El último amanecer

4ª parte

 

            Vicente dio por imposible recuperar el fragmento roto y usó el remo que les quedaba para tratar de alejarse de ellos.

            Pero la corriente era tan fuerte que seguían acercándose hasta que en lugar de remar se vio obligado a golpearlos.

             Aún así eran demasiados y le quitaron el remo mientras otros se agarraban al bote y luchaban por hundirlo hacia su lado.

            Lisa chillaba y Brianda lloraba por la desesperación.

            — Tenemos que saltar, ¡vamos! Hay que llegar a...

            — ¡Estamos rodeados de zombis! —protestó Brianda.

            Vicente no la escuchó, cogió a Lisa y saltó con ella por la borda.

            —¡Suelte a mi hija!

            Chilló.

            Pero los zombis volcaron la barca y cogieron de sorpresa a Brianda, que ni siquiera había cogido aire y tragó bastante agua al zambullirse.

            La barca sirvió de escudo contra las ansiosas manos de los zombis pero no sabía hacia donde emerger ya que le ardían los ojos al abrirlos en agua salada. Aun así su desesperación por salir a la superficie la hizo ignorar su sentido del peligro y salió por donde pudo. Tosió varias veces mientras se limpiaba los ojos. Nadie la mordió, ninguna mano tiró de ella...

            Cuando logró reponerse y respiró con normalidad se limpió los ojos mientras escuchaba golpes sordos a su alrededor.

            Se había quedado en el interior del hueco de la barca y los infectados golpeaban desde fuera tratando de romperla inútilmente. Se sujetó al tablón central y con los pies trató de alejarse empujando la estructura. La esperanza de sobrevivir se dibujó en su rostro en una sonrisa al notar movimiento y pateó el agua con más fuerza hasta que los zombis se iban quedando atrás. Supuso que se adentraba mar adentro y comenzó a gritar.

            — ¡Vicente, trate de alcanzarme!

            — ¿Brianda? —escuchó muy a lo lejos.

            — Mami — se oyó el grito de júbilo de su hija.

            — Estoy bien, cariño. Acérquese y ayúdeme.

            Siguió empujando la barca y escuchó el chapoteo de alguien que la alcanzaba. Un instante después Lisa surgió del agua delante de ella.

            — Sigue moviéndote, te guiaré desde fuera —indicó el sacerdote.

            Brianda le ignoró un par de segundos para abrazar a su hija y luego le dijo.

            — Vamos cariño, ponte detrás de mi, cógeme por la cintura y mueve los pies todo fuerte que puedas.

            — Sí mami.

            Así lo hicieron y el bote se desplazó hacia un lado. Vicente las debía estar llevando en una dirección segura.

            Cuando estaban cansadas de patear el agua, Brianda hizo pie.

            —Salir de ahí, deprisa —apremió Vicente—, tenemos que buscar refugio.

            — Tápate la nariz, cielo.

            Ayudó a Lisa hundiendo su cabecita y después salió ella.

            Al volver a ser deslumbrada por el Sol se dieron cuenta de que apenas se habían movido del sitio unos treinta metros pero ese trayecto era un amasijo de brazos y piernas chapoteando en el agua, que eran los zombis que luchaban por mantenerse a flote con muy poca maña. Se molestaban unos a otros y sus cabezas se hundían y emergían a costa de los demás.

            — Dios nos ha hecho un milagro como en Egipto cuando los soldados del faraón quedaron sepultados en el mar Rojo por buscar la sangre del pueblo elegido —aleccionó el sacerdote.

            — Yo creo que son más estúpidos de lo que parecen —opinó Brianda.

            — Bueno, el diablo no es generoso con sus siervos repartiendo inteligencia —sermoneó Vicente.

 

 

            Regresaron a la iglesia y los supervivientes les recibieron expectantes. Al ver a la niña muchos dieron gracias a Dios en voz alta.

            —¿Han averiguado qué ha pasado?, ¿de dónde ha salido la enfermedad?

            — No —respondió Vicente.

            — ¿Hay más supervivientes?

            — ¿Por qué no ha vuelto Xaquim?

            El sacerdote miró a la chica con dolor en los ojos. Era una jovencita de entre diecisiete y veinte años.

            — La última vez que le vi estaba vivo. Ha sido muy valiente, nos ha salvado.

           Oh, ¿entonces volverá?

            — Eso espero hija — mintió, sabiendo que si lo hacía sería convertido en zombi.

            — Padre, necesito confesarme —interrumpió otra mujer, gritando desde el confesionario.

            Brianda le miró con preocupación.

            — Padre, esa mujer me da muy mala espina —le dijo en un susurro—. No deja que nadie se acerque, tenga mucho cuidado.

            — Gracias por tu preocupación, pero no puedo seguir ignorando mi deber. Para eso me ordené, mi vocación es servir a los demás.

            Brianda aceptó su abnegación y volvió a dedicar toda su atención a su hija.

            — Está bien, pasa al confesionario.

            — Muchísimas gracias.

            Vicente dedicó una tímida mirada a Brianda y su hija.

            — Nos ha salvado la vida, padre  —reconoció la hermosa chica—. Gracias.

            — Mi deber es servir a los hijos de Dios — insistió, restándose mérito.

 

 

            Se acercó al confesionario donde ya esperaba la mujer y se santiguó después de colocarse su banda de tela morada alrededor del cuello.

            — Ave María purísima.

            — ¿Qué?

            — Tienes que decir "sin pecado concebida". ¿Nunca te has confesado? Es el saludo con el que se empieza el sacramento.

            — Ah, sin pecado concebido... ¿Ya puedo empezar?

            — Claro.

            — Antes necesito que me jure que no le dirá a nadie lo que voy a contar.

            — Por supuesto, cometería sacrilegio si lo hiciera, estoy obligado a guardar secreto de confesión.

            — Por eso me confieso, ni siquiera soy creyente, lo hago porque necesito que alguien me ayude y no se lo cuente a nadie.

            — Si no te arrepientes no puede considerarse confesión.

            — Claro que me arrepiento, ¿cómo no iba a hacerlo viendo lo que ha pasado?

            Vicente la miró a los ojos sorprendido.

            — ¿Qué ha ocurrido?

            — Prométame que no se lo dirá a nadie.

            — Mis labios están sellados por el Espíritu Santo. Y mis oídos y corazón se llenarán de su sabio consejo.

            — Verá, yo... —Guardó silencio mordiéndose el labio inferior.

            — No tenga miedo, el Señor lo perdona todo.

            — Yo tengo la culpa de esto.

            Vicente la miró intrigado.

            — Es normal sentirse así,  ¿abandonó a...

            — ¿No me ha escuchado? Yo he causado la epidemia.

            — ¿Cómo? Sólo Dios conoce la causa de las enfermedades.

            — ¿Sabe lo que está diciendo? Ni siquiera entiende cómo se ha contagiado tanta gente.

            — Bueno...

            — No. Sólo le han enseñado la teoría sobre las enfermedades, que no son simples bichitos microscópicos que causan un desequilibrio en nuestro sistema.

            — Las bacterias no son como fantasmas o extraterrestres, éstas se han visto y se pueden estudiar. Por supuesto que las causan.

            — ¿Sabe lo que es una medusa?

            — Sí, claro.

            — Explíqueme entonces cómo es su ciclo de vida —le retó ella.

            El sacerdote soltó un silencioso suspiro. Se preguntaba por qué estaban debatiendo sobre ese tema en plena confesión.

            — La verdad, no lo sé.

            — Las medusas son como los penes de una forma de vida sedentaria, los pólipos marinos. No se las puede llamar seres vivos en sí mismas.

            — ¿Qué tienen que ver con las enfermedades? Deberíamos volver al tema...

            — Todo. Los virus y bacterias son las "medusas" de algo que no puede reproducirse por sí solo. La enfermedad que azota a los habitantes de la isla...

            — Continúe.

            — Soy yo.

            — Perdona hija, me he perdido.

            — Yo soy la enfermedad, yo he liberado la infección y sigo haciéndolo sin darme cuenta. Le estoy contagiando a usted y le juro que no es mi intención.

            — Hija, son los insectos, los mosquitos. Habrá sido casualidad...

            — Le digo que soy yo, en veinticuatro horas el virus destruirá parte de su glándula pituitaria y perderá el control de sus actos. Al dejar de influir sobre el hipotálamo, éste se desequilibrará  y no producirá la hormona de la saciedad, sentirá un hambre tan fuerte que le volverá extremadamente violento. El dolor será tan intenso que querrá calmarlo comiendo, pero no le apetecerá comida normal, buscará carne humana que no esté enferma, atacará a los sanos con el fin de conseguir dicha hormona. Todo será inconsciente pero su cuerpo sabrá perfectamente lo que necesita y cómo conseguirlo.

            — Alto, espere —la interrumpió Vicente—. Está delirando, la locura que nos rodea ha debido afectarla...

            — Yo soy la puta enfermedad, padre. No quiero, pero lo soy. Yo la he traído y soy la única inmune. Le estoy avisando de que este será su último día sano. Nunca volverá a ver amanecer, al igual que todos los demás habitantes de esta isla.

            Vicente la miró con preocupación. La explicación del desarrollo de la enfermedad demostraba que no era una loca con sentimiento de culpa. Sabía de lo que hablaba.

            — Usted lleva años en Tupana —agregó ella—. Habrá escuchado hablar sobre las obras de la embajada francesa.

            Él seguía conmocionado. No sabía qué pensar, si estaba loca o decía la verdad. Recordaba aquellos años como si hubieran sido la semana pasada.

            — Cierto, fue la comidilla de la isla. Todo el mundo se preguntaba por qué cubrieron el edificio con un andamiaje tan grande. Vinieron soldados de la OTAN a vigilar todos los accesos, la mayoría americanos. Cuando finalmente se marcharon y quitaron las lonas habían erigido un amplio chalet de dos pisos.

            — ¿Dos plantas? Hicieron muy bien su trabajo engañando a la gente. No fueron dos, padre, esa era la tapadera. Hace veinte años, en un análisis de la zona por satélite, se detectó que Tupana se hallaba ubicada sobre la burbuja volcánica más voluminosa del mundo. Aquí debajo hay una cueva tan grande como un estadio de fútbol.

            Vicente tragó saliva, asombrado.

            — ¿Cómo sabes eso? Ni yo lo sabía.

            — He trabajado cinco años ahí abajo. Soy ingeniera genética y en todo este tiempo he colaborado en la creación de multitud de enfermedades. Yo soy quien ha diseñado el virus del que soy portadora.

            — ¿Cómo?

            — Era mi trabajo. Lo hice por mi país, para "evitar" guerras. Buscábamos un agente secreto invisible que llegara al objetivo militar de una persona a otra, nos basamos en la estructura molecular del virus de la rabia y producimos una cepa de nanobots.

            — ¿Qué demonios es eso?

            — Son compuestos químicos similares a los virus, alterados por tecnología bioquímica, proteínas modificadas genéticamente... ¿Entiende?

            — ¿Conoces la cura?

            — No padre. No hay. Sólo existe una forma de salvarles —miró a los supervivientes—, debe matarme. Si continúo entre ustedes, todos se contagiarán. Si muero...

            — Quítate la idea de la cabeza —se enojó Vicente—. Si todo lo que dices es cierto debe existir una cura. ¿Por qué a ti no te afecta?

            — Ya se lo dije, padre, yo soy el sujeto de pruebas y el virus no daña mi hipófisis como pensábamos que no atacaría a la de nadie más excepto a los objetivos militares. Pero los virus mutan de un cuerpo a otro, se adaptan, aprender por si solos... A mi no me afecta, pero si me muerden me contagiaré y me convertiré en un zombi.

             Un momento... ¿Esa gente de ahí fuera está viva? ¿No es el demonio el que ha reanimado sus cuerpos?

            Según hablaba se daba cuenta de la locura que acababa de decir... Aunque lo cierto era que lo que había creído hasta ese momento.

            Ella le miró con una sonrisa de incredulidad.

            — ¿Bromea?

            — ¿Están despiertos? ¿Sus almas siguen ahí? ¿Son conscientes de lo que hacen?

            — Pregúntese esto, padre —invitó, mirándole intensamente—. ¿Por que cree que gimen todo el tiempo?

            — Bendito sea Dios —se cubrió la cara aterrado, recordando al joven que había matado a golpes cuando trataba de salvar la vida.

 

 

Comentarios: 5
  • #5

    Diana (jueves, 16 mayo 2013 08:29)

    bueno la verdad es que no se como saldrá lisa de eso, espero que se te ocurra una idea para sacarla de la isla y traerla en otra historia, quiero que se salve del todo. me encanta como va la trama hay esperanza en el camino. gracias tony!!!!!!!!!!!!!!!

  • #4

    Daniel (miércoles, 15 mayo 2013 08:10)

    Esta muy intereante, espero ver como sera la continuación

  • #3

    melich (miércoles, 15 mayo 2013 00:41)

    emocionante!!!! a ver como termina la mujer, que bueno que se salvo la niña!!

  • #2

    Lyubasha (martes, 14 mayo 2013 17:18)

    Hola:
    Cada vez es más interesante. Me alegro mucho de que a niña se haya salvado. Ahora a ver qué precauciones toman para que la mujer que trabajaba en el laboratorio no infecte al resto.
    Quedo a la espera de la continuación.

  • #1

    Antonio J. Fernández Del Campo (martes, 14 mayo 2013 15:24)

    Puedes poner nervisoso a todos expresando aquí tu impaciencia por leer la continuación.

Animal es el que abandona a su mascota.

Si es la primera vez que entras a la página, te recomiendo que entres al Indice.

¿Te gusta esta página?

 Ilustración por Wendy Naomi Arias Audiffred

El asesino que escribía cartas de amor

 

Libro primero de la recopilación de relatos más relevantes de la página.

Disponible a la venta. 

 

Haz click para ver detalles.

  

Ilustración por Antonio J. Fernández Del Campo.

 

Próximamente:  Segundo volumen recopilatorio.

 

Fausta

 

Ya disponible en papel

 

CONTACTO: 

 

Si quieres recibir por email los avisos de las novedades más recientes, inscríbete en el enlace siguiente.

 

Si quieres contactar conmigo directamente por email, escríbeme a esta dirección:

 

tonyjfc@yahoo.es

Chat

Contenido protegido por la ley

El disco de 2 Gb más pequeño del mundo
El disco de 2 Gb más pequeño del mundo