El último amanecer

3ª parte

 

            Al comprobar que el atajo que proponía Vicente era aun más agotador que caminar por la playa debido a lo complicado que era abrirse paso entre la densa vegetación, eligieron la playa.

            La isla tenía un radio de cuatro kilómetros, era prácticamente redonda y el setenta por ciento era un lago de aguas negras. Su tierra era tan fértil que toda su superficie estaba cubierta de centenares de especies de plantas, de todos los colores y tamaños, desde palmeras que superaban los diez metros de altura hasta las flores más variadas. Pero tanta vida vegetal era el hábitat perfecto para todos los posibles insectos molestos del mundo.

            Brianda admiraba la flora y fauna de su entorno mientras esquivaban nubes de mosquitos por temor a que fueran los causantes de la dispersión explosiva de la epidemia. La mera perspectiva de que una picadura pudiera transformarlos en zombis hacía que huyeran de ellos con más miedo que si se trataran de infectados.

            Por el camino vieron varias barcas aunque todas rotas. Se preguntaron quién habría sido el mal nacido que lo hizo.

            — Tuvo que ser el marine, Héctor —recordó Vicente—. Se marchó diciendo que había que contener la epidemia y no regresó.

            Avanzando se toparon con más problemas.

            Lo que no tenían previsto era que cuanto más avanzaban hacia el sur, más toallas encontraban en la arena y, cerca de ellas su propietario. Al ver al primero creyeron que estaba muerto, ya que se encontraba despatarrado boca abajo con la cara pegada en el suelo y blanco como la propia arena. Al escuchar sus pasos se levantó igual que un depredador al acecho y fue directo a por ellos saltando con una fuerza endiablada. Vicente le recibió con un palazo en la mejilla y le tumbó de un golpe. Como no querían tener más incidentes similares se alejaron de él aumentando el ritmo. Pero delante se toparon con más, al principio eran individuos dispersos que no encontraron dificultades en dejar atrás, después dos, tres, incluso más.

            — Deberíamos regresar —propuso el cura—. Es demasiado peligroso.

            Brianda no supo  qué contestar, necesitaba seguir, pero era un suicidio. Desde donde estaban se veían los bungalows y tanto la plataforma de madera como la playa más cercana era un hervidero de infectados, especialmente en una zona donde más de un centenar de zombis parecían estar reunidos para ver a un cantante de rock. Sus fuertes rugidos invitaban a la prudencia. Si esa masa de zombis les veía, era el fin.

            — ¿Escuchas? —Preguntó Vicente mirando al cielo.

            — Sí hay zombie por todas partes.

            — Es una niña —señaló a los que parecían estar adorando al mar.

            — ¡Mami! —Logró escuchar—. Tengo mucho miedo, mami ¿dónde estás?

            — No puede ser...

            — Te prometo que la estoy oyendo —se quejó el sacerdote.

            — Es Lisa, es mi hija.

            Brianda echó a correr hacia allí pero su acompañante la agarró la muñeca y le tapó la boca para que no hiciera ruido.

            — ¿Estás loca? Si tu hija está ahí nos comerán antes de que lleguemos al agua.

            —Debe estar en los arrecifes, tenemos que llegar como sea.

            — Nadando —sugirió Vicente.

            — La mar está muy viva —protestó ella—. Nos arrastrará al océano.

            — Iré yo.

            — No, regrese —ordenó Brianda—. ¿Qué pretende hacer una vez que la alcance?

            — La traeré sobre mi espalda...

            — No, es mi hija, yo iré.

            — Está bien, buscaré una barca y os iré a buscar, si es que queda alguna sin destrozar.

 

 

            Brianda se puso manos a la obra, se metió en el agua y nadó. En un día apacible y sin viento nadar por esas aguas sería agradable y un buen ejercicio. Pero aquella mañana hacía viento y las olas eran tan fuertes que la empujaban mar adentro. Se dio cuenta cuando miró hacia atrás y vio la playa a más de treinta metros sin apenas haberse movido.

            Se dejó mecer por el alto oleaje y trató de encontrar a su hija. Los zombis estaban bastante lejos y desde allí veía la línea de arrecife, mucho más cerca de la playa de lo que ella estaba. Tan próxima a los zombis que se desesperaban por no poder hincare el diente.

            Al verla sintió las fuerzas renovadas y nadó enérgicamente en su dirección.

            «Puedo hacerlo, voy a alcanzarla, soy más rápida que la corriente de la marea».

            Nadó en crol, moviendo con energía brazos y piernas y cogiendo aire cuando el fuerte oleaje se lo permitía.

            Pronto empezó a cansarse y volvió a mirar.

            Tuvo que limpiarse los ojos para situarse y cuando su visión era clara vio a Lisa más cerca, pero tan poco, que se asustó. Tendría que nadar más rápido. Lo malo era que estaba agotada por el esfuerzo.

            «No debo parar» —se regañó a sí misma.

            Continuó nadando lo más rápido que pudo hasta que sus brazos y piernas llegaron al límite. Se asomaba de vez en cuando para cerciorarse de que estaba acercándose  a las rocas donde se refugiaba su hija. Logró mantener el ritmo y alcanzó el islote cuando creía que no podía más. Dio gracias a Dios porque la marea debía estar cambiando en ese momento y la mar dejó de arrastrarla, de lo contrario nunca habría llegado. La fuerza del oleaje rompía sobre ella, que cayó encima de los afilados corales lacerándose la pie de los hombros y la espalda. Cuando pudo moverse aprovechó y trepó a la alargada roca en la que su hija estaba sentada, tiritando de frío.

            — Lisa —la llamó.

            La niña se volvió ilusionada y al verla corrió a abrazarla.

            — Ya estoy aquí cariño.

            — Mami, sabía que vendrías.

            Brianda lloraba por una mezcla de emoción, sentimiento de culpa por no ir antes a buscarla y sobre todo porque creyó que se ahogaría sin alcanzar el islote.

            — Tengo frío maná —la niña buscaba su calor, que a pesar de acabar de salir del agua su cuerpo estaba más caliente que el de su hija. ¿Cuántas horas llevaría expuesta?

            — ¿Dónde está papá?

            — Allí —señaló en dirección a la playa.

            Su madre miró y vio a varios centenares de zombis mirando hacia ellas. Parecían pelearse entre ellos aunque observando bien, lo que ocurría era que los más adelantados trataban de nadar y chapoteaban en el agua hasta hundirse, los demás seguían su ejemplo y los primeros se desesperaban por volver y golpeaban a los de atrás, provocando altercados continuos. Entre todos esos debía estar su marido.

            — ¿Por qué se han vuelto malos? —Inquirió la niña.

            — Están enfermos, cariño.

            Aquella explicación la hizo asentir aunque no estuvo callada mucho tiempo.

            — Pero yo también he estado enferma y no me he comido al nene.

            — Hay diferentes enfermedades —razonó Brianda, acariciándola en la cabeza—. Esta es diferente a todas las que yo conozco. ¿Recuerdas a la abuela Kate? Se puso enferma y le temblaba todo el cuerpo.

            —¿También mordía? ¿Por eso no queríais que acercara a ella?

            — No, cariño, su enfermedad... La hizo olvidarse de todos, incluso de su propio nombre. No queríamos que te preocuparas si la abuelita no te reconocía.

            Lisa volvió a asentir con resignación y siguió preguntando.

            — ¿Quién inventó las enfermedades? Debió ser alguien muy malo.

            — No lo sé, hija, pero sea quien sea el que ha hecho esto, no hay duda de que es malísimo.

            Con el calor que le daba a la niña, ésta se fue durmiendo y pronto notó su respiración profunda cerca del pecho. Brianda lloró amargamente al comprender que su marido debió comerse a su hijo pequeño y mientras lo hacía Lisa pudo escapar, lo dedujo de las palabras "yo también he estado enferma y no me he comido al nene". No quería que guardara ese recuerdo horrible de su padre pero no había modo de borrar esa imagen de su mente. Abrazó con fuerza a su hija, que era todo lo que le quedaba en el mundo, y se preguntó cómo saldrían de ahí. Ella no podría volver a nadar y menos con Lisa a cuestas.

            Sólo podían esperar que el padre Vicente siguiera vivo y apareciera con alguna barca, para rescatarlas.

 

 

 

            En cuanto la chica se puso a nadar hacia el islote Vicente se alejó de la playa para rodear al grupo de zombis. A pesar de tener cerca de cincuenta años solía cuidarse y practicaba footing cuando sus obligaciones pastorales se lo permitían.

            Decidió buscar una embarcación hacia el sur, con la esperanza de que el marine americano hubiera caído antes de completar su propósito de condenarles a todos. En cuanto alcanzó la primera barca supo que Héctor no había llegando muy lejos.

            Entusiasmado por encontrarla intacta la empujó por la arena con serias dificultades. No contaba con que pesara tanto. Dejó la estaca encima de la red que había dentro y se dio cuenta de un problema al mirar en el interior de la barca.

            —¿Dónde están los remos?

            No le costó mucho encontrarlos en el suelo, llenos de sangre y partidos en astillas.

            — Bendito sea Dios, ¿Ahora qué hago?

            Impaciente por acudir al rescate de Brianda y su hija se alejó de la barca buscando otra. Se preguntó si las que habían pasado de largo tendrían algún remo útil y contuvo una maldición por no haberse fijado.

            No se puso a pensar si debía volver a rodear a los zombis y corrió por la playa para evitarlos en cuanto los viera.

            Cuando les vio, el avistamiento fue mutuo. Los infectados corrieron hacia él  y fue entonces cuando se acordó de su estaca. ¡Se la había dejado en el bote!

Trató de despistarlos por la maleza pero esos malditos no se cansaban nunca. En su huida desesperada desbrozaba las plantas que se le cruzaban y el ruido atrajo a más infectados de todas las direcciones. Aunque no sabía si era por eso o por los gritos y aullidos de los zombis que le perseguían.

            Cuando salió a un claro vio a una persona mirando hacia él y no supo si se trataba de alguien sano o endemoniado hasta que le silbó para que fuera hacia allá.

            — Por aquí, padre.

            Era Xaquim. De algún modo había encontrado un largo cuchillo de cocina y un bate de béisbol y los sacó de su espalda cuando vio que le seguía un ejército de infectados.

            — ¿Qué estás haciendo? —Preguntó asustado, refugiándose tras él.

            — En peores líos me he metido. Además, no me queda mucho tiempo. ¿Qué ha pasado con Brianda?

            — Encontró a su hija, se quedó en un islote cerca de los bungalows, esta esperando que alguien las rescate.

            Xaquim le miró sonriente y le mostró el mordisco del brazo.

            — Esa es su guerra, yo me encargo de estos hijos de puta.

            — Gracias —susurró el sacerdote.

            — Buena suerte.

            — Lo que estás haciendo... Lo compensa todo, Xaquim —reconoció Vicente poniéndole la mano en el hombro.

            Dicho eso se marchó corriendo, regresando a la playa. El chico bramó con todas sus fuerzas y cargó contra los Zombis dispuesto a detenerlos aunque fuera con su propio cuerpo. La certeza de su muerte le otorgó una fuerza y coraje sobrenatural. Golpeó a un zombi tras otro al mismo tiempo que recordaba sus demás peleas callejeras contra bandas, policía o en manifestaciones políticas donde acudía con la intención de montarla bien gorda. Por cada cuello que segaba, cabeza que apaleaba comprendía que nunca antes se había enfrentado a sus adversarios por una causa buena.

 

 

            Vicente regresó hacia la playa trastabillando por mirar atrás y ver que su joven amigo se metía entre la jauría de zombis y éstos caían sobre él como un enjambre de abejas. A pesar de todo veía saltar trozos de zombis en todas direcciones como si fueran tratados por una trituradora. Aprovechando la distracción se alejaba cuanto pudo y pronto alcanzó la arena de la playa.

            Estaba exhausto. Vio los primeros botes y contuvo un grito de alegría al ver dos remos intactos. Héctor utilizó uno de ellos para agujerear el casco, que estaba clavado en la arena desde arriba.

            Cogió ambos remos y se dio cuenta de lo pesados que eran en cuando los subió sobre sus hombros. Ya sólo tenía que buscar la barca.

            Lo que no tardó en comprender que sería una odisea. Cada remo era dos dedos de ancho en su parte cilíndrica y en la aplastada eran como un palmo. En la actualidad seguramente los hacían de plástico o fibra de carbono, pero esos estaban hechos de madera roma. Cada uno pesaba unos cinco kilos y juntos eran demasiado pesados e incómodos de cargar.

            Si la playa no fuera un hervidero de zombis, podría llevar uno y luego el otro.

            Suspiró y los cargó al hombro, su única oportunidad sería que no le vieran aunque entre él y Brianda se encargaron de despertar a todos los infectados.

            — Señor, tengo que salvarlas. Dame fuerzas.

            Sin esperar el milagro comenzó a caminar entre el límite de la playa y la espesa vegetación. El primer zombi que le vio acercarse emitió un gemido desafiante y corrió hacia él levantando puñados de tierra por cada paso que daba.

            — Hijo de Satán, vuelve al infierno —gritó Vicente dejando caer un remo y usando el otro a modo de bate de béisbol.

            Golpeó su cabeza con la parte aplastada y escuchó que algo se partía por el impacto, no sabía si la tabla o la mandíbula del infectado. Cayó con un gemido mientras intentaba alcanzarle con las manos, desorientado.

            — Que Dios te perdone, hijo. Espero que tu alma haya encontrado el descanso eterno... Porque no me gustaría que estés sufriendo esto.

            Recogió el otro remo y siguió avanzando, cada vez más cerca de la aglomeración de zombis. Alguno le vio aproximarse, atacándolo de la misma manera, y descubrió que si les golpeaba las rodillas caían y se quedaban atrás. Alcanzó el grupo pero estos estaban demasiado absortos con lo que veían en el agua. Pasó sin dificultades tras ellos y antes de darse cuenta estaba colocando los remos en sus respectivos agujeros. Sin embargo uno de ellos estaba quebrado.

            — ¿Qué? —Lo examinó sumamente contrariado. La madera seguía unida pero no tenía pinta de soportar mucha palanca.

            — Debió ser al golpear a ese zombi.

            No quería perder más tiempo y empujó la embarcación hacia el agua con bastantes más dificultades de las que esperaba.

            Cuando al fin puso la barca sobre las olas, se subió y comenzó a remar. El remo astillado crujió con la presión pero resistió mientras encaminaba a la barca hacia el islote.

 

 

            Cuando Brianda le vio acercarse su corazón dio un vuelco de alegría. Hasta las olas habían dado una tregua y el mar permitió que arrimara el bote lo suficiente para que ellas pudieran subir sin dificultad.

            — Creí que no lo conseguiría —exclamó la chica.

            — Hija mía, qué poca fe tienes en nuestro Señor.

            Cuando subieron, el padre Vicente puso la barca en dirección a la iglesia y se percataron de que no sería nada fácil tomar tierra.

            — Los zombis nos siguen —indicó Brianda, asustada.

            El sacerdote intentó aumentar el ritmo de sus paladas y el cambio brusco provocó que el remo roto se quebrara un poco más, que de milagro resistió entero.

            — No creo que podamos ir más rápido —protestó, visiblemente cansado y mirando el remo con preocupación.

            — Descanse —sugirió ella.

            — No quiero ir allí — se quejo Lisa—. Nos comerán.

            Vicente se secaba el sudor y no dijo nada. Al no recibir impulso, el bote comenzó a acercarse a la playa por sí solo y los zombis lo celebraron lanzando gemidos más fuertes.

            — Siga remando, ¡la marea está subiendo y nos arrastra!

            — Tienes razón.

            Vicente espoleó el agua tan fuerte que a la cuarta palada el remo se partió del todo. El trozo ancho se quedó en el agua y Brianda trató de cogerlo antes de que se alejara del bote. Desgraciadamente la corriente lo arrastró hacia el interior y no pudo atraparlo a tiempo.

            — No te preocupes yo me encargo.

            Vicente sacó el otro de su anclaje y lo usó para tratar de acercarlo.

            — No haga tonterías perderemos ese también —protestó ella.

            — Nos van a coger los malos —alertó la niña.

            Los infectados se envalentonaron al ver que los tenían mucho más cerca y se metieron al agua a pesar de que les cubría hasta el cuello. A escasos tres metros les esperaban ansiosos con los brazos en alto y acudían con tanto entusiasmo que los de atrás empujaban a los más adelantados. Estos chapoteaban y desaparecían bajo el agua aunque retrocedían y salían más atrás con la misma obsesión de alcanzarles.

 

 

 

 

Comentarios: 7
  • #7

    Melich (lunes, 13 mayo 2013 19:25)

    emocionante!!! queremos mas!!!

  • #6

    Daniel (domingo, 12 mayo 2013 02:59)

    Muy buena historia me que de con ancias de la siguiente parte

  • #5

    Diana (sábado, 11 mayo 2013 08:40)

    exelente tony me encanta. me gustaria que lisa se salve por lo menos ella es una bebita de 3 añitos y ha pasado tanto.

  • #4

    Tony (viernes, 10 mayo 2013 22:35)

    Extrañaba vuestros comentarios. Gracias, Esteban, y bienvenido, espero que disfrutes de todos mis relatos.

  • #3

    Lyubasha (viernes, 10 mayo 2013 19:59)

    Está muy interesante, espero que Vicente, Brianda y la niña consigan salvarse. Quedo a la espera de la continuación

  • #2

    ESTEBAN (viernes, 10 mayo 2013 19:13)

    ME ENCANTA TUS HISTORIAS, ES LA PRIMERA VEZ QUE COMENTO PERO TE FELICITO, ESTOY ESPERANDO PARA VER LA CONCLUSION DE ESTA HISTORIA, ABRASOS ANTONIO

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (viernes, 10 mayo 2013 11:49)

    Aunque todo esto no es más que la introducción al relato de fondo, se admiten sugerencias, preguntas y deseos por vuestra parte.

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo