El último amanecer

10ª Parte

            — ¿Por qué no lo dijo antes?

            — Está sin combustible, tendríamos que ir a la estación de servicio del aeropuerto y llenar el tanque. Es un suicidio, hay miles de infectados por la zona. Además jeep es muy viejo y se va a caer a pedazos al primer zombi que atropellen. Pueden intentarlo, pero no creo que lo consigan.

           Dru, ven aquí —llamó Rebeca.

            La llamada hizo volverse a todos los supervivientes. Dru era un chico alto y delgado, de pelo negro y bastante majo. No necesitó volver a llamarlo para que acudiera presto a su llamada.

            — Qué pasa morena —respondió, cuando estaba a su lado.

            Era uno de sus compañeros de aventura cuando salió a buscar comida, el otro era Terry.

            — Tenemos un bungalow que visitar. Aquí el señor...

            Miró al deprimido señor y éste completó su frase.

            — Brian —recordó el hombre.

            — Tiene algo que mostrarnos —añadió Rebeca.

            — Los zombis están de vuelta —replicó Dru, asustado—. No cuentes conmigo.

            — ¿Qué? ¿Vas a dejarme ir sola?

            — Ni lo sueñes.

            Y volvió a marcharse.

            — Es una lancha, joder —explicó en un susurro que apenas pudo oír el chico.

            Dru se volvió con los ojos como platos.

            — Me estás tomando el pelo.

            — No es buena idea que se enteren todos, querrían venir y seguramente habría peleas. Iremos los cuatro y la niña, traeremos ayuda y...

            — No cuente conmigo —corto Brian.

            Rebeca y los demás se lo quedaron mirando sorprendidos.

            — ¿Cómo vamos a encontrar su casa? Creí que no tenía nada que perder —Protestó la mujer.

            Brian se quedó pensativo y no respondió inmediatamente. Recordó el día que su mujer, Ellen, hablaba con una amiga de sus padres sin que supiera que él la escuchaba por llegar temprano. Acababa de regresar del trabajo y pudo salir antes de su hora ya que ese día no tenía nada que hacer y así le compensaban los otros días que tuvo que quedarse hasta las diez de la noche, que eran casi todos. Desde la puerta de casa escuchó la conversación telefónica.

            "Voy a dejarlo. Hace mucho que creo que vivo con un extraño. Lo he intentado pero apenas tenemos tiempo de vernos y ahora detesto todo de él, su aliento, el sonido que hace al dormir... Creo que estoy dejando escapar mi vida permaneciendo a su lado. Yo quiero hijos y él no. Antes pensaba que le convencería con el tiempo pero en tres años no ha cambiado nada. Cada vez que ve una pareja con un bebé me mira, me guiña un ojo y me susurra: "De lo que nos hemos librado".

            Ya no pudo escuchar más, se quedó sentado a la puerta de su casa, llorando por el desconcierto ya que no tenía ni idea de que su matrimonio fuera un tren descarrilado.

            Escuchó que su mujer colgaba el teléfono y se acercaba hacia él. Se levantó precipitadamente y huyó. ¿Tenía sentido volver a casa sabiendo que su matrimonio era un fracaso, que ella le detestaba?

            Recordó que los padres de Ellen eran muy proyectores con su hija, antes de casarse tuvo una conversación privada con ellos y éstos le advirtieron que si le causaba daño de cualquier tipo le matarían. Pero que si la hacía feliz sería considerado su hijo. Era una conversación típica en Estados Unidos, el discurso amenazador de los progenitores y amigos de la novia. Pero aunque fuera una costumbre, siempre quedaría la amenaza.

            En su dolor acudió a una parroquia católica que tenía las puertas abiertas como todos los días. Él era creyente y pensó que si rezaba un poco, Dios le daría una solución. Tenía que haberla, ella aun no le había dejado. Debía reconquistarla pero sería imposible si no se daban un tiempo juntos.

            Ese día decidió luchar por ella, creyó que si se iban de vacaciones y volvían a estar un mes sin que tuvieran que pensar en el trabajo, el amor volvería.

            Así decidieron viajar muy lejos, donde nadie más hubiera ido. Al llegar a Tahití escucharon hablar de las Islas atolón y pensaron que sería una aventura alquilar una lancha y explorar el océano buscando una de las islas.

            En ese tiempo la vio disfrutar, volvieron a ser felices juntos recordando cómo se enamoraron, tuvieron largas conversaciones en las que ella tuvo oportunidad de decirle que le echaba de menos. Él le dijo que la amaba más que a su vida y que ahora sí quería hijos.  Hicieron el amor, las cosas se habían arreglado y entonces ocurrió todo, sobrevino el desastre y con la muerte de ella, su vida había acabado. En casa todos sabían que Ellen pensaba dejarlo... Jamás le creerían.

            — No voy a irme de la isla sin mi mujer —añadió—. Pero les ayudaré a conseguir la lancha.

            Bianca y Camila, que pasaban por su lado escuchando la conversación sin que se dieran cuenta, se acercaron por detrás de las columnas y se quedaron mirando a la niña.

            — No pueden llevar a la cría —dijo Bianca—. Si quieren la podemos cuidar hasta su regreso.

            — No voy a separarme de mi mamá —protestó la aludida.

            — O podemos ir en vuestro lugar —añadió Camila.

            Ambas debían tener menos de veinte años, eran rubias y bastante delgadas. Parecían modelos de pasarela y eran muy similares entre sí. Brianda pensó que debían ser hermanas. Camila parecía más inocente y Bianca poseía una mirada más inteligente y pícara.

            — No podremos ir todos en la lancha —terció Rebeca.

            — Pero el viejo se queda, ¿no? —respondió de inmediato Camila.

            — No soy tan mayor.

            — Tiene por lo menos treinta —corroboró Bianca, como si fuera obvio.

            — Aunque los lleva muy bien —dijo Camila.

            — Bueno, no tanto —discutió Bianca—. Mira esas ojeras, el pobre está hecho una piltrafa.

            — Chicas, no creo que sea un buen momento de deprimir aun más a Brian —indicó Rebeca—. Pero estoy de acuerdo, prefiero que vengáis vosotras y tú y tu hija nos esperáis —miró a Brianda—. No es lugar para una niña ahí fuera.

            — Pero tendréis que estar dispuestas a golpear duro a esos zombies —indicó Dru, que parecía entusiasmado por la nueva compañía.

            — Que seamos rubias no significa que no sepamos defendernos.

            — Bueno, yo soy morena —replicó Bianca, sonriendo—. Pero me tiño el pelo.

            — Genial, te favorece el rubio —Dru estaba atontado con ellas.

            Y Rebeca suspiró fastidiada. Dru era "su" amigo y le gustaba. Esas frescas se lo estaban quitando con sus pechos falsos y sus sonrisas prefabricadas. Pero parecían más útiles que una niña y su madre.

            Hasta Brian sonrió cuando Bianca le llamó viejo. Era increíble el poder de un par de tetas... Hasta resucitaban muertos como él, que antes parecía un zombi.

            Disimularon diciendo que buscarían alguna medicina para no despertar falsas esperanzas entre el resto de supervivientes. Se armaron con picos y palas ya que el pueblo volvía a estar lleno de zombis y salieron por la sacristía. No había ninguno en esa parte y actuaron con rapidez mientras Brianda y su hija rezaban una plegaria para que lo consiguieran.

 

            Dru cubría la retaguardia mientras Brian les dirigía con rapidez hacia su cabaña. Consiguieron esquivar a la multitud que se arremolinaba a las puertas de la iglesia pero el camino estaba repleto de individuos dispersos.

            La primera en recibirles fue una vieja con la cara ensangrentada. Chilló con satisfacción al verles acercarse y corrió como poseía por mil demonios hacia ellos. Brian la decapitó de un certero palazo y el cuerpo de la anciana quedó tendido en el suelo totalmente inmóvil mientras su cabeza rodaba como una calabaza, esparciendo regueros de sangre.

            Más adelante un hombre obeso les escuchó. Este se movía con más dificultades pero parecía mucho más duro de matar.

            — Cuidado con ese —recomendó Rebeca.

            — Mi casa es aquella —respondió Brian—. Hay que eliminar a los más cercanos.

            — Es imposible —se quejó Camila—. Son demasiados.

            El campo estaba lleno de zombis, puede que entre todos superaran el centenar. Pero no tenían elección, la mitad de ellos les había visto y corrían en su dirección.

            — Ya dije que no sería una buena idea —susurró Rebeca—. ¡Correr!

            Aterrada soltó su pala y salió corriendo hacia el pueblo. Camila y Bianca hicieron lo mismo y Dru tardó un par de segundos en reaccionar.  Al verse solo con Brian decidió imitar a las chicas, aunque él no soltó su pico.

            — ¡Hijos de puta! —exclamó Brian.

            Rebeca se dio la vuelta y vio como abatía al primero que llegaba, pero tres más le alcanzaron desde atrás y le mordieron en distintas partes, uno lo hizo en el cuello o en la cara. Después llegaron cuatro más y entre todos perdió de vista al desdichado hombre.

            — Tenemos que volver a la iglesia —exclamó—. ¡Nos están siguiendo!

            Dru la adelantó con el pico agarrado entre ambas manos.

            — Os abriré camino.

            Tenía largas piernas y le sacó ventaja en dos zancadas. A los zombis que se cruzaban les apartaba de un empellón, con ayuda de su arma. Caían al suelo atontados y ellas pasaban sin problemas. Rodearon la iglesia y entraron por atrás, exhaustos.

            — ¿Qué ha pasado? Falta uno —Preguntó Brianda.

            — No lo consiguió... —Respondió Rebeca apenas sin aire y sintiéndose tremendamente culpable.

            — ¿Sabéis qué? —Añadió Dru, jadeante—. Las tumbas están llenas de malas ideas como esa. Os lo dije, es una locura, los tenemos por todos lados.

            — ¿Por qué viniste entonces? —Inquirió Rebeca.

            — Alguien tenía que salvarte el culo.

            Al escucharle, la chica se dejó caer y rompió a llorar con amargura.

            — ¿Qué pasó? —Brianda se agachó junto a ella y le puso la mano en el antebrazo.

            — ¿Por qué lloras? Ya estáis a salvo, no podrán entrar aquí.

            Notó que Rebeca temblaba y no podía ser por frío, estaban a cuarenta grados y el calor era asfixiante.

            — Le abandonamos, le hicimos ir con nosotros y le dejamos solo con los infectados... Lo último que hizo fue llamarnos "hijos de puta".

            — Se lo dijo a los zombis —discutió Dru.

            — ¿En serio crees eso? —Gritó ella—. Dime que no te sientes culpable por dejarle solo.

            — ¿Preferirías que me hubiera quedado? —Dru la miró acusador—. Tú le dijiste que corriéramos, allá él si no te hizo caso.

            — Brian no nos insultó a nosotros, se lo dijo a los zombis —intervino Bianca.

            — Pues claro —apoyó su hermana, como si fuera obvio.

            Rebeca negó con la cabeza sin estar de acuerdo. Ella estaba allí cuando ocurrió y les insultó en el momento que se vio abandonado. Pero también sabía que no hay más ciego que quien no quiere ver y sus conciencias estarían más tranquilas pensando eso.

            Sin congregarlos, todos los supervivientes se agruparon a su alrededor y esperaban explicaciones.

            — ¿Habéis encontrado la lancha? —Inquirió una mujer.

            Rebeca miró a Brianda de reojo. Les había debido contar el plan y todos estaban ansiosos de conocer sus progresos.

            — Llegamos a su casa —indicó Dru—, pero nos rodearon y tuvimos que huir.

            — ¿Trajisteis el barco? —se escuchó al fondo.

            — No llegamos a entrar.

            — Pero, ¿vais a volver?

            — Sería un suicidio, señora —explicó Dru—. La zona es un hervidero de zombis.

             ¡Llevar más armas! No creo que sea tan difícil acabar con esos descerebrados —se pavoneó un chico de unos diecisiete años.

            — Pues ve tú, listillo —gritó Rebeca, exasperada.

            — Basta ya, así no demostramos más inteligencia que esos animales —se impuso Brianda.

            Su voz segura hizo callar a todos de tal manera que se escucharon de nuevo los golpes de la puerta principal y los gemidos de sus causantes.

            — Los tenemos encima, nunca saldremos de aquí —opinó una mujer mayor.

            El peso de la evidencia cayó sobre los ánimos de todos. Ninguno se atrevería a salir sin que esos infectados relajaran un poco su asedio.

            — Pronto vendrán a rescatarnos —dijo uno de los jóvenes—. El avión salió sin problemas, informarán a Tahití y vendrán a por nosotros.

            — Hace tres horas que salió. ¿Por qué no ha llegado ya la ayuda? —Preguntó un hombre de unos cincuenta años—. En media hora llegarían y en una ya estarían aquí.

            — No se puede preparar un equipo de rescate en tan poco tiempo —discutió otro.

            — Lo que está claro es que es que no ganamos nada saliendo ahí fuera. Lo mejor es esperar.

            Pero los zombis comenzaron a golpear con verdadera violencia la puerta y cayeron dos tablones que las sujetaban como barricada.

            Los más jóvenes acudieron a reponer las defensas pero los empellones eran más violentos. Ni cinco chicos fuertes lograron contener las tablas lo suficiente como para volver a asegurarlas sin sujetarlas.

            — Van a entrar —se desanimó uno e ellos—. Son demasiado fuertes.

            — ¿Por qué no nos atacaron así antes? —Preguntó Brianda.

            — No estarían tan hambrientos.

            — Creo que saben que somos los últimos supervivientes y están todos ahí fuera —protestó Dru—. Estamos atrapados como ratones en una jaula en medio de una manada de gatos.

            — ¿Y si conseguimos un segundo refugio? Podríamos distraerlos —propuso Brianda.

            Algunos la miraron con escepticismo, otros con gran interés.

            — Pues si vamos a hacer algo es el momento —protestó Dru, que aguantaba con otros cuatro muchachos las fuertes acometidas de los zombis.

            — Se están soltando los tornillos de las puertas, no aguantaremos mucho —añadió Terry.

            Brianda no había reparado en él hasta ese momento, sin embargo recordaba su nombre y de dónde venía, de las Bahamas. Era un fanático del surf y acudió a Tupana buscando la ola de su vida. Era muy musculoso pero nada guapo, tenía el mentón muy ancho y los ojos diminutos.

            — Necesito que alguien cuide a mi hija —pidió—. Saldré por la otra puerta y buscaré algún otro lugar seguro.

            — Yo me quedo con ella —ofreció Jessica, la mujer de cincuenta años.

            — Mami, no me dejes —suplicó la niña.

            Brianda hubiera querido que la acompañara alguien o que otro se presentara voluntario para salir en su lugar, pero Rebeca y Dru estaban luchando por contenerlos en la puerta y los que miraban no parecían dispuestos a salir. El terror se dibujaba en sus caras.

            — Volveré pronto mi vida —prometió—. No te separes de Jessica.

            — Quiero ir contigo.

            — No puedes —levantó la voz—. Hazme caso, volveré pronto.

            — Llévate un arma —aconsejó Dru.

            — Espera, yo iré contigo —se ofreció Rebeca—. Usted, venga aquí, parece fuerte así que ayude a los chicos.

            El señor la obedeció y ocupó su lugar.

            — Gracias... —Brianda quería abrazarla, le aterraba salir sola.

            Salieron con un tablón cada una para defenderse. Por suerte la parte de atrás seguía pasando desapercibida por los zombis. Rodearon el poblado recorriendo la playa hasta que vieron las últimas casas del pueblo.

            — El ayuntamiento también tiene campana —sugirió Rebeca.

            — Te sigo, no sé dónde está.

            Tomó la delantera y a buen paso de footing se volvió a adentrar al poblado. Brianda no estaba tan en forma como su amiga y la siguió con la lengua reseca por el cansancio. Ambas se refugiaron tras una casa agazapadas sobre su muro examinaron el interior.

            La iglesia estaba al otro lado de Niau, que no era demasiado lejos dado que el pueblo lo formaban apenas cuatro calles que cruzaban la principal. El ayuntamiento era una casa más grande de lo normal que se veía justo en el centro de dicha calle y estaba a unos sesenta metros de su posición. El problema era la cantidad de zombis que había allí en medio.  Aunque hubieran sido diez sería una locura exponerse a ellos, pero contaron centenares.

            — Hay que distraerlos —sugirió Brianda.

            — Esa era la idea —replicó su compañera—. Pero no pienso...

            El viento sopló fuerte desde sus espaldas y sacudió de su trance a los zombis más cercanos, que miraron hacia ellas a la vez como si alguien les hubiera dicho por radio que estaban allí.

            — Corre, creo que nos han visto —apremió Brianda.

            — No puede ser —Rebeca se giró y dio una potente zancada pero se chocó con un cuerpo y cayeron al suelo aparatosamente.

 

 

 

 

 

Continuará

Comentarios: 3
  • #3

    Tony (viernes, 18 octubre 2013 08:54)

    Tienes toda la razón Ariel. He llegado a un punto de la historia donde muchas cosas ya se sabe que van a pasar y por eso tu comentario es oro para mí. Hay cosas que no puedo cambiar, pero sí contar lo que no se sabe, que al fin y al cabo es el propósito de este relato. En "El ojo misterioso" se cuenta cómo termina la pesadilla de Tupana. En "La isla de los caminantes sin alma" se conoce cómo termina esta historia para algunos de los supervivientes.
    Aquí me iba a centrar en explicar si alguien llegó a salvarse, (obvio que sí ya que sino cómo iba yo a conocer la historia). La duda que queda es quién sobrevivió y cómo. Lo que ya se sabe debería resumirlo lo máximo posible y justo me había atascado porque ahora mismo estaba contando algo que todo el mundo podía preveer.
    Comentarios así me ayudan mucho, por favor, seguir comentando.

  • #2

    Ariel (viernes, 18 octubre 2013 04:27)

    Me gusta la historia, sólo que siento que ya se el final por eso no la leo entusiasmado, igual me encanta y gracias por continuar rápido

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 09 octubre 2013 12:24)

    Guau, he conseguido cumplir. He tardado una semana en subir la siguiente parte y tal y como está mi vida, es todo un logro.
    Espero que os reenganchéis a la historia porque empieza lo bueno...
    No te olvides de comentar.

Animal es el que abandona a su mascota.

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