberto, qué travieso eres...

 

Pero allí no había nadie.

 

- ¿Sucede algo señora? - preguntó Seni, la empleada, que entraba desde el comedor.

 

- Dios mío... - comenzó a llorar Fiorella -. A alguien de la familia le ha pasado algo.

           

- ¿A quién? - preguntó la cocinera, que conocía muy bien la historia de Don Fabián.

 

- Umberto... tengo que llamarlo.

 

Cogió el teléfono y marcó su número. Nadie le respondió.

 

- Dios mío, vive solo. Le ha pasado algo estoy segura.

 

Charly, que no se había creído nada de la historia del anterior fantasma, la vio alterada y aunque no le negó nada, le quitó importancia y le dijo que debían ser imaginaciones suyas. Que no se preocupara, que ya vería como Umberto estaba perfectamente y habría salido a comprar.

 

- Que no, Charly, le ha pasado algo.

 

- Para que veas que no tienes razón, voy a llamar a Jack - dijo él, como si hablara con una niña, con tono de paciencia infinita -. Él tiene que saber de su padre, viven al lado.

 

Antes de levantar el auricular del teléfono, este sonó.

 

Charly descolgó no sin una expresión de preocupación en la cara.

 

- Aló - dijo -, aquí Charly... - se escuchó una voz -, ajá, no puede ser... -Charly borró su media sonrisa y se puso serio de repente -, ajá... Cuanto lo siento, pobre hombre. Gracias por llamar, ahora mismo vamos para allá.

 

- Virgencita de mi corazón - dijo Seni, la empleada, santiguándose.

 

- Umberto falleció esta tarde. Le han atropellado - dijo Charly, asombrado de sus propias palabras.

 

*          *          *

 

Para Fiorella estos hechos quedaron marcados en su memoria de forma imborrable pero nunca consiguió encontrarle explicación. Pasaron más años y llegó a olvidarse de su don, algo que no deseaba tener.

 

Un día sonó el teléfono de su casa. Era un amigo de la familia.

 

- Hola Fiorella, solo llamaba para darte las gracias por la invitación.

- No seas así, hombre, ya me lo agradecerás esta noche que vienes a casa.

- Lo siento, no voy a poder asistir. Solo te llamaba para agradecerte a ti y a Charly lo bien que os habéis portado conmigo.

- No tienes nada que agradecer, tú hubieras hecho lo mismo.

- Adiós, Fiorella - se despidió sin más.

           

Y colgó. Ella se extrañó ya que habían quedado con él y su familia para comer esa noche y supuso que le había surgido un compromiso y por eso no podría acudir. Apenas cinco minutos después de colgar llamó alguien más. Era el hijo de su amigo.

 

- Mi padre ha entrado en coma esta mañana y los médicos dicen que no va a salir. Ha sufrido un derrame cerebral.

 

Ninguna noticia de una muerte o futura muerte era un plato de gusto para ella, pero esta vez Fiorella se sintió tranquila y en paz. Sabía que ese hombre podría morir ese mismo día, lo lamentaba de corazón, pero también tenía una explicación a su extraño don.

 

- Solo vienen a darme su último adiós - suspiró con tristeza -. No tengo nada que temer.

 

 

 

FIN

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Comentarios: 1
  • #1

    carla (martes, 05 julio 2011 21:00)

    Me ha puesto los pelos de punta. Dios mio! Estuvo bien buena, bien buena.pero que susto de madre me has dado con esa historia!

Animal es el que abandona a su mascota.

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