El último amanecer

11ª parte

 — Cuidado —se quejó la intrusa.

            Cuando se recompuso vio que Camila se levantaba mientras se limpiaba sus mallas color marfil del polvo del suelo.

            — ¡Qué diablos hacéis aquí! —escupió encolerizada al ver a Bianca ayudando a su hermana—. ¡Vamos, correr!

            Las cuatro huyeron en dirección contraria al pueblo aunque tras ellas galopaban como depredadores al menos una veintena de zombis.

            Rebeca era la que más corría y detrás la seguían de cerca Camila y Bianca. Pero cada vez se rezagaba más Brianda, que entrr que no había comido por darle toda la comida a su hija y que al salir también tuvo que correr tras Rebeca, sus piernas no respondían como ella quisiera.

            Ni siquiera corrían hacia un lugar seguro, Rebeca parecía no tener claro a dónde ir y eso terminó de minar sus energías. Ni el pensamiento de dejar sola a su hija si algo le pasaba pudo reanimar sus extremidades. 

            Entonces un zombi pasó como un rayo a su lado y otro tan cerca que la empujó y la tiró al suelo. Se cubrió la cara para que no le mordieran ahí pero lo único que la lastimó fue un zombi torpe que tropezó con su pierna y cayó a su lado.  En el suelo la miró a escasos treinta centímetros de su cara con sus ojos blanquecinos , su boca llena de baba verde—negruzca y la mitad de sus dientes partidos—. Después se levantó gimiendo como si no la hubiera visto y siguió a la horda.

            — ¿Por que me respetan a mí? —Se lamentó, pensando que la francesa estaba en lo cierto y que ya debía estar infectada.

            Ese descubrimiento marcó su determinación. Aún podía ayudar al resto de supervivientes y no volver con ellos. Era un peligro para todos. Sabiéndose inmune se levantó y fue al ayuntamiento caminando. Cuando se cruzaba con un zombi le daban ganas de golpearlo para que reaccionara y la atacara y de hecho cuando llegó al edificio consistorial se vio obligada a apartarlos de la puerta. Al primero le empujó con miedo, al ver que no respondía a su agresión los fue sacando de su camino cada vez con más rudeza hasta que tiró a uno al suelo y en la caída le partió un brazo —porque esos estúpidos aun tenían el reflejo de poner las manos delante aunque no precisamente muy rectas—. Al escucharle gemir de dolor temió que se levantaría para morderla, aunque no lo hizo. Se levantó como pudo y se marchó de allí.

            — Espero que no le doliera —se lamentó, sabiendo que pronto ella estaría en su mismo estado. Al menos entre ellos no había peleas ni sentían rencor... Claro, estaban muertos. Sólo tenían hambre por los vivos.

            Empujó la puerta y encontró el hall de la entrada desocupado. Era lógico, los zombis buscaban supervivientes o ruido fuerte. Entonces recordó el propósito al salir de la iglesia y pensó que si no distraía a los zombis de todo el poblado, su hija sería devorada viva.

            Cerró la puerta con cerrojo y buscó el modo de activar la campana. Vio unas escaleras y subió con lentitud, sus piernas estaban muy débiles y su estómago ardía con ferocidad como si un horno candente le consumiera las entrañas. Ya no duraría mucho, tenía que darse prisa.

            No fue difícil encontrar el despacho del alcalde. Era la sala más amplia de arriba y se leía en la puerta: "Maire".

            No sabía francés pero en las otras ponía "Conseiller", que debían ser los despachos de los concejales. Por fortuna la puerta estaba abierta y en la pared se veía una apertura con una cadena que parecía llegar al techo.

            La campana tañó con impaciencia. Brianda pensó que debía seguir tocando hasta que se transformara en zombi. Por cada tirón de la cadena quería ver esperanza para su hija. Recordó los días en su hogar, cuando Hugo nació y Lisa, con un año y medio, dejó de reír durante un mes debido a los celos. Ese tiempo se dieron cuenta de cuánta felicidad había en la casa con la risa de su hija y cuánto la necesitaban. Su marido trabajaba casi diez horas diarias y cuando llegaba a casa no tenía tiempo de atender a sus hijos. Lisa trataba de cuidar a su hermanito como lo hacía ella y en ningún momento mostró otra cosa que afecto. No fue hasta que Hugo la vio acercarse un día y le dedicó su primera sonrisa, una mueca contagiosa que Lisa respondió riendo juntos. La casa volvió a llenarse de vida.

            Ahora que su pequeña era todo o que le quedaba en el mundo, para Brianda no importaba nada salvo que ella saliera de ese infierno aunque su madre no lo consiguiera.

            — Brianda —escuchó desde la puerta del despacho.

            — ¿Rebeca?

            Cuando la vio entrar acompañada de las dos hermanas se dejó caer exhausta. Lo había conseguido.

            — Tiene muy mal aspecto —opinó Bianca.

            — ¿Tenéis algo de comer? —Pidió con apenas voz.

            — Un plátano pocho —replicó Camila riéndose.

            — Dáselo —urgió Rebeca—, ella no ha comido y está que se desmaya.

            — De acuerdo.

            Lo sacó de su riñonera. Era un plátano casi negro y Brianda lo comió con avidez. Le supo delicioso y le dio lástima tirar la cáscara.

            El dolor del estómago se redujo bastante y las fuerzas volvieron a sus miembros.

            — Nos has salvado a todos —explicó Rebeca mientras se recuperaba—. Ya te dábamos por muerta, los zombis nos estaban alcanzando cuando sonó la campana y se dispersaron. Por alguna razón seguían ofuscados por la iglesia pero sólo unos pocos se quedaron por allí y parecían confusos sin saber a dónde ir.

            — Debo marcharme —replicó, apartando a su amiga—. Soy un peligro para vosotras.

            — ¿Por qué?

            — Estoy infectada —confesó, temblándole la voz.

            Miró a las tres y éstas se apartaron.

            — ¿Te han mordido? Debí quedarme a ayudarte —se lamentó Rebeca.

            — No, me ignoraron. No me hicieron nada, la francesa tenía razón. Estoy a punto de convertirme en zombi... Dile a mi hija que lo siento pero no puedo regresar. Si pregunta explícale que la quiero con toda mi alma y que... Siempre la querré.

            — Si no te han mordido ¿cómo te contagiaste? —Preguntó Camila, alejándose de ella un paso mientras la examinaba de arriba a abajo.

            — Tuve que nadar en agua ensangrentada.

            — ¿Cómo puedes estar tan segura? A lo mejor no lo estás —se enojó Bianca—. ¿Vas a abandonar a tu hija por una francesa loca?

            — Tiene razón —apoyó Rebeca—. No vas a ninguna parte, prometí a Lisa traerte de vuelta. ¿Sabes cómo lloró cuando te fuiste?

            — No pienso estar ahí si me transformo.

            — Estás cansada, no razonas. Nos quedaremos aquí, comeremos algo y ya nos iremos mañana.

            — ¿El qué? No queda nada.

            — ¿Pero qué dices? Hemos entrado por el patio, saltando el muro, y vimos un camión con más de una docena de cajas de madera. ¡Están repletas de cocos! Guapa, si pensabas morir en esta isla, no va a ser de hambre.

            — Estoy infectada —replicó, sin compartir su alegría.

            — Suponiendo que tengas razón, yo misma me encargaré de que sufras lo menos posible.

            Brianda no supo replicar a ese ofrecimiento tan extraño. Pero necesitaba su apoyo y se abrazó a ella, llorando amargamente.

 

 

            — Escúchame atentamente, trata esto como un bebé que acaba de dormirse. Si no lo manipulas con mimo el vidrio se partirá y los virus de adentro te infectarán inmediatamente —Francesca miraba fijamente a su acompañante y éste asentía mientras recogía tubos de ensayo de un refrigerador y los metía en los bolsillos de su ropa.

            — Pero si ya estoy infectado, ¿qué importa si se me rompe uno?

            —Éstos no son los mismos. Cada código indica una cepa y una versión de la misma. No tengo ni idea de lo que podría pasarte si tropiezas y se te rompen todos esos tubos en tus bolsillos.

            — Cuesta creer que tubitos tan delicados puedan ser tan peligrosos. ¿Cual es el plan exactamente?

            Francesca cogió el último tubo de ensayo de esa vitrina y lo metió en su escote, el único lugar de su anatomía donde aun no tenía ninguno. Todos los tubitos estaban cerrados con una tapa de plástico que a su vez la sellaba cera plateada.

            — El único plan es que si Jean—Pierre intenta matarnos tener todo esto encima hará que se lo piense dos veces.

            — ¿Cómo va a saber que los llevamos? Mis bolsillos no son transparentes.

            La mujer señaló la esquina del laboratorio donde una cámara semiesférica les enfocaba directamente.

            — Ya lo sabe.

            — ¿Y qué pretende exactamente?

            — Existe una vacuna en fase de prototipo y sólo él conoce las claves para conseguirla.

            — ¿Podría curarnos?

            — No lo sé, pero si hay una posibilidad de sobrevivir a nuestra enfermedad es con esa vacuna. Por cierto, déjame hablar a mí.

            Caminaron de regreso al ascensor sin prisa, cuidando que los tubitos no corrieran peligro de romperse, y la mujer presionó el botón de la planta —1, la más alta del panel de control. La cabina ascendió lentamente y se detuvo al llegar a su destino.

            Cuando se abrieron las puertas alguien disparó y numerosos trozos de plomo se incrustaron en el espejo del fondo. Por suerte ambos estaban a los lados, en las paredes enfrentadas.

            — Cargamos docenas de virus —amenazó Francesca, sacando el de su escote y esgrimiéndolo como una granada.

            — ¡Qué hijo de puta! —bufó Xaquim, al comprender que no se andaba con chiquitas.

            Jean—Pierre recargó su escopeta y giró un poco para ver a los dos.

            — Has infringido una norma inviolable de la compañía, Francesca. Has traído a un intruso que además está infectado.

            Al verla con el tubo de ensayo en la mano se acobardó y no volvió a disparar.

            — Suelta el arma —ordenó la mujer—. O todos estaremos infectados del kh-7z, sea lo que sea.

            — Buscas la vacuna experimental —dedujo el francés—, no lo tirarás si aun quieres vivir.

            — Míralo de este modo, jefe —le retó ella—. Si yo muero, tú no te vas a ir de rositas. Además no tengo nada que perder.

            Jean Pierre bajó la escopeta y sonrió.

            — Francesca, sabes perfectamente que no hay cura cuando te infectas la rabia común. El genoma del virus provoca en los infectados un daño letal que impide la cura. Solamente sirve para prevenir.

            — Y también sé que la única esperanza que tenemos es esa —agregó ella mirando a Xaquim con cariño. Era la primera vez que dejaba a un lado la altivez y prepotencia y mostraba sentimientos.

            — Ya, lo entiendo —replicó el científico—. Pero aunque os curéis jamás saldréis de esta isla. Al ver que la epidemia se ha desatado me he puesto en contacto con las autoridades Tahitianas y les he dicho que se han hecho pruebas atómicas en esta parte de océano. Saben que es extremadamente peligroso acercarse por aquí.

            — ¿Y te han creído?

           Oh, me he hecho pasar por el ministro francés y me he tomado la molestia de informar también a los medios locales. En seguida ha reaccionado el embajador francés y ha rectificado diciendo que ha sido un accidente, por supuesto a él le conté la verdad y le he mandado fotos.  Lo que nadie duda es que en un radio de cien kilómetros cuadrados donde estamos, es una región inhabitable.  Nadie nos rescatará. Y si no fuera por que estoy vivo, ya habrían volado este pedrusco del Pacífico.

            Xaquim no era de los que escuchaban a pedantes prepotentes como ese necio. Cuando terminó su discurso megalomaníaco, el muchacho había sacado de uno de sus bolsillos un tubo de ensayo con un líquido transparente y lo sostuvo con dos dedos por encima de su cabeza.

            — Sabes lo que es esto —afirmó—. No voy a decirte más que tres palabras: Suelta ese arma.

            Francesca le miró enojada pero no dijo nada. El muy estúpido lo estaba arruinando todo.

            — ¿De dónde has sacado a este imbécil? —Preguntó Jean—Pierre.

            — Yo ya estoy muerto, tú nos has matado maldito hijo de puta. Pero te juro que...

            — ¿Acaso sabes lo que estás sujetando? —Se mofó el científico—. Es la FR57, la vacuna del virus RT57.

Deja que hablen los mayores y no molestes —ordenó enojado.

            Xaquim apretó los labios y tiró al suelo el tubo de ensayo salpicando la bata de Jean Pierre. Luego cogió otro e hizo lo mismo, manchándole de color púrpura, extrajo un tercer tubo y se lo mostró desafiante.

            — ¿Seguro que quiere jugar a quién tiene más huevos? —Le enseñó la etiqueta y lo elevó, dispuesto a tirarlo.

            — Detente, maldito crío... No sabes lo que has hecho...

            — Disfruto sabiendo que usted sí —sonrió.

            Una sirena comenzó a sonar de forma ensordecedora. Se apagaron las luces quedando únicamente las rojas de emergencia y se cerraron unos mamparos que bloquearon las salidas. Entre el bullicio de la alarma se escuchaba la voz robotizada de una mujer que repetía: Alerta biológica.

            El científico dejó caer la escopeta y corrió escaleras arriba, la única dirección en la que no había caído un muro de metal.

            — ¿No te dije que me dejaras hablar a mí?

            — No nos hubiera dado la cura.

            — Pero ahora necesitamos tres.

            — Creí que el primero era vacuna —terció Xaquim.

            — ¿Te lo has tragado?

            — Joder... ¿Yo qué sé? ¿Tienes alguna idea de lo que he liberado?

            Francesca sonrió feliz.

            — La verdad es que no, pero también disfruto con la idea de saber que él sí.

            Xaquim recogió la escopeta del suelo y se asomó a las escaleras que subían.

            — Es hora de que esa rata de laboratorio pague por todo lo que ha hecho.

 

            Brianda se encontraba mucho mejor. El coco le sentó de maravilla y dejó de sentirse enferma. Pero no albergó esperanzas, sabía que estaba infectada y más tarde o más temprano se convertiría en zombi.

            La multitud de infectados de había dispersado por la isla y apenas quedaban una decena de ellos por el pueblo.

            — Quiero volver a la iglesia —expresó con determinación—. Necesito aprovechar mis últimos momentos con mi hija.

            — Es muy peligroso, yo iré contigo —se ofreció Rebeca.

            — No pienso quedarme aquí —protestó Bianca.

            — Vamos todas.

            — No podéis acompañarme, alguien debe encargarse de tocar las campanas si es necesario —replicó—. Además no me atacarán si voy sola.

            Rebeca aceptó su decisión. Los zombis no atacaban a los contagiados.

            — Está bien, pero te estaré observando por si tienes problemas.

            — No creo que medio coco sea la vacuna de la enfermedad —bromeó, sonriente sin perder el brillo de tristeza en el fondo de sus ojos.

 

 

Comentarios: 3
  • #3

    miguel (miércoles, 04 enero 2017 16:56)

    que buena trama

  • #2

    Vanessa (lunes, 04 noviembre 2013 23:39)

    Wuaao me encanta esta historia... No puedo esperar a que pongas la continuacion

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (viernes, 18 octubre 2013 15:18)

    Puedes comentar aquí lo que piensas de la historia. Recuerda que tus aportaciones podrían cambiar el final de la misma.

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo