El último amanecer

13ª parte

 

                Así lo hicieron. Sujetaron los resortes y se apoyaron contra las puertas principales. Por un agujero se veía la plaza y Brianda aprovechó que estaba justo al lado para asomarse.

                Los zombis miraron hacia la iglesia y un par de ellos caminó pesadamente en su dirección.

                Pero el resto olfateaba el aire.

                — Son demasiados, debió ir uno solo —susurró, chasqueando la lengua.

                — ¿Qué pasa? —Preguntó una mujer, a su lado.

                — ¡Toque más fuerte! —Exclamó Brianda.

                — No se pueden tocar más fuerte —replicó un hombre—. No es una trompeta, son campanas.

                Brianda volvió a asomarse y vio, con preocupación, que los zombis corrían en una misma dirección, seguramente a por los chicos.

                — No lo van a conseguir...

                Lisa tiró de su brazo.

                — ¿Qué pasa mamá?

                — A ver —dijo el mismo hombre, asomándose a la grieta de la puerta.

                —¿Por qué demonios no vienen?

                — Cuide a mi hija, tengo que hacer algo —pidió Brianda

                — No, mami no te vayas.

                — Volveré mi vida, ¿no he vuelto siempre?

                — Quiero ir contigo.

                — No puedes. Por favor sujétela y que no salga.

                — ¿Está loca? ¿Cómo se le ocurre salir?

                — No hay tiempo, cuídela.

                El hombre la agarró por la camiseta y asintió.

                —No puede ayudarlos. Pero  de  acuerdo, la cuidaré.

                Brianda salió por la sacristía y corrió hacia donde iban los zombis. Pero esos infectados corrían como almas que lleva el Diablo. Tuvo que esforzarse por alcanzar a los últimos y fue entonces cuando los vio. Los chicos los estaban encarando veinte metros más allá, entre la playa y un camino de tierra y les caían por todos lados. En apenas un pestañeo vio caer al primero, los otros se asustaron y trataron de huir pero la horda les envolvió como aves carroñeras y ya solo escuchó gritos de dolor.

                Entonces se dio cuenta de que estaba perdida. El viento le daba de cara y eso la había salvado de los de delante. Pero escuchó que otros se le acercaban desde atrás.

                Se preguntó por qué no habría escuchado a su hija o al hombre que se quedó cuidándola y a su propio sentido común. Por un segundo deseó acuclillarse por si el milagro se repetía y al verla indefensa pasarían de largo. Pero tenía muy fresco el recuerdo de que su último encuentro habría sido muy violento si no hubiera huido.

                — Solo quedo yo... Tengo que conseguirlo.

                Emprendió una carrera hacia el ayuntamiento, viendo que era su única opción viable mientras escuchaba que los infectados la perseguían muy de cerca.

                — ¡Abrir la puerta! —Chilló desesperada.

                Alcanzó a ver el rostro de Rebeca por una ventana. No se detuvo, corrió contando con que se abrirían los portones delanteros, si no lo hacían chocaría contra ellos con tal fuerza que perdería el sentido o incluso se mataría por un golpe así... Pero eso era mejor que servir de ensalada campestre para los infectados.

                La puerta se acercaba rápidamente y los infectados se quedaron un poco atrás al hacer el giro tan brusco hacia el edificio consistorial.

                — Dios, si me escuchas... Abre la puerta a tiempo...

                Cerró los ojos y chocó con alguien. Rodaron por el suelo mientras escuchaban el corrimiento de los cerrojos. ¡Lo había conseguido!

                Cuando se repuso vio que Rebeca se llevó la peor parte. Se quejaba del estómago y le costaba levantarse.

                — Gracias —susurró, gimiendo de cansancio.

                — ¿Por qué has vuelto? —Replicó La víctima de su embestida.

                Camila las ayudó a levantarse.

                Brianda recordó el propósito de su visita y suspiró resignada.

                —Sólo para descubrir que no tenemos ninguna posibilidad.

                — ¿Por qué dices eso?—Protestó Rebeca.

                — No atienden a las campanas. Saben que la comida no está donde suenan. Son más listos de lo que parece, me pregunto si seguirán conscientes.

                — No te entiendo —repuso.

                — Yo tampoco, pero me está asustando —añadió Camila.

                — Pues yo llevo asustada desde ayer y no me acostumbro —dijo Bianca.

                — Explícate —insistió Rebeca.

                Brianda les contó lo que había pasado y cuando llegó a la parte en la que vio morir a Terry, Adrián y Dru, Rebeca comenzó a llorar. Camila y su hermana se taparon la boca con horror y se abrazaron para consolarse mutuamente. A la chica morena le dolió la muerte de  Dru. Era muy listo, nunca pensó que podría caer así. No pudo evitar sollozar mientras susurraba: "No, no, no, Dru no."

                — No hay forma de conseguir la barca —concluyó su relato Brianda—. Nunca podríamos despistarlos.

                — ¿Es que no va a dejar de morir gente? —exclamó Rebeca, histérica.

                Las tres sintieron un escalofrío de dolor, como una corriente eléctrica que las golpeó al desatarse los sentimientos de su amiga. Todas guardaban lágrimas en sus corazones y tuvieron que hacer un gran esfuerzo por controlarlas dentro.

                — Yo creo que aun vivimos por una razón —se sinceró Brianda—. Estoy segura de que saldremos con vida.

                — ¿Cómo? —Protestó Rebeca.

                — Vendrán a salvarnos, ¿no? —supuso Camila.

                — Seguro —asintió Bianca.

 

 

 

 

                Francesca despertó al escuchar que los mamparos de acero se retiraban. El ruido de la ventilación llegó a sus oídos como música angelical y le sentó de maravilla respirar aire fresco.

                Abrió los ojos y miró a su alrededor. Jean—Pierre se estaba despertando al mismo tiempo pero Xaquim había desaparecido.

                — Parece que todo te sale mal —le dijo con media sonrisa—. Te querías quedar solo aquí y casi te revientan. Ahora dime, ¿cuánto tiempo te queda antes de que lleguen?

                — No quería quedarme solo, entre tú y yo había buen rollo. ¿Por qué iba a querer quitarte de en medio?

                — No lo sé, tú abriste la jaula del murciélago que me mordió. Esperaba que dijeras por qué. Pero veo que lo tuyo son las puñaladas por la espalda y no dar la cara.

                — En cuanto os marchasteis comprobé qué había ocurrido. No encontré ninguna jaula abierta y juro que lamenté lo de tu infección. Pero te aseguro que no sé quién sacó ese espécimen.

                Francesca se sintió estúpida porque, conociéndolo no podía fiarse de él y sin embargo le estaba creyendo.

                — ¿Y por qué inyectaste el virus a los soldados?

                — No era el virus. Se trataba de la vacuna que pretendes inyectarte para curarte. Supuse que estarían más protegidos, pero está claro que debilitando el virus lo que hicimos fue activar su versión más mortífera.

                — ¿Por qué te iba a creer?

                — ¿Qué gano mintiendo?

                — Que te perdone la vida.

                — Vamos, Francesca—sonrió el hombre—. Sin armas y con una pierna rota no asustas mucho.

               Xaquim lo hará.

                — Tu amigo ha decidido suicidarse. Lo último que le he visto hacer ha sido salir del ascensor en la planta —7. Luego apareció el Pitt Bull y perdí la señal de la cámara.

                — Estás mintiendo. ¿Es que sólo sabes mentir? Dime ¿por qué hiciste todo esto? ¿Qué te han hecho las personas de la isla?

                — No tengo por qué mentirte. Ya me estoy cansando de esta conversación.

                Jean Pierre se levantó de la silla y salió con paso decidido, dejándola sola en el despacho.

                Suspiró al ver su pierna envuelta en el libreto de instrucciones y negó con la cabeza mientras pensaba: "Qué forma más estúpida de morir".

                Si le había dicho la verdad, nunca tuvo el virus de los zombis. Pero su ansia por encarar al responsable de la epidemia la había conducido a ese momento. No se podía mover y tenía al menos dos mutaciones en marcha.

                — No, ya me he cansado de rendirme. No pienso quedarme a morir aquí.

                Apoyó el pie derecho y trató de evitar tocar el suelo con el izquierdo, pero la punta de sus dedos rozó abajo y se preparó para gritar. Sin embargo el dolor no llegó.

                — Espero que no esté gangrenada...

                Se dejó caer y desató su blusa cada segundo más inquieta. No le dolía nada, algo iba mal, en medicina, cuando algo dejaba de doler solía ser porque era carne muerta.

                Al descubrir la extremidad, estaba cubierta de una costra negra. Se tocó sin sentir el tacto... Apoyó el pie y lo notó firme. Era como si a partir de su rodilla tuviera una pata de palo.

                Probó a ponerse en pie, entre fascinada y asqueada y su pierna resistió.

 

 

                Xaquim salió con cautela del ascensor y se encontró con el perrazo de frente, corriendo hacia él. De alguna manera Flafy no le aplastó cuando resbaló por el pasillo descontrolado y chocó contra el espejo del fondo, reventándolo con su cuerpo musculoso. Por un momento pensó que el cable que sujetaba la cabina no aguantaría el peso y se irían al infierno los dos, pero cuando el cubo de acero dejó de temblar, la puerta del ascensor se cerró y se puso en marcha automáticamente.

                No movió ni un músculo mientras la criatura sobrealimentada recuperaba el equilibrio. Era tan alto que no podía elevar la cabeza. Se giró hacia él y le dedicó la sonrisa más sincera que pudo.

                — Menudo trompazo —le dijo.

                Abrió la boca y le lamió, empapándole de babas desde el pecho al último pelo.

                — Sabía que te portarías bien. Solo trata de controlar tu fuerza o me aplastarás.

                Lo decía por se empeñó en que debía girar y su trasero golpeaba las paredes del habitáculo. Lo más peligroso era su cola, que la movía con alegría y cada golpe que daba a las planchas de acero las abollaba más. Si le atizaba un colazo en la cara podría dejarle KO.

                Al fin se abrió la puerta. Se quedó sorprendido al ver que estaban en la planta 2.

                Era un garaje de grandes proporciones, al menos entraban diez coches allí. Sin embargo sólo había dos jeeps y no parecían muy usados.

                La luz del sol se colaba por unos ventanucos rectangulares como finos haces de niebla dorada. Tanto aire fresco provocó que el perro olisqueara el recinto con gran curiosidad.

                Aprovechó su distracción para buscar una salida. Se veían varias puertas, todas de acero macizo, como si esa cámara fuera una caja fuerte inmensa. Una de las puertas estaba abierta y daba a una plataforma mecánica que parecía capaz de mover toneladas hasta el laboratorio, como un elevador futurista.

                Se acercó a la otra puerta al ver un enorme botón rojo a la derecha del portón.

                Sin pensarlo dos veces lo pulsó con energía y la estructura tembló. Escuchó unos engranajes moverse con pesadez como si quisieran mover algo bloqueado y nada sucedió.

                — Mierda, ya me parecía demasiado fácil.

                Golpeó la superficie de acero y ni siquiera escuchó el ruido del golpe. Era como la pared de una montaña.

                Al darse la vuelta vio que Flafy le observaba sentado sobre sus cuartos traseros. Al mirarle se alegró y movió la cola alegremente, su poderosa cola del diámetro de una boa adulta hacía ruido de látigo al moverse.

                — Qué perro tan simpático —dijo, tratando de olvidar que se había zampado a varios zombis ahí abajo como si fueran chucherías.

                — Hay que buscar un modo de salir —comentó más para si mismo que por darle conversación al pitt bull.

                Examinó las taquillas con la decepción de que todas estaban cerradas con una combinación. Además tenían un número y un nombre escrito en relieve. Las contó, eran 57 taquillas. Flafy las olía cuando él se alejaba después de tocarlas.

                En una de ellas el animal se entusiasmó. Se dio la vuelta y corrió hacia uno de los jeeps.

                Una vez allí le miró a él y al coche con evidente emoción. Había encontrado algo.

                — No es más que un cachorro juguetón...

                Se acercó para seguirle el juego y una vez junto al vehículo se dio cuenta de que había un cadáver en el asiento de atrás. Era un soldado con la cabeza reventada. El su chaqueta leyó "Paul Smith".

                — Qué demonios le habrá pasado.

                No tenía ni la menor idea de quién le mató ni por qué, ya que no parecía infectado.

                — Veamos qué lleva encima.

                Flafy movió la cola con alegría y luego se tumbó precipitadamente para rascarse con la pata de atrás.

                — Ni lo sueñes. No pienso rascarte en esa oreja llena de sangre infectada.

                El perro bajó las orejas con tristeza.

                Examinó el uniforme del soldado y encontró una chocolatina, una caja de chicles sin azúcar, su cartera y una pistola.

                La cogió con respeto y sacó el cargador. Estaba repleto con la primera bala de plástico, que debía ser de fogueo. La sacó, no necesitaría avisar antes de matar en esa isla.

                Se la guardó entre la espalda y sus bermudas y sonrió confiado. Entonces se percató de que tuvo en sus manos la recortada de Jean—Pierre y no recordaba dónde la había dejado.

                — No te preocupes  —le dijo al perrazo—, lleva el seguro y no pienso disparar salvo que no me quede más remedio.

                Flafy miró hacia atrás, ignorándolo.

                — Esto sí es importante —le mostró la chocolatina con ilusión—. ¿Tienes idea del hambre que tengo?

                La desenvolvió y se la metió en la boca sin pensarlo. Tragó el primer bocado casi sin masticar.

                — Esa francesa estúpida no fue capaz de compartir la suya. Como si fuera la última chocolatina, ¡ja! No pienso dejarle ni las migas. Que le den por culo.

                Se metió el otro trozo entero en la boca, pero al ver la mirada triste de Flafy se contuvo y no la masticó de inmediato.

                Pero se lo pensó mejor y terminó de masticarla.

                — No me mires así, que yo no te pedí que me dejaras una pierna de zombi.

                Al escucharse se empezó a reír. Tenía gracia, se imaginó la escena, plantándose ante el perro y regañándole por no dejarle comer su parte de zombi. En realidad no era gracioso, era surrealista.

                Ojeó la cartera por si encontraba información útil y vio que era americano, tenía una foto donde vio unos padres feos como el hambre y trece dólares en efectivo. Encontró una tarjeta American Express y un grupo de papeles con direcciones y teléfonos. Se quedó el dinero y tiró el resto al suelo.

                Entonces recordó las taquillas. ¿Y si tenía escrita su contraseña en un papel?

                Buscó por delante y por detrás números de cuatro dígitos y tardo unos minutos en revisarlos todos. Entonces el suelo tembló.

                Flafy se quedó paralizado mirando hacia arriba. Un segundo más tarde se escucharon los mecanismos del portón de acceso y se levantó lentamente hasta dejar una apertura suficiente para la entrada de un camión.

                — No hemos explotado —susurró—. Vamos chico, hay que salir de esta prisión antes de que se cierre...

                Corrió hacia la entrada y cuando alcanzó el umbral vio que ahí fuera le esperaba un ejército de zombis. El ruido de la apertura les atrajo y venían por docenas. Flafy arremetió contra ellos y le abrió un camino. Corrió cuanto pudo y se sorprendió al ver que estaban en el edificio de la embajada francesa. Al estar las puertas abiertas los zombis entraban por dos de los accesos.

                Xaquim solo tenía un camino y era seguir de cerca a su nuevo amigo. El problema era que se detenía demasiado en devorar a sus víctimas y que cuando se puso detrás de él, a punto estuvo de ser empujado a la horda de zombis pues Flafy se giraba sin cuidado alguno y sus cuartos traseros le rozaban a gran velocidad en cada uno de sus nerviosos giros.

                — No acabaré así —se dijo, enojado.

                Sacó su pistola y disparó a los zombis que le impedían el paso. A unos les dio en la cabeza, a otros en los hombros, y cada disparo atraía más y más zombis.

                Entonces su arma no disparó. Había gastado las diez balas sin darse cuenta y sólo le quedaba el machete. Echó de menos su recortada, se podía haber abierto camino pero no tenía sentido lamentarlo en ese momento.

                — Si no me abres paso, estoy muerto —suplicó al perrazo, esperando el milagro de que le entendiera.

                Pero Flafy estaba siendo atacado desde todos los flancos. Los zombis iban a él como moscas a la miel y el animal se limitó a quitárselos de encima con violentos empellones y giros. En uno de ellos golpeó el pecho de Xaquim con su hocico y voló por los aires, junto a tres zombis.

                Cuando cayó se dio cuenta de lo cansado que estaba y tosió sangre, los zombis tardaron más que él en reponerse ya que cayeron en muy malas posturas como muñecos de trapo. Ese perro del demonio le había roto alguna costilla y las astillas debieron perforar sus pulmones.

                Aun así se levantó y retrocedió. Sólo existía una salida y no quería tomarla... El ascensor. Pero era eso o morir.

 

 

 

 

                —Se han ido todos —indicó Bianca, sorprendida.

                — ¿Hacia la iglesia? —Preguntó Rebeca, desanimada.

                — No, no, creo que al aeropuerto.

                — Aprovechemos, debemos ir a por la lancha de Brian —apremió Camila.

                — Es muy peligroso, está lejos y ellos van hacia allá —replicó Rebeca.

                — Tiene razón —apoyó Brianda—. Es ahora o nunca.

                Rebeca asintió sin estar muy segura.

                — Algún día nos tocará morir.

                Salieron las cuatro. Hasta ese momento no tenían idea de lo peligrosos que eran los zombis pero ahora que lo sabían les costaba controlar el temblor de las piernas.

                El poblado estaba desierto y aprovecharon para hablar con los que estaban en la iglesia.

                — No hay zombis a la vista, vamos a buscar la lancha —indicó Rebeca.

                — ¿Mi mamá está bien?

                Se escuchó la voz de una niña.

                — No pasa nada cariño —respondió Brianda—. Volveré en seguida.

                — Llévame contigo, mami, por favor, no te vayas sin mí.

                — Aguanta un poco mi vida,... —No se atrevió a repetir que volvería, lo cierto es que no sabía si viviría un minuto más—. Sólo es un paseíto.

                Se le llenaron los ojos de lágrimas.

                De pronto escucharon a una multitud corriendo hacia ellas desde detrás del muro de la iglesia. Las cuatro levantaron sus palos para defenderse del inminente ataque zombi y vieron llegar a seis cargando picos y palas.

                —Vamos con vosotras. Traigamos esa lancha de una maldita vez.

                Eran supervivientes.

                — Quédate con tu hija —pidió Rebeca, apoyando la mano en el hombro de su amiga—. Ya somos suficientes. No te preocupes, te juro que vendrás con nosotras, con tu hija.

                Aquello la hizo llorar y asintió, regresando con su pequeña.

                — Muchísima suerte, por favor, vuelve.

                — No pienso dejar que me coman.

                El grupo de nueve corrió por la carretera del aeropuerto encontrando zombis rezagados que se arrastraban hacia el norte de la isla con muchas dificultades por tener una pierna rota o a medio comer.

                — Parece que alguien los está llamando —conjeturó uno de los chicos.

                Casi todos los nuevos voluntarios tenían tez oscura y su pelo largo evidenciaba que eran nativos de la isla.

                — Algo los atrae, de eso no hay duda —respondió Rebeca, que no entendía qué podía ser.

                No se escuchaba ningún avión ni sonido alguno fuera de los cantos tropicales de los pájaros.

                Llegaron a la cabaña de Brian y vieron la puerta destrozada. Era sencilla y amplia. Solo había un muro en el interior y era para separar el garaje de la vivienda. En el primero encontraron lo que tanto anhelaban. Un 4x4 viejísimo y un remolque con una antigua lancha de casi tres metros de largo y dos de alto.

                — Maldita sea, ¿y las llaves?

                Uno de los chicos se había metido en el jeep y golpeó el volante frustrado.

                — Imagino que las tenía Brian —trató de recordar Rebeca.

                — ¿El dueño? ¿Y dónde está ahora? —protestó el más mayor, un hombre de unos cuarenta y pico años con barba canosa.

                — Debe ser un zombi —respondió Rebeca—. Pero, por favor, no dramaticéis. Salió corriendo y no le pudo dar tiempo a coger las llaves. Solo hay que encontrarlas.

                Entre tanto dos de los chicos pusieron barricadas en la puerta principal, entre otras cosas usaron sillas, una mesa y la propia madera que no había aguantado la embestida de los zombis. Por cómo se veía la casa, debieron entrar por todas partes. Cualquier objeto que pudo estar en pie, estaba caído y pisoteado.

                — Va a ser complicado encontrar algo por aquí —protestó un chico.

                — Somos muchos —apremió Bianca—. No os quejéis tanto y poneros a buscar. Nosotras vigilamos por si vienen.

                Las encontraron en un cajón, dentro de una mesita que tenían colocada haciendo la barricada.

                Arrancaron el jeep y se subieron todos, unos en los propios asientos, otros en la lancha.

                A toda velocidad se dirigieron a la playa y entre los hombres bajaron la lancha en cuestión de minutos.

                Los zombis no aparecían de modo que se movieron rápido.

                Botaron la lacha y la arrancaron para asegurarse de que funcionaba. El motor rugió como un león y aplaudieron todos entusiasmados.

                — Aprovechemos, en irnos. Subir —se impacientó uno de los chicos dirigiéndose a Rebeca y las dos hermanas que vigilaban junto al jeep.

                — ¿Has comprobado la gasolina? —Preguntó la morena.

                El muchacho se giró mirando el panel de mandos y buscó el símbolo del combustible.

                — Mierda, está en la reserva.

                — Ya nos lo dijo Brian, hay que buscar la gasolina al aeropuerto.

                — No jodas —bufó uno de ellos.

                — Los zombis estarán allí —completó otro.

                — Puede que no estén —indicó Bianca—. Los tullidos no vinieron detrás de nosotros.

                Dejaron caer el ancla y dos de ellos regresaron al jeep. Los otros parecían haber olvidado que había zombis y se acomodaron en la embarcación, que tenía una bodega con dos camas y hasta televisión por satélite.

                — Nadie les ha invitado a venir y ya se han apropiado del único barco que queda —protestó Rebeca.

                Pero no mostró su preocupación ante los cuatro voluntarios que se acercaron. Sólo Bianca y Camila la oyeron.

                — Démonos prisa —urgió el hombre barbudo.

                Otro era el más joven de todos y los otros dos eran turistas como ellas pero no hablaban mucho.

                — No recuerdo vuestros nombres —dijo Camila.

               Ret —respondió el mayor.

                — Ismael —habló el joven, con marcado acento isleño.

                —Yo soy Ramírez.

                —Yo Nacho.

                Los dos primeros eran de piel oscura, vestían camisas muy floridas y sandalias de hoja de palmera, que evidenciaban que posiblemente habían nacido en Tupana. Lo peor era que los dos que se quedaron a cuidar la lancha parecían conocerse desde hace mucho tiempo, puede que fueran familia. Sería difícil convencerlos de que volvieran a la iglesia y que debían traer a Branda con su hija, quedándose todos ellos en tierra.

 

 

 

Comentarios: 3
  • #3

    Tony (martes, 26 noviembre 2013 17:11)

    Por primera vez puedo decir que la continuación ha llegado antes que me la pidan.

  • #2

    Ariel (martes, 26 noviembre 2013 16:18)

    Que emocionante, la continuación por favor , y gracias por tomar parte de tu tiempo para escribirlos.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (viernes, 15 noviembre 2013 15:54)

    Ya podéis escribir vuestros comentarios. Recordar que si comentais me daré más prisa.

Animal es el que abandona a su mascota.

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