El último amanecer

Parte 12

 

            Abrieron las puertas y salió rápidamente para que pudieran cerrarlas detrás de ella cuanto antes.

            Con aparente calma, por miedo a llamar la atención, Brianda caminó hacia la iglesia, que estaba a unos doscientos metros de distancia, en la otra punta del poblado. El viento soplaba de cara y los pocos zombis que tenía delante no parecían darse cuenta de su presencia lo que aumentó su confianza. No había nada que temer, podía pasar a un metro de ellos y no le harían nada.

            A mitad de camino escuchó a Rebeca gritar con fuerza:

            — ¡Brianda! ¡Corre!

           ¿Por qué...

            Al darse la vuelta vio que un zombi corría con ferocidad hacia ella.

            — No puede ser...

            — ¡Corre, maldita sea! —Rebeca se desgañitaba por advertirla.

            El instinto de supervivencia la instó a huir a grandes zancadas.

            Corrió cuanto pudo y llegó a ver la iglesia. Al llamar la atención los zombis de su entorno se volvieron hacia ella y la siguieron con la misma ferocidad.

            Uno de ellos la agarró por un brazo y lanzó una dentellada a su cuádriceps. Sus reflejos estuvieron muy justos cuando logró asestarle un puñetazo evitando que la mordiera el hombro.

            — ¿Quieres comer? Toma puño hijo puta.

            Cuando se soltó corrió el escaso tramo que le faltaba y alcanzó la puerta de la capilla antes de que los demás zombis pudieran verla entrar.

            — ¡Mami! —Chilló Lisa en cuanto la vio asomar.

            Brianda estaba exhausta. La abrazó y se dejó caer contra la pared . Su lengua se había resecado por la sed y sudaba por cada poro de su piel; ella misma olía su propio hedor. Sin embargo a su hija no parecía importarle y se quedó abrazada a ella, entusiasmada por su regreso.

            "Me han atacado" —comenzó a razonar—. "Si estoy infectada, ¿Por qué me han atacado?"

            Acarició la cabeza de su hija totalmente confusa.

            "¿Quién entiende a esos zombis?".

            Puede que nunca comprendiera el motivo por el que unas veces la atacaban y otras no, pero su creencia de estar infectada se había desmoronado. Ya no tenía motivos para sospecharlo y al mirar arriba y ver el crucifijo de Cristo sobre su cabeza notó una sacudida interior.

            — Dios mío, gracias...

            Desde los quince años su religiosidad se esfumó al mismo tiempo que perdió su virginidad. Se consideraba a si misma una creyente pasiva. Cada vez que estaba en apuros le pedía ayuda a Jesús o La Virgen María. Durante la tragedia de la isla jamás había enfocado sus pensamientos al cielo porque se debatía entre el rencor por la pérdida de su marido y su hijo y la alegría de encontrar a Lisa con vida.

            Ahora sabía que alguien ahí arriba la cuidaba, quizás su marido, el alma de su hijo, o Jesús mismo era quien la salvaba. O pudo ser suerte.

 

 

 

            Alcanzaron a Jean—Pierre en un despacho que no tenía mamparo de seguridad. En realidad ninguna de las puertas interiores se había bloqueado, sólo las ventanas y accesos que daban al exterior.

            — Apártate de esa máquina —ordenó Xaquim.

            — Estúpido mocoso, no sabes lo que has hecho.

            Jean—Pierre seguía aporreando teclas a toda velocidad. El chico se acercó para ver lo que hacía. Fuera lo que fuese no parecía importarle que él tuviera su arma.

            — He dicho que te levantes —repitió enfadado.

            Le fastidió que sólo estuviera escribiendo un email.

            — ¡Déjame pensar, maldita sea!

            Xaquim le apuntó a la cabeza y apretó los dientes. No le gustaba que le ignoraran y se preguntó si sería capaz de apretar el gatillo si no le obedecía.

            — Mátalo —ordenó Francesca.

            — Si lo hacéis...

            Salió de la ventana del correo y mostró otro email, apartándose para que lo vieran.

 

                        FALLO CRÍTICO EN LABORATORIO TP01 —Atolón 4 Pacífico Sur.

                        Se ha detectado alarma biológica. Las instalaciones ya no son seguras para el personal civil y militar.

                        Se sugiere detonación remota del dispositivo de autodestrucción con el fin de evitar la propagación.

 

                        SS. Asistido. Corp.

 

            Xaquim no tenía muy claro las consecuencias de ese email. Sólo sabía que si lo mandaba estarían muertos.

            — Aléjate de la computadora o te reviento la cara.

            — No seas necio, te estoy enseñando un correo que ya ha sido enviado automáticamente.

            — Tiene razón —susurró Francesca—. Fue hace tres minutos, mira la hora.

            — En breve el primer ministro francés será informado para dar su consentimiento. Entonces pulsarán el botón rojo y una bomba de hidrógeno de diez kilotones borrará del mapa toda la isla.

            — ¿No se puede hacer nada?

            — Sí. Déjame terminar lo que estaba haciendo.

            — Ah, pues, por mí no te pares —indicó Xaquim.

            El científico abrió la otra ventana donde se leían sus credenciales completas, desde el número de empleado hasta nombre, apellidos, antigüedad, código de la seguridad social y título oficial académico.

 

                        Tenemos el arma.

                        LABORATORIO TP01— Atolón 4 Pacífico Sur.

 

            Continuó escribiendo:

 

            "Le confirmo la expansión de una epidemia terrible en la isla. Sin embargo las instalaciones son seguras y hemos completado el proyecto principal, tal y como se nos había solicitado.

            Por favor, aborten protocolo de seguridad."

 

            Y pulsó "enviar".

            — ¿De qué arma habla? —Preguntó Xaquim.

            — No hay ninguna—respondió Jean—Pierre—. Pero si no lo creen no dudarían en presionar el botón rojo. Se perderían muchos años de investigación si deciden ignorar mi email y proceder a destruir la isla. Pero si no lo hacen, más os valdría escapar porque no van a venir con medicinas precisamente.

            — ¿Se puede salir? — Interrogó Xaquim.

            — Tenemos vehículos en el muelle de carga —reconoció el científico—. Pero no creo que podamos salir de la isla.

            — Tú no vas a ninguna parte —rezongó Francesa, acusando al chico—. Ni yo tampoco. Ya teníamos un virus letal y nos has contagiado dos más.

            — Estaba pensando en los supervivientes —aclaró Xaquim—. Debemos sacarlos cuanto antes.

            — No tengas prisa, chico —desengañó Jean—Pierre—. Aun no sabemos si nos concederán ese tiempo.

            Guardaron silencio. Eran unos segundos críticos ya que sus vidas dependían de factores externos como la llegada de ese email y la persona que lo recibiera.

            Xaquim bajó el arma porque su brazo derecho empezó a temblar. Estaba sudando y empezaba a sentirse cansado, bastante enfermo.

            Al mirar a sus compañeros se dio cuenta de que no era el único que se encontraba mal. Jean—Pierre estaba pálido y sus cuencas oculares negras como si estuviera moribundo. Francesca era la que peor aspecto presentaba. Se había derrumbado junto a la mesa y su cabeza se apoyaba en la pared, con los ojos cerrados.

            — ¿Cuánto tiempo tardan en matar estos virus? —Preguntó.

            — No te preocupes —replicó el científico—. Puede que estén modificando nuestro código genético. En teoría nos harán más fuertes, pero no sé los cambios estructurales que sufriremos. Nunca se han probado en humanos y mucho menos a la vez.

            — ¿Cómo sabremos que no volaremos por los aires? ¿Cuanto tiempo nos queda? —Preguntó Xaquim.

            Jean—Pierre se acercó al ordenador y revisó los correos.

            — Es imposible saber qué decidirá François Mitrerrand —indicó—. Pero mira esto, ya tenemos respuesta.

            — ¿En qué siglo vive? —se burló el joven—. Ahora el primer ministro es Jacques Chirac.

            Xaquim se acerco y leyó el email que le mostraba.

 

            "Gracias por contactar con la República Francesa.

            Recibirá una respuesta tan pronto como sea posible. Recuerde que esta vía de comunicación es segura, asegúrese de no facilitar contraseñas a ningún empleado no autorizado.

            No imprima este correo, ahorre papel para salvar los bosques."

 

            — Ahora estamos en sus manos.

 

 

 

 

 

            Rebeca estaba tumbada en el sofá del alcalde mientras trataba de dormir. No podía dejar de pensar en Xaquim, al que conoció hacía tres noches y la había conquistado con su cuerpo de casi dos metros, sus ojos misteriosos que parecían una mezcla de todas las razas y su peculiar acento.

            Al principio no le llamó la atención porque no pretendía enrollarse con nadie. Acababa de terminar la universidad, ahora era abogada, y para celebrarlo se apuntó a un viaje con sus amigos de facultad. Pablo y Sancho eran gays y le encantaba estar con ellos porque nunca discutían ni tenían malos rollos con nadie. Le dolió verlos morir de aquella forma pero no tanto como perder a Xaquim.

            — Puedo ir a donde quiera —recordó su voz—, mi madre tenía nacionalidad australiana y japonesa y mi padre era alemán, americano y argentino. Así que tengo cinco nacionalidades. Ya he visitado Europa, Australia, Japón y me gustaría ir Argentina, a probar la famosa carne de vaca. Aunque mis padres siempre han vivido aquí.

            Al principio pensó que todo era mentira pero le siguió el juego. También ella mintió al quitarse dos años de encima.

            — Te puedo llevar a Francia —le había dicho, ilusionada con la idea de que su relación fuera más seria.

            — No, ya estuve en París.

            — Pero yo no estaba contigo.

            — Seguro que te aprovecharías de mí. ¿Cuántos tenías? ¿Veintitrés? Yo aun no tengo los dieciocho. Deberías saber que en Estados Unidos podrían meterte en la cárcel por acostarte con un menor.

            Sonrió al recordar aquello. Le encantaba su franqueza y que, a pesar de su edad, parecía mucho más maduro que sus antiguos novios.

            Ojalá supiera si seguía vivo... O si ya era un zombi.

 

 

 

 

            — No quiero pasar mis últimos minutos de vida sentado en este horno —protestó Xaquim—. ¿Los ascensores funcionan?

            Jean Pierre le miró asombrado. Francesca estaba tumbada en el suelo, respirando entrecortadamente y él apenas podía respirar.

            — ¿Cómo puedes tenerte en pie?

            — ¿Funcionan o no?

            — Supongo que sí, los mamparos nos impiden salir del complejo y ...

            — No lo creo, se me ocurre una forma de abrirlos.

            — ¿Cómo?

            — Ah, un mago nunca cuenta sus trucos.

            Salió del opresivo despacho y respiró el aire menos viciado de los pasillos. Se le pasó rápidamente el mareo. No soportaba los lugares cerrados.

            Se metió en el ascensor y acercó el dedo al botón de la planta —7.

            Lo pensó mejor.

            — ¿Y si huele mi infección? Susurró recordando la afición de ese perro por tragar carne de zombi.

            Si existía alguien capaz de romper esos bloques de acero era ese precioso Pitt Bull. Claro, tenía que admitir que le daba miedo volver a encararlo y no sabía si aun manso y todo podría hacerlo entrar en el ascensor.

            — Le llamaré Flafy, como el de Harry Potter —pensó en voz alta—. Sí,... Le va.

            También consideraba la opción de que en cuanto le viera le podría arrancar la cabeza de un mordisco. Un amigo suyo tenía un perro de la misma raza de tamaño estándar y comía pollos crudos de tres kilos sin apenas masticarlos, con huesos y todo. Incluso le contó que un día le hicieron una limpieza de estómago y encontraron una piedra del tamaño de un puño.

            El animal de su colega pesaba treinta y cinco kilos y Flafy debía rondar la tonelada. Recordó que se zampó al infectado que les iba a atacar en tres o cuatro dentelladas.

            — De algo hay que morir —sonrió, presionando el botón.

 

 

 

 

            — Hemos conseguido llegar al ayuntamiento —expuso Brianda—. Podremos distraerles mientras un grupo va a la cabaña de Brian y consiguen botar la lancha.

            Rafael asintió entusiasmado. El plan de Brianda era sencillo pero arriesgado, sin embargo no faltaban voluntarios para ejecutarlo. Los chicos que salieron a buscar comida se desesperaban ahí dentro sin hacer nada.

            — Necesitamos un sistema de señales —meditó en voz alta—. Pero alguien tendrá que ir y explicárselo a las otras chicas.

            — Necesito un respiro —se disculpó Brianda.

            — Mami no te vuelvas a ir sin mí —protestó Lisa—. Tengo mucho miedo.

            — Iré yo —se ofreció Dru—. Si tocáis las campanas y los distraéis llegaré en seguida.

            — ¿Qué sistema? —inquirió Brianda.

            — Muy simple, si se toca la campana en el otro lado y cortamos será para que nosotros toquemos sin parar con el fin de que ellos salgan de forma segura.

            — Es poco recomendable salir —desengañó Brianda—. Te huelen en seguida y cuando se te echan encima más de dos a la vez no puedes hacer nada.

            — Yo acompaño a Dru —se ofreció un hombre de pelo canoso.

            Se trataba de Adrián, un personaje enigmático que hasta ese momento no había abierto la boca. Parecía fuerte y ágil debido a su delgadez y gran estatura. Pero su cara era como la de un niño.

            — Cuantos más sean, más atraeran su atención —aleccionó Brianda—. No se detengan nunca y traten de que el viento no lleve su olor hasta ellos.

            — ¿Cómo van a controlar la dirección del viento? —Protestó Sofía.

            — No pueden, pero sí evitar ciertos tramos que los expongan a ello.

            — Entendido, suena como jugar al escondite —rio de buena gana Adrián.

            — Pero aquí si pierdes acabas muerto —sermoneó Rafael.

            — Vamos, no hay tiempo que perder.

            — Yo también voy —se ofreció Terry—. No soporto estar aquí encerrado sin hacer nada.

            — Alejaos del pueblo —indicó Rafael—. Cuando pasen tres minutos de reloj tocaré las campanas sin parar hasta que escuchemos la réplica del ayuntamiento. Rodear el poblado por la playa y evitaréis a los infectados que vengan a por nosotros.

            —Suena fácil —sonrió Adrián.

            Nadie se opuso. Los tres salieron por la sacristía armados con palos y al cerrar la puerta todos guardaron silencio.

            Rafael sostenía la cuerda de la campana y esperó a que su segundero diera tres vueltas en la esfera de su reloj. Ese tiempo nadie pestañeó, podían escuchar las respiraciones de cada uno.

            La primera vuelta se hizo eterna, Brianda abrazó a su hija y soñó con escapar de la isla. Tener un plan les devolvía ilusión y si todo salía bien Tahití enviaría un ejército para rescatarlos. Se imaginó la escena del reencuentro con los padres de su marido tratando de contarles lo sucedido y se dio cuenta de que aun no habían superado lo más difícil: Regresar sin Hugo y él y enfrentarse a su ausencia eterna.

            Al distraerse perdió la noción del tiempo y Rafael la asustó cuando hizo tañer las campanas.

            —Todos a las puertas —ordenó el hombre—. Hay que contener la embestida.

 

 

Comentarios: 5
  • #5

    Tony (martes, 23 diciembre 2014 16:57)

    Jeannete, gracias por la puntualización.
    Pero digamos que Xaquim no lo sabía. ;-D

  • #4

    Jeannette (martes, 23 diciembre 2014 16:26)

    el perro en Harry Potter 1, es fluffy

  • #3

    Ariel (jueves, 14 noviembre 2013 22:05)

    Me encanta esta parte, espero ansioso la continuación, el plan funcionará ? O quien saldrá con vida ?

  • #2

    Vanessa (domingo, 10 noviembre 2013 17:43)

    Me encanta la historia... Espero con ansias la continuación.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (domingo, 10 noviembre 2013 09:03)

    Puedes comentar aquí si te ha gustado esta parte del relato.

Animal es el que abandona a su mascota.

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