El último amanecer

14ª parte

 

            El trayecto en coche fue un momento, apenas un minuto después llegaron frente al surtidor de gasolina, que estaba desierto. Más allá estaban las verjas del aeropuerto y no veían la pista de aterrizaje por la densa vegetación que la rodeaba. Ahí detrás podía haber mil zombis y si les olían no tendrían tempo de reaccionar ya que los arbustos estaban a poco más de cuatro metros.

            Rellenaron las tres garrafas que Rebeca tuvo la precaución de llevar al salir de la casa de Brian más dos que encontraron allí vacías. Cuando estaba llenándose la última escucharon gruñidos en la vegetación de otro lado de la carretera.

            — Daos prisa—urgió uno de los muchachos que defendía ese lado.

            — No sale más fuerte —protestó el hombre de barba.

            No le dio tiempo a terminar su queja sin que salieran de la nada al menos diez zombis. Dos cayeron sobre el chico que vigilaba y el resto galopó hacia ellos con ansia feroz.

            — ¡Camila! —Exclamó Bianca al verse rodeada de repente por la horda.

            Rebeca reventó la mejilla del zombi que entubo a punto de morderla y se colocó a su lado apartándolos según llegaban. Muchos perdieron los dientes, aplastó varias narices y los zombis golpeados caían atontados.

            Dos segundos más tarde el otro chico se tiró en plancha sobre tres que iban de cabeza hacia ellas. El revolcón resultó caótico al convertirse en lío de brazos y piernas que tardaron unos segundos en distinguir de quien era cada cual. Rebeca sonrió aliviada pero su alegría se truncó de inmediato al ver que su salvador estaba siendo devorado por dos de los zombis que cayeron con él.

            — ¡Ya está! Todos al coche —exclamó el barbudo.

            Dudaron un segundo antes de subir al jeep.

            Los que pudieron, Rebeca, el barbudo, Camila, Bianca y el jovencito.

            Los otros dos estaban sirviendo de almuerzo a la horda y no se atrevieron a intervenir... Rebeca lamentaba sólo una cosa: No recordaba sus nombres.

 

 

            No encontró a nadie en el despacho donde vio por última vez a Jean—Pierre y Francesca. Le dolían las costillas, el hombro, el estómago y notaba debilidad en todo su cuerpo. Respirar era una agonía y luchaba por evitar toser. Aun así regurgitaba sangre cada poco tiempo.

            Aprovechando la silla frente al ordenador, se sentó y apoyó su cabeza en la mano derecha. La izquierda la usó para protegerle su costado aplastado.

            — No quiero morir...

            No se rindió. Sus ojos se cerraban como si sostuvieran diez kilos cada párpado, se obligó a mantenerse despierto pues no sabía si esos eran sus últimos momentos de consciencia.

            — A ver los emails —susurró, moviendo el ratón.

            Se pasó un buen rato bajando por la pantalla. Infinidad de informes mensuales sobre los progresos de las cepas víricas. Abrió uno por ver lo que tenía y solo con ver el logo de la OTAN se despertó su interés.

            Pero el contenido era un galimatías. Era inglés, su lengua materna, pero no entendía ni una sola frase. Palabras como "USDE", "NFSO", "Amina”, “Ribosomas", "mitocondria", "RNA", le sonaban a griego.

            — Me pregunto si podré escribir un email a alguien.

            Entonces entró Francesca caminando.

            — Mierda, ¿me he muerto sin enterarme? —Susurró al verla caminar.

            — Creí que habías huido.

            Parecía contrariada por verle allí.

            — Imposible, hay over bucking en la puerta. Y yo pensé que tenías la pierna rota.

            — Cielos, estás blanco. Ya te falta poco..,

            — Para morir puede ser —mostró su pecho hundido.

            Francesca se quedó en shock al ver tan oscura la piel del muchacho. De algún modo le quedaba una sombra de esperanza de que le vería salir sano y salvo de todo eso. Pero entre la infección y ese golpe no podría vivir mucho.

            — Al final tenía razón, vieja estúpida. Voy a palmarla muy pronto.

            — ¿Qué te ha pasado?

            — Nada, sólo un perro de dos toneladas que me golpeo mientras nos defendíamos de un ejército de zombis.

            — ¿Comiste algo?

            — ¿Qué importa eso? ¿Es que no puedo? Maldita vieja anoréxica de los cojones. Por lo visto uno no puede uno ni comer una chocolatina militar. Reconozca que se alegra de verme así.

            — No quería que ocurriera...

            Asombrosamente la mujer parecía rota. Dos lágrimas desbordaron por sus mejillas y gotearon sobre la alfombra.

            — ¿Y ahora por qué llora?

            Ella se secó los ojos y aparentó indiferencia.

            — Hasta a un imbécil como tú se le coge cariño.

            — Anda ya, sea sincera. Solo lamenta que un tío tan fuerte no le salve el culo cuando regrese ahí fuera.

            — ¿Salir? No pienso volver. Ya te lo dije, moriré aquí. Sé dónde guardan los explosivos, volaré la base y con ella a mí misma. Tengo la culpa de todo esto y merezco pagar.

            — ¿Que usted tiene la culpa? creí que era de ese franchute insoportable.

            — Ya, yo también lo creía.

            Guardaron silencio mientras el aire cada vez entraba menos en sus pulmones y la sangre burbujeaba en sus labios con más abundancia.

            — Tengo que confesarte algo —añadió ella, sonriente.

            — Lo sabía, quería un polvete conmigo —se carcajeó Xaquim—. Se le veía en la cara.

            — No digas tonterías —le interrumpió, riéndose—. Qué se puede esperar de un botarate creído e inmaduro...

            — Un respeto a los moribundos.

            — Hablo de la chocolatina. No te la di porque no hubiéramos pasado desapercibidos entre los zombis. No fue egoísmo.

            — ¿El olor a chocolate los espanta?

            Sufrió un terrible ataque de tos cuando quiso reír su propia gracia.

            Cuando recuperó el ritmo de la respiración ella se explicó.

            — Te estoy diciendo... —Xaquim aun tosía y escupía sangre—... Que el cuerpo humano segrega una hormona cuando acaba de comer. Los zombis no pueden producirla y eso les causa un hambre animal voraz. Lo que significa que si sientes mucha hambre, no llevas encina lo que ellos necesitan y pasas desapercibido. Cuando me encontré contigo quería probar la teoría, me estaban ignorando y...

            — Si comías te habrían atacado y hubieras muerto... Querías morir —dedujo Xaquim, que aunque tenía los ojos cerrados seguía consciente.

            — Entenderás que no te la diera entonces... Pero toma. Date un gusto si la aceptas ahora.

            La sacó del bolsillo y se la ofreció.

            El chico abrió los ojos y de un manotazo la apartó.

            — Maldito chocolate... ¿Por qué no me lo dijo antes? Ahora no estaría así.

            — Lo he sabido con certeza cuando me contaste que los zombis te atacaron después de comer.

            Xaquim suspiró.

            — Es insoportable, ¿sabe? Uno no puede ni morir tranquilo.

            — ¿Por qué? ¿Quieres que me vaya?

            Xaquim abrió los ojos y haciendo un gran esfuerzo se puso en pie.

            — Ayúdeme.

            — Sí —corrió presta a sujetarle.

            — No puedo caminar. Ayúdeme a salir de este búnker. Debo contarle a los demás lo que acaba de decirme, tal vez así ellos lo consigan.

            — Conozco una salida de emergencia.

 

 

 

 

            Francesca tenía una fuerza inmensa. Algo había cambiado en ella, su pie lo llevaba cubierto por una tela, como escayolado, pero lo movía y apoyaba sin problemas. Xaquim se sostenía sobre su hombro y tenía la sensación de que le llevaba como no pesara nada.

            Llegaron al piso 0 bajando las escaleras y luego cruzaron una sala de estar en cuyo centro estaba la estatua de un busto humano.

            La mujer introdujo una llave en un agujero que apenas se veía en la pared.

            — El primer día de empleo repasamos las instalaciones y nos mostraron esta salida de emergencia únicamente a nosotros, los investigadores. Cada división tenía su propia salida. Era por si había un incendio o algo similar, que no hubiera aglomeraciones ya que, como ya viste en la otra entrada, no caben demasiados a la vez.

            Al girar la muñeca el muro descendió. Sacó la llave y en cuanto lo hizo la pared completa bajó por su propio peso hasta desaparecer quedando sólo un escalón.

            — ¿Y cómo la subes ahora? —Inquirió Xaquim.

            — No puedo. Es complicado de explicar.

            Siguieron caminando por un sendero excavado entre infinidad de estalactitas y estalagmitas. La humedad y el intenso olor a mar causó más dolor a Xaquim al respirar.

            Como el otro camino por el que entraron, unas lamparillas azules iluminaban el camino.

            Pronto llegaron a un muro en el que se veía una especie de chimenea del ancho de una persona tumbada. En un lateral y subiendo junto a las luces, descubrieron una escalera clavada en la roca.

            — Buena suerte, chico —se despidió Francesca.

            Él se aferró a los primeros barrotes dispuesto a irse pero le costó un par de segundos entender que subiría solo.

            Se volvió hacia ella y no supo qué decir. Se había acostumbrado a insultarla y en ese momento sólo quería demostrarle que la apreciaba y le dolía la certeza de que nunca más la vería.

            Ella, a pesar de que apenas tenían luz, leyó su alma con mirarle a los ojos. Se acercó y le dio un beso en los labios cogiendo su rostro por las mejillas.

            Xaquim sonrió al verla alejarse.

            — Ya lo sabía —fanfarroneó—. La pongo cachonda.

            Francesca soltó una carcajada.

            — No más que un niño de cinco meses.

 

 

 

 

            Brianda no quitaba ojo de la rendija de la puerta de la iglesia. Lisa estaba dormida sobre unas mantas.

            Cada segundo que pasaba le parecía eterno. Se preguntó si habría cometido un error dejando marchar a sus amigas a buscar un imposible. Ella sabía que un zombi podía ser esquivado o se le dejaba fuera de combate con un palazo en la cara. Pero cuando se juntaban más de tres era imposible evitar que al menos uno te mordiera. No quería ni pensar en la cantidad de gente que había visto morir ese día.

            Llevaban fuera media hora y el pueblo seguía desierto.

            Se apartó de la puerta y observó a Lisa unos minutos. Qué bien dormía, la pobre debió añadir a su tierna memoria recuerdos que enloquecerían a la persona más fuerte. Y sin embargo mantenía la inocente estampa de un angelito mientras respiraba, ajena a los peligros que les acechaban.

            Entonces escuchó un ruido en la plaza. Se asomó inmediatamente y vio a un zombi caminando directo a la iglesia. ¿O no era un zombi? Le colgaba el bazo izquierdo mientras el derecho parecía sujetar los pulmones en su sitio. Toda la boca estaba llena de sangre y se le distinguía una mordida en el hombro. Su cara le sonaba a pesar de lo pálido que estaba... ¡Era Xaquim!

            Sin duda se habría transformado ya en zombi porque él sabía que la entrada estaba por detrás del edificio y no por allí. Y sin embargo iba directo como un zombi perdido y desorientado. Seguramente acababa de despertar de la muerte. No suponía un peligro.

            Pero golpeó con suma violencia la puerta.

            — ¿Son ellos? —Preguntó una mujer.

            — Es un zombi —respondió—. Menos mal que es solo uno, tres como él y tiran la puerta abajo.

            — ¡Escuchar todos!

            El grito venía de fuera, era Xaquim.

            — Hay un modo de ser invisible ante ellos —continuó mostrando debilidad en la voz, aunque hablaba con bastante volumen.

            — ¿Cómo? —Preguntó Brianda.

            — Cuando vayáis a salir, hacerlo con mucha hambre. No comáis al menos seis horas antes.

            Dicho eso escuchó que se derrumbaba frente a la iglesia. La mujer se asomó y solo vio sus pies inertes. El resto estaba demasiado cerca para verlo.

            — Gracias Xaquim —dijo Brianda, que se puso a llorar porque suponía que acababa de morir y no la escucharía.

            Debió suponerlo, por eso la atacaron los zombis al salir del ayuntamiento. Conocer el secreto de la convivencia pacífica con los infectados aliviaba su miedo constante y en seguida debatió con los demás la revelación de Xaquim.

 

 

 

            De regreso a la embarcación descubrieron que los muchachos que se habían quedado estaban festejando el hallazgo de una caja de whisky en un compartimento de la bodega. Al subir por la escalinata Rebeca vio flotando en el mar una botella vacía y otra pasaba entre los dos chavales como si no hubiera mañana.

            — ¿Qué demonios hacéis? —increpó.

            — Pasando un buen rato.

            — Dejar de beber y ayudar a subir las garrafas. Mejor, quedaos a vigilar, hemos escuchado...

            — ¿Por qué no bajas tú? —Respondió uno, con descaro.

            Rebeca tragó saliva, no esperaba esa actitud.

            — Mira, estúpido, esta lancha representa la salvación de todos los supervivientes. Si crees que te vamos a dejar ir a ti, borracho como estás, es que no ...

            — ¿Qué demonios pasa aquí? —Preguntó el hombre mayor barbudo, que subía un bidón de cinco litros.

            — Este imbécil no quiere bajar a ayudar.

            — ¿Quién? ¿Tú, Pablo?

            — No pienso ir ahí, papá. Ella ha dicho que los zombis merodean.

            — No voy discutir contigo, ¡date prisa!

            De mala gana el chico aceptó, pero su amigo seguí sentado como si la cosa no fuera con él.

            — Vamos levanta tú también —azuzó el hombre, furioso.

            — Yo es que no tengo ganas de moverme. Vigilaré por si llegan peces zombi —y se rio.

            Su estado de embriaguez era tan exagerado que parecía imposible que pudiera dar dos pasos sin caer al agua.

Entre tanto, Rebeca se tiró de cabeza al y fue al jeep.

            Tardaron unos minutos en cargar los últimos 5 litros. Pero los zombis les olieron y tuvieron que subir todos a la embarcación. Rodearon la playa alejándose de la costa en dirección alta mar, el hombre mayor apagó el motor y examinó los mapas que encontraron en la bodega.

            — Tenemos que ir al oeste, diez grados norte.

            — ¿Qué demonios hace? —Increpó Rebeca.

            — Vamos a Tahití, guapa. Por cierto no recuerdo tu nombre, me llamo Ret.

            — No es un buen momento para presentaciones, hay que regresar a por Brianda.

            — No creo que sea buena idea, lo mejor sería ponernos en marcha y con suerte el equipo de rescate llegará antes del anochecer.

            — Pero somos demasiados —replicó Rebeca enfurecida.

            — Razón de más para no añadir más peso.

            — Es que alguien tendría que quedarse —dijo ella como si fiera estúpido por no captarlo.

            — ¿Alguien? ¿Después de jugarnos la vida para conseguir esta embarcación quieres dejarnos en tierra?

            — Nadie os pidió venir. Aquí cabemos dos personas, a lo sumo cuatro. Si nos golpea una ola fuerte nos hundiremos. Pesáis demasiado.

            — Pero vosotras solas jamás habríais podido botarla. Ni siquiera sabéis pilotarla. Además tardamos más en discutir quien va que en ir a buscar un barco más grande.

            — Le prometí que vendrían con nosotras —exclamó Rebeca, agarrando el pequeño volante.

            Ret la miró enojado, con sus últimas palabras dio por terminada la conversación y la observó desafiante, esperando que la muchacha entrara en razón.

            Pero no lo hizo.

            — La isla vuelve a ser un hervidero de zombis —argumentó él.

            — No podemos irnos sin ellas.

            — Mujer cabezota y estúpida, ¿por qué tenéis que ser así de testarudas?

            — Se me ocurre una idea —intervino Camila—. A ver, somos dos grupos, o sea, dos equipos, ¿me seguís?

            — ¿Qué idea? —Respondió Rebeca.

            — Chicos contra chicas, vaya. Esto podría arreglarse muy rápidamente si nos jugamos el billete a Tahití a una partida de cartas.

            Mostró un fajo de naipes que debió encontrar en el barco y las barajó con gran maestría.

            — No pienso jugarme una promesa con un juego de azar —replicó Rebeca.

            — La cuestión es ponernos de acuerdo cuanto antes —trató de convencerla Bianca—, discutiendo no irá nadie.

            — Y no te juegas nada, porque si perdemos nos quedamos todas en tierra. No estarás dejándola tirada —añadió Camila.

            Rebeca resopló y miró a Ret.

            — Está bien, nos lo jugaremos al póker —aceptó—. Pero yo reparto, la primera jugada a la que vayamos los dos equipos decidirá quien va.

            — Lo veo justo —contestó Rebeca de mala gana.

 

 

 

            Francesca juntó todos los explosivos que pudo en un carrito. Se dirigió al ascensor y una vez allí el peso activó automáticamente el movimiento de la cabina. El panel de los números no respondía a sus órdenes.

            — Joder, no quiero subir —terció, probando con botón de Stop y de emergencias.

            Ninguno la hizo caso. Se abrieron las puertas y vio decenas de zombis deambular por una nave de unos quinientos metros cuadrados. Más allá se veía la entrada de suministros abierta.

            — Aunque siguió tratando de bajar al sótano —7, el ascensor no obedecía.

            — Tendrá que ser aquí.

            Caminó por entre los zombis empujando la media tonelada de dinamita con el toro mecánico y los infectados la ignoraron. Pronto llevaría veinticuatro horas sin comer y eso la convertía en uno de ellos, era absolutamente invisible.

            Dejó los cartuchos en la parte exterior del portón de acero y extendió el rollo de mecha hasta el interior del complejo. No tenía poder destructivo para acabar con esas instalaciones desde tan arriba, primero había pensado destruir los laboratorios pero ver el portón de suministros a su alcance la hizo cambiar de idea.

            Prendió la mecha con el mechero de Xaquim y pulsó el botón de la puerta. El inmenso bloque de acero se plegó sobre el hueco abierto perdiendo de vista la mecha consumida por la mitad. Por temor a la explosión volvió al ascensor y pulsó el botón —2.

            Antes de cerrarse las puertas reventó el techo y abolló la puerta ovalada en el momento que la perdió de vista causando un efecto sonoro hueco que la ensordeció. El ascensor se sacudió en sus cables de sujeción y perdió el equilibrio temiendo que se desprendería. Pero las sogas y la maquinaria aguantaron sin desprenderse.

            — Solo queda acabar con Jean—Pierre.

 

 

 

 

            Las cartas mostraron al ganador. Rebeca y sus amigas tenían tres ases y dos jotas mientras Ret y sus hijos solo dos parejas de sietes y reinas.

            Respetaron la decisión del azar y los chicos abandonaron el barco después de acercarlos a tierra. Rebeca tomó unas lecciones de Ret para manejar la embarcación y comprender la brújula y los mapas.

            Pero los jóvenes no fueron tan honorables.

            — Es una locura papá, hay zombis por todas partes, no entiendo por qué tenemos que marcharnos.

            Ret suspiró y miró a Rebeca.

            — Hay que ir a por mi amiga —se limitó a decir.

            Entonces, como una señal divina, se sacudió la isla con una violenta explosión. Un hongo de humo y fuego se asomó cerca del poblado. Los zombis de la playa lo miraron fascinados y corrieron hacia allí como di polillas a la luz.

            — Por fin un golpe de suerte, daros prisa, traer a Brianda y su hija. Apenas quedan tres horas de día —ordenó Rebeca.

            — No te preocupes, llegarán sanas y salvas —dijo Ret.

            — Yo no pienso volver a salir con tantos zombis —terció su hijo.

            — Escucha, hijo, ellas nos han ganado limpiamente y no hay tiempo de discusiones así que en marcha.

            Una vez en el agua los cuatro, cuando ya no podían oírlos, Camila se sinceró.

            — No ha sido una victoria tan justa.

            Dio la vuelta a su mano izquierda y mostró cinco cartas sin jugada alguna.

            — Les he dado el cambiazo —soltó una risita.

            Rebeca sonrió sin poder creerlo. Y parecía tan inocente...

 

 

            Regresaron perseguidos por decenas de zombis. Abrieron la capilla a toda prisa y entraron los cuatro ilesos.

            — Hemos conseguido el barco —resopló Ret—. Tenemos que llevar a Brianda y su hija.

            — ¿Qué? —Protestó Rafael—. No me digas que las están esperando. Ya os hacía a la mar.

            — Lo echamos a suertes y ganaron. Por lo visto le prometieron a esa mujer que se iría con ellas.

            — ¿Qué ocurre? —Brianda se acercó.

 

 

 

            Le contaron lo ocurrido y se pusieron en marcha. Aun quedaban zombis despistados, que parecían aturdidos por la reciente explosión.

            Los hijos de Ret se quedaron y fue él solo a acompañarlas. El barco no estaba lejos, apenas les separaban treinta metros hasta la playa y luego tendrían que nadar.

            — Entonces, ¿usted no viene?

            — Ya se lo he dicho, nos lo jugamos a una partida de cartas. Sólo espero que esas atolondradas no se pierdan en el Pacífico. Hay que tenerle mucho respeto al océano.

            — ¿Cree que no sabrán apañarse por ser mujeres?

            — ¡No por ser mujeres! Por ser turistas.

            Se zanjó la conversación.

            Llegaron sin incidencias a la playa.

            — Vayan con Dios —se despidió el arisco nativo.

            — Gracias por acompañarnos —dijo Brianda.

            — Procuren traer ayuda —replicó—. Son nuestra única esperanza.

            Ret volvió a la iglesia corriendo y la mujer y su hija se metieron al agua dirigiéndose a la embarcación que las esperaba.

 

 

            Dos horas después seguían sin ver tierra. Tal y como les explicó Ret, debían navegar hacia la puesta de Sol, dejando el orbe celeste un palmo a la izquierda. Trató de explicarles cómo guiarse por la brújula pero se desesperó cuando se lo explicó por segunda vez y ninguna lo había entendido.

            "Si se os hace de noche usar la Luna. Está creciente y marca por dónde se puso el Sol o saldrá, según la hora. Si va a amanecer señala al Este, si acaba de anochecer, el oeste".

            Pero acababa de hacerse de noche, el Sol no dejó rastro de él en el cielo y no veían la Luna por ninguna parte.

 

 

 

 

            — Señor, la epidemia está descontrolada —decía Jean—Pierre ante un monitor de 19 pulgadas—. Los soldados franceses están de camino y todo ha salido según lo previsto. Le felicito, su prototipo de virus ha logrado un 100% de afectados.

            — ¿Se levantan de la muerte?

            — Aun cuando les falta medio cuerpo. No consigo explicarlo, señor.

            — Ni lo entenderías... Me ha llevado muchos más años de los que imaginas.

            — Pero señor, esa gente no piensa, no obedece. Su único instinto es...

            — Los humanos son tan pretenciosos que creen que todo se arregla pensando. ¿Cuándo se enteraran de que peor defecto que tienen es precisamente ese? ¡Piensan demasiado, maldita sea!

            — Ahora qué ordenas, mi señor.

            — Usa el submarino, captura algún zombi y llévalos a Japón. Antes de que se den cuenta de que son infectados reales tendremos Tokio destruido.

            — Como ordene, señor.

            Apagó la pantalla y escuchó a su espalda.

            — No puedo creerlo... Todo estaba planeado —era la voz de Francesca.

            Se volvió, asustado, y la vio apuntarle directamente a la cabeza con su recortada.

            — No debiste escuchar eso.

            — Oh, jefe, claro que debía escucharlo.

            ¡Booom!

            Francesca voló su pretenciosa cara y disfrutó con el espectáculo gore de ver sus sesos desparramados sobre ese infame monitor.

            Dio un paso hacia su cuerpo inerte y puso el cañón en el pecho de Jean—Pierre.

            — Debí escucharlo hace un mes y no habrías causado esta desgracia, cabrón.

            Apretó el gatillo y le reventó el corazón y los pulmones. Ya estaba muerto, pero no quería verlo levantar como un zombi. Acababa de escuchar que podían hacerlo aun sin piernas y desangrados, "retornaban a la vida". Puede que los otros sí, pero a ese hijo de puta no le ocurriría, le prendería fuego y el resto lo echaría al triturador de basuras.

 

 

            — Deberíamos parar —ordenó Rebeca quitando a Camila el mando de la lancha.

            La muchacha no opuso resistencia. Estaba oscuro, navegaban a ciegas y no veían ni la brújula de la lancha. Se había limitado a acelerar y cabalgaba sobre las olas sin saber otra cosa que en algún momento vería luces en la distancia.

            — Detén el motor.

            — ¿Has visto algo?

            — No —replicó Rebeca—. Debemos guardar lo que nos queda de combustible para cuando la corriente nos acerque a alguna isla. Hay muchas por aquí. Está claro que nos hemos perdido.

            Lisa tiró de la manga de su madre.

            — ¿Qué pasa, mami? Tengo miedo.

            — Hija, como vas a temer al mar después de todo lo que hemos pasado.

            — ¿Por qué no llegamos? Yo solo veo agua.

            — No te preocupes, si no es una isla llegaremos a otra, hay muchas por aquí, ¿sabes?

            — Separadas a más de mil kilómetros y son apenas entre quince y treinta de diámetro —refunfuñó Rebeca.

            — Intento animar a mi hija, ¿te importa?

            — Estoy diciendo que hay que ahorrar combustible por si vemos una durante el día. Cariño —se dirigió a la niña—, estamos algo desorientadas pero llegaremos pronto a un lugar seguro, no tienes nada que temer.

            — Hace frío —se quejó de nuevo.

            — De eso me ocupo yo —Brianda se la llevó a la bodega y se acurrucaron en el único catre de la lancha.

            Tras unos minutos en los que nadie habló, Camila gritó en cubierta.

            — ¡Mirar! —gritó entusiasmada—. ¡Es un barco!

            Todas se asomaron y vieron un enorme transatlántico en la lejanía. Llevaba su dirección de modo que podrían interceptarlo.

            — Arranca, de prisa —urgió Rebeca—. ¿Dónde está la bengala?

            A medida que se aproximaban distinguieron mejor las modernas líneas de diseño del crucero. El colosal armatoste parecía volar sobre el agua aunque iba directo hacia ellas. En el casco pudieron leer su nombre: “Zapphire princess”.

            Brianda y su hija salieron a comprobar si era cierto y al ver la mole flotante se abrazaron emocionadas.

            — ¿Lo ves cariño? Estamos salvadas.

            — Sí, mami.

 

EPÍLOGO

 

            — Había un cerdo que manipulaba los hilos de Jean—Pierre... —Siseaba Francesca tamborileando sobre el escritorio donde su jefe se entrevistó con ese misterioso tipo del monitor—. Y ¿pretenden sacar de la isla estas armas biológicas para usarlas en el mundo? Hijos de la gran puta...

            No había modo de destruir las instalaciones si no era con un buen cargamento de explosivos y ella agotó casi todos al reventar la entrada de suministros.

            — Juro por la vida de toda esta gente que ningún virus saldrá de la isla.

            Era cuestión de tiempo que llegaran los soldados. El efecto de la mutación se había extendido por su cuerpo a su cadera. Su pierna seguía ahí, pero sentía que algo estaba cambiando en ella. De seguir a ese ritmo la envuelta quitinosa la envolvería por completo en cuestión de horas y se convertiría en una crisálida.

            Pero... Una crisálida de qué.

 

 

Fin

 

Comentarios: 6
  • #6

    Jeannette (martes, 23 diciembre 2014 17:02)

    Tuve la suerte de poder leerla sin pausas, muy entretenida, mantiene el suspenso

  • #5

    David (lunes, 30 diciembre 2013 20:04)

    Genial. Es la segunda historia completa tuya que leo Tony. Me gusto la manera en que se desarrollo. Ahora ire a saber que pas con franchis. Felicidades tony

  • #4

    Tony (viernes, 27 diciembre 2013 00:47)

    Para saber lo que ocurre con Francesca leete "El ojo misterioso", y el de los supervivientes en "La isla de los caminantes sin alma". Las chicas que escapan continúan en "Sapphire princess".

    Ya sé que son muchas historias pero lo bueno es que llevan tiempo escritas y no tendrás que esperar, excepto la última.

  • #3

    marimar (jueves, 26 diciembre 2013 22:28)

    quiero saber mas..... por favor..... francesca se va a combertir en que....? y los demas supervivientes que pasa con ellos? por favor quiero saber mas

  • #2

    melich (miércoles, 27 noviembre 2013 19:01)

    buenisima!!!

  • #1

    Tony (lunes, 25 noviembre 2013 13:12)

    Puedes comentar aquí qué te ha parecido la historia.

Animal es el que abandona a su mascota.

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