El último Amanecer

2ª parte

 

            Recordar que su familia y sus amigas podían estar ahí fuera con vida y buscando refugio desesperadamente le provocó un sentimiento de impotencia y rabia. Una parte de ella le decía que subiera al campanario a escondidas y  activar las campanas y otra, mucho más cobarde, se lo impedía porque no sabía lo fuertes que eran las puertas de la iglesia como para resistir a una masa de infectados.

            — Está aterrizando un avión —gritó alguien apuntando al cielo.

            — Todos escucharon los ruidosos motores sobre sus cabezas.

            — Dios Santo —oró Vicente sabiendo que en el aparato vendrían al menos cincuenta personas.

            — Podemos huir de la isla. Solo tenemos que llegar al aeropuerto antes de que salga —indicó Berta.

            — Todos los infectados estarán corriendo hacia allá —advirtió el padre Vicente.

            — No si tocamos las campanas —sugirió Brianda.

            — Buena idea —se mofó un hombre—, no sé qué prefiero, que vengan a comerme a la puerta o que me coman por el camino.

            — Solamente hasta que aterrice el avión —gritó, exasperada—. Si atacan a los que llegan solo hay dos opciones: Que se marchen en seguida sin bajar del avión o que no lo consigan y no pueda despegar.

            — ¿Y si los zombis ya están allí? —Preguntó otro.

            — Las campanas atraerán a muchos, les daremos una oportunidad —insistió.

            — Estoy de acuerdo con Brianda —apoyó Vicente—. Podemos exponernos el tiempo justo para que el avión aterrice.

            — ¡Pero entonces no podremos acudir! —Exclamó Hugo.

            — ¿De qué serviría que lleguemos si el aeropuerto está asediado por zombis? —increpó Ruth, una mujer de unos cincuenta años.

            Mientras discutían se escucharon las campanas y se miraron asustados.

            — Esa chica del demonio nos va a matar —bufó Hugo al ver que Brianda no estaba.

            — Rápido, asegurar las puertas —urgió el sacerdote.

            Apenas empujó uno de los supervivientes la madera se escucharon varios golpes secos en el exterior.

            — Marchaos, hijos de Satán —increpó el hombre, a la desesperada. Él solo no podría resistir aunque se unieron a él casi todos los demás.

            — ¡Abran la puerta!  —Escucharon la voz de Brianda desde arriba—. ¡Son supervivientes!

            Se miraron todos aterrados sin saber qué hacer.

            — ¡Los infectados están llegando, abrir ya!

            — Abre la puerta, viejo estúpido —se exasperó el padre Vicente al ver que no reaccionaba.

            Corrieron el cerrojo y dejaron entrar a los que pedían auxilio desde fuera. Eran tres en total.

            — Le han mordido —exclamó alarmado alguien al ver el brazo sangrante de uno de los tres.

            Hicieron el vacío a los nuevos invitados alejándose a una buena distancia.

            — Meterlos en la sala de infectados —urgió una mujer mayor.

            — No podemos, señora, los zombis de ahí dentro podrían escapar —replicó otro.

            — Basta, silencio todos —intervino El padre Vicente—. A ver, hija —se acercó a la mujer ensangrentada—, ¿eso es de un mordisco?

            — ¿Por qué?

            — Nadie va a encerrar a mi mujer con esos malditos zombies —la defendió uno de los nuevos.

            Vicente examinó la herida y vio que era una mordedura espantosa de la que salía sangre negruzca. No había ninguna duda, pronto sería una zombie.

            — ¿Qué pasa si lo es? —Preguntó aterrada.

            — Lo siento... —Vicente no supo encontrar palabras de consuelo para ambos—. Tenemos que aislarte.

            — ¡No la toque! —Amenazó el marido con un palo del tamaño de un bate de béisbol —. Apártense todos.

            — Comprende que la seguridad de este refugio depende de que la inmovilicemos inmediatamente —insistió Vicente.

            La puerta comenzó a crujir por el envite de los zombis del exterior y todos a una se abalanzaron sobre la puerta para contenerlos.

            — Qué hijos de puta, qué fuerza tienen —gruño uno.

            — Ahí que apuntalar la puerta —opinó otro.

            A pesar de que estaban casi todos empujando con todas sus fuerzas, la madera crujía como si fuera a partirse de un momento a otro.

            Los que no cabían para empujar y defender la entrada se organizaron en coger un par de bancos y los colocaron en diagonal sobre la puerta. Con ambos apoyos lograron asegurar los portones.

 

 

            A Brianda le temblaban las manos, sabía igual que todos que si uno de esos infectados entraba morirían, lo que volvió a dirigir su atención hacia la mujer mordida. Todos volvieron a mirarla con ansiedad.

            — Sólo necesitamos atarla a una columna —le propuso el padre Vicente al marido.

            — ¿Y si logran entrar? —replicó, furioso.

            — No necesitan hacerlo, hay una dentro —dijo un hombre mayor que Brianda no recordaba su nombre.

            — Está bien, no quiero ser una amenaza para nadie —admitió la mujer, con lágrimas en los ojos.

            — Yo la ataré, que ninguno le ponga una mano encima —accedió el marido.

            Nadie interpuso ninguna objeción. Le dieron una cuerda y se alejaron de ellos. La mujer estaba empezando a estar azul y unas venas negras subían por su cuello desde el brazo herido.

            El marido realizó los nudos con rapidez y cuando terminó de inmovilizarla se quedó sentado a su lado.

            — Siento que haya durado tan poco, que no podamos tener hijos —susurró ella.

            — Alguien llegará y traerá una vacuna —respondió el marido—, estamos en el siglo XX, no existe una enfermedad incurable.

            Brianda no pudo contener las lágrimas al escucharles. Ella tenía dos hijos y por estar con sus amigas no estuvo a su lado cuando... más la necesitaban. En su interior rogaba a Dios que su marido se hubiera atrincherado en el bungalow, que sus hijos aun vivieran para verlos al menos una vez. Pero siendo realistas la puerta de bambú de la choza no aguantaría ni la fuerza de un zombi.

            Pero antes de escuchar a esa pareja habría ignorado la posibilidad remota de que su familia siguiera viva. Ahora se odiaba a si misma porque no se le pasó por la cabeza ir a buscarlos hasta ese momento.

            — Tengo que salir de aquí —susurró.

            Un chico la escuchó y se acercó a ella. Era un camarero que no había abierto la boca desde que se presentó y mostró a todos su delgado y musculoso cuerpo, libre de mordiscos.

            — Hay una puerta detrás, por la sacristía. Pero que no nos vean salir o no nos dejaran volver.

            — Estará cerrada con llave —contestó.

            — Hablemos en privado con el cura — propuso el chico.

            — ¿Cómo te llamas? —se interesó ella.

            — Xaquim, ¿Te apuntas o no?

            — Yo soy Br...

            — Brianda, una chica como tú no pasa desapercibida —atajó.

            Se lo quedó mirando un poco intimidada. Era un chico atractivo, de cara alargada, pelo ensortijado y negro de algo más de veinte y menos de treinta. Era muy flaco pero en absoluto se le veía débil, sería un buen apoyo ahí fuera y además parecía interesado por ella, lo que arrojaba serias dudas sobre su oferta. Podía ser un gran amigo en el que confiar su vida o un patán pervertido, que pretendía quedarse a solas con ella para violarla. Desgraciadamente el espectro de posibilidades, tratándose de un desconocido, era demasiado amplio.

            — Iré a hablar con Vicente.

            — Buena idea —respondió Xaquim con media sonrisa.

            Se acercó al cura, que estaba siendo avasallado por varias mujeres mayores y las rechazaba diciendo que ya las confesaría con más tranquilidad en otro momento aunque ellas seguían suplicando.

            — Padre, ¿puedo hablar con usted? Es importante —elevó la voz para que le escuchara.

            — Disculpen, señoras, luego las atiendo. Dime, Brianda.

            — ¿Puede venir un momento? Queremos preguntarle algo.

            — Está bien, ya lo han oídoes importante!

            Se soltó de una de las mujeres, que le tenía cogido por la sotana y siguió a la joven con una sonrisa triunfal en la cara.

            — Gracias, no sé cómo quitármelas de encima —susurró.

            — Tenemos una cosa que pedirle —musitó la chica.

            — Siempre que esté en mi mano ayudaros...

            — ¿Tiene la llave de la sacristía?

            La miró con asombro y luego posó su vista sobre Xaquim.

            — ¿Qué pensáis hacer?

            — No pienso estar encerrado como una rata en una jaula mientras los míos me necesitan —replicó el chico, furibundo.

            — Brianda, no es una buena idea, ¿A dónde piensas ir? La isla está infestada de demonios.

            — Tengo que buscar a mi familia —suplicó—. Por favor.

            — No me parece buena idea que vayáis solos. Iré con vosotros.

            — No diga tonterías, padre, esta gente le necesita —protestó el chico.

            — No me andaré con rodeos, no me fío de ti Xaquim. Eras un delincuente antes de esto y no creo que hayas cambiado.

            — Haga lo que quiera, pero si le pasa algo, no diga que no se lo advertí.

 

            Se quitó la sotana y se puso unos vaqueros y camiseta limpios. Se armaron con estacas de madera que arrancaron de los bancos de la iglesia y salieron por la puerta de atrás del edificio donde esperaban media docena de zombis despistados que les cortaron el paso. Al verlos salir se abalanzaron sobre ellos y Xaquim les golpeó en el cráneo según se le iban acercando. Salió tan motivado que no necesitó ayuda para dejarlos aturdidos.

            — Correr, de prisa —ordenó el padre.

            Se alejaron hacia la playa y cuando perdieron de vista la iglesia al volverse no encontraron al chico.

            — Xaquim — exclamó ella, preocupada.

            — No grites, ¿estás loca? Vas a llamar su atención.

            — Tenemos que ayudarlo —exigió.

            — De acuerdo, pero no grites más.

            Volvieron sobre sus pasos y en seguida le vieron luchando con los zombis. Aunque más bien los estaba ejecutando. Apaleaba a uno de ellos y cuando otro se movía dejaba al primero y la emprendía a golpes con él.

            — Vamos imbécil —insultó el padre, que no podía soportar la violencia gratuita, aunque fuera contra esos desalmados—. ¿No ves que ya están muertos?

            — ¿Por qué se siguen moviendo?

            — Déjalos —urgió Brianda—. Vendrán más.

            El chico la miró y asintió. Corrió hacia ellos pero un zombi le agarró del tobillo y le hizo tropezar. Cayó aparatosamente justo delante de uno de los apaleados y al verlo tan cerca lanzó una dentellada y le arrancó un trozo del antebrazo izquierdo.

            — ¡Ahg! —Exclamó.

            — Vámonos de aquí —urgió el padre, ya es tarde para él.

            — ¡Hijos de puta! —Chilló sin medir el tono de sus palabras.

            — Se levantó de un salto y comenzó a patear la cabeza al que le mordió.  

            Brianda y el padre Vicente se alejaron corriendo, ignorando si les seguía o no. Alcanzaron la línea de la playa y se detuvieron a recuperar el aliento.

            — Qué estúpido, no puedo creer que le hayan mordido —resoplaba Vicente.

            — Tenemos que aprovechar que no nos siguen —Miró a su alrededor desesperada—. ¿Conoce la isla? ¿Hacia donde quedan los bungalows?

            — Allí, bordeando la playa. Son un par de kilómetros, puede que más, es mejor que descanses por si necesitamos volver a correr.

            Le dio la razón, tal y como estaba apenas podía caminar con un gran esfuerzo por la correosa arena. Se dejaron caer, cada uno mirando a un lado sin perder de vista el camino a la iglesia. Lo bueno de esa playa era que si había algún zombi lo verían venir desde muy lejos. Lo malo, que ellos también estaban expuestos.

            — Tardaremos más si bordeamos el mar, podemos atajar por la vegetación, la isla es como una moneda y los bungalows están en el sur.

            — Pero no los veremos venir y haremos mas ruido —protestó ella.

            — Como quieras, aunque es mucho más agotados caminar sobre esta arena.

            — Tiene razón.

           Sss —chisteó el cura—. Escucha.

            Se escuchó el fuerte rugido de un motor y paulatinamente se hizo más intenso hasta que el atronador estruendo impedía que escucharan nada más. Cuando más fuerte retumbaba el morro de un avión comercial asomó por encima de las palmeras y el aparato se elevo sobre ellas hasta que les pasó a poco más de treinta metros de altura.

            — Lo han conseguido —susurró Brianda, con un nudo en la garganta. Se alegraba por ellos, pero con ese vuelo se esfumaban sus esperanzas de salir con vida de la isla.

            — Estupendo —se alegró Vicente—, avisarán a Tahití y mandarán ayuda.

            — Es verdad. Solo tenemos que resistir un poco más.

            Esa nueva perspectiva alegró a Brianda que, animada, se puso en pie dispuesta a seguir.

 

 

Comentarios: 3
  • #3

    Diana (viernes, 10 mayo 2013 01:57)

    wow tony que pasara con la niña y con esos pobres infelices ay porfis pon la continuacion. no seas malito tony me tienes en pare

  • #2

    Lyubasha (viernes, 26 abril 2013 19:45)

    Hola Toni la historia está muy interesante,menos mal que el avión ha conseguido marcharse de la isla.
    Un saludo y a ver cuándo tienes tiempo de colgar la continuación.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (miércoles, 24 abril 2013 16:40)

    Gracias por llegar hasta aquí. No te olvides de poner tus comentarios o de pedir la continuación.

Animal es el que abandona a su mascota.

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